CARTAS A MACHADO —Desde Portbou— [1979]



RELOJ DE BRUMA

Me gusta morir en tu recuerdo
como algo que he conocido
eternamente.
Como algo que, sin saber cómo ni por qué,
viene hiriéndome desde siempre…

Como algo que jamás tuvo preludio ni antes.
A veces pienso que entre tú y yo
nunca ha existido el tiempo,
porque tu alma y la mía han sido
calzadas para el mismo camino.

Y nuestros poemas son sangre de las mismas
soledades y las mismas tristezas.
Las gaviotas del tiempo
vuelan sin parar su reloj de bruma
pero el pequeño surco que nos separa
está trenzado por la melancolía
de nuestros poemas
tejidos en las claras noches de luna.
                                                                              

J. Israel 12/79










El POETA Y EL MAR

Sé que caminabas por la orilla de la playa
al atardecer
como una sombra que apenas tiene sentido.
Sumido
en no sé qué poema.
Y al caminar,
el monocorde sonido
del mar,
te llenaba el alma de soledad.

Porque tus ojos son recuerdos
de antiguos besos que te queman la piel.
Y sigues caminando,
ahogando tus recuerdos de hiel
entre la bruma de este atardecer
lánguido. Y comienzas a trenzar silencios;

“… En este atardecer de otoño,
otoño de mi vida,
otoño de mis sueños,
otoño de mi otoño,
otoño de mi alma herida,
quiero mirarte, mar,
y a esa luna vieja y polvorienta
que abre llagas de cristal
en mi viejo corazón de poeta
y en tus largos caminos de sal.”

Quiero sentir el último grito
de las olas que mueren
odiando su destino…
Quiero sentir,
en esta tarde gris,
la vieja melancolía de mi amigo, el mar…

Tan cerca y tan ausente,
tan presente y tan distante.
Quiero sentir en mi alma
la queja amarga de su llanto
que se enreda en la soledad que amo tanto
y que, a cambio, sólo me da soledad;
fantasma de mi cuarto,
de mi noche, de mi lecho, de mi llanto.

De mi casa, de mi paso lento
y de cuanto
hago.
De mis ojos, de mis manos y de mis cantos.
(Vagos canturreos  mal sonantes
sin ritmo ni compás,
ni forma alguna de hacerlos entonar.)

Quiero sentir, una vez más,
cómo las olas se rompen violentas
entre las piedras.
O, por el contrario, con que sumisión
terminan su dulce canción
en esta playa desierta,
esta lánguida y absurda
tarde de otoño.

Deseo sentir, con todas mis ansias,
esta tarde que se me escapa
sin poder evitarlo…
Y que sólo me deja un pasado
presente y un futuro acabado.
                                                                              

J. Israel 12/79










MAR

Mar: camino de mis gaviotas,
camino de mis soledades,
de mis penas…
Camino de mi fantasía y sueño
cuando te evoco,
cuando te siento,
cuando te toco
con mi aliento
o mi tristeza, poco a poco.

Lentamente, sin prisa,
mientras pierdo mi sonrisa
en tu cuerpo azul pálido.
Pero tú, mar. Pero vosotras, mis gaviotas;
sois el único sentido de esta absurda
monotonía. Lo único grande.
Lo único que me mueve
y también lo único que me hiere.

Mar: eterno amigo
de mis gaviotas.
Baúl insondable de mis secretos
llenos de mis penas.
Inseparable compañero
de mi hipocondría y mis quimeras.

Mar: compañero.
Reflejo
de mis agonías.
Espejo
de mis melancolías…
No se lo digas
a nadie pero me siento
un poco viejo.
                                                                              

J. Israel 9/1/80










FEBRERO Y EL MAR

Esta mañana fría y gris de febrero
se esparce como un río
sobre mi cuerpo.

El viento azota las calles de  este pueblo
y me siento a solas con mi quimera
que brota como un fuego
lento que me abrasa. Otoño de mi primavera.

Primavera de mi otoño.
No quiero recordar, no quiero.
Necesito verte para sentir tu inmensidad,
tu grandeza sobre mi soledad.

Necesito verte esta mañana fría y gris de febrero
levantándote ante el mundo.
Levantando tus olas de crestas nacarinas
sobre el pequeño muelle.

Y golpear las rocas con la fuerza
de una primavera sin nada que olvidar.
Levantando tu inmenso ejército
como un dios cargado de odio
y sangre.

Te esparces.
Te hundes pero te creces
sobre el pueblo que te olvida.
Golpeas esta parte del mundo
porque odias. Porque has amado.

Rompe tus cadenas.
Levanta tu carne de siglos,
levanta tu inmensa cabellera
y azota este pueblo,
azota el puerto.

… Azota, azota mi quimera
para sentirla más alma,
más alma en este día gris de otoño…
En este otoño de mi primavera.

                                                                              
J. Israel 20/2/80










DIME…

Dime poeta:
¿Han marchado todas mis gaviotas?
Dímelo y me sumergiré en la vida.
Estoy cansado.
No tengo ni luz, ni mar, ni sueños.
Sólo monotonía. Aún más: hastío.

Dime poeta;
sé sincero.
No trates de engañarme,
no trates de hacerme más fácil el sendero.
Dime si han muerto mis gaviotas.
Dime si el mar sólo es el mar
y el atardecer
una hoja al caer
del calendario.

Dime si mi viejo corazón marinero
ha quedado encallado
en algún extraño mar
sin playa ni arena
y me sumergiré en la vida.

Y cabalgaré en la vida
vacío y solo, pero montaré a la grupa
por ellos. Sólo por ellos.

Y veré amanecer y anochecer
diariamente, en silencio.
Ya no sentiré su fuego.
Y veré el mar con melancolía
desde el embarcadero
mas no sentiré su fuerza
galopar por mis venas calladas, amargas.

Y vomitaré, día tras día,
todo el asco que me produce
mi jaula de cristal,
viendo cada mañana alejarse un poco más
mis sueños.
(Como esas barcas
que se hacen a la mar, cada aurora.)

Hasta que un día, triste día,
otearé el horizonte y comprenderé
que mis sueños están lo suficientemente
lejos cómo para no verlos.
Se habrán marchado.

Un temporal los derribará
como barcos de papel,
o irán a morir a cualquiera
de esas playas
de donde nada vuelve,
ni siquiera la esperanza.

Y cabalgaré en la vida
vacío y solo, pero montaré a la grupa
por ellos. Sólo por ellos.

Por eso, dime poeta;
¿Adónde irán a parar mis días de lluvia
y mis chopos deshojados por el otoño?
¿Y mis rebeldías?
¿Y la trémula luz de mis días
por ser poeta?

Ellos me necesitan. Tengo…¡Debo
beberme de un sólo trago
mis sueños, para esclavizarme
sin el menor reproche!
...De por vida.
Y mirar el calendario como el único reloj
de mis días absurdos
y monótonamente vacíos.

Cabalgaré en la vida
hastiado y solo, pero montaré a la grupa
por ellos. Sólo por ellos.
Ellos me necesitan.
Y yo, supongo, a ellos.
                                                                              
J. Israel 19/4/80










ATARDECER

Atardecer;
tú también te mueres en mi alma perezosamente,
sin prisas.
Te hundes conmigo. En mi silencio.
En mis agonías.

Siento en ti la melancolía.
Una melancolía cargada de llanto y pena.
Una tristeza que hiere cada tarde
el cielo cuando oscurece.
                                                                              

J. Israel 1/5/80










EN COULLIURE…

I
Ayer me preguntaron por ti.
Tímidamente. Inseguros. Con torpeza.
Ni siquiera dijeron bien tu nombre.
Yo tampoco sé, en realidad, cómo se dice.
Ni cómo se llega.
Ni por dónde se va.
Pero sé que existes en mi corazón sin conocerte.
Simplemente te imagino.
Algún día te veré.
Sé que velas incansablemente su sueño
en tu pequeño cementerio.

II
Algún día iré. Será un verano cualquiera.
Estará atardeciendo. El cielo se pintará
de rojo y violeta en su vientre.
Creeré, por un momento, que la tarde
se esté quemando
mientras la veo hundirse en el horizonte.
En silencio.
Desde ahí mismo veré el mar.
Al fondo.
Perdiendo su color. También los montes
serán sólo inertes figuras.
Se oirá el rumor del mar
como una canción de cuna;
SUAVE.
Y los lejanos ladridos de unos perros
abrirán quimeras en la noche
BREVE.
Se esparcirá LEVE
un agradable olor a grama.
Olor a tierra mojada: húmeda
por el lugar solitario y sombrío.

III
Entonces te buscaré con todas mis ansias,
con todas mis fuerzas de poeta,
con toda mi soledad,
con toda mi agonía…
Con todos mis veintitantos años vacíos,
y me diré a mí mismo: nada vale nada.
Todo es vano e inútil; una mierda.
Contemplaré, en silencio, la noche
que extenderá sus alas de oscura bruma
mientras la vieja y cenicienta luna
enciende, ilumina,
navega y olvida
caminos.

IV
Ayer me preguntaron por ti.
Tímidamente. Inseguros. Con torpeza.
Ni siquiera dijeron bien tu nombre.
Yo tampoco sé, en realidad, cómo se dice.
                                                                              
J. Israel 3/5/80



...










De tu MELANCOLÍA (Parte Segunda).



AL POETA MACHADO…

Entre la soledad de este cuarto y la soledad de mi alma,
se quema mi vida en silencio…
Sin apenas un reproche.
Será, quizá, porque cada noche
me siento más poeta y más solo.
Antonio: ¿Por qué? ¿Por qué estoy condenado,
tan condenado a esta soledad?

Hoy quiero hablar de ti, de tu soledad que es la mía,
de tu melancolía que es la mía y de tus silencios
que, inevitablemente, son los míos…
Pero no quiero hacerlo sin hablar también de tus campos.
Esos campos desnudos y terriblemente muertos
que, incluso a ti, te hicieron morir un poco más.
Ni de esos árboles duros y quebrados,
ni de esas hojas que vio caer el otoño,
ni de esos días plomizos,
ni del ritmo de la lluvia al golpear en tu ventana,
ni de aquellas tardes que, enrojecidas,
se rompieron entre tus manos
para convertirse en poemas…
Ni de tantas y tantas cosas más
que te hicieron sentirte solo.

Y voy a empezar a hablar de ti,
imaginándote…

Me gusta imaginarte
como a ese niño igual pero distinto a los demás
que correteaba en un patio sevillano, en las tibias
tardes de estío, donde sin darte cuenta empezaste a soñar…

Me gusta imaginarte
cuando ya, las gaviotas
de tu infancia y adolescencia,
volaron a tus recuerdos
y a tus versos.

Me gusta imaginarte
en la penumbra de una habitación
preñada de silencios, sentado en un sillón,
con la mirada ausente
mientras la tenue luz recorta tu figura inerte.
Ahí; sentado frente al ventanal
sintiendo la soledad de la tarde… y su muerte.
Sintiendo golpe a golpe
cómo se te escapa la tarde plomiza
de entre los dedos
y se desliza la suave caricia
de la noche por los aleros.

Me gusta imaginarte
con la mirada lejana y distante
que siempre te acompañó,
oscura melancolía que arañó
tus versos; quimera lacia, sombría,…
ausente en la lejanía.

Me gusta imaginarte
paseando en la oscuridad de tu cuarto,
donde estás solo y estás contigo
trenzando silencios pensativo.

Me gusta imaginarte
en la ventana.
Viendo caer la lluvia
sobre los campos yermos
y los árboles deshojados
por el frío y cruel otoño rojo
que se aproxima de reojo.

Me gusta imaginarte así.
Como sé, que a ti
también te gusta
ver caer la lluvia sobre los pardos tejados
y las callejas que dan a la vieja plaza.

Me gusta imaginarte
caminando con la noche.
Solo. Pensativo y sombrío.
Recortando tu silueta entre los callejones,
como un fantasma. Recorriendo lentamente,
paso a paso, cada rincón de ese
viejo y olvidado pueblo que se te muere
día a día entre la soledad de sus calles
y sus centenarios caserones.

Me gusta imaginarte
en las lánguidas tardes de otoño, en el parque,
sentado en un banco,
con un libro entre las manos…
O, tal vez, paseando bajo los álamos desnudos
sintiendo quebrarse la hojarasca bajo tus pies.

Me gusta imaginarte
por los campos al amanecer
cuando la neblina aún revolotea
cargada de noche
entre los chopos lejanos del camino
y los plomizos peñascales heridos
de escarcha, soledad y olvido.

Me gusta imaginarte
solo. Solo, ante la agonía de una tarde
bordada de bruma y carmín,
mientras las nubes enrojecidas
detienen y apagan sus colores
dándole tonos de lacio gris.

Pero me duele el alma al imaginarte
sombrío y triste,
con una lágrima rebelde que quiere
escapar de tus ojos.
Leonor, tu dulce Leonor,
se te ha ido en un amargo silencio.
Como un murmullo…
Como un lamento del viento…

Hasta casi parece dormida.
Su clara voz de niña
todavía aletea por las paredes y los pasillos de la casa
hoy, inevitablemente hoy, sembrada de silencio y agonía.
Una agonía tan cruel que te abrasa la garganta.
Y no, no puedes hablar.
Y callas para dejar
gritar al alma embravecida.
Mortalmente herida.
Antonio; otra vez solo...
“Dios te ha quitado lo que más querías”
y sólo te ha dejado un poco de ella:
su recuerdo. Y toda tu melancolía.

Me duele el alma al imaginarte
anciano,
con la mirada apagada y perdida,
apoyando
tu curva figura
en un bastón,… caminando
lentamente.

Y, de repente,
te detienes y miras esas barcas
que mece el agua.
Y continúas tu camino
por el paseo marítimo,
bajo ese cielo grisáceo de febrero
que parece que quiere llover…

Y nuevamente,
al mirar esos árboles deshojados,
te acuerdas de tus campos de Castilla
y de los olivares en tierras de Jaén o Sevilla…
Y te preguntas durante
un instante:

¿Cuándo volveré a veros?
¿Cuándo os veré?
Súbitamente te sientes
viejo y continúas;
"quizá, ya es muy tarde,
quizá no volveré."

Mi querido Antonio:
Ahora duermes. Descansa por fin.
Tus gaviotas volaron hacía otros mares.
También hasta mis playas;
hasta las playas de mí.

Quisiera, algún día,
dormirme sobre los versos que escribiste.
También sobre la noche que te llevaste
cargada de melancolía…
                                                                              
J. Israel 12/3/79

                                  
                                  







Mi infancia son recuerdos… (A. Machado)

Mi infancia son recuerdos
de un día
azul que se estrellaba en el cielo
mientras corría
entre cañaverales
y sendas.

Mi infancia son recuerdos
de un olor a huertos
y de una carpintería,
y de un perro viejo
que me seguía
por los puentes de las acequias.

Mi infancia son recuerdos
de ese olor a tierra mojada
que me traía
el viento al pasar
en las tibias tardes
de estío.

Mi infancia son recuerdos
de aquellas tardes bordadas
de carmín que se quemaban, en su agonía,
en el cañar,
mientras en un dulce alarde,
las tibias tardes,
morían un poco más.

Mi infancia son recuerdos
de aquellas noches perfumadas
y sembradas de estrellas.
Y de un coro de grillos
que cantaban como chiquillos.

Mi infancia son recuerdos
de mis primeros cigarrillos.
De mis primeras soledades,
de un colegio de curas
y de mis últimos “padrenuestro”.

Mi infancia son recuerdos
de un canario amarillo
que robó mis primeras verdades
y de las frutas maduras
que robaba del huerto.

Mi infancia son recuerdos
de una calle llena de charcos
y de una tarde plomiza.
De aquellos barcos
de papel
y los domingos en misa.

Mi infancia son recuerdos
de un maestro enjuto y una escuela,
de unos libros que nunca aprendí a leer,
de unos sueños que nadie quiso ni pudo entender
y de mi primer amor, una niña cargada de viruela.

Mi infancia son recuerdos
de aquel niño que, entre cortinas,
durmió su aliento
empujando su primer sueño al viento.
Mirando entre los cristales
mojados, al suelo, los grises retales,
y al cielo las golondrinas.

Mi infancia son recuerdos
de una estación de trenes olvidada
que se me hizo vieja
del ocaso a la alborada
jugando a los soldados…

Mi infancia son recuerdos,
sólo recuerdos,
ya apenas casi nada.
Cuando quise darme cuenta de algo
me habían vestido de largo.
Me habían quitado
aquel día azul que se estrellaba en el cielo,
el olor a tierra mojada,
las tardes bordadas,
el olor a azahar,
el viento al pasar,
aquellos rosarios
y los días festivos en mi calendario.

Mi vieja y querida estación,
mis sueños de abril
y mi dulce canción infantil…
Cuando quise darme cuenta
habían pasado los años
y mi infancia sólo eran recuerdos.
Cuando me di cuenta
ya me iba de casa por primera vez
y mi infancia eran sólo recuerdos
que no habían de volver.
                                                                              

J. Israel 1979

          


Tus ojos me recuerdan las noches de verano… (A. Machado)

Si supieras cómo te estoy amando,
si pudieras saberlo…
Es como un pequeño fuego
que comienza leve
para terminar luego
abrasándome los labios.

Sé que cuando te encuentre
se romperán las palabras
de mi boca
y volarán mis gaviotas
como locas
surcando mi cielo gris
hasta las playas de ti.
Hasta el pálido mar
de tus ojos que emiten destellos de azul…

Mientras se rompe la espuma
en la arena,
y la bruma
envuelve
la tarde en un suave
manto de tul.
                                                                       

J. Israel 11/1/77-3/4/78
                                                                            
                      







                      
Las ascuas de un crepúsculo morado… (A. Machado)

La tarde murió en los brazos de la esperanza,
en los brazos del silencio.
Y tú y yo, tarde que rompiste
tus colores en los brazos de la añoranza,
estábamos solos.
Solos tú y yo.










Es una tarde cenicienta y mustia… (A. Machado)

Mi libertad no salvó aquel suelo sembrado de bruma,
ni aquellos pechos azules que me desnudó la mañana,
ni siquiera la curva ventana;
se quedó revoloteando.

Golpeando en los cristales, intentado
escapar de la oscuridad que abrasa mi voz
y ahoga mi llanto.
Intentando escapar de las muecas burlonas
de estas paredes blancas y vacías.
Y ahí fuera, bajo el cielo plomizo, se recorta
una enorme soledad
quebrando el horizonte en su agonía,
manchando el gris un negro
enmohecido que rompe
el cielo opaco.

Y no… ¡No puedo volar! ¡No puedo!
Y mi libertad sigue muriendo.
Y los ojos que te hablaron
y el aliento que bañó tu cuerpo
siguen callando.
Siguen caminando
solos, vacíos.

Perdieron su brillo,
su color.
Sólo queda un ámbar de tonos
pálidos
y un frío
en su fuego.
                                                                              

J. Israel 79


                                  






   
Algunos lienzos del recuerdo tienen luz de jardín y soledad…  (A. Machado)

Ese cielo de labios pálidos
hiere mis latidos...
Y mis recuerdos.

Me hace volver
con las miradas llenas de ayer
a una bóveda
poblada
de ecos… de nada.

De llantos,
de cantos,
de tristeza
y tibieza en la mirada.
   









En la hora de arrebol… (A. Machado)

La tarde se envolvió serena
en un tenue manto de neblina
y los pechos azules
que el albor dibujó,
ahora, la bruma difumina.

Y sola y herida
te dejas arañar
por los álamos del río.
Y te vas muriendo
ante mis ojos,
ensangrentada,
manchando el horizonte
de rojo
en tu agonía derramada.


      







Fuera, la luna platea, dentro, mi sombra pasea,… (A. Machado)

Entre callejas
sombrías
dibujaba su vieja
melancolía
una luna hastiada
que deslizaba
como una sombra fugitiva
sus tibios halos de luz amarga y verdecida.

Y en la penumbra de los paredones
el silencio ahorcaba los colores
que la noche muda perseguía.

Y es entonces, y sólo entonces,
cuando la soledad que me lleva,
al mismo tiempo que me enciende
y me hiere,… me aquieta.

Y mi silencio, como mi agonía,
como mi soledad umbría,
se me hacen alma,
verso, poesía…









                            
Otro milagro de la primavera… ( A. Machado)

Aquella tarde de lánguidos resplandores
se apagó entre los alcores
de azulados y grisáceos colores.

Y recortando su figura
inerte, con un ramaje yerto,
arañaba al crepúsculo casi muerto
una solitaria higuera.

Una higuera envejecida, verdecida y postrimera,
a la cual dio un beso el sutil milagro de la primavera.









                
La aurora asomaba lejana y siniestra… (A. Machado)

Nos sorprendió el albor, a mi niñez
y a mí, con la mirada
errante y vacía…

Nos sorprendió ese albor
hipocondríaco cargado
de azules y violetas
que recortó en el cielo
un campanario yerto.

Era penumbra todavía;
silencio y agonía.
Entonces se rompieron mis palabras
y volaron mis gaviotas.

      
      







Lejos de tu jardín quema la tarde inciensos de oro… (Machado)

Madre:
necesito a menudo
robar el beso tenue y suave
que se posa en estos campos
yermos, cubiertos
de bruma y melancolía,
cuando el sol se quema
en el horizonte
y los colores
languidecen,
para mandártelo
a ti en un suspiro.

              
              







Desnuda está la tierra, y el alma aúlla al horizonte pálido… (A. Machado)

Hoy he visto los campos de Jaén y me he sentido triste.
Hoy comprendo más que nunca ese grito
amargo que abrasó la garganta del poeta.

Ese grito que rompió su alma
a golpes de versos
que rasgaron el aire,…
a golpes de llantos
que encendieron su calma.

Hoy contemplo los campos yermos cubiertos de agonía
y siento ese llanto que se escapa,
como un murmullo,
entre las colinas.
                                                                              


José I. Hernández Meseguer
Cartas a Machado desde Portbou.
Del Libro Memorias de un Naufragio



No hay comentarios:

Publicar un comentario