lunes, 9 de noviembre de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | DIOSES DE BARRO [Parte Primera].



Ya fui advertido por mis angustias de niño y los miedos
que asistían cada noche, en silencio, mi pequeña estancia
de cómo eras, cómo actuabas, cómo te comportabas conmigo.
Tuve claro que te estorbaba, que te molestaba mi presencia.
Que sólo era, por decirlo de la mejor manera posible, la oveja perdida.
La oveja negra. La oveja descarriada y renegrida.

No quise razonar, en ese instante no pude. Me mataba
su abandono, su ausencia; mi recién estrenada melancolía de poeta…
Eran excesivamente turbulentas las heridas que arrastraba,
demasiado el peso
que soportaba.
Y me fui cobijando,
sin querer o queriendo,
en mi mundo,
en mis poemas, en mis lamentos.
En otros proyectos,
en otros sueños,
en otros fracasos,
en otros brazos.
en otros besos.
Entretanto, me negaba a creer, me negaba a creerlo.
Quizá, no quise considerarlo,
aunque lo sabía: se veía, aunque no quisiera verlo.
Pero, ¿quién, con tales señales, no podría antes o después suponerlo?

Tuve que hacerme muy mayor y llegar hasta aquí para tenerlo claro.
Para darme cuenta.
Para aceptarlo.
Para comprender, de una puta vez, la cruenta
situación. La cruel realidad. Y la realidad es que nunca,
por más que lo intentase, llegué a ser para ti algo significativo
u otra cosa que un hombre descarriado.
Tal vez, un perdedor perdido...

Sí, me digo
ahora, en un acto envenenado, envejecido
y postrimero de rebeldía.
Tuve que haber reaccionado;
alejarme para siempre y por siempre de tu lado.
Tuve que haber aprendido
la lección magistral que, sin hablar, me enviaba la vida.
Pues, a diferencia de lo que siempre había oído,
a diferencia de lo que creía,
no siempre el enemigo
se situaba frente a mí, sino a mi reverso, en mi propia compañía.
Casi dormía en mi cama y me daba de comer frustración
y mortíferas dosis de melancolía.
De ahí, de tus actos, mi encono, mi rebelión.
De ahí, de tu odio hacía a mí, hoy, mi poema, mi canción.

Ya me anunciaron las sombras que te idolatraron en su día;
que te elevaron sin motivos sobre el mundo como a un dios,
que te hicieron ante mis ojos
de crío la persona más importante del universo, que me influirías
mucho más de lo que yo hubiese deseado que fuera.
Y así habría de ocurrir. Así sería…
Hasta lograr hacer de mi ya abatida vida, por los errores cometidos,
un guiñapo, un trapo sucio y viejo,
un reloj sin cuerda,
un verso a medias,
un trotamundos, un despojo.
Ya que, aprovechaste sin compasión mis solemnes caídas,
los tropiezos, las perfidias, las zancadillas,
las trampas que me tejió el destino,
para hacer, con tu actitud, de mi escaso mi ánimo, papilla, astillas.

Por supuesto que recuerdo en estas horas bajas
cada una de las patadas que han roto mi boca, cómo olvidarlas...
Cómo olvidar cada uno de tus gestos de indiferencia.
Cada una de tus agrias críticas.
Cada una de tus miradas de descrédito, de burla, de ira.
Cada una de tus muecas de malquerencia.
Tu probablemente velada envidia a través de la misma insolencia.

Tengo claro, que yo, al contrario que tú, erré, sí.
Que me equivoqué en ocasiones por el hecho de vivir;
pero no confiné, no restringí mi afortunada o desdichada existencia,
a juzgar a los demás desde una butaca con manifiesta indolencia.

Es patético saber lo que sé. Es trágico descubrir
que, en tu incombustible impiedad y menosprecio
hacía a mí,
sólo aquietas, sólo aplacas tu paupérrima conciencia
con las monedas que como a un pordiosero me arrojas;
sabiendo que tu opinión continúa invariable. También tu desprecio.
Advertir, como advierto, que en el fondo te devora la hipocresía. Que finges.
Que rezumas una oscura, maldita y pestilente falsedad.
Ya ves,
qué secreto a voces el de este decrépito y damasceno mercader.
Qué enigma en tu anciana mirada se adivina, se aloja…
Qué absurda paradoja,
qué contradicción, qué extraña reciprocidad, qué falta de aprecio;
que yo haya intentado ser tu amigo, dispensar con el tiempo tu maldad,
tu intransigencia, tu iracundo carácter, tus ofensas, tu despotismo
a lo largo de todos estos años, y tú, tristemente, sigas siendo el mismo.

                                                                                     

José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 09/11/15

6 comentarios:

  1. Gracias, amiga. Ya sabes... lo que no te mata te hace más fuerte, o más hijo de puta. Un abrazo.

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  2. Un placer leerte querido José. Saludos cordiales desde la distancia 😀.

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  3. Un placer leerte querido José. Saludos cordiales desde la distancia 😀.

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  4. Un placer leerte querido José. Saludos cordiales desde la distancia ��.

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  5. Un placer leerte querido José. Saludos cordiales desde la distancia ��.

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