...DE TU MELANCOLÍA [1978 / 79]



AL POETA MACHADO…

Entre la soledad de este cuarto y la soledad de mi alma,
se quema mi vida en silencio…
Sin apenas un reproche.
Será, quizá, porque cada noche
me siento más poeta y más solo.

Antonio: ¿Por qué? ¿Por qué estoy condenado,
tan condenado a esta soledad?
Hoy quiero hablar de ti, de tu soledad que es la mía,
de tu melancolía que es la mía y de tus silencios
que, inevitablemente, son los míos…

Pero no quiero hacerlo sin hablar también de tus campos.
Esos campos desnudos y terriblemente muertos
que, incluso a ti, te hicieron morir un poco más.
Ni de esos árboles duros y quebrados,
ni de esas hojas que vio caer el otoño,
ni de esos días plomizos,
ni del ritmo de la lluvia al golpear en tu ventana,
ni de aquellas tardes que, enrojecidas,
se rompieron entre tus manos
para convertirse en poemas…

Ni de tantas y tantas cosas más
que te hicieron sentirte solo.
Y voy a empezar a hablar de ti,
imaginándote…

Me gusta imaginarte
como a ese niño igual pero distinto a los demás
que correteaba en un patio sevillano, en las tibias
tardes de estío, donde sin darte cuenta empezaste a soñar…

Me gusta imaginarte
cuando ya, las gaviotas
de tu infancia y adolescencia,
volaron a tus recuerdos
y a tus versos.

Me gusta imaginarte
en la penumbra de una habitación
preñada de silencios, sentado en un sillón,
con la mirada ausente
mientras la tenue luz recorta tu figura inerte.
Ahí; sentado frente al ventanal
sintiendo la soledad de la tarde… y su muerte.
Sintiendo golpe a golpe
cómo se te escapa la tarde plomiza
de entre los dedos
y se desliza la suave caricia
de la noche por los aleros.

Me gusta imaginarte
con la mirada lejana y distante
que siempre te acompañó,
oscura melancolía que arañó
tus versos; quimera lacia, sombría,…
ausente en la lejanía.

Me gusta imaginarte
paseando en la oscuridad de tu cuarto,
donde estás solo y estás contigo
trenzando silencios pensativo.

Me gusta imaginarte
en la ventana.
Viendo caer la lluvia
sobre los campos yermos
y los árboles deshojados
por el frío y cruel otoño rojo
que se aproxima de reojo.

Me gusta imaginarte así.
Como sé, que a ti
también te gusta
ver caer la lluvia sobre los pardos tejados
y las callejas que dan a la vieja plaza.

Me gusta imaginarte
caminando con la noche.
Solo. Pensativo y sombrío.
Recortando tu silueta entre los callejones,
como un fantasma. Recorriendo lentamente,
paso a paso, cada rincón de ese
viejo y olvidado pueblo que se te muere
día a día entre la soledad de sus calles
y sus centenarios caserones.

Me gusta imaginarte
en las lánguidas tardes de otoño, en el parque,
sentado en un banco,
con un libro entre las manos…
O, tal vez, paseando bajo los álamos desnudos
sintiendo quebrarse la hojarasca bajo tus pies.

Me gusta imaginarte
por los campos al amanecer
cuando la neblina aún revolotea
cargada de noche
entre los chopos lejanos del camino
y los plomizos peñascales heridos
de escarcha, soledad y olvido.

Me gusta imaginarte
solo. Solo, ante la agonía de una tarde
bordada de bruma y carmín,
mientras las nubes enrojecidas
detienen y apagan sus colores
dándole tonos de lacio gris.

Pero me duele el alma al imaginarte
sombrío y triste,
con una lágrima rebelde que quiere
escapar de tus ojos.
Leonor, tu dulce Leonor,
se te ha ido en un amargo silencio.
Como un murmullo…
Como un lamento del viento…

Hasta casi parece dormida.
Su clara voz de niña
todavía aletea por las paredes y los pasillos de la casa
hoy, inevitablemente hoy, sembrada de silencio y agonía.
Una agonía tan cruel que te abrasa la garganta.

Y no, no puedes hablar.
Y callas para dejar
gritar al alma embravecida.
Mortalmente herida.
Antonio; otra vez solo...
“Dios te ha quitado lo que más querías”
y sólo te ha dejado un poco de ella:
su recuerdo. Y toda tu melancolía.

Me duele el alma al imaginarte
anciano,
con la mirada apagada y perdida,
apoyando
tu curva figura
en un bastón,… caminando
lentamente.

Y, de repente,
te detienes y miras esas barcas
que mece el agua.
Y continúas tu camino
por el paseo marítimo,
bajo ese cielo grisáceo de febrero
que parece que quiere llover…

Y nuevamente,
al mirar esos árboles deshojados,
te acuerdas de tus campos de Castilla
y de los olivares en tierras de Jaén o Sevilla…

Y te preguntas durante un instante:
¿Cuándo volveré a veros?
¿Cuándo os veré?
Súbitamente te sientes
viejo y continúas:
"Quizá, ya es muy tarde,
quizá no volveré."

Mi querido Antonio:
Ahora duermes. Descansa por fin.
Tus gaviotas volaron hacía otros mares.
También hasta mis playas;
hasta las playas de mí.

Quisiera, algún día,
dormirme sobre los versos que escribiste.
También sobre la noche que te llevaste
cargada de melancolía…
                                                                             

J. Israel 12/3/79

                                    
                                    







Mi infancia son recuerdos… (A. Machado)

Mi infancia son recuerdos
de un día
azul que se estrellaba en el cielo
mientras corría
entre cañaverales
y sendas.

Mi infancia son recuerdos
de un olor a huertos
y de una carpintería,
y de un perro viejo
que me seguía
por los puentes de las acequias.

Mi infancia son recuerdos
de ese olor a tierra mojada
que me traía
el viento al pasar
en las tibias tardes
de estío.

Mi infancia son recuerdos
de aquellas tardes bordadas
de carmín que se quemaban, en su agonía,
en el cañar,
mientras en un dulce alarde,
las tibias tardes,
morían un poco más.

Mi infancia son recuerdos
de aquellas noches perfumadas
y sembradas de estrellas.
Y de un coro de grillos
que cantaban como chiquillos.

Mi infancia son recuerdos
de mis primeros cigarrillos.
De mis primeras soledades,
de un colegio de curas
y de mis últimos “padrenuestro”.

Mi infancia son recuerdos
de un canario amarillo
que robó mis primeras verdades
y de las frutas maduras
que robaba del huerto.

Mi infancia son recuerdos
de una calle llena de charcos
y de una tarde plomiza.
De aquellos barcos
de papel
y los domingos en misa.

Mi infancia son recuerdos
de un maestro enjuto y una escuela,
de unos libros que nunca aprendí a leer,
de unos sueños que nadie quiso ni pudo entender
y de mi primer amor, una niña cargada de viruela.

Mi infancia son recuerdos
de aquel niño que, entre cortinas,
durmió su aliento
empujando su primer sueño al viento.
Mirando entre los cristales
mojados, al suelo, los grises retales,
y al cielo las golondrinas.

Mi infancia son recuerdos
de una estación de trenes olvidada
que se me hizo vieja
del ocaso a la alborada
jugando a los soldados…

Mi infancia son recuerdos,
sólo recuerdos,
ya apenas casi nada.

Cuando quise darme cuenta de algo
me habían vestido de largo.
Me habían quitado
aquel día azul que se estrellaba en el cielo,
el olor a tierra mojada,
las tardes bordadas,
el olor a azahar,
el viento al pasar,
aquellos rosarios
y los días festivos en mi calendario.
Mi vieja y querida estación,
mis sueños de abril
y mi dulce canción infantil…

Cuando quise darme cuenta
habían pasado los años
y mi infancia sólo eran recuerdos.
Cuando me di cuenta
ya me iba de casa por primera vez
y mi infancia eran sólo recuerdos
que no habían de volver.
                                                                             

J. Israel 1979
          









Tus ojos me recuerdan las noches de verano… (A. Machado)

Si supieras cómo te estoy amando,
si pudieras saberlo…
Es como un pequeño fuego
que comienza leve
para terminar luego
abrasándome los labios.

Sé que cuando te encuentre
se romperán las palabras
de mi boca
y volarán mis gaviotas
como locas
surcando mi cielo gris
hasta las playas de ti.

Hasta el pálido mar
de tus ojos que emiten destellos de azul…
Mientras se rompe la espuma
en la arena,
y la bruma
envuelve
la tarde en un suave
manto de tul.
                                                                      

J. Israel 11/1/77-3/4/78
                                                                            
                      
                      







Las ascuas de un crepúsculo morado… (A. Machado)

La tarde murió en los brazos de la esperanza,
en los brazos del silencio.
Y tú y yo, tarde que rompiste
tus colores en los brazos de la añoranza,
estábamos solos.
Solos tú y yo.










Es una tarde cenicienta y mustia… (A. Machado)

Mi libertad no salvó aquel suelo sembrado de bruma,
ni aquellos pechos azules que me desnudó la mañana,
ni siquiera la curva ventana;
se quedó revoloteando.
Golpeando en los cristales, intentado
escapar de la oscuridad que abrasa mi voz
y ahoga mi llanto.

Intentando escapar de las muecas burlonas
de estas paredes blancas y vacías.
Y ahí fuera, bajo el cielo plomizo, se recorta
una enorme soledad
quebrando el horizonte en su agonía,
manchando el gris un negro
enmohecido que rompe
el cielo opaco.

Y no… ¡No puedo volar! ¡No puedo!
Y mi libertad sigue muriendo.
Y los ojos que te hablaron
y el aliento que bañó tu cuerpo
siguen callando.

Siguen caminando
solos, vacíos.
Perdieron su brillo,
su color.
Sólo queda un ámbar de tonos
pálidos
y un frío
en su fuego.
                                                                             

J. Israel 1979

                                    

     






Algunos lienzos del recuerdo tienen luz de jardín y soledad…  (A. Machado)

Ese cielo de labios pálidos
hiere mis latidos...
Y mis recuerdos.
Me hace volver
con las miradas llenas de ayer
a una bóveda
poblada
de ecos… de nada.
De llantos,
de cantos,
de tristeza
y tibieza en la mirada.

   








En la hora de arrebol… (A. Machado)

La tarde se envolvió serena
en un tenue manto de neblina
y los pechos azules
que el albor dibujó,
ahora, la bruma difumina.
Y sola y herida
te dejas arañar
por los álamos del río.
Y te vas muriendo
ante mis ojos,
ensangrentada,
manchando el horizonte
de rojo
en tu agonía derramada.

      








Fuera, la luna platea, dentro, mi sombra pasea,… (A. Machado)

Entre callejas
sombrías
dibujaba su vieja
melancolía
una luna hastiada
que deslizaba
como una sombra fugitiva
sus tibios halos de luz amarga y verdecida.

Y en la penumbra de los paredones
el silencio ahorcaba los colores
que la noche muda perseguía.

Y es entonces, y sólo entonces,
cuando la soledad que me lleva,
al mismo tiempo que me enciende
y me hiere,… me aquieta.

Y mi silencio, como mi agonía,
como mi soledad umbría,
se me hacen alma,
verso, poesía…









                              
Otro milagro de la primavera… ( A. Machado)

Aquella tarde de lánguidos resplandores
se apagó entre los alcores
de azulados y grisáceos colores.
Y recortando su figura
inerte, con un ramaje yerto,
arañaba al crepúsculo casi muerto
una solitaria higuera.
Una higuera envejecida, verdecida y postrimera,
a la cual dio un beso el sutil milagro de la primavera.


                  







La aurora asomaba lejana y siniestra… (A. Machado)

Nos sorprendió el albor, a mi niñez
y a mí, con la mirada
errante y vacía…
Nos sorprendió ese albor
hipocondríaco cargado
de azules y violetas
que recortó en el cielo
un campanario yerto.
Era penumbra todavía;
silencio y agonía.
Entonces se rompieron mis palabras
y volaron mis gaviotas.
      
      








Lejos de tu jardín quema la tarde inciensos de oro… (Machado)

Madre:
necesito a menudo
robar el beso tenue y suave
que se posa en estos campos
yermos, cubiertos
de bruma y melancolía,
cuando el sol se quema
en el horizonte
y los colores
languidecen,
para mandártelo
a ti en un suspiro.
              
              








Desnuda está la tierra, y el alma aúlla al horizonte pálido… (A. Machado)

Hoy he visto los campos de Jaén y me he sentido triste.
Hoy comprendo más que nunca ese grito
amargo que abrasó la garganta del poeta.
Ese grito que rompió su alma
a golpes de versos
que rasgaron el aire,…
a golpes de llantos
que encendieron su calma.
Hoy contemplo los campos yermos cubiertos de agonía
y siento ese llanto que se escapa,
como un murmullo,
entre las colinas.
                                                                              


José Hernández Meseguer
Jaén / Figueras / Portbou, 1978/79



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