lunes, 17 de octubre de 2016

LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO | DESDE EL ODIO [ Y OTRAS SOMBRAS ]



Es tan larga,
tan despiadada, tan amarga,
tan cruel la espera,
mientras asciende en mi interior este salvaje estremecimiento…
Fue tan fugaz, tan leve la brisa,
tan breve el viento,
que marchitó mis últimas sonrisas;
tan brutal el asesinato de mi recién estrenada primavera…
Fue tan honda la herida
que aún mantiene la llaga en carme viva;
que se retuerce con saña
dentro de mí. Que empaña
con tanta fuerza, con tanta espesura
mi ánimo… Que sólo, de entre todos mis intentos,
de entre todas mis hazañas,
sobreviven el odio y la locura.

Porque junto a mí creces
en la oscuridad como una espina, como una bestial alimaña.
Porque te sostienes del aire que respiro, de mis entrañas.
Porque vigilas mis pasos.
Porque te retuerces
de satisfacción con mi dolor, con mis fracasos.
Porque te esparces
dentro de mí como un charco de sangre,
como una ciénaga de lodo, dentro de mi alma.
Porque me dejas prendido al miedo que produce la noche.
Porque desvalijas de golpe
mi escasa serenidad, mi exigua calma.
Porque destruyes mis ansias.

Porque yo también, a la vez, me nutro de ti,
de tu siniestro instinto.
Porque hace tiempo que mataste en mí,
lo poco de bueno que quedaba, dejándome sólo el vacío;
el vacío, y esta enorme tormenta interior, este caudal, este río,
este hastío, este desafío.
Este silencio que no se apaga,
Este silencio que a gritos me castiga;
me apalea, me tortura, me fustiga.
Esta huella, esta inquietud, este resentimiento
que me impide caminar hacia adelante, que me retiene.
Que me aparta, me detiene.
Que me mantiene
atento en un mundo, en una raza, en una especie en la que no creo.

Así de desalmado es este lacerante equipaje;
este impagable peaje.
Esta pesada carga.
Esta existencia anodina y bastarda.
Este desconcierto. Esta ineludible hipocresía. Este arreo.

Este reconcomio que me azota, que me eleva a la impiedad.
Que me sumerge en mi propia miseria, en mi propia ansiedad.
Este beso de Judas que me corrompe.
Esta desmedida traición.
Esta permanente frustración.
Esta puñalada a cambio de nada.
Esta mirada que ya no mira, que ya no dice nada.
Esta maldición que me envenena, que me sangra, que me rompe…

Esta fobia que me secuestra, que en sí misma se sustenta.
Este resquemor, que en el escepticismo se argumenta.
Esta fiera, que en el interior de mis sombras anda suelta.
Este rencor que me daña. Este encono que me atormenta.
Este odio, que desde el odio de mi roto corazón, de mi esencia se alimenta.

                                                                                 
                                                               

José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 17 de octubre de 2016