sábado, 5 de septiembre de 2015

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | LAS CARTAS DE PENÉLOPE



Navegaba.
Navegaba otra vez hacia el interior de mi mundo.
Viajaba, sin velas, con viento favorable y suave. Nada me inquietaba.
Buscaba el terciopelo de la noche que pintase en sus versos Neruda;
la noche trémula y estrellada.
Intuyendo, próximo a mí, el influjo
de la palabra aún en mi pluma callada.
Percibiendo, cercano, el poema quebrado en mi memoria por los años.
Transitaba, tranquilo, sereno, por mi océano oscuro y mudo.
Todo era quietud en mi oscuridad pausada.

Buscaba la lluvia de otros otoños,
que atrás, sólo en mi mirada, quedaran.
Las estrellas
extraviadas de mi firmamento; los atardeceres encendidos,
los besos sepultados, los retazos de amores perdidos.
Huellas. Sólo huellas en la arena de mi playa;
pisadas, restos, signos,
señales, trozos que rescatar de mí mismo…

…De súbito,
un golpe, una bofetada,
un estrepitoso vaivén, un cortocircuito
invadió mi fantasía, secó mi garganta;
emergiendo, del herrumbroso ayer, el engendro de cabellera dorada.
El mismo que destrozó mi vida. El mismo que condenó mi alma,
engulléndome otra vez hacia mi propio abismo…
Al instante, mi sentido atribulado, mi mente transida,
al ver de nuevo los textos que le brindé, abrió de par en par la herida…

Eran las cartas que le dediqué.
Era el fuego que ardía en mí.
Eran las caricias, los besos que le dí.
Eran las lágrimas que vertí.
Eran los poemas que lloré.

Y sin aliento, poco a poco, detuve mis pasos.
Y de nuevo, me derrumbé.
El recuerdo, de un manotazo arrebató el gesto, la mueca,
llevándome lejos;
dejándome sin fuerzas, laxo, como una polichinela sin vida, hueca;
sin emociones.
Abocándome, desalmado, a situaciones de angustia
que no merecía: a sus traiciones.
Y otra vez, como la primera vez, la odié.
¿Cómo fui tan ciego?
¿Cómo fui tan necio?
¿Cómo fui tan loco?
¿Cómo pude amarla de aquella forma?
¿Cómo pude quererla de aquella manera,
sin reservas ni medida?
¿Cómo, mi alma, pudo quedar tanto tiempo atrapada, conferida
al daño irreparable de su traición?
Me pregunté…

Sólo la voz del silencio, en un susurro de silencios, respondió:
“Penélope, en tu vida,
en tus versos, acuérdate, murió.
No sufras, un segundo más, por quien no te amó.
Por quien de ti se burló.
Por quien tan despiadadamente te traicionó.
Nadie se queda con nada de nadie, cierra ya la herida
de tu maltrecho corazón.
Todo, sin duda,
antes o después, aquí se paga. Es la factura
que brinda el destino a las deudas del amor. Créeme, da por válida esta sabia afirmación;
lacra la pena, la aflicción
que te habita, sella para siempre la tristeza que te invade, la melancolía renegrida…
Y deja, ahora, que penetre el oxígeno de un nuevo amor en tu alma apaleada y desfallecida.”



                                                                                     

José Hdez. Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 05/09/15