ÁLTER EGO [2008]



CIERTO DÍA, CIERTA NOCHE

Cierto día, mi angustia fabricó
un sueño por el que deslizarse.
Y, cierta noche, mi agonía delineó
un mar y un arrecife donde encallarse.

Y juntos, una Luna que seguir.
Y juntos, una estrella que adorar.
Para juntos, después de naufragar,
volver de nuevo a navegar.
                                                                                          
                                                                                           
Abril, 2005










LOS MONSTRUOS DEL SILENCIO

La noche se alargó
buscando la fría mano de una estrella.
Sin embargo, sólo aquel estrepitoso vacío
me guiñó sus ojos de silencio.
Melancolía;
ese beso de sal,
ese extraño beso.
Hipocondría;
esa larga mirada atrás,
esa densa sensación, ese espeso,
cruel, recalcitrante y despiadado eco.

Que ya no me muerde,
que ya no me araña
pero que, en las noches de vigilia,
donde los monstruos del silencio habitan,
emergen desde las sombras
con la boca seca de sentimientos muertos
por la traición, y me invitan
a buscar entre la soledad al poeta
y entre los renglones, sus versos.
                                                                                 

Navidades, 2005










SI PUDIERAS VERTE…

Si pudieras verte con mis ojos.
Si pudieras amarte con mi amor.
Navegar como navego por tu cuerpo
y, desde tu cuerpo, ser yo…

Si pudieras besarte con mi boca.
Si pudieras acariciarte con mi lengua,
andar como ando, como recorro tus veredas, tus sendas,
y, desde la fragancia
de tu cuerpo, ser yo…

Comprenderías, por qué tu ausencia
me hiere,
me atenaza,
me atrapa, me mata,
me detiene…

Por qué hilvano los segundos
desde mi ventana hasta tu ventana.
Y por qué, en tus noches más tristes, más lánguidas,
soy tu estrella más temprana.
                                                                                 

Navidades, 2005










A DONDE YO VOY

A donde yo voy nadie puede seguirme.
Nadie. Ni tú. A veces, ni yo mismo.
Resulta complicado expresar el sentimiento.
Como imposible resulta atrapar un sueño o, simplemente, el olvido.

Las palabras, entonces, mágicamente, se desgranan en intentos,
en vanos intentos. Las letras, en mi mente, se rompen en pedazos.
El ensayo, inútil y afilado, resulta casi siempre devastador y cruento.
Más tarde, la alquimia del tiempo
los reduce a retazos…
Por eso, a donde yo voy, no hay más que silencio.

A donde yo voy sólo silva lento
un extraviado, extraño y derrotado viento
que mece con ironía retales; migajas de poemas solitarios.
Migajas que, la mayor parte de las veces,
ni vomito ni nacen,
únicamente subyacen
dentro de mí. Y sólo me limito a presenciar impasible
cómo, al igual que en ocasiones les doy volumen en un segundo,
al siguiente desaparecen, se deshacen
y permanecen inertes, dormidas,
para ser túnica, abrigo,
tegumento, argumento de mi soledad… Después sólo olvido.
O tal vez, para siempre, para el letal recuerdo de mis heridas,
para la mortal evocación de mi pasado, lamento.
Por eso, a donde yo voy, no hay más que silencio.

No puedo. Sé que no puedo seguir a mi deseo,
a mi propio deseo, a mi sueño.
Tampoco a mi angustia, o a mi zozobra.
Mi bizarría, mi empeño,
mi talento, mi valentía de Teseo
quedó malherida, traspasada por el amargo puñal de la penumbra.

Tan sólo, en este absurdo viaje, quedo yo; lo que soy.
Lo que fui…
Siempre enredado,
siempre envuelto y desconcertado
en las sombras de mí mismo.
Por eso, a donde voy, a donde camino,
hacia donde van mis palabras
solas, erráticas, sin rumbo, sin destino,
directas al abismo,
sólo hay silencios;
vestigios, acaso, signos
de mí mismo.

¿Y me importa? Seguramente lo justo.
Y lo justo es casi nada. Porque, a donde yo voy, voy desnudo.
Desnudo, persiguiendo…
Probablemente, a la vez huyendo
de senderos de tiempos pasados, confusos;
de amores de cartón piedra, de proyectos inconclusos…

Ahora, solo, bebo otra vez de este inagotable brebaje.
Ahora, solo, me arrojo a este largo y desconcertante viaje.
De nuevo, mochila al hombro, visto mis ojos de paisaje;
procuro olvidar la hiel del ayer y doblo esquinas.
Me voy, me alejo, mis sueños de vencejo, no arden con la bencina
de una traición.

Aunque, cada vez pese más esta maleta, este molesto equipaje.
Este abuso de emociones, este impagable peaje.
Esta autopista al infierno de mí mismo, este hastío, esta ruina,
esta desazón.

…Así que aquí me encuentro; dando guarida a mi corazón,
que es mi mar. Y a su intenso oleaje.
Buscando una atalaya, una mano donde asirme.
Un beso a tiempo, en un tiempo incierto…

Y un puerto.
Un puerto donde guarecerme de los malditos ojos del pánico.
De los malditos ojos del silencio, insoportable y vesánico,
donde otros como yo, por mucho menos, ya han muerto.










LA ESTÚPIDA DEMENCIA DE LOS MUERTOS (1)

Y al observar sus cadáveres flotando,
amontonados, en los márgenes del desprecio
o la felonía,
la verdad se me arrodilla
y descubro sin acritud, ni lágrimas, ni sangre, ni hipocondría,…
sólo desde mi silencio, casi de puntillas,
todas las causas:

Y es que, en realidad, los besos que se creían olvidados,
cuando las caricias eran deliberadamente evitadas,
sencillamente ya se han derramado
suaves, pero en otras camas,
cuando la liturgia de amor, ahora aletargada;
ahora, mustia y paralizada,
ha cobrado ríos de lujuria desenfrenada
en lechos furtivos de noche apresurada.

Pero no, yo no, yo no estoy muerto. He sobrevivido
a la traición, y a ti, amigo, te lo digo.
No han podido
quitarme lo intacto, lo cierto.
Sólo, si acaso, cierta estable rutina.
Sólo, si acaso, de mis pasos, cierta huella.
Sólo, si acaso, de la mañana, cierta bruma.
Sólo, si acaso, de la tarde, cierta neblina.
Sólo, si acaso, de la noche, cierta estrella.

Por eso os veo muertos.
Muertos por fuera,
por dentro tan muertos.
Como si el motivo pareciera
que vale más que ellos
o que ellas.

De todos ése es, sin duda, tu mayor error;
tu mayor equivocación, tu mayor deslealtad:
dejar de quererte,
dejar de creerte,
dejarte dejar…
Dejarte de amar.

Y atiéndeme bien: si sus cadáveres flotan
¡Por Dios, no los escuches, no los sigas!
Porque sus angustias, sin embargo,
van a tirar de tu apaleada voluntad
como sirenas locas,
como ecos enloquecidos y dementes,
hacia el foso donde se amontonan sin piedad
los perdedores.

Los que sin saberlo ya perdieron,
sólo porque equivocaron
besos en busca de besos
y bocas en busca de bocas…
                                                                                 

En Memoria de Pedro M. González Lorca









LA ESTÚPIDA DEMENCIA DE LOS MUERTOS (2)

Pero no, no has podido…
Desde la demoledora memoria del odio,
finalmente, te has dejado vencer.
Por la venenosa memoria de la angustia
te has dejado mecer.

Ninguna de las voces llegó a tiempo;
los gritos no aplacaron tu sed.
Y, así, con la mirada atravesada
por la felonía, pero también por tu estupidez,
has ido cayendo al acantilado.

Al foso indescifrable, inanimado,
de los que viven porque no saben morir.
De los que viven sin saber por qué ni para qué.
De los que mueren, al fin y al cabo,
porque no han sabido,
no han querido,
o no han podido
echar un cabo
a tiempo en su propia tempestad,
en su coherencia, ni en su raciocinio.

Ha sido para ti más fácil buscar, sin más, el vaticinio
de tu propia destrucción…
¿Por qué no has podido?
¿Por qué no has sabido…?
                                        

En memoria de Pedro M. González Lorca










SOLEDAD

A ti, soledad, por tus suaves manos blancas.
Por inundar de palomas mis letras.
Por tus miradas; a veces dulces,
a veces crueles,
pero siempre limpias.

Por tus largos silencios;
a veces cargados de angustia,
a veces de melancolía,
pero siempre dispuestos
a darme las alas precisas
para soñar despierto.










ESO ES TODO. APENAS NADA…

A ese árbol de ojos rojizos. Cipreses de sombras.
Sombras en lanza.
Crepúsculos que decapitan la esperanza,
que la tarde tibia despedaza
en trozos de silencio. En silencios que acarician y abrazan
la lágrima inoportuna de una oportuna soledad.

A ese instante que no llega,
aun cuando mis torpes e inquietos dedos le reclaman,
y le gritan a voces de lamento, desde mi oscuridad.
A ese vacío letal que tanto me vacía y me llena de ansiedad.

A ese verso de aristas desconocidas e imprecisas
que me quema en las entrañas incapaz de vomitar,
aun cuando mis manos temblorosas lo buscan pero no lo hallan.

A esa tarde que por fin se desvanece, se desmaya,
leve en las esquinas.
Que revolotea sin mirarme y huye apresurada
de mi vida,
sin ofrecerme más que un guiño de olvido en la mirada.

En su indefinida mirada dorada…
Es todo cuanto quería;
derramar lenta,
en el vivificante soplo de la noche acelerada,
mi agonía.
Eso es todo. Apenas nada…










SI ES QUE ALGÚN DÍA VUELVO A VERTE

No sé si volveré a verte.
No sé si volveré de nuevo a besarte.
Tan sólo, no sé…
Pero, aunque te hayas ido, aunque te fuiste,
de alguna manera, también te quedaste.
Sí, amor. Eso, al final, es lo más importante.

Porque el recuerdo de mis dedos
y mis labios,
se quedaron enredados
en tu pelo bruno.
Y mis besos
se perdieron frenéticos por todo tu cuerpo.

No me importa no volver a verte;
has dejado tu aroma derramado por mi casa.
Y tu aliento y tus gemidos, dormidos en mi cama.
Y el canto sonoro de tu risa
retenido en las aristas, en las cornisas
de mi vida.

Y, así, porque estás lejos, te amo más.
Más aún. Intensamente. Siempre más.
Con más pasión, con vehemencia, vehementemente.
Con deseo. Con un delirio casi doloroso, irreverente…
Todo eso, porque no sé si algún día te veré.
Porque no sé si algún día volveré a verte.

Yo, por mi parte,
seguiré caminando, navegando.
Navegando solo. Sólo navegando.
Caminando a través de mis silencios.
Caminando caminos de nadie.

Vomitando palabras llenas de miedo.
Desnudando segundos, horas y días, poblados de vértigo.
Abriendo ventanas a mis quimeras en la noche vacía y rota.
Lanzando, ladrando como un perro, estúpidas palabras a la luna.
Cerrando puertas a un pasado que me devora y me derrota.

Seguiré, sin duda, llorando poemas al caer la tarde.
Trenzando versos en mis ojos, en el aire.
Imaginando historias. Imaginando…
Recordando tu mirada de niña, siempre recordando…

Y, pasado el tiempo,
si es que algún día vuelvo a verte,
hablaremos, sin rencor, de cómo nos va.
De cómo nos ha ido.
De a quién conocemos.
De a quién, en ése tiempo, hemos conocido.
De quién nos acompaña en ése instante.
Por quién, de amor, morimos…

Entonces, sólo entonces, te diré sereno,
con la mirada detenida
en la tuya; anclada, maniatada, fijada, en el almíbar de tu mirada…
Si es que te veo,
si es que algún día vuelvo a verte,
que nunca, nunca a pesar de todo,
dejé de quererte…                                               
                                                                        

30 de octubre de 2005










ARRODILLO MIS SENTIMIENTOS

Arrodillo mis sentimientos
de sentimientos contrapuestos.
De olvido,
por luces y sombras recorrido.
Nombres y fechas sin recuerdo.
Heridas sin sangre.
Sendero sin huella.
Noche clara, al tiempo, sin estrella.

Arrodillo mis sentimientos
con los ojos firmes y pretéritos:
saber que existes,
es saber que has muerto.
Saberte cerca,
es sentirte lejos.
Saberte aquí,
es presentir tu ausencia.

Arrodillo mis sentimientos
de pasión dormida;
tal vez, asesinada.
Por eso, verte,
es no sentirte.
…Saber lo que sé de tu vida
me produce, apenas, una patética sonrisa.
Y tú sabes que lo sé; ésa será para siempre tu herida…










LA DUDA

He querido hacerte un poema…
No lo sé, quizá, a mí mismo.
Lo cierto es que no he podido;
la pluma de mis palabras se ha derramado en mi silencio.
En mi propio abismo.

He perdido, sin poder evitarlo, el camino
de regreso a tu mirada…
Me extraviado en extrañas esquinas,
en aristas imprecisas,
en alguno de los muchos ángulos de mi inoportuna confusión…

Y, ahora, ya no recuerdo, tengo dudas;
no recuerdo exactamente de qué color eran tus ojos;
si pardos, o acaso glaucos…
No recuerdo, tampoco, ahora, el color imposible de tus labios.

No sé si son los mismos que me besaron
o si los mismos que te soñaron.
Si mis sentidos olieron la sal de cuerpo
o si sólo, calladamente, la desearon.
No lo recuerdo…

Me estoy perdiendo inevitablemente en la afonía de mi lamento.
En la angustia de este maldito silencio;
en un abismo tenebroso e incierto
de besos apagados y desleídos.
En la duda misma de mi triste y, cada vez más,
absurdo y desgastado argumento…










LA VIDA EN LA VENTANA

La vida en la ventana pasa. No se detiene jamás.
Con ningún pretexto. En ninguna circunstancia.
Con ninguna excusa. Porque, en el fondo, sólo es un pasajero más
de los miles que cada día atraviesan esta avenida.
La vida en la ventana pasa veloz, con vértigo,
con una extraña e indeseada aceleración.
Pero, la vida en la ventana, también transcurre lentamente.
Y, siempre, inversa e invariablemente,
proporcional a mis deseos.

La vida en la ventana es un monstruo de zarpas doradas,
al caer la tarde,
con el que jamás se puede conversar ni negociar.
Nunca atiende a mis súplicas,
y, en todo caso, responde
con un amargo sabor a café.

La vida en la ventana es como un soplo de aire fresco
que deja caer el día, en un velo de silencios,
cuando vencido se detiene, un instante, en mi balcón.

La vida en la ventana tiene intensos aromas y recuerdos
de otros días.
De otras fechas
que cruzaron veloces ante mí, envueltas en suspiros.
Y, también, de noches. De esas noches pobladas
de exagerada melancolía.
De noches, que arañaron sin piedad
mi angustia y mi alma de poeta.

De noches que asestaron las más brutales y desmedidas puñaladas
a mi quebrada soledad.
De noches que contemplaron impasibles
la destrucción de mi mente.
Aunque si tuviera que ser completamente sincero
tendría que reconocer, también,
aquellas otras tantas que se deslizaron
con auténtica necesidad bajo mi pluma,
para liberar con urgencia mis fantasmas, mi bruma,
mi agonía…

Y eternamente, desde su oscura y callada protección,
me hicieron simplemente libre.

La vida en la ventana posee un magnetismo especial.
Una magia insólita y extraordinaria.
La vida en la ventana me acerca a otros días.
A esos días de infancia que, muy lentamente,
fueron durmiéndose para no despertar.

La vida en la ventana, en cierto modo, me protege.
Me rescata a tiempo de la marabunta humana
que pulula en las calles.
Y, desde ella, me siento a salvo. Aunque,
al mismo tiempo, me sienta secuestrado.
La vida en la ventana es lo que yo he elegido.
Es, tal vez, mi propio castigo.

Un lánguido, feroz y sereno castigo
que me desconecta del mundo exterior
para ofrecerme esta soledad.
Una soledad etérea y contumaz.
Una soledad que, a menudo, se enreda
temblorosa y silente
en las paredes, en el ambiente,
en el humo de mis cigarrillos, en mi cuarto, en mi mente…

La vida en la ventana no tiene importancia para nadie,
salvo para mí, que escucho atento
sus latidos menudos; sus impacientes movimientos de feto,
sus pequeños pataleos,
sus quejas…

La vida en la ventana es un delirante y bestial axioma.
Una rotunda verdad que emerge con fuerza
desde el ángulo preciso:
una verdad que nace y camina
entre la gente asomando con irreverencia su hocico
de roedor inquieto.

Su ambiguo perfil. Su desconocida personalidad.
Ocultando, a su paso, en cada persona, su rostro derramado.
Un rostro gris y rancio.
Un rostro que me hace la sombra al caminar en la calle.
Un rostro histriónico y burlón.
Un rostro que se me cuela, sin previo aviso, en la piel.
Entre las mentiras y promesas que me hago a diario, sin intención.
Entre las sonrisas y las lágrimas que vierto en silencio
por todo lo que me rodea, por todo lo que siento,
por todo lo que vivo,
por todo lo que imagino…

La vida en la ventana también es mentira.
Una meditada, larga, despiadada y sórdida mentira,
que atraviesa mi alma en cada renglón de mi existencia.
Porque me doy cuenta que, la vida en la ventana,
es tan falsa y tan mediocre como la amistad desleal.
Como la felonía en el amor. Como la propia vida.

La vida en la ventana me usa y se deshace de mí.
Me engatusa con frases bonitas,
me regala el oído, me promete el oro y el moro
en cada palabra que me susurra.
Me cuenta historias. Me enamora.
Me seduce con su palabrería de vendedor de libros.
Y, más tarde, cuando ha conseguido de mí lo que pretendía;
cuando ha sacado a empujones lo poco de bueno que queda en mí,
me olvida dándome la espalda, en el mejor de los casos.

Desde mi ventana, en silencio, me olvido del tiempo.
Sólo soy un espectador. Un silencioso espectador.
Un náufrago amarrado a los vaivenes de las horas.
Esas mismas que corren precipitadamente
y se amontonan, las unas sobre las otras,
para no decirme absolutamente nada.

La vida en la ventana nunca empieza.
Nunca acaba. Nunca termina.
No sé, con exactitud, cuál es su principio
ni cuál su final.
Es sólo un vértice confuso y extraño.

¿Es verdad? ¿Es mentira? ¿Es melancolía?
¿Es desamor? ¿Un sueño? ¿Una pesadilla?  
¿Es una carta que nunca llegará a su destino?
¿Es una lágrima perdida,
quizá herida,
entre los versos del poema que escribo?

¿Es un beso que no llegó a tiempo?
¿Es un traje de silencio?
¿El tic tac de un reloj?
¿Un adiós quizá? ¿Una vida destrozada?
¿Una muerte callada
que se asoma sigilosa por debajo de mi puerta?

¿Un mensaje de amor en una botella? ¿Una isla?
¿Agua estancada en mi cárcel de angustia?
¿En mi cárcel de soledad?
¿Un refugio? ¿Un grito cruel desde las sombras que me rodean?
¿Un lacerante olvido? ¿Un pasado turbulento y equivocado?
¿Un futuro incierto, amenazante y maniatado?

La vida en la ventana lo es todo y, al tiempo, no es nada.
Es sólo un segundo, un instante, un chasquido, un flash,
un rumor de caracolas, un pensamiento inservible
y seguramente estúpido que me lleva de nuevo, sin descanso,
al mismo punto de partida.

Al laberinto de mi mente.
Al proyecto inconcluso.
Al designio perdido.
A la duda permanente.
Al despropósito.
A la pregunta recalcitrante.
A la cuestión sin respuesta…

La vida en la ventana es una ventana.
Un atardecer deslizándose hacia el silencio
bajo un sol de cobre.
Una metrópoli estremecida
por la ansiedad y la mentira.
Un bosque de edificios
derramando afónicas historias de soledad.

Una avenida que sangra
lamentos de gente que vive, camina y agoniza
en su propia angustia. 
Una persona, mil personas,… todas las personas.
La vida en la ventana es, única
y exclusivamente, lo que yo imagino desde ella…
                                      

Relatos Apócrifos… (O no tanto).










EL TIEMPO NO SABE

Pretender apedrear el sol con los recuerdos,
acariciar con los dedos la línea del horizonte buscando el verso,
intentar arrancar el dolor de la memoria en un esfuerzo,
se hace imposible. Pero, sobre todo, es el más inútil de los deseos.
El más delirante y estúpido de los anhelos.

El tiempo no sabe caminar hacia atrás.
Nunca lo hace. Jamás regresa.
Sólo nos devuelve, como mucho,
sus cadáveres; brumas
de suave angustia, que caminan desde mi mente hasta mi pluma.  

Hurgar en las heridas sin sangrar,
deshilar pensamientos al aliento de sueños que se ahogaron
en noches veladas, sin destello.
Sentir cómo una soledad mordaz escupe sobre mis llagas
devorando mis últimos intentos de volar.

Advertir cómo, en la calle, la oscuridad avanza
con pasos de silencio
y dentro, mi alma, se inquieta, se desvanece, se despedaza
en ejércitos de agujas invisibles,
no sirve de nada. Son sólo lágrimas de cemento.
Sólo lamentos.
Lamentos sin sentido.
Es irreversible.

El tiempo no sabe caminar hacia atrás.
Nunca lo hace. Jamás regresa.
Sólo nos devuelve, como mucho,
sus cadáveres; brumas
de suave angustia, que caminan desde mi mente hasta mi pluma.


José I. Hernández Meseguer
Álter Ego






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