jueves, 8 de septiembre de 2016

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | AHORA QUE LOS SILENCIOS DICTAN RECUERDOS…



Y me quedé mirando al mar. A su azul profundo. Inmenso.
El sol, en silencio, se debatía
en su agónica caída hacia el ocaso;
un combate que, a diario, ganaba y perdía.
Pero, ahora, convertido en una refulgente bola de fuego herida,
únicamente era oro líquido derramado en mi memoria.
Viento del sur. Fragancia nocturna. Sueños al alba. Incienso.

Recordé tiempos pasados. Recordé otros atardeceres.
Y vi desfilar, ante mí, en un instante, gigantescos ayeres,
convertidos en soledades.
En tremendos golpes, en crueles realidades,
azotadas por olas que un día
fueron versos, poemas, canciones;
ahora sólo alzadas a la grupa de mis heridas, entre los renglones
de mi vida.

Confuso, advertí que el recuerdo de nuevo vomitaba
tiempos y nombres. Nombres y datos. Datos y horas.
Horas e instantes. Instantes eternos, que en mi recuerdo moran.
Que en mi recuerdo vagan.
Que en mi recuerdo crepitan.
Que en mi recuerdo hablan.
Que en mi recuerdo habitan.

Recuerdos que, en ocasiones, me tienen atento, cautivo, inmerso
en los recuerdos que yacen.
En los recuerdos que emergen.
En los recuerdos que me sumergen.
En los recuerdos que me elevan, me hacen
arañar versos…

Y me quedé suspendido,
sin llanto ni lágrimas mirando al mar.
Me quedé sin ojos con los qué llorar
por lo que ya lloré.
Imperturbable contemplé
en la bahía, el atardecer;
sabiendo que esos momentos, que una vez fueran cable de espino,
habían llegado bien a su puerto. Certeros a mi alma. Bien a su destino.
Y que, atinados y ensangrentados como viles asesinos,
se marchaban para no regresar.
Mi intuición no se mentía, de sobra sabía
que contentos y satisfechos en el desastre cometido,
una vez que habían dejado para siempre el corazón sometido,
no habían de volver.

Ahora es tarde para volar.
Ahora es tarde para soñar.
Ahora es tarde para esperar.
Tarde para esperar la señal del viento.
Tarde para escuchar su gemido de niño, para su lamento.

Cae perezosamente, ante mí, el crepúsculo en óleos rosados.
Con dagas, con lanzas, con fechas, con retratos del pasado.
Todo me susurra que la breve historia ha terminado.
Todo va oscureciéndose. Las sombras alargan sus dedos en el recodo.
Los temblores de nuevo despiertan.
Los miedos de nuevo se alimentan.
Inmortales
recuerdos letales,
que a mi espíritu regresan
cada oscurecer como lobos.


                                                   
José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 03-08 de septiembre de 2016


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