CATORCE TEORÍAS PARA UN DESAMOR [2008]




AMOR, ACUÉRDATE

Amor, acuérdate de olvidarme.
Amor, recuérdame que te olvide.
Porque, cuando viniste,
viniste sólo para matarme.

Apenas recuerdo ya el color de tus ojos
en la vencida primavera de mi mente;
acabé por perderme en un laberinto de tonos
en este otoño solitario, gris y evanescente.

Aunque conservo intacto el sabor de mi zozobra
enredado a través de los años,
galopando feroz desde aquella primavera
como un jinete mortal, como una sombra;
sombra de mi quimera…

Apenas recuerdo el color de tu pelo, o el color de tu piel,
ni su aroma; todo, en mis recuerdos, va desvaneciéndose.
Pero no puedo olvidar el sabor de mis lágrimas y eso me hiere.
Acuérdate, amor, por favor, de olvidarme.
Recuérdame que te olvide. 
Porque cuando llegaste
lo hiciste sólo para matarme.

La edad ha ido cambiando tus cuerpos, tus besos.
Tus caricias, mis sensaciones…
La edad ha ido cambiando tus nombres.
También mis emociones…

Las luces de abril no brillan de igual modo,
no esparcen su brillo, sus láminas de oro.
Tampoco el claroscuro de septiembre
me envuelve en luces cobrizas como lo hicieron siempre.

Todo se ha apagado. Tu luz se ha sesgado.
Tú has cambiado, tal vez, porque yo he cambiado.
Hemos envejecido juntos. Hemos envejecido separados
bajo el mismo cielo gríseo, en un hostil forcejeo.
Tú buscándome. Yo huyéndote.
Tú llamándome. Yo temiéndote,
sintiéndote, en un extraño aleteo.

Ahora, después de tanto tiempo, me pregunto con la voz ajada
y la esperanza dividida,
si el mismo eco de brisa que un día te trajo
no fue más que el eco de mi propio deseo.
... Si no has sido tan sólo una ilusión, sólo una cometa
en mis viejos recuerdos…
en cada uno de mis viejos versos de poeta…
                                                                                  

Verano de 2006










CAMINITO DE LA TRISTEZA

Se aleja la tarde, despacio, sin prisa,
en un temblor de silencio.
En un temblor de pánico.
Entre inquietantes temblores de pánico vesánico.
En un temblor de angustia contenida.
Entre mentiras y traiciones desmedidas.
Entre sombras. Entre lágrimas vertidas.
Entre odios, entre iras, entre heridas.

Se va. Se aleja y sólo me deja
palabras muertas, huecas, vacías…
Es una tarde más de profunda soledad.
Una tarde que se posa, como una sombra negra, sobre mi angustia.
Depositando demonios en mi alma; espectros en mi mundo.
Suspendiéndome los sueños, paralizando mis proyectos.
Arrebatándome de un certero zarpazo los colores, las ilusiones;
el ramillete de sueños que soñaba…
Las fantasías, los delirios que el amor improvisa,
que crecían intactos en mis ojos al mirar sus ojos,
y en el dibujo de mi sonrisa al descubrir su sonrisa…

Es una tarde de lanzas de dolor.
De un dolor inmenso y cierto
que envuelve y galopa por mis sentidos,
por mis instintos, envenenándome el amor.
Es una tarde de lacerante dolor, 
una tarde sin respuestas.
Sin más respuestas que el doloroso silencio
que ambos, la tarde y yo, nos ofrecemos en silencio
a la sombra del cadáver del amor.
Sin más lágrimas que el ácido de una traición;
el frío que me hiela y a la vez me abrasa el desgastado corazón.

Miro el estúpido vacío que me rodea con su manto
de luces grisáceas y dantescas
y el segundero de un reloj impasible que, como la máscara grotesca
de un payaso, se burlase con su cadencia de mi llanto.
Y repaso. Y agonizo.
Y revivo. Y reviso.
Y caigo en la cuenta.
Y el alma, al instante, se deshace
caminito de la tristeza.

Se me agrieta.
Se me quiebra en pedazos,
en saladas gotas de agua…
Porque comprendo, ahora, que sus manos no eran mías.
Porque intuí, con miedo, que su boca no era a mí a quién besaba.

Porque sentí, con vértigo, que sus ojos no era a mí a quién miraban.
Porque adiviné, al fin, que su cuerpo no me pertenecía.
Que ahora, sus manos, buscan el tacto de otras manos.
Que ahora, su boca, busca el roce sutil de otra boca.
Que ahora, sus ojos, sienten el destello de otros ojos…
Que ahora, su alma, casi nunca fue mía. 
                                                                       

7 de octubre de 2006










MIENTRAS TÚ DORMÍAS

Mientras tú dormías, yo soñaba.
Delineaba, imaginaba tu cuerpo. Las gaviotas
delirantes de mi mente volaban hasta tus playas.
Mientras tú dormías, yo callaba.

Mientras tú dormías, yo te amaba.
Mientras tú dormías, yo navegaba tus mares de estío
y naufragaba, en silencio, en los míos…
Mientras tú dormías, no dormías; murmurabas, te alejabas.

Lamías desconocidas montañas de grieta, traición y lava.
Besabas labios de acero,
hilos de hielo,
filamentos de desprecio.
Caías en la trampa mortífera y ambarina del alcohol
como un patético monigote, como un títere de guiñol.
Caías hipnotizada bajo sus ojos de felino,
sin más destino,
que hundirte entre sus brazos, en su alma podrida y carcomienta.
Y abrazarte a él estúpida y abducida; extraviada y harapienta…

Mientras tú dormías, yo, sin saberlo, moría.
Mientras tú dormías, ya sabías que no eras mía.
Mientras tú dormías, mi universo se desvanecía
en el submundo de las sombras y la angustia.

Porque, mientras tú dormías, tus ojos volaban
a otro lecho, a otra cama,
para elevar sobre él tu cuerpo
y hundir mi alma.
Mientras tú dormías, mis estrellas se apagaban;
la luz se extinguía,
mi corazón se debatía
en la zozobra,
se retorcía en las sombras…

Mientras tú dormías, yo, sin saberlo, moría.
Mientras tú dormías, la luna,
en tus ojos, se oscurecía.
Mientras tú dormías, yo te escribía
versos de luz y, sin sospecharlo, me perdía
en bosques de bruma.

Mientras tú dormías, mis sueños se rompían
en pedazos, en gotas de angustia.
Mientras tú dormías, mis ilusiones heridas se vencían;
se derramaban en burlas, en ironías,
en voces, en comentarios, en palabras sucias,
en secretos desvelados, en felonías…

Mientras tú dormías, tu boca viajaba a otra boca.
Tu deseo se fugaba furtivo a otro lecho, a otra cama.
Porque, cuando no dormías,
eso era exactamente lo que hacías…










ADIÓS, MI NEGRO…

Adiós Eloy. Adiós mi negro.
Dime, cuando te eleves, cuando subas por los caminos de la luz
dejando atrás, por fin, la miseria y la penumbra de los hombres,
dónde está, dónde se encuentra el amor…

Dime Eloy,
cuando dibujes con tus ojos pardos la infinita línea del mar,
más allá de la desolación, la traición y el rencor;
cuando camines pausado, alejado de la angustia,
por caminos azules, verdes y rojos de enebro
dime, mi negro,
dónde está, dónde se encuentra la ilusión…

Dime por qué, tu chula bella, no supo quererme.
Tal vez tú lo sabes.
Dime por qué, tu chula bella, asesinó mi amor.
Tal vez tú lo callas,
pero vayas dónde vayas;
estés con quien estés,
mi negro, quiero que sepas, que estás menos solo que yo.

Dime por qué, tú,
te vas hacia la luz
y yo me quedo aquí, atrapado en sombras.
Dime por qué te alejas y no puedo sentir más dolor.
Dime por qué mis heridas son tan hondas
y, sin embargo, no me queda una sola lágrima para decirte adiós…
                     

In memoriam de mi negro, Eloy. 12 de noviembre de 2006










ELIMINA, DESTROZA, ASESINA…

Toma mi verso triste.
Toma mis lágrimas de rabia y tristeza.
Toma, también, mi inútil nobleza
y mátala; es necia, inservible,
incapaz…

Asesina mi ansiedad.
Asesina mi credulidad
en la especie humana;
mi estúpida necesidad
de creer y amar.

Destruye lo poco de bueno que queda en mí.
Del cielo, la única estrella que me quedaba.
De la tarde moribunda, el rojo carmesí.
Elimina, de una vez, todas mis emociones; no quiero volver a sentir.
Destroza mis versos, azota con fuerza mi angustia,
borra de mi mente esta absurda
e inacabable necesidad de escribir…










HE SOÑADO

He buscado inútilmente el amor, tu amor,
en el destello pardo de tus ojos.
También en tus labios de trémula cera;
desde el inicio, en tus caminos,
en las noches ardientes, por tus veredas.
Y sólo encontré, en el estío,
en el verano, una cruel y meditada mentira de hielo.
En el invierno, una abrumadora verdad de fuego.

¡Fíjate! ¡Por un instante soñé que me amabas!
¡Soñé que me querías…!
Soñé que eras mía…
¡Qué tontería…!
Al despertar, comprobé con terror y angustia que mentías,
que me engañabas…

He soñado… Soñé ¡Sí, soñé que me amabas!
Pero únicamente era mi locura…
Sólo mi locura que aún de amor deliraba.










MI PROPIO ABISMO

De nuevo, un año más, te presentas infame y blanca.
De nuevo, un año más, mis ilusiones vencidas
delatan, revelan la tristeza de mi alma.
Una tristeza que, con los ojos vueltos hacia adentro, me asesina.
Una tristeza inacabable que se enreda como madreselva.
Ya es tarde.
Las espinas del recuerdo son más fuertes que yo.
Las heridas del recuerdo se me hacen interminables.
Agonizo sin pretenderlo en visiones apocalípticas, espantosas;
los monstruos que un día estuvieron muertos,
hoy, de nuevo, se levantan de sus fosas.

Y me ofrecen sin piedad el abrazo mortal de la zozobra;
sus ojos vacíos, sus besos desleídos, sus caricias rotas.
Yo, entre mis sombras,
huyo; trato de escapar.
Soy eterno fugitivo de mí mismo.
Por mucho que intento cobijarme,
por mucho que pretendo esconderme,
no tengo salida. Estoy perdido, sumergido en mi fatalismo.
Yo también me he convertido en un monstruo,
en mi propio monstruo.
Soy, sin remedio, mi propio abismo…
                                                                                   

Diciembre 2006










EL UMBRAL DE LA PENUMBRA

Me gustaría poder hacerte un poema de amor,
pero siempre que lo intento,
mis ojos, vueltos hacia adentro,
se alojan en su miedo.
Vuelan, presos de su angustia, hacia lanzas de dolor.

Es entonces cuando la tarde,
que temblorosa traza hilos de cobre en las esquinas,
se transforma de repente;
se deshace en pasos de silencio que me llevan a ninguna parte.

La noche, con siniestras zarpas de hielo, se precipita sobre mí
en burbujas de pánico y palabras de alquitrán
como un monstruo de histeria,
mostrándome su carcajada más cruel y sardónica
en ecos de sexo y risa alcohólica.

Una máscara de terror y odio me amarra
al umbral de la penumbra. Me arrastra
al foso indescifrable y confuso de mi mente,
sumergiéndome en una muerte
cierta, atroz y amarga.

Me hundo. Me hundo de forma inservible.
Me sumerjo en un pasado que sobrevuelo
de manera invisible.
Mi pensamiento se funde en lágrimas de odio.
Y la sangre de mi rabia e impotencia, como una camisa de fuerza,
extiende sus alas negras y me abraza.

Busco, en serpientes
de sangre y cólera, comportamientos, explicaciones,
mientras devoro la obsidiana de la noche
y mis pasos perdidos
me llevan de nuevo a ningún sitio,
me secuestran, otra vez, a ninguna parte…

Me gustaría poder hacerte un poema de amor,
pero siempre que lo intento,
mis ojos, vueltos hacia adentro,
se alojan en su miedo.
Vuelan, presos de su angustia, hacia lanzas de dolor…
                                                                                   

Diciembre 2006










LAS PALABRAS

Sois ejércitos inconexos. Para mi alma, agradecidos linimentos.
Musas; danzarinas dementes,
que paseáis en los laberintos de mi mente.
Que deambuláis a oscuras
en las profundas aguas
de mis lamentos.

Emergéis ante mí, enigmáticas. A veces, diabólicas.
Vestidas de silencio. Vestidas de sombras, de luz, o bruma.
Arrastráis mi dolor y mi angustia;
mis recuerdos, mis emociones y mi memoria
hasta mis ojos, hasta mis manos. Más tarde hasta mi pluma…
                                                                                   

Diciembre 2006










UN DÍA MÁS…

Hoy es un día más que sólo amanece.
Y amanece bordando para mis ojos, gélidos hilos de zafiro y luz.
Hoy es un día más que amanece sin ti
porque sin saber por qué, sin jugar, perdí.
Y aunque estés, no te siento aquí.
Porque, aun estando,
el frío de tu hielo me sigue hiriendo, tal vez, matando.

Hoy es un día más en el que me fundo
sin destino, en una ciudad que se me hace desconocida.
Que camino sin rumbo
rozando aleros de angustia.

Que tropiezo con rostros de expresión vacía, cenicienta y mustia.
Y que, anónimos y breves, me olvidan al instante.
Es un día más que naufrago entre ellos y entre calles.
Entre vértices de hormigón que, espectadores y silentes,
evocan tu nombre dramáticamente…

¿Adónde podría ir? ¿A qué lugar, para intentar escapar
de la garra inquietante y siniestra de esta soledad?
Camino, sí, pero zozobro a pesar de mis intentos.
Deambulo en una ciudad que se expande mortal,
asediada por historias seguramente como la mía.
Una ciudad que se retuerce, sin duda, entre el odio y el olvido.
Y donde, sus interminables tentáculos de cemento y metal
me conducen, sin pausa, a ningún sitio.










TARDE APRENDÍ

Ayer 50 años cumplí.
Y tarde aprendí. Quizá por confiar, tal vez por creer.
Y por creer que sabía, no aprendí.

Tarde aprendí,
tarde comprendí, que la tarde se muere en mis ojos
y que la luz no tiene memoria.
Que esta patética historia,
la historia de mi historia,
en su dramática y melancólica noria,
sólo gira, sólo sangra, sólo llora, para mí.

Tarde aprendí,
tarde comprendí, que el amor es únicamente un espejismo.
Probablemente el espejismo de mí mismo.
Pero que la realidad, muy alejada de mi idealismo,
sólo teje y escupe realidad: crudeza. Sólo realismo.

Tarde aprendí;
creí que sabía. Y por creer en la gente,
por pretender acariciar inútilmente
la línea del horizonte, no aprendí.
No aprendí, por ejemplo,
que la intensidad de una caricia o de un beso
es sólo el segundo preciso;
un fragmento de tiempo anhelante.
Que una boca, no es más que un pedazo de carne vibrante
que se estremece durante un instante,
pero que su huella, su estela, su recuerdo, ahí debiera morir…

Sin embargo, yo no lo entendía y me resistí.
Creía, estaba convencido que sabía.
Creía entender pero en realidad no entendía;
el velo de mi insoportable estupidez me lo impedía.
Creía, tal vez necesitaba creer, que el amor existía…

Pero no, todo era falso: una mentira que sangra de repente;
un sueño, un mal sueño, un estúpido delirio de mi mente;
una quimera, una fantasía…
Sólo la extraña necesidad de convertir mis besos en poesía.

Tarde aprendí,
tarde comprendí que un verso
no tiene por qué ser la historia de un beso;
ni siquiera una historia.
Porque todo es, al final, un chasquido en el tiempo,
donde el tiempo, implacable y mordaz,
se divierte y se burla al mismo tiempo.

Ahora que por fin he aprendido.
Ahora que conozco tus movimientos, tus pasos.
Ahora que se derraman en letras y silencios las heridas del fracaso;
que sé por dónde has venido.
Ahora que sé de qué forma me has herido.
Ahora que sé cómo y por qué te has ido,
sólo ansiaría, créeme, por Dios lo juro, no haberte conocido…
                                                                            

8 de Marzo de 2007










GRACIAS, AMOR, POR REGALARME ESTA CALLE…

Gracias, amor,
por arrastrarme a esta soledad tan feroz,
tan conocida,
tan hueca, tan vacía…
Donde todas tus palabras me dicen tan poco. Casi nada.
Gracias por arrastrarme a laberintos donde el hada
del amor
se desgarra, se rompe, se desintegra en mi mirada.

Gracias, amor,
por arrancarme la fiebre del amor.
Por destruir de un zarpazo mi castillo de sueños,
la fortaleza donde alzaba uno a uno mis proyectos.
Donde era, casi feliz, muriendo de amor.

Gracias, amor,
por vestirme con este oscuro traje de silencio,
por conferirme tan honda afonía.
Por hacerme saber que el cielo,
que no era tan azul, por cierto,
estaba mucho más cerca del suelo
de lo que yo sospechaba, de lo que yo mismo creía.

Gracias, amor,
por recordarme que el amor no era más que un espejismo,
una carta sin rumbo, sin destino.
La angustia de un náufrago atrapado en la tormenta.
La necesidad absurda, mustia y cenicienta,
que se agrieta en las letras de mis versos.

Gracias, amor,
por arrojarme, por abocarme con tu desprecio,
cada día, desde entonces, a la misma calle.
Una calle gris, sórdida y mugrienta, que conozco desde hace años
y que hoy regresa a mí
y se instala en mí
como un fantasma, como un engendro del pasado;
ennegrecido y harapiento.
Tratando de arrebatarme sin compasión la vida,
mis poemas, todos mis intentos…

Porque ésta, es una calle sin pasión en las esquinas
ni ilusión en sus cornisas.
Sin ventanas ni puertas a la esperanza: sin motivos.
Una calle de sentimientos heridos,
una calle donde sólo habita mi dolor y mi olvido.
Es una calle donde la niebla me ahorca, se me enreda.
Se me esparce a borbotones por las venas
vomitando soledad, creando espirales de ira y resentimiento.

Una calle sombría,
donde la oscuridad del viento
aúlla, grita umbría,
palabras malditas, ambiguas, poliédricas y letales que no recuerdo.
Palabras que quedaron atrapadas, secuestradas, en el reverso
de mi memoria.

Y que, de nuevo, como una pócima infernal en esta diabólica noria,
como un veneno en estos versos,
emergen ebrias de odio ante mí, y me hacen vomitar.
Y donde el eco, desde un rincón de mi propio temblor,
como una sombra mortal,
deposita perverso
su fétido aliento, al aliento de todo el rencor
que estas gastadas letras son capaces de dibujar.

Porque, amor, es entonces cuando advierto,
cuando adivino,
el comienzo de la soledad,
el principio del olvido,
el final del amor.
Es, amor, el beso evitado,
incómodo, forzado.
Es el silencio.

La zozobra en la mirada,
cuando presiento que el amor se acaba.
Es amor, al fin, la lágrima robada
a la angustia.
La huida inevitable hacia el interior de mí mismo
cuando ya no queda nada
ahí afuera en lo que creer.

Entonces, sin pretenderlo,
el mundo exterior se desploma.
Se deshace en pedazos ante mis ojos.
Y nuevamente se convierte en fosa, en abismo,
en desastre, en tristeza, en mentira, en cataclismo…










FEMME FATAL

Procuro olvidarte, como decía aquella vieja canción.
Borrarte de mi pensamiento como se elimina un borrón.
Suprimirte de mi mente,
aniquilar tu recuerdo evanescente
cuando pretende, efervescente,
entreabrir el pesado picaporte
de mis emociones… Ya pagué con llanto aquellos besos.
Ya amorticé con lamento aquellos versos.
Ya saldé con tristeza ese importe…

Creo que finalmente lo he conseguido.
He conseguido sobrevolar, a través de mi desolación, a otro lugar.
Aunque no sepa exactamente a dónde.
Aunque no sepa exactamente a cual…

Sólo sé que es un espacio insólito y estrecho.
De colores y sonidos extraños.
Probablemente, en mi fuga, he perdido la confianza en la gente.
No me importa. Me he vuelto un ser esquivo; un ermitaño.
Me he convertido, sin darme cuenta, en una sombra adoleciente
que merodea sobre sí misma, sin hacerse demasiadas preguntas.

Y sólo camina. Sólo existe. Sólo corretea por las esquinas
de su existencia, suspendida de su propia apatía.
Ha dejado fuera los sentimientos, no busca de la vida la ambrosía.
Sólo sobrevive. Sólo se alimenta como un paria de su huida…

Procuro olvidarte, como procuro olvidar el daño que me hiciste.
Procuro olvidarte, como procuro caminar sin mucha destreza
por la espiritada línea que define el bien del mal.
Procuro andar sin hacerle consultas a mi moral
mucho tiempo antes de que, por esa razón, me duela la cabeza.

Procuro avanzar,
aunque a veces no sé si lo hago hacia adelante o hacia atrás…
El caso es que tengo que olvidarte.
El caso es que te tengo que olvidar.
Y, aunque jamás conseguí por tu perfidia odiarte,
pensar…

Pensar, que llegaste a mí sólo para hacerme escribir, musa letal.
Brindo por eso. Por el dolor que siento, femme fatal.
Levanto mi copa de angustia y advierto mi enorme tristeza.
Y cómo este licor amargo en mi boca se espesa.
Larga vida al amor que, en la sombra de una lágrima,
tal como llegó ahora se aleja…
                                                                          

1/2 de mayo de 2007










CUANDO REGRESES...

Cuando regreses desde tu mundo de sombras, sólo hallarás la tuya.
Silenciosa y ofensiva como el recuerdo que no se logra destruir.
Dolorosa como el amor que te tuve.
Infame como los besos que me diste.
Estúpida como los versos que te hice.
Herida como los besos que te di.

Cuando regreses de conversar con la noche,
con los fantasmas que asedian tu sueño,
con las paredes blancas y tus recuerdos,
sólo encontrarás silencio.
Profundo y negro como un pozo. Vacío como el beso que no llega.
Solitario y fugitivo como el velero que navega.
Eterno como la eternidad.
Infinito como el daño que me has causado.
Monstruoso y cínico como la verdad.

Cuando regreses, yo no estaré, ya me habré ido.
Seré sólo historia en tu vida,
sólo sombra, sólo herida.
Sólo silencio. Sólo olvido.

Cuando regreses del mundo que has fabricado para no crecer.
Cuando regreses de la niña asustada y perdida que no dejas de ser.
Cuando regreses de tu mundo de muñecas
y compruebes que la vida no es más que una trampa, una treta.
Cuando regreses de tu propia tragedia y los duendes del pasado
se posen como buitres de carroña, a tu lado,
se burlen de ti y te persigan por la casa, sabrás que estás sola.

Una soledad lacerante, sin límites, se enredará en tus ojos.
Inalcanzable como la estrella
que una noche de agosto puse a tu nombre y te pretendí regalar.
Inenarrable como la pasión que te tuve y tuve que olvidar.
Fantástica como la historia de amor que tuvimos.
Fatídica como su final.

Sólo cuando regreses y adviertas lo que has hecho conmigo,
comprenderás exactamente lo que has hecho contigo.
Entonces sabrás que esta historia de sal,
de espinas sin rosal,
ha concluido…
Y que, como dice Sabina, estos los últimos versos que te escribo.
Que para decir “con Dios”, al menos a mí, sí me sobran los motivos.
                                                                          


2/3 de mayo de 2007



José I. Hernández Meseguer
Álter Ego



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