martes, 7 de junio de 2016

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | LA PRIMERA Y ÚLTIMA VEZ…



La primera y última vez que creí en ti, abril florecía
en los aleros. Tímido, abría
violento sus colores y sus olores a una tarde
que sin saberlo moría.
Mi alma, como siempre, se debatía
entre mi turbia realidad, mis anhelos y mis titubeos
entre lo acertado, lo desatinado y mis deseos.
Y, cobarde,
mi ánimo en su interior ardía.
Se consumía.

La primera y última vez que te recordé,
mi angustia trepaba por tus recuerdos herida.
El alazán de mis espejismos
veloz corría,
tan raudo como galopan fugaces e involuntarios los entusiasmos.
Sin saber entonces, que, incautos,
iban directos al abismo.

La primera y última vez que te presentí,
mi pequeño mundo no era de color añil;
el rostro de la vida no me sonreía,
pero, aun así,
mi temperamento,
pese a ir en contra del viento,
no permitía a mis ansias estancamientos.
Y nada ni nadie, ni siquiera tú, me detenías.
Y aunque ya volaba con las alas rotas
por el desamor y la melancolía,
y en mis acordes, en mis notas,
se derramasen con ímpetu diminutas gotas
de un pasado oscuro, nada, ni siquiera tú, contenías
lo que en mi interior con virulencia hervía.
Claro que por entonces yo aún creía.
Aún gozaba, aún tenía
un hilo de esperanza
hilvanado a mi ensueño,
a mi entereza,
a mi ambición, a mi empeño,
a mi confianza…

La primera
y última vez que te soñé,
aún venías hacia a mí,
sonriendo, vestida de genista.
De primavera.
Todo estaba por hacer, por descubrir.
Y prendido de tu mano, aquel nuboso mes de abril,
comprendí que no estaba solo, cuando elevé hacia a ti la vista.
El mundo, ahí afuera,
nos aguardaba en cada recodo, en cada arista,
en cada esquina.
Aunque sería
la propia vida, sin embargo,
la que, en un siniestro y brutal encargo,
se ocuparía
con excesiva crueldad y vehemencia
de confiscar mis sueños, convirtiendo, posteriormente, en anodina
mi existencia.

La primera y última vez que te soñé, sólo soñé que existías.
Pero nada de aquello era cierto.
La vida, harta de su vida, se había envilecido
con ella misma y conmigo,
y me engañaba;
acuchillaba mis ilusiones
en cada paso.
Se hacía más y más diabólica en cada uno de mis fracasos.
Asesinaba mis proyectos.
Sólo me brindaba alucinaciones,
falseando mi reflexión; alterando por amores los afectos
y en engalanadas amistades las más obscenas traiciones,
hipnotizando, así, mis insensatas emociones
por decisiones y juicios del todo imperfectos.
La vida, ahora lo sé, únicamente me embaucaba;
me enviaba artificiales cantos de sirena, mensajes incorrectos,
besos desdibujados, adulterados y abyectos.

La vida, por el hecho de ser vida,
no sólo no me ofrecía,
no sólo no me procuraba,
no sólo no me aportaba,
sino que me sustraía;
la vida me robaba
las pequeñas cosas que todavía
me quedaban,
que aún poseía,
abriéndome a cambio heridas…
Y por el contrario, el amor que tanto sentía,
que tanto había imaginado,
que tanto había idealizado,
con pánico al final descubría,
que no había sido
más que una fantasía,
una entelequia, una locura mía…

Yo, y no tú, vida,
fui el único culpable en esta loca y absurda travesía
envuelta en resplandores que, en realidad, no existían.
Pues era yo solo, quien, mendigando amor, se mentía.


                                                                                   

José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 7/06/2016


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