viernes, 28 de agosto de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | UN HOMBRE A MEDIAS



Vivir o sobrevivir...
Son palabras que nunca pude distinguir,
atrapado entre la realidad y el sueño.
Caminar con medias suelas en el alma por la vida,
en una vida frustrada. Maniatada por los errores cometidos; dividida…

Deambular entre mis propias sombras, casi siempre extraviado,
prisionero de la incierta mano del desasosiego;
achicando, en mi personal naufragio, tempestades y vaivenes
en una realidad que me devoraba y hería.

Sentir cómo, sin morir, de alguna forma moría
sólo por creerme diferente
me hacía sentir distinto, distante.
Solo. Abandonado.
Dejando transcurrir, quizá, oportunidades. Tal vez, trenes
que me condujesen más allá del horizonte.
Lejos.
Pero una vez más, mis sueños de vencejo,
me dejaron atrás;
no me dejaron reaccionar.
Tuve miedo.

Aunque no. No era así. No fue exactamente así…

Tan sólo me quedé aferrado. Atado.
Me quedé lloriqueando en el pasado.
Lamentándome y escribiendo
aquellos versos que luego me negué, que no llegué a escribir,
que jamás quise ni supe decir…

Todos ellos, víctimas ineludibles de amores inconclusos.
Amores malditos, amores infames, amores eternos, amores intrusos,
que únicamente habían asaltado mi espíritu para hacerme sucumbir,
dejando a su paso, en el ingenuo iluso,
un inmenso rastro de espejismos desiertos;
de ilusiones vencidas,
de sueños muertos.
Y miles, millones de heridas
en el ambiguo e imperfecto trayecto.

Callejeé entre la noche y el alba, ladrando a la luna versos
traspasados por la melancolía.
Vagué tras mis huellas, tras mis poemas, inmerso en mi universo,
mientras la noche agonizaba dando paso al día.
Pero también, mientras, sin apreciarlo, pasaba silente e inexorable la vida...
Mientras la rueca mortal del destino iba tejiendo.
En silencio tejía.
Mientras las hojas de la primavera, una a una, iban cayendo.
En silencio caían.
Mientras la realidad iba tomando forma y la ilusión se iba durmiendo.
En silencio se dormía.

Entretanto, a escondidas, el otoño surgía;
iba, despacio y aprisa surgiendo,
en el criptograma atroz de mi agonía.
Y simplemente, ésta, la adolescencia, en una fragancia de adiós,
adiós me decía.
Y en ese duelo sangriento
de miradas y silencios,
sutil se desvanecía…
Se fue desvaneciendo.

Así, los besos que no di, se fueron olvidando;
se desleían.
Así, la juventud que no logré vivir, se fue quedando
en mis manos dormida.
Y así, la vida,
que, entretanto su color y su calor habían ido perdiendo,
se convirtieron en fantasmas de desengaño y monotonía.

En un inútil, curvo y absurdo vuelo. En una mascarada.
Ya que, el coraje que entonces invadía mi alma
lentamente se diluía,
se convertía en calma.
Y la herida
por los versos y las lágrimas silenciada,
al fin, poco a poco, desaparecía
reduciendo mis ilusiones a casi nada.

Vivencias. Vivencias. Vivencias…
Retazos, sorbos, que han hecho de mí,
en esta tragicomedia
que llamamos existencia,
un trovador; un vagabundo sin mucho qué expresar ni qué decir.
Quizá, un Cuentacuentos. Puede, que un contador de historias.
Pero sin lugar a dudas, en esta noria
que es vivir,
lo sé bien, sólo un hombre a medias.                              
                                                           
                                                           

José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 27/28 de agosto de 2015



2 comentarios:

  1. HERMOSA!!!. MI CORAZÓN SIENTE DOLOR DE QUE LOS MIEDOS A PERDER, HAYAN LIMITADO LA CONCRECIÓN DE TUS SUEÑOS Y DE DISFRUTAR CON ALEGRÍA DE LA VIDA MISMA!!!!

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  2. Gracias por tus palabras, Estela. En efecto, los miedos limitan los sueños, aunque al mismo tiempo éstos nos hacen volar. Abrazos virtuales.

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