viernes, 6 de mayo de 2016

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | ESCRIBIR, SIEMPRE ESCRIBIR… [3]



Escribir, siempre escribir…
Y huir.
Sólo por evadirme. Sólo por vivir.
Sólo por morir un poco dentro de mí.
Sólo por escribir.
Sólo por desvestir
de nuevo mis tristezas.
Y, así,
entre luces y sombras,
resistir.
Resistir este vaivén que sin duda me somete, va reduciendo
mi alma a cenizas mientras escribo; mientras sigo escribiendo.
Todo porque anhelo escribir existiendo.
Por escribir sobreviviendo.
Sobreviviendo por batir
mis torpes alas en este despiadado latir.
Sólo por escribir soñando.
Sólo por soñar escribir.
Por escribir recordando,
sin olvidar que un día he de morir…

Escribir en la noche, con la noche, bajo la noche;
atrapado por los fantasmas que habitan el recuerdo. Por los fantoches
que en la oscuridad florecen y devoran al hombre.
Escribir preso
en la oscuridad del alma, en la confusión
que invade, que aflige, pero alimenta la evocación
del beso pretérito. Tal vez, del ayer, la furtiva mirada.
Quizás, súbitamente, aquel nombre.
Aunque ahora es muy tarde para ese dilema, para ese proceso;
ahora, su inquieto revoloteo, apenas me diría nada.
Ha caído demasiada desolación
sobre mis poemas.
Posiblemente, ahora, apenas me hablaría;
apenas suscitaría mi pasión,
mi hipocondría,
apenas apreciaría, apenas sentiría
su calor. Su irrefrenable fervor…
Definitivamente, ahora, es tarde para eso.
Todo tiene, en mis indolentes emociones, un sabor
lejano, extraño, confuso, desapasionado, espeso.

Pero a pesar de lo acontecido y vivido,
seguir.
Seguir escribiendo, siempre escribir…
En ocasiones, cautivo
de la angustia, de la quimera,
del poema imperfecto, de la apresurada y marchitada primavera.
Del vértigo que provoca, en un violento silencio, la tiniebla.
Del absurdo tapiz con que la vida,
sólo a medias,
cierra, repleta de indiferencia y apatía, la herida
de la melancolía; la magulladura de la angustia. De la bruma
que llega y se instala en la existencia
de la forma más opaca,
insolente, hiriente, corrosiva,
impertinente, importuna,
obstinada y bruna…

Y esgrimir,
aun así,
desde la zozobra, con insistencia,
la única espada, el único aliado, el brillo de la pluma
como único bastión, como único asidero en la tormenta
que ávida y fantasmagórica se muestra
en el centro de mi ser con absoluta irreverencia;
que rauda se cierne, vertiginosa y agresiva,
sobre las reflexiones de la reminiscencia.
                                                                                   
                                                                                   

José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 1/06/2016