martes, 8 de septiembre de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | LA ENTREVISTA LABORAL [PARA MAYORES DE 55 AÑOS]



Me siento frente al reclutador relativamente templado;
tengo canas, llevo a mis espaldas algunos tiros pegados.
Confieso sin pudor haber sido un buen marino y navegado
en este tipo de aguas, de mares, muchos años. Sé bien lo que hago.

Me mira. No disimula, me estudia sin recato;
intentando, por mis gestos predecir si finjo, si acaso miento…
Eso, chaval, lo sé desde hace un rato,
me digo en silencio.
Adivino ladino y sonriente acato.

Lo sé. Sé que no hay otro modo.
Sé que no tengo más opciones que expresar interés
en el proyecto, sea el que fuere. Al menos, hasta saber
cómo será, en qué consiste mi contrato;
cuánto tiempo tendré que viajar, qué labores tendré que hacer,
cuánto voy a recibir cada mes…
Intento, pues,
dejar a un lado recelos, y con ahínco trato
de no sentirme vacilante, inseguro, timorato.

El suplicio y el tedio
de lo reiterado a lo largo de los años
pronto germinan: otra vez me encuentro frente a los cuestionarios:
las putas pruebas psicotécnicas, los putos test.
Que, omnívoros, engullen sin compasión mi estoicismo poco después,
sólo a escasos minutos de comenzada la vista.
En fin, medito, qué le voy a hacer…
Repaso y ensayo.
A regañadientes esgrimo, entallo,
mi más fingida mueca
de donjuán de discoteca.
Es, al fin y al cabo, una idea emocionalmente prevista
de cara a la ansiada entrevista.

Es lo que hay, sí. Pero siempre igual. Siempre la misma canción.
¡Qué tostón, qué lata, qué aburrida acústica!
¿No habrá en esta sala de fiestas otra música?
Pues no. Por lo visto, no. Siempre es lo mismo.
Siempre pisando el mismo lodo, el mismo fango.
Siempre danzando como un fantoche el mismo tango,
la misma milonga.
La misma copla, la misma apolillada cantinela, la misma conga…
Todo por un mendrugo, por un trozo de pan.
“Qué futuro”, cavilo y asiento afligido;
qué bien, qué alegría, vaya un plan…

Un chusco, una migaja,
es mucho más que nada,
reflexiono a renglón seguido.
Descontracturo un segundo la espalda, el cuello, y sigo
como un colegial haciendo equis, garabatos y signos.
También sé que observa como una cobra mis movimientos.
Su mirada, carente de sentimientos,
sólo intenta descubrir un enemigo.

Lo sé, chaval, me digo:
no intentes hallar lo que no existe. No, al menos, conmigo.
No soy un “trepa”. No busco medallas. Ni siquiera un pódium.
Soy veterano. Tengo experiencia. Soy legal.
¿Has echado, por casualidad, un vistazo a mi currículum?
Sólo busco un curro, un trabajo digno, una faena normal.

¿Qué voy a hacer? ¿Probamos, si quieres, a eliminar de repente
a los mayores de cincuenta y cinco?
Lo lamento, mi carnet de identidad no simula, no miente.
Puedo intentar dar un salto en el tiempo al pasado, un brinco,
y ver qué sucede…
Pero el caso es que no me arrepiento de la edad que tengo:
nací, para mal o para bien, en el cincuenta y siete.

Me he puesto mi mejor traje.
He estrenado mi mejor camisa.
He esbozado mi mejor y más postiza sonrisa.
Le he echado huevos al asunto. Huevos, ilusión y coraje.
Me concentro. Aparto de mi mente estorbos e inquietudes. Las derribo.
Procuro no oler a tabaco, ese que tan bien me sabe cuando escribo.
Ni a café, ese que tanto saboreo cuando pienso en ti, amor.
Pero ni por esas, sospecho, calculo con temor
a extraviar el ánimo y la valentía: mis dos señeros estribos.

Así, a mi pesar,
tras conversar,
y por mi parte intentar causar
la mejor impresión,
el entrevistador corta de un tajo cualquier atisbo de conversación;
consulta su reloj: presiento que me voy de tiempo.
Mala, muy mala sensación…
Y a la artificial cordialidad, sumada a la parca, hosca y sucinta
despedida: “Ya le llamaremos…”, en lo único que me hace pensar que piensa,
es que de dónde diantres he salido yo con esta decimonónica pinta.

Sé que no me llamarán, excedo, según ellos, con mucho la edad.
Considero por ello sumamente injusta esta farisaica sociedad
que excluye de forma fulminante a los mayores. Lo digo alto y claro.
Lo digo y lo reitero.
Para mí éste es un asunto muy serio, lo digo de antemano.
¿Dónde estaban estos niños de “Recursos Inhumanos”
cuando yo cabalgaba semanas enteras de ciudad en ciudad?
¿Dónde estaban estos mequetrefes, estos alfeñiques de medio pelo,
cuando yo viajaba sin descanso de pueblo en pueblo
como un apátrida, como un titiritero?

                                                                                     
                                                                                     

José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 08/09/15



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