jueves, 18 de febrero de 2016

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | EL ADIÓS MÁS LARGO [AHORA QUE LA MEMORIA…]



Menos mal,
me digo, que en este baile de máscaras, en este carnaval,
aún me queda intacta la memoria
para evocar; ahora que todavía mi recuerdo lo permite, con ironía,
la calamitosa historia
de nuestro patético final.

Aún retengo en el centro de mi desprecio, el melodramático folletín
que me hiciste atravesar, soportar, maldecir, e incluso vivir.
Y también, cómo no, el bochornoso vodevil
al que tuve que, por cojones, asistir.
Mientras, tú, conspiradora y fría;
a mis espaldas, mi desestimada y diabólica arpía,
ya habías practicado con sobrado arte el cubano, el griego y el latín.
Y cuando, haciéndote pasar por mojigata,
sólo interpretabas con auténtica destreza tu mejor papel de actriz.
De ‘femme fatale ’. De víctima. Pero también de infecto reptil.
Pues fue así,
cómo, astuta y ladina, sagaz rata,
trazaste, sabes que lo sé,
en secreto tu plan ‘B’;
tu proyecto, tu propósito, tu meditado y cruel desliz.

Es ahora. Ahora que mis sentidos no te buscan, no te lloran.
Ahora que mi evocación no te extraña, no te añora,
el instante exacto de verte caer.
Porque es ahora, también; ahora que mi memoria aún no falla,
cuando resuenan en mi cerebro todas tus mentiras como letal metralla;
cuando tus palabras huecas todavía se retuercen, rebotan, estallan,
sólo con cierta virulencia en el fondo de mi ser.

Menos mal que en esta historia
sobrevive, me ampara la memoria;
para distinguir, para saber,
que no me harás más daño.
Y dónde, obviamente, no he de volver.
Pues este poema, tal vez,
el más extenso; esta jaculatoria,
cierra con fuerza el libro que ambos tuvimos ayer.

Menos mal, medito, mirando al cielo otra vez,
que me socorre la memoria;
al recordar de qué miserable manera hundiste sin dudar mis sueños
en tu perturbado afán por seguir tu desmedida ambición.
Para eso,
para tan vil proceso,
para tan repugnante acción,
no vacilaste un segundo en serme infiel; en acuchillar mi canción.
Mi canción, mis poemas y mis besos.

Ese era sin duda, así lo sospecho, el precio que tuve que pagar…
Y mientras yo soñaba con regresar,
cada día, al que era nuestro hogar,
muy alejado del amor que simulabas, y de ti,
lo presentí,
tú anhelabas, sin embargo, escapar, huir.
O, simplemente, no regresar.
Tu codicia, tu ansia de poder, era más fuerte que tú misma.
Esa maléfica pócima se transformó en tu propio sofisma.

De esa forma, de tu apetito por aparentar;
de presumir, de sacar panza hasta reventar,
fuiste convirtiéndote en tu propio enemigo.
En tu propio abismo. En tu propio mendigo.
Y de ello, he de ser testigo…
Preferiste, en suma, grandilocuentes palabras de hormigón.
Toda la charlatanería y la oratoria del payaso, del bufón.

La etérea posibilidad de que sonase el cálamo
a la sombra del álamo
te hipnotizó. Tan sólo porque te sentiste reina por un día.
Tan sólo porque te juró que la luna y la Vía Láctea te bajaría.
Cuando su intención, y quizá la tuya, fue iros juntos al tálamo.

Finalmente, abducida,
te esfumaste de mi vida.
Invadida por la emoción. Más veloz que el Talgo.
Con la cabeza repleta de juramentos.
Yo, entretanto, quedé rezando un momento…
Me conozco el cuento: ‘De raza le viene al galgo…

El caso es que la extraordinaria e impía felonía.
La venenosa y sobresaliente ingratitud.
El lamentable procedimiento inmoral de tu desvergonzada actitud,
terminó arrojando sobre las sombras que habitaban mi alma, luz…
La luz que tanto necesitaba. La luz, el desagravio y el raciocinio.
Y, dicho sea de paso,
ahora que con la perspectiva de los años repaso,
el curioso y no menos sanguinario vaticinio…

Muy bien. Perfecto.
Habló con sabiduría el decano prefecto.
Tiempo al tiempo.
Le dijo la noche al viento.
Porque eso, querida, es lo único que tienes. Todo lo que te queda.
De esa vela, no esperes más que cera...

Menos mal que me queda la memoria
para, sabiendo todo lo que sé, presentir cómo será tu caída.
Y cómo, tú misma, por tu avaricia, has de verte destruida.
Cuál ha de ser tu suerte, cuál tu destino
de la mano del charlatán.
Del bardo que te prometió lunas de tafetán.
Y sublimes cielos de cian
cuando sólo eran espejismos, putos charcos de alquitrán…
Del embaucador. Del farsante sin honor. Del malversador.
Del ladrón. Del timador. Del estafador.
Todo eso y mucho más, además de incorregible libertino…

En un futuro no muy lejano con creces pagarás.
A ese individuo, a ese sujeto,
le gustan en exceso las enaguas y el marisco. En concreto,
sin misterio ni secreto,
las almejas.
Eso no lo cambiarás.
Y de otros muchos seriales te enterarás,
antes de que, por la estafa cometida en la empresa ‘Fulana de Tal ’,
tengas que verlo entre rejas.


                                                                           
José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 16-18/02/2016


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