lunes, 5 de septiembre de 2016

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | LA SOLEDAD ME HABLÓ…



La soledad me habló. Me habló de ti. Me habló de mí.
Me habló del tiempo que viví.
Del tiempo que perdí.
Pero, sobre todo, me habló de lo inútil que es ser maestro y aprendiz…

La soledad me habló de tantas anécdotas, ya desdibujadas,
en esas noches de trepidante angustia,
que me dio pánico advertir cómo la flor de mi mocedad, ahora mustia,
se ha ido quebrando despacio ante la mirada
monocorde, estoica y ajada,
del reloj de cuerda. Para dejarme, de aquello que soñé, apenas nada.

Apenas nada de aquello por lo que luché.
Apenas nada de aquello por lo que surqué
otros paisajes, otras lunas, otras miradas,
otros besos,
otros universos,
otras noches estrelladas…

Y solo ante mi cielo, ante mis esperanzas descuartizadas;
solo ante mi reflejo, ante mi llanto, ante mis impetras,
presentí que el hado, en un gesto de desidia, se burlaba.
Para dejarme, en su abandono, sólo con el silencio de mis letras.

La soledad me habló desde la zozobra de las sombras.
Con calma, me habló de un fugaz  tiempo de rosas.
La soledad me habló de amor, de desamor, de otras tantas cosas…
Mas, de súbito, también, de cómo me mostró sus afiladas espinas.
Era su plan, sí. Su destino. Su sucio propósito. Su meditada inquina.

Y prestas, éstas, bailaron para mí. Ante mí, como musas siniestras.
Aviesas, burlonas, divertidas, danzarinas.
Enfurecidas. Enloquecidas.
En el ruido. En el silencio. Provocadoras. Atrevidas.
Pero hasta reventar mi alma. Hasta atravesar mi vida.
Con ella, tras ella, se fueron todos mis argumentos, todas mis ansias.
Todas mis fantasías, dejando perpetuamente abiertas las heridas.

La soledad me habló, desde el espejo, de cómo, mi risa,
quiso fugarse de mí una mañana, una tarde, un día;
de mis deseos, de mis empeños.
De cómo huyeron, sin saber de qué forma, mis sueños
sin llegar a hacer nada de cuanto deseaba, de cuanto quería;
y de cómo, aún hoy, acudo a esta torpe, inservible y absurda letanía.

También, de cómo, entonces, se desplomó indignamente mi vuelo,
dejándome caído,
mortalmente herido,
en este gris, anodino y sucio suelo.
Haciéndome deambular, abatido,
sin rastro de confianza, sin bálsamo ni consuelo.
Doblando, una a una, casi todas las esquinas
de mi existencia. Naufragando de verso en verso,
bajo las luces distorsionadas y ambarinas
de mi, cada vez más, pequeño universo.

La soledad me habló de esas noches
en que, de nuevo, emergen los monstruos, los fantoches
del recuerdo, las aflicciones del pasado; en esas oscuridades
débilmente iluminadas por mis grafemas.
En esas oquedades abiertas al vacío del alma. A la infinita pena.
En esas cenizas que provoca e invoca la memoria.

En esos instantes en los que pareciese que el alma se desgrana.
Para advertirme, que este viaje, que es vivir, no admite jaculatorias.
Que en este sinuoso recorrido, en esta delirante y frenética noria,
que es la vida, no cabe el llanto ni la nostalgia becqueriana.
Porque todo es hostil. Porque todo es febril. Y los errores se pagan.

La soledad me habló esquivando mi desasosiego;
echándose como una alimaña encima de la página aún en blanco, del pliego…
No existe, dijo con voz antigua y pétrea, con voz de sal y arena,
mayor castigo, mayor decepción, mayor frustración,
que tus propias quimeras; que tu propia tu gehena…

Pues, lo que pretendiste en la adolescencia como vocación,
como liberación, no sería finalmente tu mejor canción;
no sería tu más rutilante composición
como cantautor.
Sino, como cautivo de tus silencios,
como eterno aspirante a poeta y escritor,
tu mayor condena.


                                                     
José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 01/03 de septiembre de 2016

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