jueves, 12 de noviembre de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | YA ME SIENTO MEJOR...



He recorrido medio mundo. O mejor aún, el mundo entero,
detrás de sueños de necio quijote; quizá, de incorregible obtuso altanero.
Aunque, ahora que sobre ello reflexiono, no tengo ni idea de dónde los dejé…
Tal vez, en un arrebato, en el primer sitio que encontré;
en la primera calle, según se sube, a mano derecha: en el vertedero.
Tampoco importa demasiado. La mayoría de ellos, fueron con la edad muriendo;
los demás, en la frustración se han ido mansamente desluciendo.
Y el resto, me importan lo mismo que yo a ellos les importé.

Ya me siento más contento y motivado
al presentir que esto, por fin, se ha ido a la mierda; que ha terminado.
Ya me siento mucho mejor. Más acabado.
Ahora que tengo todo el tiempo que me queda
puedo ver con más claridad que nunca las espinas en el rosal;
y soy capaz de distinguir desde lejos los besos de seda
de aquellos que sólo fueron de sal.

Ahora que nada era cómo imaginé
y sólo soñé que soñaba…
Ahora que el tiempo con impaciencia
me devora.
Ahora que mi existencia,
amada mía, en tu puerto ancora…
Ahora que no he conseguido retener nada de lo que ayer logré.
Ahora que he descendido de la nube que habitaba.
Ahora que he renunciado a las fantasías que sublimé.
Ahora y en la hora de mi muerte, amén…
Intento seleccionar rigurosamente mi pensamiento, y cribo.
Necesito vomitar. Necesito pensar. También escribir. Y escribo...

Ahora que me he vuelto un ser vulgar,
una persona sensata y despreciable; un adulto patético e icástico.
Ahora que sé que mis sueños me ignoran,
que mis gaviotas marcharon lejos con mi álter ego; que ya no moran
en mi almohada, que ya no lloran, ha llegado la solemne hora
de contemplar reflexivo este mundo de inmundicia y plástico.

Ya me siento mejor.
Más perdido, más confundido, más herido en el amor.
Así que, en lo sucesivo, me lo prometo. Hasta por Dios me lo juro:
no volveré a soñar. Me negaré las ilusiones,
las cantinelas, las monsergas, las emociones,
los atrevimientos...
Me haré mayor. Mayor, juicioso y circunspecto.
Y desde luego, este ruego, este sortilegio, este conjuro, este documento,
tampoco tendrá marcha atrás.
Sólo lucharé por ti y por mí. Por nadie más.

La vida, inmensa ladrona, inmunda sabandija,
con sus golpes, sus cuchilladas, sus falsas deidades y sus mentiras,
mi alma saquea, mi espíritu desvalija;
me deja nítido el mensaje del estrepitoso error.
Ya me siento más aliviado y mejor.
Más vencido, más engañado, más envilecido en el rencor.

Ya me siento mejor. Casi nada me emociona. Apenas me incomodo;
muchas de las personas que conozco y conocí,
llenaron mis ojos de lágrimas, vaciaron a palos mis ansias de vivir.
Me usurparon la paz,
los bolsillos, el sosiego, el sueño, la bondad, el canto, la risa;
me dejaron como un auténtico chiflado bailando en la cornisa,
desnudo. Tan desnudo, como los hijos de la mar.
Me destriparon, me dieron la espalda, me olvidaron, me lo quitaron todo.
Me hundieron en la miseria, me hundieron sin piedad en el puto lodo…

He aprendido la lección.
Sin duda alguna. He aprobado con nota.
He dejado de ser aquel idiota.
Ya soy un verdadero cabrón.
Ya me siento mucho mejor. Más dolido. Más destruido. Más destructor.
Menos soñador. Más realista. Más cuentista. Más actor.
Más mediocre. Menos altruista. Más egoísta. Más conspirador.
Más escamoteador. Más ladino. Más anodino. Más calculador.
Ya me siento mejor. Más defraudado. Más fullero. Más adulador.
Más deshumanizado. Más despechado. Más traidor.
Más repugnante. Más insecto. Más infecto. Más depredador.

                                                                               

José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 11-12/11/15


lunes, 9 de noviembre de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | DIOSES DE BARRO [Parte Primera].



Ya fui advertido por mis angustias de niño y los miedos
que asistían cada noche, en silencio, mi pequeña estancia
de cómo eras, cómo actuabas, cómo te comportabas conmigo.
Tuve claro que te estorbaba, que te molestaba mi presencia.
Que sólo era, por decirlo de la mejor manera posible, la oveja perdida.
La oveja negra. La oveja descarriada y renegrida.

No quise razonar, en ese instante no pude. Me mataba
su abandono, su ausencia; mi recién estrenada melancolía de poeta…
Eran excesivamente turbulentas las heridas que arrastraba,
demasiado el peso
que soportaba.
Y me fui cobijando,
sin querer o queriendo,
en mi mundo,
en mis poemas, en mis lamentos.
En otros proyectos,
en otros sueños,
en otros fracasos,
en otros brazos.
en otros besos.
Entretanto, me negaba a creer, me negaba a creerlo.
Quizá, no quise considerarlo,
aunque lo sabía: se veía, aunque no quisiera verlo.
Pero, ¿quién, con tales señales, no podría antes o después suponerlo?

Tuve que hacerme muy mayor y llegar hasta aquí para tenerlo claro.
Para darme cuenta.
Para aceptarlo.
Para comprender, de una puta vez, la cruenta
situación. La cruel realidad. Y la realidad es que nunca,
por más que lo intentase, llegué a ser para ti algo significativo
u otra cosa que un hombre descarriado.
Tal vez, un perdedor perdido...

Sí, me digo
ahora, en un acto envenenado, envejecido
y postrimero de rebeldía.
Tuve que haber reaccionado;
alejarme para siempre y por siempre de tu lado.
Tuve que haber aprendido
la lección magistral que, sin hablar, me enviaba la vida.
Pues, a diferencia de lo que siempre había oído,
a diferencia de lo que creía,
no siempre el enemigo
se situaba frente a mí, sino a mi reverso, en mi propia compañía.
Casi dormía en mi cama y me daba de comer frustración
y mortíferas dosis de melancolía.
De ahí, de tus actos, mi encono, mi rebelión.
De ahí, de tu odio hacía a mí, hoy, mi poema, mi canción.

Ya me anunciaron las sombras que te idolatraron en su día;
que te elevaron sin motivos sobre el mundo como a un dios,
que te hicieron ante mis ojos
de crío la persona más importante del universo, que me influirías
mucho más de lo que yo hubiese deseado que fuera.
Y así habría de ocurrir. Así sería…
Hasta lograr hacer de mi ya abatida vida, por los errores cometidos,
un guiñapo, un trapo sucio y viejo,
un reloj sin cuerda,
un verso a medias,
un trotamundos, un despojo.
Ya que, aprovechaste sin compasión mis solemnes caídas,
los tropiezos, las perfidias, las zancadillas,
las trampas que me tejió el destino,
para hacer, con tu actitud, de mi escaso mi ánimo, papilla, astillas.

Por supuesto que recuerdo en estas horas bajas
cada una de las patadas que han roto mi boca, cómo olvidarlas...
Cómo olvidar cada uno de tus gestos de indiferencia.
Cada una de tus agrias críticas.
Cada una de tus miradas de descrédito, de burla, de ira.
Cada una de tus muecas de malquerencia.
Tu probablemente velada envidia a través de la misma insolencia.

Tengo claro, que yo, al contrario que tú, erré, sí.
Que me equivoqué en ocasiones por el hecho de vivir;
pero no confiné, no restringí mi afortunada o desdichada existencia,
a juzgar a los demás desde una butaca con manifiesta indolencia.

Es patético saber lo que sé. Es trágico descubrir
que, en tu incombustible impiedad y menosprecio
hacía a mí,
sólo aquietas, sólo aplacas tu paupérrima conciencia
con las monedas que como a un pordiosero me arrojas;
sabiendo que tu opinión continúa invariable. También tu desprecio.
Advertir, como advierto, que en el fondo te devora la hipocresía. Que finges.
Que rezumas una oscura, maldita y pestilente falsedad.
Ya ves,
qué secreto a voces el de este decrépito y damasceno mercader.
Qué enigma en tu anciana mirada se adivina, se aloja…
Qué absurda paradoja,
qué contradicción, qué extraña reciprocidad, qué falta de aprecio;
que yo haya intentado ser tu amigo, dispensar con el tiempo tu maldad,
tu intransigencia, tu iracundo carácter, tus ofensas, tu despotismo
a lo largo de todos estos años, y tú, tristemente, sigas siendo el mismo.

                                                                                     

José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 09/11/15