miércoles, 4 de mayo de 2016

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | ESCRIBIR, SIEMPRE ESCRIBIR... [1]



Escribir, siempre escribir…
Aun no teniendo mucho o nada que decir.
Sobrevolar, escapar
de la realidad que en ocasiones me atormenta,
me fustiga, me castiga, alimenta
esta hipocondría,
esta inútil e insalvable melancolía,
y me hace vomitar.
Huir. Necesito huir. Evadirme, sentirme lejos,
desplegar con urgente necesidad al aire mis alas de pájaro, de vencejo;
escribir e imaginar…
Fugarme y cabalgar.

A veces circunspecto, flemático y lánguido.
Otras, dejando salir mis demonios, delirante y enloquecido;
pertinaz, por las circunstancias,
absorbido, embebido
por mis letras.
Pero siempre, crear soñando, soñando crear…
Escribir, siempre escribir;
sentir en mi mente sus pequeños latidos,
derrotarme, o no, ante lo recordado y escrito.
Y al fin, desfallecido por la llaga, sucumbir.

Escribir, siempre escribir…
Vivir otras vidas, conversar con nadie,
fingir que existes, llorar al viento,
llorar en silencio,
llorar al aire…

Aun así,
aun por mis pensamientos malherido,
escalar sin descanso cumbres de silencios.
Remontar vértigos, acantilados de papel.
Surcar en mi locura extraños cielos de tafetán y oropel.
Subir, bajar,
acertar, errar,
reír, llorar,
desistir, intentar,
perder, triunfar,
reflexionar, madurar,
y vuelta a comenzar…
Serpentear entre renglones,
encallar las palabras en sus laberintos, en sus atolones,
para más tarde, casi siempre airoso, volver de nuevo a navegar.

Inhalar, respirar el aroma que desprende el poema;
la infinita melancolía que en él se hospeda, se deposita,
también la inmensa tristeza que silente le invade, le habita;
la indescriptible pena suprema
que, suspendida en el abismo del silencio, en el barranco
de la afonía de la misma página en blanco,
a gritos me llama;
me convoca, me cita,
me pretende, me solicita,
me emplaza, me reclama…

Escribir, siempre escribir…
Vivir otras vidas, conversar con nadie,
fingir que existes, llorar al viento,
llorar en silencio,
llorar al aire…

Y así, como un acróbata, como un suicida,
continuar sin tregua por el espiritado filo
de la espada de mis propias letras.
De mis propias emociones.
Siendo ese mismo hilo
el que va llevándome a empujones;
siempre entre la realidad y el sueño,
siempre entre la frustración y el empeño,
siempre entre el bien y el mal,
a vomitar palabras y más palabras
siempre para bien o para mal…

Y envuelto en un temporal,
en un vendaval mental;
alojado en el interior de una letal espiral,
morder con ansia el sedal mortal…
Masticar una vez, y otra vez más,
el ansiado bocado, el suculento sustento.
Y al tiempo de sentirme herido,
a veces de muerte, logrando por poco sobrevivir en el intento,
alimentarme como me alimento,
de la idea, del mensaje, del concepto.

Esnifar su esencia, su fragancia,
su melancolía, su aparente ausencia,
su espesura,
su epístola oculta,
su letra menuda,
su quejar;
su llanto,
su canto,
su eterno pesar…

Escribir, siempre escribir…
Vivir otras vidas, conversar con nadie,
fingir que existes, llorar al viento,
llorar en silencio,
llorar al aire…

Escribir, siempre escribir…
Dejar atrás el tiempo y saltar.
Revivir,
resucitar con letras de sal,
en una paradójica nebulosa, el pasado.
Resistir el recuerdo, desafiar con la pluma el verso.
Sobrellevar, cada vez con mayor esfuerzo,
el pesado equipaje con el que me va cargando la vida.
Y sin querer aceptarlo, sin desear saberlo, al final descubrir,
con la mirada quebrada y vencida,
que el ajado y desvencijado espejo,
va siendo cada vez más mi propio reflejo.

Escribir, siempre escribir…
Vivir otras vidas, conversar con nadie,
fingir que existes, llorar al viento,
llorar en silencio,
llorar al aire…


                                                                           

José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 2- 4 / 05/ 2016