EL SUSURRO Introitos. Cap. 1 / 10




El Susurro 









 Obra Primera



                                  


Primer Introito y Dedicatoria



Tengo, como siempre, varios nombres paseando por la mente. Varios elementos que tener en cuenta. Cada uno de ellos tiene su propio motivo, tanto para estar presente como para mantenerse oculto. Al final, presiento, que ninguno de ellos verá la luz. Y únicamente sea a mi delirio, a mi locura, a mi soledad, o tal vez a las tres, a quien realmente deba esta historia.

                                                                  
                                                    José Hernández Meseguer. Octubre 2009.










Segundo Introito



Cuando escribí mi primer y telegráfico Introito allá por el año 2009, poco o nada sospechaba que tendría que regresar años más tarde sobre mis pasos para, si no rectificar, sí al menos reescribir parte de lo ya escrito un amanecer de plomo de 2017, asediado por los monstruos que emergen en mi mente en la oscuridad no dejándome descansar. Y, esencialmente, porque no era del todo consciente de que todas las letras cobijan sus propios misterios y que las esbozadas por mí entonces no iban a ser una excepción. 

Así que, una vez más, al aliento de una esperanza que no sé si llegaré a ver cumplida, volcaré de nuevo mi ingenio en esta historia, en la confianza de que tanto sus personajes como los fantasmas que habitan mi alma reposen finalmente y dejen de hundirse en la bruma de mi existencia, aun sabiendo que “cuando ésta levante de nuevo el vuelo, todo quedará repleto de su memoria”, como en su día firmase Mario Benedetti.


                                                     José Hernández Meseguer, 2017. 








Tercer Introito




El Peso
De La Verdad



 .oOo.

                                   

Cuando uno cree ciegamente haberlo vivido todo, y ese «todo» podría resumirlo en el ácido sabor de una sola palabra. Cuando uno se encuentra definitivamente convencido que ningún hecho le va a sorprender lo suficiente, o, incluso, cuando inicia el camino de vuelta creyendo que ya ha ido demasiado lejos y nada era en realidad lo que imaginó es cuando muy posiblemente ha llegado también la hora de la verdad; el fatídico y cruel momento de mirarse al espejo y hacer balance.

Y a la sazón, sin acritud, pero con profunda frustración, pronunciar despacio al fin lo que de verdad se siente. En este punto, el balance; es decir, la suma de lo vivido, que no es otra cosa que la suma de los fracasos acumulados, debería llevarnos al lugar preciso que nos corresponde. Aunque fuese a empujones. Aunque, claro, de la misma manera, sería fácil justificar las acciones, maquillar los acontecimientos, o envolvernos de forma sencilla y miserable en un rancio pero inservible victimismo. Da lo mismo.

Al final, de uno u otro modo da igual; cualquiera puede engañarse, pero nadie puede evitar El Peso de la Verdad. 




1



Aquello era en síntesis, tras años de recorrer vericuetos, danzar a la sombra de propósitos y esperanzas, galopar a lomos de sueños y proyectos inconclusos, lo último que deseaba escuchar de su propia conciencia: que había fracasado. Aunque así era. Su vida, pretendía recordar en un esfuerzo deslucido por la oscuridad del cuarto y el alcohol que llevaba encima, había pasado rauda sin darle apenas tiempo a reflexionar para arrastrarle exánime y abatido al territorio de sombras en el que se encontraba. Aquélla, en suma, era toda su fortuna o lo que quedaba; algo más de lo que cabía en sus manos.

Algo más de lo que podía sujetar entre sus temblorosos dedos. Bueno, eso, y su memoria. Toda su memoria. Una extraña memoria.

Una memoria entumecida, confusa y polvorienta. Tal vez enferma y trastornada, si tenía en cuenta los categóricos oráculos de los psiquiatras que durante años habían estudiado con malévola y no menos curiosa admiración su extravagante caso; una memoria sesgada por las luces y las sombras de los pretendidos recuerdos. Posiblemente, según los médicos, se tratase de una memoria extraviada en las negruras del propio ser, desenlace inevitable de un cerebro sumergido en el desvarío más absurdo e inexplicable; una mente delirante, que, en no pocas situaciones, resolvió actuar por su cuenta sin pensar acerca de sus deseos, arrastrándole a escenarios, lugares y mundos, de imposible razonamiento. De ahí, finalmente, una memoria perturbada; saturada por extraordinarias sensaciones y ecos inexistentes. Habitada por voces de ultratumba. Por engendros deformes y monstruosos que desde la misma oscuridad del entendimiento aullaban su nombre. Nunca vivir atrapado en un laberinto de tal magnitud costó tanto.

Les envidió. Verdaderamente les envidió. Nunca estuvo tan seguro como ellos de su locura ni de la falta de realismo que se le atribuyó. Pero el caso es que durante años, en esos instantes en los que no se vio capaz de poder seguir soportando más la presión, fue tejiendo como una araña su propio final para intentar escapar de la pesadilla de la mente. Tan sólo la cobardía, su estúpido cobijo en el alcohol y la falta de valor, fueron llevándole a rastras, como un muñeco roto, a través del calendario. Aunque ahora que repasaba su vida con la perspectiva que ofrece el paso del tiempo, se preguntó por enésima vez si acaso no se tratase de nada de eso. Y simplemente fuese el destino, su destino, el que le tuviese dispuesto algo muy distinto.




2



Esa misma tarde, tras veinticuatro años de trabajo, recoger algunos documentos de escaso valor, echar un último y mustio vistazo a lo que había sido como su casa durante dos largos decenios, cerraba definitivamente la agencia y entregaba las llaves del local a su dueño, el hijo de don Gaspar. Un pedazo de papel desteñido, arrancado con prisa, anunciaría un adiós sin ningún tipo de ceremonia: “Cerrado por Cese de Negocio”.

Con tal motivo, no le hicieron falta más excusas, tras cerrar la puerta de la oficina para siempre y escuchar la que sería la última reverberación del portazo aletear en la bóveda de la escalera, porque la fama le precedía en el tiempo como una mancha de tinta y porque esta vez le apeteció de forma irrefrenable, consiguió, en la primera tienda de ultramarinos que localizó abierta una botella de vodka y tres cajetillas de tabaco rubio. Aquellos eran los únicos artículos de lujo que quedaban en su vida.

No consiguió determinar de dónde venía, no lo recordaba, aunque lo intentase. No sabía con exactitud si venía de la pensión donde se hospedaba hacía años o si aquel día le habían proporcionado un permiso especial en el hospital psiquiátrico en el que se alojaba largas temporadas. No recordaba cómo había logrado llegar a la calle Platería, suponía que andando, pero sin la convicción necesaria de que eso hubiese sido así. Sólo acertaba advertir que, de súbito, se había encontrado echando la llave a la puerta de la agencia para siempre. Tampoco tenía claro dónde dejaría caer ese día sus cansados huesos. No pensó más que en evadirse de la realidad de nuevo. Sólo ansió escapar una vez más de sus propias sombras del único modo que estaba habituado a hacerlo: ése era bebiendo hasta perderse en su propio laberinto. 

Entretanto, sin premeditarlo, llegó a su memoria en ese patético lance, la melodía y la letra del viejo tango que de muchacho solía cantar: «Tomo y Obligo», de Carlos Gardel. Precipitado, una espada de sal atravesó su ánimo un escaso segundo. Acarició sus letras fugazmente en su voz vencida. Fue entonces cuando recordó la perversa razón de su actitud: la tristeza. La melancolía y la ausencia de un amigo de verdad, la terrible añoranza de no tener con quién compartir aquella demolición personal. Echó en falta el silencio respetuoso del amigo que, sin poder hacer nada por evitar la desolación, escuchase atento, sin prisa, su historia; una larga, turbulenta y nebulosa historia, tejida, sobre seguro, en los confines de su locura. Pero una historia, al cabo, que impidiese en su estimado escuchante ojear con disimulo el reloj buscando la hora de marcharse. Un amigo que atendiese con deferencia, cómo, a través de las palabras, va cayéndose el escombro del alma de un hombre hasta transformarse en la ruina más cochambrosa. Sin embargo, sonrió para sus adentros esgrimiendo un imperceptible gesto de ironía, aquello, la quimera del amigo incondicional que todos hemos requerido alguna vez, el ferviente deseo de su silente presencia también formaba parte de las sombras del pasado.

No había nadie.

Así que, bien fuese por el exceso de nostalgia que le invadía el alma de forma indisoluble, bien por demasía de remiendos en ella, lo único que sobrevivía en él era la perturbadora intención de fugarse de todo sin intentar hacer frente a nada. Si acaso, en la evasión, aún quedaba un asunto inacabado, una cuestión de capital importancia: retorcer la garganta a la esperanza, cercenando para siempre la angustia acumulada. Más tarde, ya conocía bien el procedimiento, escondería su patética soledad bajo la sombra mortal y alargada de unos tragos; ahogaría, sin clemencia, el último vestigio de lo que había sido su vida.

De modo que sin negar la cobardía de la actitud pero sin importarle una mierda los resultados que pudieran derivarse, tras varias copas, subiría de un salto a la grupa de los colores cobrizos y violáceos que como espetones encendidos se filtraban entre las cortinas del cuarto, para, posteriormente, tener la extraña sensación de estar cayendo desde las estrellas a un abismo insondable, hasta perder por completo la conciencia. Con ella, también perdería transitoriamente el desprecio que sentía por sí mismo y por su suerte.

Eso mismo haría: «Cada uno se suicida como le sale de los cojones…» —murmuró con decisión—; se hundiría, como el que se mete en una bañera repleta de lodo, en un profundo y lóbrego agujero, y jugaría al dramático juego de recordar, una vez más, lo que había sido su puñetera existencia. Tiraría con crueldad de la sutura que cubría sus heridas; la conclusión podía ser brutal aunque concluyente, y lo sabía. Pero todo hacía tiempo había dejado de interesarle. Todo le importaba justamente una mierda.

Todo. Hasta él mismo.

Echó un rápido y lascivo vistazo a la botella de vodka que aún se mantenía intacta y desafiante. Desde su letal transparencia, una sirena completamente ebria pareció invitarle. A la sazón y sin escrúpulo de ningún tipo consideró que tan rolliza y tan hermosa bien se merecía ponerla a régimen. Decidió, pues, brindar sin miedo con su propia entelequia, aquella esencia invisible que no sabía cómo calificar; no sabía decidir si había sido su más fiel aliada o acaso su más recalcitrante enemiga.

El primer trago sería en honor a su locura, a su excentricidad; un delirio que le había hecho recorrer el planeta sin moverse de la butaca, probablemente. El segundo trago estaría dedicado a su angustia, por acompañar cada uno de sus pasos como un penitente. El tercero quedaría dedicado a la frustración. El cuarto estaría consagrado a sus recuerdos. El quinto a su lacerante soledad. El sexto a su mundo, ése en el que vivía o creía vivir, el cual agonizaba sin apenas saberlo. El séptimo…

¡Diantre! ¿Cuántos tragos cabían en aquella botella? 





3



Mientras caía mansamente destrozado en el sopor que provoca el alcohol, convocó pedazos de su existencia y todas y cada una de las extravagantes circunstancias que le habían transportado a donde se hallaba. Una existencia, creía recordar, curiosamente marcada de antemano por la siniestra mano del destino. Así al menos, al tiempo que sentía los párpados como lápidas sobre los ojos, lo interpretaba siempre que sucumbía sin el menor atisbo de lucha frente a su mayor enemigo. Por lo que intentar reconstruir el infierno atiborrado de vodka, suponía, en el fondo, el único placer que albergaba su espíritu para aceptar con cierta serenidad el fracaso de la misión ante las hordas metafísicas de aquella supuestamente inexistente conspiración cósmica que habían contemplado en él la posibilidad de ser «El Negociador».

Pese a que llegaban con profunda transparencia a su mente todos y cada uno de los acontecimientos que aseguraba haber vivido, en el rincón más oscuro e inaccesible de su alma, de parecida manera, se deslizaba permanente una terrible e inquietante incertidumbre. ¿Verdaderamente habían sucedido los hechos tal como creía haberlos experimentado o por el contrario había permanecido esos mismos veinticuatro años, sentado, en el sillón de su casa, o acaso, en la residencia psiquiátrica, a fuerza de sedantes psicotrópicos, bajo la incisiva y atenta mirada de la legión de facultativos que le había diagnosticado esquizofrenia paranoica?

Hubo tiempo suficiente para alimentar ambas ideas.

En todo caso, cierta o no la experiencia, una interminable lista de nombres y rostros, en ocasiones fantasmales, se asomaban a su calenturienta imaginación con la ironía y la insolencia semejantes a los dibujos mostrados en el dibujo de portada de Gustavo Doré en su ilustración del Quijote; con la pérfida y corrosiva intención de que jamás olvidase lo sucedido. Si es que había sucedido. Así, de forma apresurada, desde las sombras que proyectaba la pared de la habitación, surgían imágenes y rostros. De idéntica forma se dibujaban los nombres de las personas y, cómo no, los insólitos personajes que supuestamente habían atravesado con Mauriel De Lancre la odisea que le había tocado vivir, o acaso imaginar. Todos ellos, de manera dantesca, se descolgaron indelebles desde la pared o desde el recuerdo hurgando las heridas. Casi siempre con dolor.

De todas las reminiscencias la más importante era, sin duda, la evocación de Luna de Thule como afectivamente la llamó. El hecho entrañaba un acto demoledor y lacerante. Su nombre, en una dulce angustia, subía lánguidamente hasta sus labios; casi en silencio. Al punto lo declamaba despacio. Lentamente. Con extrema delicadeza. Tratando de no lastimar su recuerdo. Tras un breve, inevitable y doloroso interludio, brotaban nombres, que, de forma similar, ocuparon su propio territorio. O para bien o para mal: Olvido de Circe, Pablo Duarte, Gedeón de Nôtre-Dame, Arístides Nicodemus; los sicarios Efraín Dantés y Aarón Everest; el enigmático Smoky Manilow, “Little Joe”, Julián Brown, Aníbal Stigma… Y otros tantos que acabó olvidando antes de llegar a memorizar.

Cada uno de ellos, desde su vértice, desde su oportuna identidad, impulsaba su existencia hasta el presente aquella tarde, de igual modo que un libro mantiene vivos, palpitantes y eternos a sus personajes.       
                                                



4



Por desgracia ser la sombra incesante por espacio de casi dos  décadas de uno de los más importantes dirigentes del país y mano derecha del Generalísimo, un acreditado político sempiternamente amenazado de muerte por asociaciones terroristas, supuso su fin como profesional. Como escolta privado del ministro, su vida personal fue disolviéndose como un castillo de arena a merced de las olas, en un confuso e interminable procedimiento de seguridad siempre repleto de hermetismos y claves de acceso hasta desintegrar prácticamente su identidad como individuo.

El día a día no resultaba distinto; un complicadísimo mecanismo de anticipación a los hechos y de prevención al atentado eran puestos en marcha mucho antes de sobrevenir los acontecimientos públicos. Así, hasta el más insignificante de los detalles debía de estar rigurosamente calculado y controlado sin posibilidad de error. Todo el equipo era una perfecta maquinaria con licencia para matar, en la que cada cual conocía con exactitud la posición que debía ocupar. El ritmo delirante de las circunstancias, la tensión permanente y los estados de pánico por los que inevitablemente tuvo que atravesar fueron, sin embargo, perforando su ánimo como un cáncer indetectable. Sólo el paso del tiempo tomó buena nota de ellos. En conclusión: aquel socavón en la mente, un mal día de principios de enero se abrió para él como una flor venenosa ofreciéndole entonces el peor de sus rostros, terminando por sumergirle en diferentes episodios de ansiedad y miedo que no lograría superar.

El matrimonio con Sara había sobrevivido muy poco tiempo, un año y medio escaso, a los numerosos contratiempos que ofrecen las relaciones entre adultos que, por lo general, ya de entrada, suelen ser excesivamente subestimadas por los candidatos, olvidando los cien millones de elementos que las conforman y los incontables misterios que éstas suelen encerrar. Y en las que, dicho sea de paso, naufragamos la mayoría de los mortales.

Sara era una persona corriente que acarreaba una vida tradicional, alejada por convicción propia de diseños ilusorios, vericuetos angulosos y procedimientos escabrosos. Tanto sus inquietudes como sus sueños, se vestían cada mañana con traje de diario para reposar plácidos y serenos, al sucumbir el día, sin desasosiegos, en el lecho donde la angustia y el desgaste espiritual no tienen permanencia por mucho tiempo. Sara anhelaba para su futuro, de igual modo, una situación sin estridencias ni altibajos emocionales; nada que fuese asombroso e incontrolable. Algunos podrían pensar que lo que la joven perseguía era una existencia gris y anodina. Pero otros, la mayoría, agradecerían llevar un estilo de vida insignificante mucho antes que lo que le ofrecía el escolta, que de ser algo, era justo lo opuesto. Por lo que, ya de entrada, aquélla era una relación alzada en el más estrepitoso de los fracasos, una relación inconciliable con el modo de vida que se traía Mauriel, que, ni llevaba una realidad ordinaria ni lo que se intuía se descubría como una existencia estereotipada. Así, en ese lapso de tiempo, tras quebrarse como cristal la ilusión inicial para llegar a comprender que nada en aquella historia iba a ser un cuento de hadas, y que, muy al contrario, la convivencia con aquel imitador de Kevin Costner prometía ser un solemne suplicio, no sólo por su labor profesional y sus insólitos horarios repletos de incertidumbre e inesperados viajes sin fecha de vuelta tapizados de secretos, sino porque a su regreso parecía haber envejecido diez años, Sara, la pobre Sara, comenzó a temer lo peor. No le faltaban razones a sus sospechas. La afabilidad de Mauriel, sin ofrecer explicaciones al respecto, en unos meses se había evaporado como se disipan las gotas de lluvia en una tórrida tarde de verano, sin dejar rastro, transformándose en un carácter intratable y desconfiado. Una sombra interior parecía perseguirle allá por donde iba. Una sombra que crecía devorando cuanto encontraba a su alrededor.

Antes de que aquella nefasta crónica fuera un hecho irreversible, lo hablaron. Lo hablaron un millón de veces. Barajaron salidas, opciones a una situación que no llegó a ver la luz por falta de consistencia. Ninguna alternativa fue suficientemente sólida cómo para arriesgar el futuro. También es sabido que la cobardía y el temor a fracasar crea perdedores antes de tiempo. Y tal vez, en este embrollo, ya era tarde para regresar a ciertos estados de ensoñación; sus vidas se habían alejado de esa edad en que todo parece posible, concepto por otra parte completamente desafortunado. La vida es sólo cuestión de decisión. De elección. Y en ese laudo o aciertas o fracasas. Aunque después sea el destino el que se encargue de marcar las cartas.

De vuelta a la realidad que soportaban, cohabitaban cuestiones no menos importantes: el miedo. Ambos vivían sumergidos en él de forma inevitable; la tensión de verse continuamente amenazados creaba las sombras más insoportables. Mauriel no había logrado soportar el silencio y una noche, a los ruegos de ella, volcó sobre Sara todas las turbaciones que acumulaba; alarmantes ofuscaciones más oportunas de ser tratadas por un buen psiquiatra que por una persona como ella sin vocación alguna para sumirse en historias de corte sobrecogedor. Ella advirtió el pánico en sus pupilas, incapaz de sumergirse en sus tinieblas. Aún menos de echarle una mano. Sólo consiguió aterrorizarla con expresiones inalcanzables y oscuras. Fue en los siguientes meses cuando intentaron sin éxito buscar salidas. Pero la turbación que no tenía por qué tener en cuenta sus agitaciones y fue a más; la sombra siguió creciendo sobre su pequeña sustantividad. Y así, lentamente, con la misma destreza que tiene la fatalidad para devorar almas blancas, Sara acabó por derrumbarse en una angustia de la que jamás logró escapar. Sus continuas depresiones la llevaron por senderos sin destino hasta llegar al penúltimo: el especialista. Éste, una vez realizadas las pruebas pertinentes prescribió su dolencia como “Síndrome de Addison”. Lo habían hablado un millón de veces pero todo resultó inútil. Todo quedó varado como una ballena en la playa. Todo: los sueños, la alegría, el impulso por vivir, la pretensión de estabilidad, los proyectos, el futuro, la vida que deseaban... Todo quedó suspendido. Todo, excepto los miedos que se hicieron omnipotentes. Ellos, que habían inicialmente decidido luchar contra las tinieblas que les acosaban, fueron finalmente engullidos sin remedio por sus propias turbaciones alejándose de sí mismos hasta convertirse en extraños. Dicen que ninguna buena acción queda sin castigo y ésta no iba a ser una excepción; la muñeca de porcelana que Mauriel conociese un lejano día acabó rota en mil pedazos ante su propia imposibilidad para ayudarla. El último camino que le quedaba le guiñó un ojo. La esperaba. Se alejó para siempre de su vida.

Nunca olvidaría la mañana que acompañó a Sara a la Estación de ferrocarril. Una siniestra aurora de plomo expandía sus garras aceradas amenazando la ciudad. El cielo tembló un instante. Los tejados de uralita del andén vibraron inquietos sobre su armazón. Una tenue garúa inició el silencioso acto de descolgarse como una cortina blanca y opaca haciendo brotar de los raíles un nauseabundo vapor con olor a grasa requemada y diesel; cientos, miles de agujas de cristal se desprendían de la bóveda plúmbea levantando ínfimas nubes de polvo ocre al estallar contra el suelo. Anunciaban una inminente tormenta. No hablaron de nada, evitaron mirarse. No había nada de qué hablar. Ya no. Un muro transparente y eléctrico de silencio y dolor les impedía decirse cuánto se habían amado a pesar de su hundimiento como pareja. La decisión estaba tomada, Sara regresaba a casa de sus padres. Habían resuelto darse un tiempo para poner en orden las emociones y los sentimientos pero los dos sabían que aquello era un pecado venial, casi estúpido y pueril. Una mentira piadosa, una cobardía para evitar decirse categóricamente adiós. Ambos sabían qué iba a suceder a partir de ese momento; sus vidas se fundirían, pero ya por separado y para siempre, en la misma niebla en la que se hundiría el tren cuando partiese.

Un estridente latigazo acústico reveló la llegada del convoy. No hubo despedida. Unas miradas silenciosas cargadas de angustia pondrían el punto final a su historia de amor. Conforme ascendía situando los pies en los peldaños del vagón, se giró. Sara miró con dulzura y compasión a Mauriel evitando preguntar qué sería de él a partir de aquel momento. Depositó un imperceptible beso en sus labios. Luego susurró:

— Cuídate mucho, ¿me lo prometes?
— Te lo prometo…

Cuando la máquina del tren aulló segundos antes de hundirse en la neblina indicando su marcha supo con certeza que no volvería a verla. Entonces fue cuando advirtió que lo que bañaba su rostro no era la lluvia. El agua de lluvia no contiene sal.




5



Como resultado del desastre que su profesión había supuesto en su vida personal se aferró aún más, irónicamente, al compromiso profesional. Todo ello, en un desesperado intento por mirar hacia otro lado evitando distinguir una realidad demoledora y una existencia que, por un desconocido efecto, iba tomando derroteros insólitos y discutibles, a la vez que iba perdiendo de vista elementos que además de importantes empezaban a ser inquietantes.

Una noche cualquiera cayó en la cuenta que llevaba sin ingerir alimento alguno casi una semana, el apetito se había esfumado como por encanto sin que por ello le apeteciese comer. Una feroz psoriasis comenzó entonces a adueñarse de su cuerpo provocándole graves úlceras de complicado tratamiento. También dejó de dormir. El sueño huyó de él. Pasaba las noches en blanco fumando y bebiendo, dando vueltas y más vueltas a ideas del todo absurdas que súbitamente invadían su imaginación y a las que, sólo al principio, no encontró el menor sentido. Terminó por ponerse en manos de un experto; éste le diagnosticó estrés galopante y le administró pastillas como para dormir a un caballo.

Lejos de obtener el efecto deseado entraron en escena nuevas e increíbles extravagancias. Si alguna vez conseguía dar una cabezada inmediatamente le acudía la sensación de que extraños personajes observaban su sueño e incluso acercaban su frío rostro al suyo intentando husmearle, musitándole al oído indescifrables mensajes. Un despertar agitado, sudoroso y fuera de control se adueñaba de él siéndole imposible a partir de ese instante recoger el grado de calma suficiente como para descansar nuevamente. Aunque las cosas no quedaron ahí. La obsesión de sentirse vigilado en cualquier sitio, perseguido a distancia por la calle, acechado en cada uno de sus movimientos, fue ganando terreno en las sombras de manera apresurada y violenta. Pero con mayor motivo dentro de una profesión como la suya en la que hablar de su vida, o su trabajo, podía resultar caro. Debía hablar lo justo o nada. La desconfianza siempre estaba servida. Nunca sabía con seguridad adónde podían llevarle sus palabras. Y a medida que sus obsesiones fueron acorralándole cerró el pico con el resto del mundo, incluyendo a sus compañeros. A partir de aquel momento el recelo se instaló en su modo de vivir; dejó de hablar con la poca gente que conocía y evadió deliberadamente la posibilidad de relacionarse con los demás. Oír pasos apresurados a su espalda, en la calle, en los bares; tener la continua impresión de que alguien le rondaba y se escondía entre la multitud al girar la cabeza, tener el pálpito de que se establecían cuchicheos hostiles acerca de él, a su paso, se convirtió en algo tristemente habitual. Aun así, el efecto de sentirse acosado no sólo no cejó, sino que fue en aumento; hasta el extremo de anotar las matrículas de los vehículos que aparcaban en la calle donde vivía, al salir o al entrar a su casa. Incluso, ya en ella, la influencia era tal, que solía ir armado. Las luces de todas las estancias permanecían encendidas y cuando descansaba, por lo general, en el sofá del salón, dejaba el revólver junto a él.

Fue precisamente en uno de esos golpes de angustia cuando comprendió el mensaje. Sólo entonces tuvo la certeza de que sus cartas estaban marcadas de antemano por una entidad anónima. Y que la extraña impresión que continuamente percibía no era si no una conspiración que trataba de acorralarle. ¡Claro, cómo no había caído antes en ese detalle! —razonó, por último, con la satisfacción de un demente—. Estaba convencido de que una oscura y desconocida secta se cernía sobre él con la peor de las intenciones. Si bien, su intuición, por esas peregrinas circunstancias de la vida no se detenía ahí y le alertaba que existía algo más: intuía que detrás de aquel complot se orquestaba algo siniestro y trascendente. Sin embargo, su retahíla de sospechas y conjuras acerca de una maquinación urdida en la oscuridad desde un esotérico y fabuloso universo, todas aquellas teorías de origen inescrutable que sólo habían servido para espantar de su vida a Sara, se desplomaron de improviso, semanas después, cuando el médico que atendía su caso notificó el resultado.

— Lamento comunicarle, señor De Lancre, que su situación emocional es más grave de lo que en un principio sospeché —anunció sin eufemismos—. Debería tomarse un tiempo de descanso y consultar sin demora a un especialista en psiquiatría. Según los informes que se han elaborado acerca de su caso podría estar padeciendo, sin percibirlo aún de una forma evidente, esquizofrenia paranoica. O dicho en un lenguaje coloquial: «Síndrome de Manía Persecutoria». Probablemente no tenga importancia detectado a tiempo pero no deje el asunto. Quizá sea debido a su trabajo, por lo que se desprende de los mismos partes médicos, pero lo cierto es que usted se encuentra sometido a demasiada tensión. Una presión excesiva. Ésa es, sin duda, la causa por la que se siente perseguido aun estando en casa. La cuestión no es grave en principio pero, como digo, no lo debe dejarlo pasar. Seguir un tratamiento oportuno, definido y continuado, le ayudará a descansar pero, sobre todo, le evitará sufrir ese tipo de alucinaciones…

Eso al menos fue lo que dijo.         




6


El término «alienado» nunca fue una palabra de su agrado, apestaba demasiado a extraterrestre. «Extraviado» encajaba mejor en el concepto que perseguía; creía que iba más con su personalidad. A fin de cuentas así era cómo se sentía: perdido por completo. Aunque no pretendía engañarse en falsas retóricas semánticas, una era sinónimo de la otra: ambas eran ramas del mismo árbol.

Tras dieciocho meses de interminables y escalofriantes pruebas para un hombre que estaba acostumbrado a pasar por casi todo, menos a someterse a experimentos de dudoso destino, le hicieron sospechar que sus días en el servicio activo estaban más que contados y de qué manera iban a finalizar sus tiempos de escolta. No erraba en sus dudas. Tras una plétora de fórmulas magistrales para intentar recuperar el sueño y la estabilidad emocional, scanners, numerosas resonancias magnéticas cerebrales y casi un centenar de dossier periciales, los expertos del tribunal que atendían el expediente concluyeron de forma unánime que debía abandonar categóricamente el puesto de trabajo. Así fue. Tenía por entonces treinta y nueve años y ya habían hecho de él un desperdicio. Un puto despojo social que se veía así mismo dando interminables paseos sin rumbo o echando de comer a las palomas en cualquier parque. De aquellos años de servicio y muy alejado de lo que suponía, le quedó una pensión cercana a lo burlesco, debido a que la mayor parte de los ingresos se producían en complementos por peligrosidad y sólo una mínima parte correspondía al salario propiamente dicho. La fortuna también quiso, para no ser cruel del todo, que Sara decidiese no tener descendencia, menos aún en las circunstancias que atravesaban. Por lo que, con el reestreno de su nueva vida, en su petición de divorcio, tampoco intentó desangrarlo en el juzgado exprimiendo su calamitosa situación financiera; tuvo la suficiente clemencia y honestidad como para no reclamarle un duro.

Cambió de ciudad. Se trasladó lejos de allí creyendo que en su huida lograría dejar atrás recuerdos, noches en vela, noches vacías, noches de llanto y borracheras de adolescente alumbradas a la luz de la melancolía, sin tener en cuenta que la sombra de la memoria es el peor de todas. Y que, de todos ellos, el recuerdo del contacto de los labios de Sara sobre él iba a convertirse en la nostalgia que más pesaría en su vapuleada alma durante tiempo. Por mucho que en el futuro intentase mirar hacia adelante no podría evitar, de vez en cuando, en sus horas más bajas, echar un vistazo a su pasado y ver a Sara de nuevo emergiendo de la oscuridad de su alma como a la diosa a la que no había sabido retener. Aunque existía más de una razón para intentar escapar. Suponía que aquellos bastardos ocultos que le acosaban persistentemente, al no localizarle, se darían por vencidos y se olvidarían de él. Tras barajar su nuevo destino en diferentes ciudades del país, incluyendo parámetros tales como temperatura, calidad de vida, situación y dimensión, optó finalmente por regresar a Murcia. De esa ciudad le agradaba el clima, la gastronomía y la hospitalidad de su gente. Y aunque ya no quedase el menor rastro del viejo concepto de «patria chica», por la cantidad de años que había vivido fuera de manera nómada, no podía olvidar que había nacido cerca del Barrio de San Antón, en la carretera de La Ñora. Casi enfrente de la taberna de «El Secretario».

Murcia era, en resumen, lo que precisaba: una ciudad transitable, no demasiado entregada aún al caótico frenesí del progreso de otras capitales y un clima esencialmente mediterráneo aunque húmedo en exceso. En alguna ocasión, en los últimos años, siempre por motivos de trabajo, Mauriel había tenido ocasión de volver a callejear por la capital. Era su mejor y más emotivo momento. Deambular silente en la penumbra por el barrio viejo, pasear entre callejones desiertos convertidos en pozos de oscuridad y evocación de adolescencia; vagar sin rumbo, casi perdido, lastimado por la emoción, a lomos de las infinitas láminas de luz ambarina que proyectaba como el filo de una navaja el embaldosado del bulevar de la zona más vetusta y señorial de la ciudad; caminar escoltado sólo por el eco de sus pasos pausados y metálicos que reverberaban al compás, como una vieja melodía, entre la suerte de bóvedas que forman las calles Trapería y Platería cuando todavía el día no tenía desplegados sus ejércitos de luz, suponía un evento sólo apto para almas sensibles. Algo más allá, una vez atravesado el espectral pórtico sembrado de penumbra de la calle Escultor Salzillo del Palacio Episcopal, otro espectáculo no menos trascendente, justo en la Plaza del Cardenal Belluga, habría de esperar como un perro fiel su llegada. La media luz amarillenta, casi prodigiosa, que ofrecía a las reservadas imágenes del imafronte de estilo barroco de la catedral, parecía proporcionar un soplo de vida a las pétreas efigies. Y éstas, desde ese raro hálito de existencia, creyendo haber absorbido tan particular gracia de una esencia superior, observar con interés cada uno de sus movimientos.

Poco después de instalarse en un pequeño apartamento de la calle Jabonerías, en el ático de un edificio de cuatro plantas con ascensor, que venía a arruinar con escaso gusto la belleza que poseía el retículo de calles peatonales que tanto magisterio podían aportar a la Murcia atávica y profunda, y resolver las debidas y agotadoras formalidades burocráticas, abrió su propia agencia para sentirse vivo y útil básicamente. No estaba dispuesto a rendir pleitesía y dar la razón a la multitud de patanes que, pertrechados de estetoscopio, termómetro, oftalmoscopio, tensiómetro, otoscopio y otros artilugios de designación impronunciable se habían empecinado en arrinconar su capacidad profesional alegando un rosario de sandeces. Sería su propio dueño. Y dueño y señor de un destino que aún se encontraba a medio escribir. La agencia, si lograba un acuerdo con su propietario, se situaría cerca de allí, en la calle Platería; en otro ático de un antiguo y decimonónico inmueble de tintes y estilo eclécticos de la Murcia burguesa de principios del siglo XX, justo encima de un minúsculo, claustrofóbico y siniestro comercio de apariencia de pasadizo; flanqueado, desde la entrada, por vitrinas en las que fulguraban mesnadas de agujas y objetos metálicos en la lobreguez. Era la singular especialidad de aquel comerciante de mediana edad, que a buen seguro había echado y escupido los dientes en el mismo sórdido lugar, reparando y ofreciendo instrumentos de escritura y artículos de fumador a media ciudad por espacio de varias décadas: venta y reparación de estilográficas, bolígrafos y encendedores de media y alta gama.

A continuación, puerta con puerta, otro portón de madera labrada de enormes dimensiones se alzaba ejerciendo el acceso al edificio. Desde la entrada, en el zaguán, la claridad iba disolviéndose hasta convertirse en sombra. Todo se transformaba en un túnel. Una aguda pestilencia a humedad y a madero corrompido se propagaba en un río de oscuridad por la angosta estancia. Cuatro alturas y ochenta y ocho escalones de color malva, flanqueados por una balaustrada de hierro forjado, le catapultaban desde la entrada hasta el último piso, la buhardilla; la lóbrega estancia que sería su despacho en el futuro. La sala, unos veintidós metros cuadrados de superficie, mantenía indeleble la huella de su antecesor; un excéntrico jurista que ahogado, al parecer en su propia desesperación, decidió poner fin a sus días suicidándose allí mismo. El significante agujero en una esquina, junto a una de las traviesas del techo y los apresurados intentos por maquillar parte del paño de la pared que quedase embebida de restos de sangre y sesos daban fe del luctuoso suceso.

Bien porque los familiares anduviesen inmersos en otras historias, bien por el abandono de la situación, la cuestión fue que la dependencia permaneció tres años cerrada. Cuando la policía dio por zanjado el asunto, nadie, ningún familiar se personó reclamando ni los enseres personales del difunto ni el mobiliario que contenía la oficina, lo que enseguida, Mauriel, consideró como una excelente oportunidad de ahorro haciendo decidir el alquiler a primera vista sin negociar su precio en exceso. Dos ventanas con moldura de madera terminadas en su vértice en arco de medio punto, unas persianas de rejilla de color verde oliva y unos cristales casi impenetrables empañados por la suciedad y la desidia, asomaban la mirada a la calle como los ojos melancólicos de un niño castigado, contemplando, cautivo y triste, a los viandantes que aquella tarde se refugiaban de la lluvia bajo los paraguas.

— Pues sí, mi estimado amigo…—inquirió el propietario con cierto aire detectivesco.
— De Lancre. Mauriel de Lancre.
— Ah, muy bien, señor De Lancre, su nombre y apellido no parecen oriundos de esta tierra, sino más bien franceses. ¿No tendrá ningún parentesco con Gustave Flaubert, por casualidad, no? —bromeó.
—No tengo ni idea de a quién se refiere…
—No tiene importancia, era sólo un mal chiste que suelo usar cuando observo a clientes tan circunspectos como usted, le ruego que no me lo tenga usted en cuenta. Es que no puedo evitar que el nihilismo de este escritor francés me haga en ocasiones estremecer, es enormemente apocalíptico. Demasiado, creo yo. La vida no debe tomarse tan serio, si no, «apague y vámonos» —zanjó—. Bromas aparte, debe que disculpar mi ironía, es todo un placer conocerle, cómo no; no es fácil rodearse de personas con ambición, con emprendedores que deseen abrirse camino en el mundo empresarial. Es un reto en tiempos de tormenta; la pequeña y mediana empresa atraviesan tiempos delicados, los impuestos se llevan las pocas ganancias que se generan. Confiemos en venideros tiempos de bonanza… Bueno, pues como le explicaba, al parecer, por los cuchicheos que corrieron de boca en boca en el barrio, así fue como el letrado y amigo mío, no crea, tras décadas de intenso trabajo, decidió, imprevistamente, poner punto final a su situación, cualquiera que fuese. Nunca llegó a saberse con exactitud qué pudo pasar por la cabeza de ese hombre para cometer tamaña locura pero me temo que nada bueno, créame. Y si he de serle sincero…

Disminuyó la voz hasta el susurro, como si fuese a describir una acción inconfesable que únicamente su oyente debiera saber. Se acercó al oído del joven.

—… Últimamente, unos meses antes del fatal desenlace, se le veía muy extraño. Rehusaba hablar con la gente, incluso con amigos. Esquivaba de forma deliberada el contacto con los demás. Su carácter en poco tiempo se agrió, parecía trasmudado; su mirada extraviada en la mayoría de las ocasiones. Se comportaba como si estuviese desquiciado. Como si hubiese perdido un tornillo. Parecía haber perdido el control de su vida. Siempre estaba angustiado, como asustado, usted ya me entiende. Y continuamente, yo me percataba de eso cuando atravesaba por la puerta de mi negocio rumbo a Dios sabe qué lugar, miraba alrededor como si huyese de alguien, o de «algo». Era realmente extraño.

Meneó la cabeza con clemencia al recodar la escena, al tiempo que torcía el rostro negando por lo bajo. Hizo una breve pausa. El joven hizo un gesto similar de aflicción aunque no justamente por la misma causa. Por unos instantes, Mauriel, se sintió identificado con aquel desdichado. Él también se sentía acosado.

—He de reconocer que la noticia no me cogió por sorpresa. Aquel hombre, fuera lo que fuera que le sucediese, no iba bien. Algo enorme y horroroso, que nunca llegó a saberse, le estaba triturando el alma. Vaya que sí. Intuía, no sé por qué, que algo catastrófico iba a suceder. Y sucedió. Claro que sucedió. En fin, nunca se sabe qué nos tiene reservado el destino… 
Nunca se sabe, en efecto.
La vida a veces es dura. Y también injusta…
Ya lo creo…

Hizo otro paréntesis. Luego, minutos más tarde, otro más. Don Gaspar echó un vistazo por la ventana. Miró el cielo. Cuando Mauriel creía dar por finalizado el estrambótico relato, el vetusto comerciante atacó por sorpresa otra vez con una nueva y sorprendente reseña imposible de esquivar. Así prosiguió intermitentemente con el dramático chisme del jurista casi hasta la extenuación del investigador que pacientemente asentía a cada una de las conclusiones a las que llegaba el casero. El investigador también vislumbraba que aquello, todo aquel despliegue de palabrería, en el fondo, no era más que una buena excusa para hacer tiempo y no mojarse. En la calle estaba cayendo agua a cántaros y cortinas líquidas se deshacían con violencia contra los cristales cuando el viento procedente del Oeste arreciaba.

La indicación inequívoca de que el anciano tratante de tejidos por fin concluía la soflama vino de la mano de un inadvertido giro.

—Y dígame, si no supone mucho preguntar, señor… de Lancre, ¿qué le trae por aquí, me refiero por esta zona?  ¿Abogado tal vez?
—Algo parecido. En ocasiones más abogado del diablo que otra cosa, no vaya usted a creer, no todo es de color rosa ni mucho menos. Soy un poco abogado, un poco mediador, un poco investigador. Un poco «Celestina»…Un poco de cada cosa, vamos. Poco más o menos como usted en su negocio: usted ofrece diferentes clases de tejidos a sus clientes y yo ofrezco diferentes tipos servicios a los míos…—sonrió con ironía sin ofrecer más pistas de las necesarias— De todas formas, esta parte de la ciudad siempre me ha gustado y resido cerca de aquí, lo que hace más cómoda la situación. 

Comprendo…

Pese a lo tenebrosa que resultó ser la historia, Mauriel que había necesitado soportar lo más serenamente posible, por espacio de casi dos horas, la crónica negra que derramó como un charco de lodo su flamante casero como reseña de bienvenida, no se inquietó ni arqueó una ceja. No se dejó impresionar ni por la supuesta hipérbole ni por la inflamada oratoria de vendedor ambulante que exhibía. Muy al contrario. Mientras gesticulaba empleando toda suerte de adjetivaciones y aspavientos a su alcance, esparciendo, de paso, el pestilente tufo del cigarro en la estancia creando una atmósfera gris, sólida e irrespirable, el joven detective observó los gestos incontrolados de aquel actor frustrado. No intentó romper un monólogo insufrible convertido en espiral que, a riesgo de ser fracturado, le hubiese llevado a buen seguro a ver el amanecer, optando por trocarse en el espectador mudo de una novela sin concluir que en nada iba a cambiar su suerte. Así, en silencio, consideró que la pompa de aquella patraña era sencillamente más creíble que se hubiese dedicado a memorizarla el día anterior desenterrándola de la crónica del periódico “El Caso” que cualquier otra cosa, a pesar de la autenticidad. A última hora, Mauriel terminó deslizando, en un descuido en que don Gaspar parecía dirigirse más a una ilusoria y entusiasmada audiencia que a él mismo, una imperceptible mueca de sarcasmo y hastío sobre la carnosa nuca del charlatán.

Don Gaspar, el dueño del inmueble, era un acomodado comerciante jubilado, de esa misma zona, que había logrado amasar en silencio un impronunciable patrimonio con su pequeño establecimiento de telas. Y mientras Dios, la vida y la muerte jugaban con el resto de los mortales como si de vulgares piezas de ajedrez se tratase, excepto con él, cada una de dichas naturalezas seguía el curso de su destino ignorándose hasta que llegase el día de encontrarse. Don Gaspar, el hombre que jamás había tenido vida propia, tampoco, al parecer, había conseguido tiempo para reflexionar sobre lo cercano que el ser humano se encuentra de no ser más que una sombra del pasado de un segundo a otro. De lo próximo que se halla de la nada. Del destello fugaz que supone el hecho de vivir y de la importancia de los momentos, sabiendo que concluyen antes que después. Nunca se hacía planteamientos, pese a ser, como él mismo se definía, un ferviente y ávido lector del novelista galo Gustave Flaubert. Jamás se había hecho tales exposiciones. No pensaba ni en la vida ni en la muerte, ni siquiera en el ciclópeo y centenario ficus de treinta metros de altura del jardín de Santo Domingo, que, relativamente próximo a su comercio, se engalanó y desnudó más de setenta veces sin que por ello aquel personaje con vocación de contable judío le prestase la menor atención al pasar. Para don Gaspar la vida era otra cosa. La ambrosía, la exquisitez y la sensibilidad sólo se hallaban emplazadas en el calor que desprendían los billetes en la faltriquera del visitante. Y por soñar sólo soñaba con que algún día buena parte de las calles más céntricas de la ciudad fueran de su propiedad. Algo más de setenta años dedicados en exclusiva a pensar así, renunciando a vivir, habían de tener sin sospecha alguna su recompensa. Comerciar con trapos le habían otorgado una posición de privilegio que sabría exprimir adquiriendo a precios pírricos “sogas de ahorcado”: locales en decadencia, negocios improductivos y viviendas valiosamente situadas sobre las que pululaba la sombra fatal del embargo. Todo ello, de cara al visionario negocio de la especulación inmobiliaria que ya se dejaba ver en el horizonte, y que el futuro, en breve, le propondría elevándolo finalmente al Olimpo de los negociantes. Aquel ser rayano en la codicia; bajito, voluminoso, de mofletes encendidos y mirada algo porcina que no permitía llevar la colilla de su cigarro en otro lugar que no fuese la comisura de sus gruesos labios, tampoco tenía resuelto del todo en qué entidad bancaria almacenar los suculentos réditos para que le fuesen todavía más rentables la docena y media de propiedades que ya poseía estratégicamente situadas en los lugares más nobles de la ciudad.

Para bien o para mal, Mauriel no se dejaba impresionar fácilmente por los espejismos provenientes de la avaricia, aun siendo consciente de la infecciosa importancia del dinero; y que determinada riqueza era una máquina de producir paz, se dijera lo que se dijera, aunque fuese ésta una armonía claramente falsificada. Como también era sabedor de que en nombre del vil metal se cometían las mayores atrocidades y extravíos. Y que el ser humano, incluso desde antes que Adán fuese expulsado del paraíso, ha sido, desde siempre, el candidato idóneo por excelencia para tal destino. Todo, absolutamente todo, se hallaba manipulado por ese tumor tan podrido como necesario.

Su guerra, en cualquier caso, se encontraba muy alejada de la ambición. Su conflicto, del todo psíquico, se cobijaba en el interior de su cerebro. El deplorable suceso acaecido unos años antes, la desventura del suicidio del letrado, eran cuestiones que pertenecían al pasado y en nada debían alterar su hoja de ruta ni crearle más oscuridades de las que ya soportaba; él ya había vivido en primera persona, nadie había tenido que contárselo, truculentas historias de mayor calado. El instinto de defensa, en ese sentido, decidió organizar su particular cortafuego, aunque tampoco la curiosidad tiró del joven lo suficiente como para llevarle a preguntar los posibles motivos de la muerte del abogado. Tal vez, como puso de manifiesto, ni el mismo don Gaspar sabía con certeza el origen del percance; el resto de la historia pertenecía obviamente a la gruesa enciclopedia de la rumorología. Lo único cierto es que cuando alguien decide liberarse de sus traumas o sus miedos, suele hacerlo en silencio. Sin explicaciones.

Tras el fatídico incidente y los inseparables cuchicheos entre el vecindario, fue implantándose una muralla de ocultación que nadie anheló escalar ni siquiera para curiosear. Pronto, la vida, que por nada ni por nadie se detiene, prosiguió su trayectoria indolente, rumbo a su destino, como si se tratase de un convoy que se detiene un momento en la estación para desalojar pasajeros. Las hojas del calendario, por su parte, ajenas espectadoras de la eventualidad del hombre, fueron mansamente cayendo una tras otra. Fueron amontonándose sobre el acontecimiento para ser engullidas finalmente por las omnívoras fauces del olvido.

Una vez firmado y sellado el acuerdo mercantil de arrendamiento con el opulento propietario del inmueble, y una vez a solas, el investigador decidió espolsar con un viejo periódico que encontró sobre la mesa el sillón de cuero marrón que mantenía intacto medio centímetro de polvo; señal inconfundible de que la estancia no había vuelto a ser visitada desde entonces. Así, con abatimiento, se dejó caer sobre él como si su cuerpo hubiera pasado a pesar de repente cien kilos. Reclinado sobre la butaca de la mesa de despacho, la mirada perdida, la suave penumbra de la estancia rauda ofreció a Mauriel el sosiego que tanto precisaba. Sin mantener ninguna memoria, apenas unos segundos acerca de la patraña que le había brindado don Gaspar como ofrenda de bienvenida, quiso situarse mentalmente ante el nuevo proyecto sin que nada ni nadie pudiese alterar el propósito que perseguía. Aún mantenía activos determinados contactos con antiguos colegas de oficio y debía aprovechar la ocasión como fórmula para hacer despegar el negocio. Habían sido indispensablemente ellos los que, en primera instancia, se prestaron a ayudarle intercediendo en su favor para evitar que le fuese retirada la licencia de armas debido al catastrófico resultado del expediente clínico. Para, posteriormente, y una vez iniciada la actividad empresarial que se proponía, transferirle casos menores de segunda categoría en los que no hubiese que emplear excesiva tensión. Ciertamente, aquélla, era la otra parte que necesitaba: una acción moderada. Ya sostenía demasiadas cosas en su cerebro pendientes de resolver, con lo que no iba a permitir la entrada a una más. O eso pretendía.

La tarde, vencida, se entregó como una amante a un crepúsculo que, liberado finalmente de los fuliginosos celajes que habían amenazado la ciudad, resplandecía ahora en reflejos de luz imposibles. El sol, como una moneda de oro, agonizaba apostado sobre las azoteas de los edificios. Serían únicamente unos instantes antes de sucumbir a la oscuridad. Aun así, el astro encarnado, quiso enviarle a Mauriel un mensaje de melancolía sirviéndose de decenas de agujas bruñidas que se infiltraron en el cuarto como ladrones entre los resquicios de las persianas. Envuelto en el humo del Chesterfield que se elevaba en espirales índigos, sin dar excesivas vueltas a la cabeza, el joven pareció tener decidido desde el inicio del proyecto el nombre que llevaría su agencia.


Mauriel & Lennon
Agencia de Investigación


Lennon, en efecto, iba a ser su socio. El nombre le vino dado por su admiración al mítico ex componente de The Beatles. Poco o nada podía prever entonces que, meses después, el 8 de diciembre del mismo año que agonizaba, 1980, el desequilibrado mitómano, Mark David Chapman, fuera a arrebatarle de cinco balazos, a él y al mundo entero, tan carismático autor. Lennon, su Lennon, era también un socio muy especial. Un socio inexistente, o sí. Tenía como único objetivo proporcionarle en todo momento la debida seguridad. Lennon, era un revólver Smith & Wesson, M29, de 8 Pulgadas y tambor para 6 cartuchos de calibre 44 Magnum. Si bien, él, particularmente, recurría al tambor simultáneo que permitía con extrema agilidad alimentar el arma de un sólo golpe. Por otra parte, ninguna agencia de investigación que se valorase un mínimo debía tener un único miembro. El efecto y el impacto que presentaba la apariencia empresarial de que un equipo debidamente organizado tomase las riendas de los asuntos inacabados del cliente, a la vez que garantizaba velar por sus intereses, transmitía seguridad. Y ése, desde luego, era el propósito. Al fin todo parecía encajar de una puñetera vez en su vida. Además con la fuerza que se le suponía a los tratamientos y medicamentos mejoró de forma notoria tanto emocional como psicológicamente, logrando rescatar una lejana sensación de bienestar. Durante un tiempo, unos meses, debido a la pasión y entrega depositada en el proyecto emprendedor llegó a dudar seriamente de la veracidad de sus alucinaciones y de los molestos duendecillos verdes, producto, sin duda, del estado de ánimo. Llegó, incluso, a olvidar por competo a aquellos insólitos individuos híbridos, de cabeza de reptil y buitre o reptil y murciélago, que, enfundados en gabardina gris y sombrero, se apostaban discretos en las esquinas observándole, para, posteriormente, seguirle sigilosos hasta el lecho y bisbisearle al oído.

Se equivocaba.




                                       
                                          Acto Primero




                   El Susurro De La Gárgola



1


Todo comenzó nuevamente una gélida noche de diciembre de 1980, cuando más lejos creía encontrarse de su pasado. Sumergido por completo en un apacible sueño, imaginó estar de viaje de placer en una ciudad. En Lyon, Francia. Lo recordaba con claridad porque como amante incondicional de los relojes mecánicos, llamó poderosamente su atención, de aquella catedral, su reloj astronómico, que construido en el siglo XIV bajo los conocimientos de la época en la que se afirmaba que el Sol giraba alrededor de la Tierra, incorpora curiosos autómatas que se mueven varias veces al día; animales y una escena que representa la Anunciación. Se hallaba abstraído en los movimientos automáticos, cuando, en un imprevisto escalofrío, advirtió una presencia junto a él. Hasta ese conciso instante no había presentido que quienquiera que fuese llevaba unos minutos observándole. Antes de poder reaccionar el extraño aproximó a su oído un rostro glacial que no logró vislumbrar en la densa oscuridad que le proporcionaba el hábito. Susurró algo. Apenas unas enigmáticas palabras que no consiguió interpretar. Luego desapareció.

El angustiado despertar de tan extravagante ilusión le sumió, de nuevo, en una pretérita ansiedad que apresurado intentó calmar con los tratamientos específicos prescritos por el médico: benzodiacepina. La cual, a punto de ser felizmente presa del cubo de la basura, se almacenaba con desorden sobre la mesita de noche. Tomó una de ellas y esperó su efecto. Aun así, llegaba tarde; su mente se había puesto en marcha más rápido que él. A partir de ahí, los minutos parecieron ralentizar su cadencia; desfilando en el reloj con una parsimonia exasperante sin posibilidad de reparar el sueño, reabriendo rancias y dolorosas heridas. Otra vez el recuerdo de Sara, eternamente atravesando su mente, se abrió paso de nuevo. También su maldita carta. La carta en la que decía, tratando de no herirle más de lo necesario, que la vida le ofrecía una nueva oportunidad. Que intentase comprender. Que debía olvidar la relación. Que aquello, lo vivido juntos, permanecería en el recuerdo de ambos pero que nada, absolutamente nada, podía resucitar el pasado. Se despedía de él para siempre deseándole, sin resentimiento, lo mejor. Deseó que en el futuro encontrase su camino, su destino, y en él, la persona que le hiciese feliz. Sólo le rogó una cosa: que fuese capaz de conservarla…

Pese al desaliento que brindaba la que fue su única carta, la post data no tenía desperdicio posible ni rincón por dónde huir. Era del todo desoladora. Era el trago más amargo que hubiese podido imaginar. Había conocido a otra persona. Aquel hecho, el maldito hecho de representar en su mente a otro individuo en la vida de Sara le torturaba hasta límites insoportables. Una inmoral miscelánea de impotencia, cólera y celos, emergía de su interior como sangre de una herida, a borbotones; como la sombra de una tormenta: deshaciendo los últimos hilos de luz que alojaba su esperanza para reanudar algún día la malograda relación. A la vez, de súbito, como una pérfida maquinación de la mente, los ruidos nocturnos, desde la sacudida del desasosiego, amplificaban sus señales electrizando sus sentidos, ahogándole en un alarmante desconcierto. Por lo demás, la noche transcurrió lenta y tortuosa, de cigarrillo en cigarrillo, ansiando encontrar sentido a la rocambolesca invención de su mente y su posible significado. Sintió, por momentos, cómo los intentos por zafarse de su monomanía proponían un estúpido salto atrás, empujándole a la demencia inevitable. Llevar meses soportando a seres misteriosos de remotos e inexistentes avernos cabalgar entre las paredes del cerebro; resistir el asedio, a través de la pesadilla, de monstruosos entes obstinados en enviarle abstractas epístolas suponía una auténtica demolición en su ánimo. Así, de madrugada, sin poder esperar más tiempo, decidió saltar de la cama, empuñar el expediente médico y consultar, como mínimo, una opinión más. El pesimismo de divisar un posible retroceso en su dolencia le aterraba.

El doctor Sánchez-Ferrán, especialista en psiquiatría, tenía la consulta en el primer piso de la esquina de la calle Marengo, junto a la Plaza Santa Eulalia. Comprobó en el callejero que quedaba algo alejado de donde vivía. Resolvió no obstante, mapa en mano, atajar cuanto pudiese. Y en todo caso, tomar café a mitad de camino, en la Plaza Cetina o incluso en el Hotel Hispano, y de esta forma hacer tiempo hasta las nueve y media de la mañana, hora a la que se abría la consulta según la documentación que consiguió en la Mutua antes de trasladarse a Murcia. La madrugada, en el quicio del portón de la vivienda se presentó fría y fúnebre. La luz aún tardaría en llegar. Un aterido viento del norte silbó despótico como una mamba azotando las esquinas del edificio. La brisa traía prendida fragancias de chimeneas de leña encendidas. Al tiempo que atraía hacia sí la argolla que sostenía en las fauces el metálico león de bronce de la puerta, presintió que alguien, o algo, se situaba justo detrás. El impulso profesional hizo que de forma impensada echase mano de Lennon amartillando a la vez el percutor en una sola acción aun estando en la cartuchera y se girase dispuesto a desenfundar. No había nadie.

Tras unos segundos de desorientación por lo sucedido necesitó llegar a la conclusión de que el mismo viento que castigaba la fría calleja podía haberle querido jugar una mala pasada. Y que la presión que soportaba desde hacía tiempo podía ser fácilmente la única responsable de su estado de excitación permanente. Pasado un minuto, más sereno, encendió un cigarrillo aprovechando el ángulo que formaba la jamba y el muro de la edificación. A continuación inició la marcha. Optó, sin motivo alguno, en vez de dirigirse a la calle Trapería, dirección Cuatro Esquinas y San Lorenzo, hacerlo por Jabonerías abajo, hacia la calle Manfredi, para abocar a la Plaza Julián Romea. Y desde allí, enfilar por las calles Serrano Alcázar y Andrés Baquero para subir por la vía Alejandro Séiquer, Plaza de Cetina y cine Rex, hasta su destino. Era un trayecto más largo, lo sabía, aunque no le importaba; si algo le sobraba de un tiempo a esa parte era irónicamente el tiempo. No le suponía nada extraordinario por otra parte, le gustaba caminar. Iría contemplando y a la vez reconociendo los cambios y la evolución urbanística que había tenido lugar en la urbe durante sus años de ausencia. Que la había habido y mucha.

Así lo hizo.

Atravesaba la calle Manfredi, a la altura de la tasca «El Yerbero», cuando en la misma entrada, apreció que de pie, en la penumbra, una imagen observaba su marcha. Aflojó el paso hasta detenerse. Quedó frente a ella. La figura, como un maniquí de escaparate, continúo inmóvil. Su mano, en la oscuridad, quiso sin embargo cerciorarse una vez más que su «socio» reposaba en su funda.

— ¿Quién anda ahí…?

Nadie contestó. La pregunta sin eco se extinguió en la brisa nocturna. Hierática y desafiante la silueta mantuvo la inmovilidad. La cerrazón no le permitía reconocer qué era exactamente lo que estaba viendo. En apariencia parecía ser un hombre considerablemente más alto que él amparado en un portal. Si bien, en la densidad de las sombras, no conseguía definir su rostro. Rápido comprendió que no debía estar enfermo o herido; el individuo en cuestión mantenía la adecuada verticalidad y no aportaba signos perceptibles de hallarse maltrecho. A pesar de la pregunta efectuada por Mauriel el desconocido mantuvo tanto el silencio como el estatismo. Una escasa fracción de segundo bastó para imaginarse cientos de variables posibles; había vivido con anterioridad decenas de historias de emboscadas, donde un sólo error suponía la losa que cubriese el sepulcro del ingenuo. Aun así no sintió pánico, su cerebro habituado a episodios de tensión extrema controló el miedo. Lentamente, con precaución, eso sí, se dispuso a cubrir el espacio que los separaba. Se encontraba próximo, a cinco escasos metros de él, cuando el extraño personaje elevó hasta la altura del pecho la mano derecha en indicación, o tal vez en recomendación, de que el detective detuviese los pasos.

— ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? Te anticipo, por si tienes dudas, amigo, que no me encuentro en uno de mis mejores días; que las bromas me gustan lo justo, tirando a nada, y que suelo reaccionar bastante mal ante ellas. Tú mismo… —amenazó con fingida firmeza.

No hubo respuesta.

La imagen mantuvo su impávida postura. Fue, al iniciar el movimiento de aproximación, cuando, de forma violenta, dos penetrantes rubíes se encendieron en el interior del óvalo sin fondo de su rostro. Eran dos llamas en la noche. Sus facciones veladas por el hábito resultaron impenetrables. Todo, excepto aquellos fuegos prendidos, era absoluta oscuridad. El investigador intentó sin suerte desenfundar el arma. Fue imposible. Aquel ser, quienquiera que fuese, irradiaba determinadas y enérgicas ondas eléctricas impidiéndole cualquier movimiento. Sólo al desistir de empuñar a Lennon el punzante dolor que sentía en el brazo fue cesando. Tras unos segundos de dolor que se le antojaron eternos, el desconocido pronunció dos palabras con voz subterránea y cavernosa.

— Tempus Fugit.
— ¿Quién eres…? —insistió.

La insólita entidad mantuvo la mirada sin contestar la pregunta. Instantes más tarde las ascuas de sus ojos fueron extinguiéndose quedando únicamente el contorno impreciso de su silueta en el umbral de la puerta. Súbitamente, Mauriel, comenzó a sentirse mal; un descontrolado vértigo le hizo malograr el equilibrio y fue directamente al suelo. Antes de perder por completo la consciencia pudo verle ir. De manera extraordinaria se encaramó a la fachada del edificio. Desde ahí, a velocidad inaudita, trepó por la verticalidad de la pared como si llevase ventosas en las manos y los pies hasta las cornisas superiores de la edificación. Desde el tejado el misterioso encapuchado se volvió para mirarle.

Fue entonces cuando tuvo la certeza de que aquello que divisaban sus ojos no era humano. Inmediatamente después se nubló su vista y perdió el conocimiento.




2


En realidad no supo el tiempo que estuvo inconsciente. Un par de minutos, calculó. El frío beso del amanecer fue devolviéndole lentamente los sentidos. Se encontró apoyado en la pared, sentado en el suelo. Un hilo de sangre, probablemente como consecuencia de la caída, se deslizaba desde el labio inferior hasta el mentón. Una vez recobradas las fuerzas se incorporó torpemente y continuó el camino en el mismo lugar donde lo había interrumpido. El insólito acontecimiento; el tropiezo con aquel ser desconocido o acaso la alucinación sufrida, no se sentía convencido de nada, había supuesto un considerable desgaste en su ánimo. Y provocado en Mauriel el efecto y cansancio propios de haber envejecido, de repente, diez años.

Al enfilar la calle Trapería un agudo aroma a café, proveniente de la taberna Drexco, inundó su pituitaria de intensos aromas tropicales. En un santiamén consideró que lo útil era hacer un alto allí mismo, tomar un café, e intentar razonar: intentar ofrecer sentido a lo sucedido. El dueño, un individuo gordinflón, casi gigantesco, de ojos prominentes y mirada de batracio, le saludó atentamente.

— Buenos días, señor. ¿Qué desea tomar?
— Buenos días… supongo —respondió sin seguridad alguna en sus palabras—. Póngame un café.
— ¿Solo o con leche?
— Solo. Muy solo —«la leche ya me la he dado, hace un momento», se dijo en voz baja con cierta ironía.
— Perdón, ¿me decía…?
Resultó cómico dar explicaciones.

— Nada. No he dicho nada. Tonterías mías…

Sin llegar a entender lo que el visitante había mascullado, únicamente entre dientes, ni añadir una palabra más a una conversación que carecía de sentido, levantó fatigosamente el enorme cuerpo de la silla de anea resoplando como un cachalote varado en la playa. Su paso se le antojó lento y torpe. Pensó que debía tener las piernas acribilladas por las varices resultado del descomunal peso que aquéllas debían soportar y, cómo no, llevar toda la vida, dieciocho horas diarias, generalmente de pie en aquel lugar. El hombre alzó la trampilla que separaba el mostrador del salón y se dispuso a preparar el servicio. El bar, a cuyo mostrador de madera se hacía forzoso una pértiga para acceder, hedía esencialmente a humedad. Una humedad pertinaz y añeja que se derramaba formando parte del gris paisaje; una humedad que desfiguraba las oscuras paredes con extraños dibujos para devorarlas en un acto lento y silencioso. Otra infinidad de espesos e insólitos olores se daban cita esa mañana en el antro; caldos posiblemente traídos de Jumilla, Yecla y Ricote, además de toda suerte de fritangas inimaginables se congregaban en un miasma de difícil tolerancia olfativa. En el interior, a modo de gruta, una inacabable hilera de soberbios toneles se alineaba hasta el fondo del local como un ejército mudo y aterrador. Fue el motivo, por la tenebrosidad que ofrecía la taberna, por lo que Mauriel decidió sentarse en la misma entrada, en una de las mesas de mármol y esperar el café. Aún guardaba cierta sensación de vértigo.

No lograba quitarse de la cabeza lo sucedido: el encuentro. O mejor aún: el desencuentro con lo que fuera aquello que hubiese tropezado. Sin ser capaz de llegar a ninguna conclusión coherente y con temor a dársela, la vista se le fue yendo al diario ABC que se encontraba sobre la mesa, si bien éste era de fechas pasadas, del domingo 14 de diciembre. Abierto por la mitad, el periódico exhibía a color un sumario, en las páginas centrales, de acontecimientos; 1980 se despedía y el rotativo efectuaba un balance de los sucesos más notables acaecidos ese año. Únicamente se detuvo en los titulares de cada uno de ellos sin adentrarse en el desarrollo de los artículos.

«…1 de enero: «La ONU condena la invasión de Afganistán por parte de la Unión Soviética». 15 de marzo: «Muere Félix Rodríguez de la Fuente, naturista y pionero divulgador ambiental». 26 de marzo: «Muere el filósofo francés Roland Barthes». 7 de abril: «Estados Unidos rompe las relaciones diplomáticas con Irán, que se niega a liberar los rehenes norteamericanos». 15 de abril: «Desaparece el filósofo y escritor francés Jean - Paul Sartre a los setenta y cuatro años de edad». 18 de abril: «Zimbabwe celebra su nacimiento como Estado independiente de Gran Bretaña». 29 de abril: «Fallece Alfred Hitchcock, director de cine británico». 30 de abril: «La reina Julia de Holanda abdica en su hija, la princesa Beatriz». 23 de julio: «Nos deja Peter Sellers, el genial actor inglés». 27 de julio: «Fallece en El Cairo Reza Pahlevi, Sha de Persia». 1 de agosto: «Los marqueses de Urquijo aparecen asesinados en su chalet de Somosaguas, en Madrid». 2 de agosto: «Un atentado terrorista del grupo ultraderechista Núcleos Armados Revolucionarios causa una masacre en la estación de tren de Bolonia, con 85 muertos y más de 200 heridos». 17 de septiembre: «Asesinado por un grupo guerrillero el ex dictador nicaragüense Anastasio Somoza». 5 de octubre: «Triunfo electoral en Alemania de la coalición encabezada por el canciller Helmut Schmidt». 22 de noviembre: «Muere la actriz estadounidense, Mae West». 8 de diciembre: «John Lennon, integrante del mítico grupo The Beatles, es asesinado en Nueva York, a manos de Mark David Chapman». 19 de diciembre, mañana, viernes: «Tempus Fugit…»    

La taza de café tembló un instante en sus manos. Inmediatamente fue a parar al suelo haciéndose añicos. El brebaje que aún mantenía en la boca salió proyectado a presión como un geiser.

— ¿Se ha quemado? —preguntó, alarmado, el camarero desde la barra.

No pudo responder. El detective se encontraba petrificado.

— Oiga, ¿se encuentra bien? ¿Estaba demasiado caliente?

El cliente tardó un momento en responder.

—… No, está bien, es sólo que me he atragantado —respondió.
— ¿Le preparo otro café…? Lo digo porque ése… —contempló con conmiseración el café desparramado en el suelo de la terraza.
— Como quiera… —repuso trémulo.

Mauriel releyó los titulares apresuradamente hasta llegar de nuevo al mes de diciembre. El día 19 había desaparecido. No quedaba rastro de aquel dato. ¿Era una nueva ilusión óptica? ¿Cómo demonios iba a surgir tal noticia de un periódico cuya fecha rezaba, domingo 14 de diciembre? ¿Cómo? ¿Si ese día aún no había llegado?

Era imposible.




3


Apuró el segundo café de un sorbo. Apenas apreció que estaba hirviendo y que se había achicharrado la boca.

— ¿Cuánto le debo?
— Al primero, dadas las circunstancias, le invito yo. Diez pesetas, señor.

Escapó del bar Drexco como alma que lleva de diablo, un tanto azorado, sin despedirse ni agradecer la gentileza que había mostrado el gigantón referente al infortunio del primer café, no sabiendo, siquiera, qué dirección tomar. Se sentía aturdido. En la puerta encendió un cigarrillo intentando sosegar la poca voluntad que conservaba. Las manos le temblaban. Una ligera aceleración se apoderó de su ritmo cardíaco. Mientras exhalaba el humo del Chester pensó de nuevo en lo que le estaba sucediendo y en el absurdo índole de aquellos espejismos; aún no había conseguido deshacerse de uno, sin lograr descifrarlo, cuando tenía encima otro. Lo cierto, recapacitó, es que, tras un tiempo de ausencia y desahogo, las ilusiones ópticas parecían haber vuelto a cebarse en él repitiéndose con mayor intensidad y frecuencia. Se había encontrado en situaciones un tanto rocambolescas, pero como aquélla de encontrarse hablando con un fantasma, cara a cara, jamás. Todo tenía un límite, se dijo, y en esta ocasión las circunstancias habían ido más allá de lo permisible. De seguir por ese camino, pronto se vería con camisa de fuerza en una institución mental para el resto de sus días. Presintió que su energía se derrumbaba, que se arrastraba de nuevo hasta el peor de los acantilados sin saber por qué. O sí. Tal vez, si era capaz de analizar la situación con la suficiente serenidad podría llegar a razones no menos desagradables: quizá todo debía agradecérselo a su truculento pasado. Y lo mejor y más espantoso de sus conclusiones: sin conseguir entender una sola acción de cuanto le estaba sucediendo. No tenía el menor sentido ni explicación. Salvo, claro, que estuviese empeorando sin darse cuenta.

Caminó por la calle Trapería en dirección a la catedral, atolondrado. Sin apenas ser consciente de sus actos. Como un autómata. El frío de la mañana cortaba su rostro con un cuchillo invisible. Le vendría bien. Le oxigenaría y estabilizaría su incipiente arritmia. Durante el corto trayecto hasta la Plaza de la Cruz, no mucho más de cien metros, regresó a él su viejo hábito de observar a la gente más de lo habitual, al cruzarse, intentando descubrir en la anónima mirada de los viandantes posibles y oscuras intenciones. Eso, lo mismo que girarse sobre sí mismo, de súbito, e inspeccionar el trayecto realizado pretendiendo advertir la fortuita presencia de extraños siguiendo sus pasos. A esas alturas de su vida, Mauriel, por muchas razones que no venían a cuento, no se consideraba lo que se diría vulgarmente un católico practicante. De hecho, hacía años que no pisaba una iglesia aunque sabía de memoria los estilos arquitectónicos de la mayoría de ellas; se tenía por un entusiasta de la historia del arte. Aunque, en otras configuraciones de su existencia, había experimentado excesivas emociones nefastas, historias amargas y decepciones, que habían conseguido eclipsar su certidumbre y le hacían discutirse la fe en los términos en que la gente la empleaba.

Puede que, sacudido por el desconcierto que venía mordiéndole con saña, al pasar junto al templo, necesitase detenerse un momento frente a una de las entradas, la Puerta de las Cadenas, fachada de estilo plateresco que cierra el transepto por su lado norte y aboca a la Plaza de la Cruz, y, tras un segundo de vacilación, decidir atravesar la puerta aquella fría mañana después de tanto tiempo de ausencia. Precisaba, lo sabía, sentirse a solas y aquietar su desasosiego buscando el silencio. Al traspasar el umbral se vio sumergido en un conglomerado de emociones que ya había olvidado; una aguda fragancia a incienso le invadió la memoria devolviéndole a una lejana y extraña infancia que arrinconó antes de llegar a vivir. Cortinas de humo añil trepaban dóciles en espiral hasta las cúpulas. La infinita galería era una penumbra azulada que iba transformándose en negrura a medida que iba alzando la vista. Los vitrales de la basílica y los distintos rosetones, ubicados como centinelas en el segmento superior lateral de la bóveda, descomponían el caudal de luminosidad que emitía la mañana, creando en la penumbra de la nave central un espectáculo de luces de diferentes colores. Al fondo, en el ábside, un sacerdote hablaba a través de un micrófono para media docena de personas. La voz, pausada, abisal y trémula, sonaba lejana; golpeando los vastos muros en un extraño efecto acústico de boomerang. La onda, casi fantasmal, recorría esquinas y corredores penetrando en el resto de estancias y absidiolos.

Para sus adentros, el joven Mauriel, sobrecogido por la noble dimensión de la obra y el respeto que vertía el templo, suplicó un instante por la oscuridad que parecía zarandear su espíritu, cayendo en la cuenta, a la sazón, de su colosal error; no recordaba cómo empezaba ninguna oración de las que solía recitar siendo niño, aunque no por ese venial pecado dejaba de ser un pequeño mortal necesitado de esperanza. Quizás en ese minuto más que nunca. El silencioso monólogo no duró más de cuatro minutos, la ausencia de fe le hizo titubear una vez más si al otro lado de la conversación habría alguien dispuesto a escuchar su inquietud. Se santiguó sucintamente dando por finalizado el soliloquio con la esencia superior. Fue al salir del templo cuando levantó por última vez la mirada hacia la torre de la basílica antes de encaminarse a su cita, anhelando una ínfima respuesta; buscando, acaso, una explicación o tan sólo un mísero rayo de luz que iluminase la oscura cerrazón que le asaltaba.

Luz que sin saberlo estaba a punto de llegarle.

— Una limosna, por caridad…

Bajó la vista. Justo a sus pies, advirtió, encogida en el escalón que da paso a la puerta de la iglesia, un mendigo. Una anciana. Se encontraba envuelta en una suerte de frazada deshilachada y mugrienta. La longeva, temblorosa, elevó los ojos hasta los suyos con extraña fijeza. El rostro, deslucido, descubría una larga y penosa existencia errática. Su mirada, aun despedazada por los años que seguían siendo imposibles de suponer, continuaba manteniendo un curioso resplandor en su interior; un verde tan intenso como los cedros del Líbano.

— Claro, buena mujer… —respondió.

Se dispuso a ofrecer unas monedas. En tanto rebuscaba en sus bolsillos, algo le detuvo en seco.

— Aquí no podemos hablar, somos observados —expuso la anciana a media voz, mirando de soslayo a ambos lados—. Pero debemos hacerlo, no lo olvides, es de suma importancia. «Tempus Fugit…». «El Tiempo Vuela», lo habrás oído decir más de una vez últimamente. Es un anuncio. Es urgente que nos veamos.
— ¿Cómo…? —preguntó atónito.
— Te lo he dicho: es apremiante que nos veamos. Pero no aquí. Aquí somos acechados.
— ¿Acechados? ¿Quién nos vigila?
— «Enigma»—susurró.
— ¿Cómo…?
— Sí, «Los Hijos de Enigma». Están en todos sitios.
— ¿Los qué…? ¿Quién diablos es usted? ¿Y cómo sabe que…?
— Eso ahora no importa —zanjó—, lo sabrás a su debido tiempo. Sólo tienes que confiar en mí. Ésta es mi dirección. Ven a verme cuanto antes, hay cuestiones que no pueden ni deben esperar.
— Tengo la amarga impresión —explicó, confundido, al tiempo que tomaba el documento que le entregaba— de estar volviéndome loco. ¿Qué está sucediendo? ¿Qué sabe usted de todo esto? ¿Y esa frase, «El tiempo Vuela»? ¿Qué sentido tiene? ¿Qué significa?
— Pronto lo sabrás —señaló la octogenaria con una rara expresión, mezcla de iniquidad y sabiduría—. Simplemente te estás acercando.
— ¿Acercando…? ¿Adónde me estoy acercando?

La vieja sonrió entonces con malicia, mostrando unas encías limpias, huérfanas de pieza dental alguna.

—…A la verdad —sentenció.

Durante un segundo se le pasó por la cabeza la idea, aun con la impresión de estar descubriendo los primeros fragmentos del mastodóntico y esotérico rompecabezas que al parecer le había tocado en suerte componer, que la decrépita anciana estuviese mucho más enferma que él. Desplegó la hoja que le había proporcionado. Decía vivir en un extraño lugar. En las inmediaciones de un pantano.

Pretendió, a la sazón, proyectar sobre ella una auténtica batería de dudas. Tenía tantos temas que aclarar antes de empezar a convencerse de que estaba rematadamente chiflado…Pero, ¿dónde diantre estaba? ¿Qué había sido de la anciana? Revisó el lugar como si de repente hubiese perdido una moneda o acaso la pedigüeña hubiese empequeñecido de forma súbita hasta extremos liliputienses, pero, extrañamente, se había evaporado de la puerta.

Giró la cabeza inquietamente en todas las direcciones posibles tratando de localizarla. No la halló, se había esfumado. Resolvió, tras lograr escapar de los momentos de turbación que el truco de volatilización supuso, ir en su busca en la primera oportunidad que tuviese; aquella cita no podía concluir así, sin más aclaraciones. La anciana poseía, al parecer, por un efecto que Mauriel aún desconocía, oculta pero valiosa información acerca de lo que estaba sucediéndole. Después de lo expuesto, pensar otra cosa carecía de menor lógica todavía. Necesitaba aclarar el jeroglífico. Necesitaba escapar de esa situación al precio que fuese. Era urgente para él darle sentido a aquella macabra retahíla de inexplicables sucesos o acabaría sus días peinando bombillas en un psiquiátrico.

La nota rezaba:


Olvido De Circe 
Hechicera
Camino de los Muertos
Pantano de Argos. Cehegín (Murcia) 


¿Enigma? ¿Los Hijos de Enigma? ¿Olvido? ¿Pantano de Argos? Todo es tan extraño… Tanto como su nombre, pensó.




4


Tras la extravagante conversación que tuvo ocasión de mantener con la menesterosa, Mauriel no volvió a acariciar la idea de visitar, al menos por el momento, al doctor Sánchez-Ferrán. Evaluó la casualidad. Sospechó, que tal vez, si lograba esclarecer la incógnita que tanto le traía de cabeza, existiría, de igual modo, una posibilidad de darle sentido al resto de los contenidos que almacenaba pendientes de resultado. Un inesperado e inquietante umbral se instalaba frente a él, siéndole imposible sortearlo. Se abría paso en su mente una nueva dimensión repleta, en principio de esperanza —o así necesitaba observarlo él—. Y debía saber qué se ocultaba detrás.

No obstante, el asunto tampoco se detuvo ahí.

La mañana de diciembre, aunque fría y oscura, dejó a entrever finalmente en el cielo signos de claridad. Las arterias principales de la ciudad, las calles Trapería, Platería, la Plaza de Santo Domingo y el paseo Alfonso X El Sabio, apodado coloquialmente como el «Tontódromo», comenzaban a acoger viandantes de todas direcciones, que iban y venían como laboriosas hormigas en su hormiguero. La navidad, más cerca que nunca, asomaba su hocico níveo en la metrópoli y los transeúntes, de cara al fin de semana, pretendían a toda prisa concluir sus compras y regalos de última hora. No era ése su caso. Mauriel no tenía ni familia ni amigos a quién regalar nada, ni siquiera a quien enviar una postal navideña; los amigos de infancia y juventud, habían ido evaporándose de su vida en la bruma que el tiempo esparce con crueldad. En la mayoría de los casos, habían ido haciendo su propio camino hasta convertirse en extraños a los que uno evita, si es posible. Y, en las excepciones, que también las había, a aquellos que proyectaba localizar, les había perdido la pista sin saber cómo dar con ellos ni dónde acudir. Era consciente que necesitaría algún tiempo para ocuparse de tal menester. Para colmo de desgracias, se sentía más desconcertado que nunca y completamente desasistido en una ciudad que a duras penas reconocía; los años que había vivido fuera, y con ello la pérdida inevitable de contactos, le hacía contemplar la urbe como si de una ciudad desconocida se tratase, por lo que no tuvo que meditar demasiado la siguiente decisión. Sus pasos, sin pensarlo más que lo justo, le llevaron de vuelta a la agencia. Mientras buscaba la llave del portón en el interior de su gabán, López, el dueño de la tienda de estilográficas tiraba hacia arriba con puntualidad británica de la persiana de su establecimiento. Le saludó cortésmente como si le conociese de toda la vida.

Eran las nueve de la mañana.

— Buenos días.
— Buenos días —respondió.

Uno a uno, escaló en la penumbra los empinados ochenta y ocho escalones que le llevaban hasta la puerta de cristal traslúcido de la agencia. Una flamante placa metálica chispeaba en la oscuridad como un fanal anunciando al visitante el nombre del investigador y el de su socio. Otra chapa, situada en la parte inferior, enumeraba los servicios que en aquella recién estrenada firma podía encontrar. Se dispuso a abrir la puerta, dudando cuál era la llave que le pertenecía. El teléfono sonaba con insistencia al otro lado. Para cuando consiguió abrir y llegar hasta el receptor ya era tarde, quienquiera que fuese había desistido. Examinó el contestador, no había mensaje alguno. El número de teléfono del llamante, excesivamente largo, correspondía a una centralita, lo supo nada más inspeccionarlo. Trató de recordar a quién, que conociese, había facilitado el número del despacho, no era demasiados; obviamente a los antiguos camaradas, a ellos los primeros. Necesitaba enredarse con inmediatez en asuntos profesionales que tradujesen la gestión en ingresos, su tesorería se situaba en el acantilado, delineando sarcásticos números rojos en la descalabrada cuenta corriente.

Esperó. Tuvo el presentimiento de que una nueva llamada tendría que producirse antes o después. Mientras esperaba dedicó su tiempo a hacer números. Muchos números. Números que se empeñaban en no salir por más vueltas que diese. Estúpidos números. Alarmantes números, que empezaban a robarle el poco sueño que conseguía atesorar. La aventura de ser empresario forzoso se encontraba a punto de costarle un serio disgusto; la inversión realizada para montar la agencia de investigación no había sido voluminosa, estrictamente la justa. Pero, ¿cuánto era la justa? La inversión en este tipo de singladuras nunca es suficiente; son como una amante, como un pozo sin fondo: se tragan todo lo que uno sea capaz de echarle. Y en su caso concreto, con los raquíticos recursos que contaba, las cifras sí se hacían lo sobradamente importantes como para complicarle la paupérrima pensión que recibía.




                                                                                 5


Por si la cadavérica situación no constituyese suficiente tribulación para el detective en ciernes, el director del banco, un antiguo compañero de bachillerato al que unos días antes había visitado con la intención de obtener una pequeña inyección económica, bastante imbécil tanto de joven como de adulto, o incluso más, se había mofado en sus putas barbas del proyecto calificándolo poco menos que de ridículo y disparatado. Eso, claro, además de negarle la póliza de crédito y la anticipación económica de ninguna clase para su causa, aduciendo que la domiciliación de su pensión, al ser tan patética, no cubría ante la dirección de la entidad bancaria los riesgos mínimos exigibles como para poder autorizarla. El joven investigador, tras la entrevista mantenida con su antiguo compañero, regresó tan desangrado en su interior como decepcionado por el proceder de éste: probablemente lo que más daño le había causado no era en sí la denegación de la ayuda económica tanto como el desprecio mostrado por el bancario ante la idea. Eso sí le afectó; de buena gana hubiese sacado a aquel cretino del despacho a puñetazos. Gracias a su particular arrogancia y despotismo había logrado catapultarlo a su infancia, una infancia colmada de conflictos que no había llegado a superar del todo. Y otra cuestión más, para no ser la única desgracia en la que devanarse los sesos cavilando, y ésta sí que era cruel y definitiva: sin otros ingresos que aportar y sin procesos que llevarse a la cartera, por el momento, la situación financiera se le complicaba por días.

Veinte minutos más tarde, la bakelita negra del auricular volvió a vibrar estridentemente.

— «Mauriel y Lennon», agencia de investigación, ¿dígame? —inquirió solemne intentando dejar sombras aplazadas.
— ¿Mauriel?
— Al aparato…
— ¡Hombre!, no digo dichosos los ojos porque no te veo, pero sí los oídos. Soy Pablo. Pablo Duarte.
— ¡Coño, Pablo! ¡Cuánto tiempo sin saber de ti! ¡No sabes cómo me alegra escucharte después de tanto tiempo! ¿Qué pasa, hombre? ¿Qué tal te trata la vida?
— Bueno, bien, relativamente bien —esgrimió sin fe—. Aquí, confinado de despacho en despacho. Burocracia, Mauriel. Mucha y tediosa burocracia.
— Eso también puede ser genial, estarías un poco harto de pisar calle, imagino. De todo se cansa uno. Ahora que sean otros los que se jueguen la vida; nosotros, los que en su día fuimos la infantería, ya nos la hemos jugado lo suficiente…—comentó.
— La verdad es que sí —repuso—. De todo se harta uno, es muy cierto; la edad, querámoslo o no, acaba por cobrar su parte en este teatro. Nadie escapa. Corona sus intenciones tornándose en nuestro peor enemigo. Y eso, curiosamente, en el mejor de los casos. Ya sabes lo que sucede con los que no cumplen años... Claro, que a cambio, las facultades que uno posee cuando es joven dejan de acompañarnos; nos van abandonando y buscan nuevos candidatos a los que ir haciendo trizas. Al final, todo se convierte en una especie de premeditada venganza. En fin, qué le vamos hacer, así son las cosas, todo es culpa del carnet de identidad... —efectuó un premeditado silencio.
— Jajaja…—compelió la risa— Está claro, las fechas no pueden alterarse aunque uno pretenda mentirse —confirmó Mauriel aceptando el axioma—. Pero aun teniendo esa cuestión presente, que así continúen por mucho tiempo. Es buena señal.
— Eso espero también yo. Toco madera —bromeó. Mauriel imaginó por un segundo a Duarte precipitando los dedos sobre su mesa de despacho en gesto de superstición—. Por cierto, Mauriel, me comentó un amigo común, Luis, Luis Santamaría, ¿te acuerdas…?
— Perfectamente. Cómo no, el bueno de Luis Santamaría. Buen jefe y mejor amigo, por cierto… —ofreció con satisfacción.
— Pues bien, fue precisamente él quien me dijo que habías tenido ciertos problemas de salud y habías decidido retirarte del servicio activo, cambiar de actividad y de ciudad, aunque no de profesión, en cierta manera. Y que te llamase si surgían proyectos de índole menor; vamos, que te echase un cable. Me comentó, al hilo de la conversación, que te seducía la idea de abrir una agencia de investigación en un lugar tranquilo que te proporcionase, de paso, cierta calidad de vida…
— Es cierto, últimamente he estado muy tenso, Pablo, muy jodido, sería la palabra exacta. Pero conviene aclarar que fueron «ellos» los que determinaron unilateralmente retirarme del servicio activo, para ser de igual manera preciso. También puede que no les faltasen razones para tomar esa decisión, otra cosa es que fuese de mi agrado, ésa es otra historia. En fin, nunca se sabe. No sé si los acaecimientos han sido para bien o para mal, prefiero no pensar ni insistir demasiado en ello —en ese momento, el joven detective, quedó pensando en sus propias palabras. Reflexionó para sí mismo en voz baja un instante y quizá exteriorizó lo que en otra circunstancia no se hubiese atrevido a decir a ninguna otra persona—. También puede que me hallase situado en el borde del abismo sin yo mismo percibirlo. No sé, todo es posible. Tal vez estuviese sumido en una feroz depresión, escondida en la parte más oculta del cerebro sin que ésta fuese capaz de mostrárseme como tal. El caso es que mi mente se convirtió —alteró a conciencia el tiempo del verbo como si se tratase de un efecto pretérito y superado— en mi propia perdición, en mi peor enemigo, eso, sin lugar a dudas. Aunque, —retomó con premura su tono de voz habitual con axiomática energía— lo que sí tenía claro es que necesitaba cambiar de aires con urgencia. Y de ambiente. Eso tampoco te lo voy a negar, Pablo. Lo he pasado francamente mal. Sabes lo de Sara, supongo. Imagino que sabes que lo dejamos. Bueno, —necesitó sincerarse una vez más— para ser completamente exactos, fue ella la que me abandonó…
— Los detalles los desconocía. Y en realidad es lo que menos importancia tiene, Mauriel, cuando algo deja de encajar o hay que forzarlos para que ajusten es mal asunto. Pero sí, —replicó lacónicamente— algo me contó Luís. Y lo lamento de veras…
— Ya ves. Bueno, son cosas que pasan. Sara no pudo soportar el ritmo que llevaba. Y, ni el amor que nos teníamos, ni levantar una olla de comida a diario compensaba lo suficiente si el precio a pagar era sufrir una existencia atestada de temores y tensión. Éramos gorriones cautivos en una jaula de cristal. Llevábamos una supervivencia alejada del mundo por la puta culpa de mi profesión. Una vida en la que sólo sabes cuándo te vas, no cuando regresas, si es que regresas. Nunca se sabe: lo mismo te levantan la tapa de los sesos, por la espalda, en cualquier esquina, un segundo antes de llegar a casa… No, no era vida para nadie, tú lo sabes. Menos aún para ella. No puedo reprocharle, aunque quisiera, que un día decidiera coger las maletas y decirme adiós. Créeme, sé que lo intentó pero no pudo, le fue completamente imposible… —dijo, resignando la voz y el golpe emocional que contenía el recuerdo.
— Entiendo. Por desgracia sé bien de lo que hablas, lo he sufrido en mis propias carnes. Raquel, hace cuatro años, hizo algo similar; un buen día desapareció de mi vida sin dejar la menor señal. Pero con una importante diferencia, Mauriel, no sé si la recordarás; jamás volví a saber de ella. Fue como si se la hubiese tragado la tierra. La buscamos, la policía de medio globo y yo, personalmente, durante años. Pero nada, chico, no hubo forma humana de saber de ella. Nadie fue capaz de desenterrar el menor atisbo. Al final, tras años de inútil búsqueda el caso se cerró. No quise resignarme, y lejos de darme por vencido continué mi búsqueda en solitario pese a ser muchas las voces al alrededor las que me pidieron que renunciase, que abandonase el seguimiento. A última hora, lo reconozco, también yo terminé por capitular. Me rendí cuando comencé a considerar otros contextos, cosas, que mi ceguera no me había permitido distinguir con la suficiente claridad hasta entonces…
— No comprendo qué insinúas… —apuntó, extraviado por su último comentario.





                                                                                6


Se estableció un silencio en las líneas telefónicas. Un suspicaz y tenso silencio complicado de descifrar. Mauriel no intentó interpretarlo. Se dedicó a reflexionar hasta que Pablo Duarte habló de nuevo.

— ¿No te resulta como mínimo extraño que nunca, nadie, reclamase «nada»? ¿Que nadie exigiese dinero? ¿Que nadie intentase algún tipo de coacción? ¿Que nadie, absolutamente nadie, intentase un contacto por cualquier medio? ¿Que nadie reclamase nada en ningún aspecto? ¿Simplemente algo? ¿Qué clase de secuestro es ése, si es que llegó alguna vez a serlo? —curioseó retorcidamente—. Porque a mí, desde luego, esa reiterada falta de noticias en el tiempo comenzaron a olerme mal. Muy mal. Cada vez peor. Y así han continuado hasta el día de hoy: en el más profundo mutismo.

Las preguntas, todas en batería y sin apenas tiempo a la respuesta, desarmaron cualquier teoría que pudiese mantener al respecto aunque el investigador tampoco tenía una idea preconcebida de los pormenores de la peripecia. En la España de aquellos convulsos tiempos, Pablo Duarte y Mauriel de Lancre, aun siendo inseparables en la mayor parte de asuntos en esas fechas terminó por distanciarles, hasta perderse la pista, el propio sistema: las competencias. Las competencias en materia de seguridad nacional, en aquellos tiempos de confusión e incertidumbre donde se temía lo peor o incluso otra guerra civil en los últimos meses de vida del general Franco fueron verdaderos galimatías. Momentos en los que la mayoría del personal funcionario tenía serias dudas de no encontrarse atrapado en el interior de un ciclópeo «Cubo de Rubik». La administración, por motivos evidentes, se había convertido en un crucigrama de tintes egipcios compuesto por áreas, sub áreas, zonas y sub zonas. Se implantó una revolucionaria simbiosis entre jurisdicciones: diferentes distritos, aunque curiosamente interconexionados entre sí, de los que a su vez germinaban sub inspectores, inspectores, inspectores jefe, de área, de zona… Y así, en un interminable léxico de nombres, etcéteras e insólitos cargos dispuestos en pirámide inversa, se configuraba una maraña burocrática de difícil comprensión entre el personal civil y el militar hasta llegar a la cúspide; a los distintos ministerios y consejeros de Estado. Por último, en el escalón más prominente, junto a Dios, se emplazaba el general Francisco Franco.

Eso por un lado. De otra parte, el pulso delirante y los incesantes acontecimientos hacía moverse al personal de inteligencia nacional inquietamente por todo el país, también fuera de las fronteras, sin apenas tiempo para mucho más. La consecuencia fue, que el trágico e inesperado suceso al que apuntaba Pablo, sobre de la repentina desaparición de Raquel, pasó, para la mayoría del ejército de burócratas que se encontraba inmerso en el temor de una nueva contienda casi inadvertido. Ni el mismo Duarte debió utilizar los resortes adecuados. Se limitó a solicitar dos, tres o cuatro favores, sí, pero una vez que el asunto se descartó por la infructuosidad de los resultados años más tarde, y aunque se destinó personal especifico e internacional para tal acción, la historia cayó sin dilación en el olvido. Tampoco Duarte volvió a realizar en público el menor comentario al respecto. Y lo cierto, eso sí que lo recordó Mauriel con precisión, es que la historia fue sepultándose en sí misma en los años sucesivos y con ella los comentarios que fueron extinguiéndose como la llama de una vela.

Al otro lado del auricular, Mauriel, mientras se mantenía aquel forzado silencio no dejó su mente a la espera de una señal. No. Deseó empatizar con toda la energía que tuvo a su alcance. Fue entonces cuando le llegó la axiomática introspección. ¿Estaba sugiriendo, subrepticiamente, la idea de que le pudiese haber abandonado? ¿Cabía la posibilidad de que Raquel hubiese planeado escapar de aquella situación? Al final, si era cierto que Raquel quería o necesitaba escapar, lo más sensato era dejarla ir. El amor es un ramillete de emociones que no se debe mendigar. O se entrega o se deniega. Pero de ningún modo se suplica. No hay más. Todo ello, claro, suponiendo que el relato fuese así, tal como lo contaba su protagonista… En todo caso a Mauriel toda aquella letanía de preguntas le resultaron cuestiones muy estudiadas en el tiempo. Preguntas largamente meditadas. Preguntas dignas de hacer perder el juicio. Preguntas, con razón o sin ella, definitivamente malévolas. Preguntas sin respuesta. Preguntas dolorosas. Preguntas que a cualquier mortal le hubiesen robado el sueño para siempre.

— Te comprendo… —respondió Mauriel perturbado por la avalancha de hipótesis que arrojó Pablo Duarte en una sola parrafada.
— Obviamente, como puedes suponer —alargó Duarte su discurso imparable como un ciclón—, el mundo también terminó por ignorarla. Y te juro que hasta lograr recuperar las riendas de mi vida las pasé putas. Muy putas. Putas de verdad… —subrayó el improperio deliberadamente—. Sólo Dios sabe dónde parará. Al final me dio por pensar que más que retenida lo que se hallaba era escondida. Escondida de mí. Tiene gracia. Lo mismo ahora vive por propia voluntad como un eremita en una chabola en las Hurdes o en un atolón en el Pacífico. O, simplemente, cambió de identidad intentando dejar atrás su pasado. Vete tú a saber… —pretendió un mal chiste sin gracia.
— No sé por qué —intervino Mauriel ejerciendo gravedad en el tono de voz— intuía que terminarías diciéndome lo que ya sospechaba; que lo que hizo fue desaparecer a propósito. Pero déjame que te haga una pregunta de tipo profesional, ¿nunca has contemplado la posibilidad de que sucediese lo peor y más indeseable; por ejemplo, que la asesinasen o algo por el estilo?
— ¿Qué quieres que te diga? Al principio, sí, lo temí, pero ahora, a estas alturas, no —aseguró.
— ¿Puedo preguntar por qué?
— Sencillamente porque no lo creo. Mira, Mauriel, uno lleva ya unos cuantos tiros pegados en esta faena y cómo no, en la vida. Y así lo veo pasado el tiempo. Si a Raquel la hubiesen asesinado, se sabría. Se sabría algo. El tiempo, antes o después, hubiese arrojado algún dato; habría aparecido su cuerpo, sus ropas, algún indicio, algo por mínimo que fuese. Pero de esta forma no me ha dejado opciones qué barajar… —razonó Pablo encogiéndose de hombros. No tenía otra explicación
— No siempre aparecen pruebas y lo sabes tan bien como yo. El crimen perfecto, en contra de lo que se opina, sí existe. Claro que existe. Y existe por la misma causa que existe la imperfección. No en pocas ocasiones las personas encargadas de los casos persiguen las pistas de forma equivocada, soslayando, o por miopía, o por falta de profesionalidad las pocas oportunidades que pudieran surgir —objetó De Lancre.
— Vale. Bien —refutó Pablo intentando de una parte recapitular lo ocurrido. Pero por la otra, la más importante, persuadir a su interlocutor de la convicción de poseer los verdaderos motivos de su alejamiento con la finalidad de ni alargar más la controversia ni provocar un inservible debate en el tiempo que no conduciría más que a reabrir sus viejas heridas—. Te recuerdo, por si lo has olvidado, que el caso no se amparó en manos de aficionados, fue llevado por expertos de la INTERPOL, de principio a fin. Si bien, a la vista está y estoy convencido, es que el origen de la peculiar evaporación de mi querida e inestimable Raquel —explicó con burlona ironía— residió en su animadversión.
— ¿Animadversión? ¿Qué me cuentas? No tenía ni la menor idea.
— Animadversión, antipatía, tirria, aversión... Llámalo como te dé la gana, cualquier sinónimo sería legítimo. ¿No lo sabías, verdad?  Pues mira, ya disfrutas de un dato más para elaborar tu tesis doctoral, señor investigador. Posiblemente el fundamental.
— Jamás comentaste nada…
— Hace años, estimado amigo, que aprendí a lamerme las llagas en soledad. Y que las miserias y los trapos sucios no se enjuagan de cara a la gente. Cobijarme en los demás hubiera sido cómico, pero, sobre todo, un grave error. La gente es desalmada por naturaleza. La cuestión es odiar. Siempre odiar. Odiar con cualquier pretexto. Nunca aceptarán ver a una persona irle mejor en la vida, sería automáticamente detestado. Y sin embargo, y es lo realmente abominable, la mayoría tampoco lamentaría ver a un hombre hundido. En su infinita malevolencia, disfrutaría. Eso, Mauriel, sólo tiene una palabra: maldad.
— Te entiendo. Te entiendo más de lo que imaginas, Pablo. Estoy viviendo esa amarga sensación muy de cerca. Me parece, por duro que suene, que tienes razón. Necesitaba escuchar frases de esta naturaleza. Necesitaba una ducha de agua fría para despertar. He creído en la gente más de lo que ésta merecía…

Duarte respetó la afonía del momento. Sabía que no existe nada más inhumano que saberte un monstruo y acercarte al espejo para comprobar la verdad.

— A Raquel en cierto modo le sucedió lo mismo. Ella me odiaba y odiaba todo lo que emanase de mí. Maldecía con rabia mi profesión desde que oposité para este oficio. Ahí, de hecho, comenzaron sus advertencias. Nunca quiso este quehacer para mí, y dudo, por lo sucedido, que incluso a mí. Ni siquiera al principio, lo tuve claro enseguida. Hubiese preferido que hubiera dedicado mi vida a cualquier otra cosa, a excepción del día uno de cada mes, claro. Ese día era el único que no me escupía a la cara la mierda de oficio que tenía. Excusas. Sólo excusas. Pero salvo por esa singularidad, siempre andaba censurando mi vida y sacándome de quicio con sus manidas frases: «Esto no es vida, esto es una puñetera mierda. Siempre de aquí para allá, con la casa a cuestas como los caracoles. Cualquier día, como se me crucen los cables te juro por lo más sagrado que desaparezco…» ¡Ja! —escuchó el estruendo de su interjección de sarcasmo al otro lado del auricular.

Se hizo un nuevo silencio. Brevísimo. Luego, Pablo, volvió a explotar.

— Hasta que desapareció, claro. Ese día, el día que se evaporó, no tuvo ni siquiera la decencia de dejar escrito en un papel, aunque hubiese sido del wáter, una explicación, un motivo. Por absurdo que fuese. Ni tan siquiera unas letras a modo de despedida. Nada. ¿Qué es nada? Pues eso: nada. Nada de nada. Ni una maldita palabra. Me dejó solo, entre cuatro paredes, mientras mi alma y mi mente iban apresuradamente convirtiéndose en mi propia sombra… No creí oportuno entonces, ni lo creo ahora, echarme en las manos de nadie para llorar mi angustia. Te he ofrecido argumentos de sobra, creo, del porqué decidí morderme la lengua y evitar convertirme en el hazmerreír del ministerio…




                                                                                7


Otro silencio. En esta ocasión por parte de Duarte quiso ser decisivo para sellar definitivamente una situación contaminada por las aristas que produce el recuerdo. Pese al aumento de tensión que producía la incómoda plática, el novato detective pareció aun no siendo posiblemente así, disfrutar del instante de flagelación. Del momento del extraño masoquismo. No tenía con quién conversar, aquél era un contenido demasiado arduo e íntimo, y aún menos para ir confesando dolencias del alma a cualquiera, como el mismo Duarte hubiese señalado. Era un asunto, sin lugar a dudas, únicamente apto para otra alma herida por la misma razón, sólo ella sería capaz de comprender. Y comprender debidamente. De Lancre, jugándose el tipo en la conversación, continuó hurgando en las heridas.

— Sé perfectamente de lo que hablas, Pablo. No te das una idea de cómo me identifico contigo y con tus tinieblas, amigo. Y más, cuando uno se encuentra permanentemente bajo presión y necesita, aunque sea una mirada de comprensión y complicidad al llegar a casa. Así, solo, completamente solo y ahorcado en la propia desazón, las sombras parecen crecer en la oscuridad; la noche parece alargar la sórdida mano de la angustia hasta las estrellas. Es la hostia. Es terrible, lo sé. Te sientes solo, solo e impotente para actuar, para decidir, para vivir, hasta para caminar… —apostilló Mauriel.

Volvió a crearse una pausa entre ambos. Un silencio doloroso. Un silencio cruel que sólo es capaz de alcanzar a comprenderlo quien lo ha vivido. Duarte se limitó a escuchar, no pronunció una palabra más. Se ciñó a oír lo que ya había pensado en un millón de ocasiones y posiblemente a asentir desde el otro lado del teléfono. ¿Qué más se podía decir después de lo manifestado? En contra de lo esperado por la situación establecida aún quedaba algo pendiente. Algo de sumo valor para Duarte. Quedaba todo el resentimiento que el tiempo no había conseguido disminuir. Si acaso había aumentado con intereses: su memoria se había ido infectando de veneno. De una toxina inclemente y feroz. Así, de forma súbita, giró el registro de la conversación. Y de igual forma que si hubiese sentido la letal picadura de una mamba negra, Pablo Duarte, el agente del Gobierno, extendió de golpe, como una túnica negra, todo el odio que guardaba.

— ¿Sabes que te digo?

Mauriel guardó silencio. En realidad no tuvo tiempo de responder.

— Que a la mierda. A la puta mierda de una vez. Me volvía loco con sus putas letanías diarias, con sus homilías de cura loco. Joder. Me tenía hasta los cojones. Esta profesión es la hostia, de sobra lo sabemos. No admite ni concesiones ni cobardías, hay que estar muy capacitado psicológicamente. Pero, además, hay que tener una mente a prueba de bombas, porque, de lo contrario, te vas a tomar por el culo antes de darte cuenta. No es fácil, no, lo reconozco. En fin, amigo, qué te voy a decir que tú no sepas. Pero cuidado, —advirtió a modo de consejo— porque las féminas, en términos generales, también son de lo que no hay; cuando se les mete algo entre ceja y ceja no paran hasta conseguir su objetivo. Lo mismo son capaces de llevarte al nirvana más absoluto que te hunden en el puto infierno si se lo proponen. Por eso no me figuro lo que debes estar atravesando, no. Lo sé. Lo sé con auténtica certeza. Pero también sé, por la misma razón, que debes ahora más que nunca ser una roca o de lo contrario sucumbirás…
— Lo tengo claro…

Un extraño y odioso mutismo presidió el minuto siguiente, de nuevo. Ninguno de los dos fue capaz de añadir un punto final a la historia. Quién sabe, si el punto final había llegado solo sin necesidad de crear más observaciones. A partir de ese tiempo sólo se escuchó, de ambos, el aliento afónico e inquieto a través de los auriculares. Perforado lo que supuso un interminable intervalo, Pablo retomó sutilmente la conversación ofreciendo un giro espectacular al diálogo.

— Pero dime, Mauriel, —preguntó, pretendiendo encauzar el dialogo, sin perder de vista el objetivo de su llamada— ¿tú, en concreto, cómo estás de moral, que es de lo que se trata y no de desenterrar ahora fantasmas del pasado? ¿Te encuentras bien? ¿Te encuentras animado? ¿Estás trabajando en algún tema? ¿Tienes asuntos que manejar?
— Hombre, —respondió lo mejor que supo cambiando de registro— me encuentro mejor aunque no voy a mentirte, las heridas son todavía demasiado persistentes. La quise, eso siempre pesa, en ocasiones más de la cuenta. Y, claro, cuesta trabajo arrastrar ciertas ofuscaciones en soledad. Confío que la distancia y el tiempo, que convierte todo amor en casi nada, como proclama la canción de Roberto Carlos, realicen su labor también y aunque sea lentamente, pueda ir recobrando poco a poco el coraje. Estoy en ello, en serio. En cuanto a la nueva empresa —intentó buscar las palabras adecuadas—, aún floja; ansiando captar trabajo. Ya sabes de sobra lo que hay en este terreno y en lo que consiste, en ir sacando a la luz las miserias de la gente, todo ello para pagar el puto alquiler: adulterios, absentismo laboral, morosidad. Rollos de ese tipo…        
— Bien, lo celebro. Entonces tenemos que hablar —resumió—. Pero no de esta manera tan impersonal. Mejor, nos encontramos y te explico de qué se trata. Seguro que te interesa mi propuesta. ¿Estás en Murcia, no?
— Sí, estoy de vuelta en Murcia. He vuelto a Ítaca como diría Ulises. O, mejor aún, como los elefantes; a morir al punto de partida…
— Venga, tío, déjate de chorradas homéricas. Todavía te quedan muchos tiros que dar. Y nunca mejor dicho —intentó una chirigota—. La semana próxima, el lunes, voy a Murcia; tomo el último tren de la noche del domingo y nos vemos a primera hora del lunes. Nos reunimos y charlamos de la cuestión con tranquilidad. ¿De acuerdo?
— De acuerdo Pablo, cuando llegues a la ciudad, llámame, iré a recogerte a la estación.
— Así lo haré, descuida. Hasta el lunes. Cuídate. Un abrazo.
— Otro para ti. Hasta el lunes.

Al colgar el teléfono, De Lancre, tuvo que confesarse a sí mismo la envidia que le profesaba a Duarte por la entereza mostrada; eso era tener huevos, pensó. Huevos y valentía, por no dejarse arrastrar al foso más pestilente como le estaba sucediendo a él, que era incapaz de enfrentarse a su puerca realidad. La reflexión se apoderó de Mauriel unos minutos; estuvo censurándose su excesiva melancolía y la falta de coraje ante la vida. Mal andaba si seguía flirteando de aquella forma con la hipocondría. Lo sabía. Aunque de forma repentina todo pareció detenerse cuando la tristeza que sentía se vio interrumpida por una representación, sin duda, más seductora; ése era su flamante futuro como empresario investigador. Tras presentir posibilidades de actividad a la vista, el detective se sintió aliviado e, incluso, levemente pletórico. Comprobó cómo sus pulmones se llenaban del oxigeno del más puro optimismo. Por primera vez, en meses, recibía una noticia agradable. Y esta vez de trabajo. No estaba mal, nada mal, no señor. Sus viejos colegas no le abandonaban, pensó.

El fin de semana pasó veloz, procurando a toda costa no pensar en Sara más allá de lo estrictamente inevitable, aunque su corrosivo recuerdo se colaba a traición en el momento más inesperado y golpeaba las puertas de su mente intentando penetrar. Desembaló cajas de cartón precintadas y clasificó las pertenencias, intentando poner un mínimo de orden en el caos que la agencia de transportes había desembarcado en el salón del nuevo apartamento. Trató de organizar bártulos en casa y en el despacho, llevando y trayendo trastos de un lugar a otro. El sábado en la tarde, sin embargo, decidió tomárselo sabático, y nunca mejor empleada la palabra. Decidió salir a pasear por la Gran Vía, emergiendo a la altura del cine Coy. Optó por, en lugar de descender hasta el centro, el cual suponía con buen criterio atiborrado de gentío, hacerlo en dirección opuesta y visitar de nuevo el Malecón. Hacía años, algunos más de una veintena, que no paseaba por aquel fantástico lugar. Una vez allí, la extraña nostalgia de sus años de bachillerato se apoderó de él, empujándolo escaleras abajo rumbo al recuerdo. Rememoró.




                                                                                8


Repentinamente, una acuarela de vapor pareció instalarse en su mente comenzando a desfilar ante él un elenco de matices, sabores, olores, sensaciones e imágenes de personas y situaciones que fue identificando sin esfuerzo; pandilla de muchachos, guitarra al hombro y utopías. Cientos, miles de utopías prendidas del brazo. Miles de fantasías asidas en el cabello y los ojos. Sueños por cumplir. Sueños que, sin embargo, fueron licuándose como el hielo ante la lumbre. Y otros tantos, la mayoría, que sí lograrían el amargo propósito de permanecer y deshacer las esperanzas almacenadas. Todas y cada una de aquellas alucinaciones de confusión, de tribulación, de soledad, de ansia y espera que consiguieron cegarle dejándolo expuesto como a un murciélago a la luz del sol. Una larga, corrosiva y cruel ceguera que iría materializándose posteriormente en hundimiento emocional. Sueños inacabados. Sueños que quedarían destrozados, víctima de su propio ideal. Llagas inolvidables. Llagas eternas que habrían de trocarse en versos. En poemas. También en letras teñidas de melancolía y desafecto. En letras infectadas de angustia. Todas ellas habrían de ser las primeras de una interminable retahíla de gemidos sigilosos, que, el poeta que no consiguió ser, fuera a escondidas, en horas perdidas, tejiendo sobre las hojas cuadriculadas de su bloc en las noches de zozobra para otorgar a golpe de trazo a sus versos ocultos, el alma y la vida precisas. Su merecida y callada identidad: la imagen del pasado.

Así, los llantos que nadie quiso ni supo escuchar seguirían siendo exclusivamente suyos, surgiendo silentes y taciturnos desde lo más hondo del corazón. En otras ocasiones, atroces y hostiles, saltarían como felinos sobre el hombre destruido por la nostalgia, danzando dementes; creando histriónicas burlas y sombras chinescas en las paredes de su cuarto para inmortalizarse en recuerdos de sal y tinta y más tarde en letras. Consintiendo, en ese rito, que alguna que otra lágrima rodase sediciosa por sus mejillas a destiempo. Y pese a la aflicción que emergía como una sombra negra desde lo más escondido de su espíritu, su desolación necesitaba describir su turbación; tal vez para no olvidar fortificar por completo sus emociones en lo sucesivo: un corazón destrozado jamás debe olvidar los motivos por los que está descuartizado. Las sombras, a fuerza de decepciones habían logrado su intención, habían arrebatado al hombre todos sus sueños; sus escritos eran su única fortuna, lo único que le quedaba. Lo único que le habían dejado. Lo único que aún mantenía a salvo del naufragio de su existencia: sus primeros y lacrimógenos versos. Nihilismo en estado puro. Era, sin más, la crónica del desamor juvenil.

Todo, como si de un efecto mágico y envolvente se tratase terminó secuestrándole para, sin reparar en ello, llevarle hasta el final del paseo. Allí mismo, con todo el tiempo del sábado por delante, tuvo ocasión de conocer de la mano y la memoria de un anciano, «El tío Colás», de la pedanía de La Ñora, algo que desconocía por completo de su tierra; la impactante y no menos estremecedora historia de la riada de Santa Teresa, acaecida el 15 de octubre de 1879.

— Mi padre —describió el huertano— un superviviente de la época, nos relataba esta misma historia continuamente con voz realmente siniestra. Intentado, sin duda, acrecentar aún más el ominoso monstruo de la riada de Santa Teresa. Mis hermanos y yo permanecíamos sentados, pegados al suelo por el espanto, alrededor suyo; inmersos en un silencio sepulcral escuchábamos la historia, alucinados. De cuando en cuando, al hilo de ciertos matices en el relato, nosotros mirábamos con los ojos desorbitados por el pavor. El patriarca, como no podía ser de otra manera, tabaco de liar en mano, desgranaba la insólita experiencia perezosamente, sobreactuando. Aportando todo el bombo posible al asunto. El caso es que tampoco fue para menos.

Comenzó su tremendo relato.

«... En apenas unas horas, el cielo de la comarca se cerró; se tiñó del color del plomo. Parecía el fin del mundo. Aquellos nubarrones, amenazantes como despiadados buitres de carroña, se apostaron en los cerros al anochecer del día 14. No hubo tiempo para mucho más, enseguida comenzó el diluvio... El río —recordó el viejo huertano empleando su mejor oratoria como si fuese un Cuentacuentos repitiendo, por enésima vez, aquellas funestas cifras de corrido— pronto alcanzó niveles de vértigo: diez metros de altura, aquí al lado, en el mismo Palacio del Almudí. Lo mismo sucedió en muchas de las calles de la ciudad, donde el agua alcanzó casi los cuatro metros. Todo ello, como efecto de las intensas lluvias caídas en la región; hasta 1.890m3/segundo en la capital, 2.000m3/segundo en Orihuela y 1.450m3/segundo en Lorca. Naturalmente el efecto provocó el desbordamiento del río Segura y sus afluentes. La aldea de Nonduermas, en concreto, desapareció del mapa, así como la mayoría de las pedanías al norte y oeste del casco urbano. También el barrio de San Cristóbal, en Lorca; el río Guadalentín la arrasó por completo. La catástrofe se llevó por delante, si contamos las localidades de Orihuela, Lorca, Librilla, Cieza y Murcia, más de 1.000 almas; más de 22.400 animales y 5.700 viviendas y barracas… ¡Una ruina como usted comprenderá! Claro, que no todo iba a ser desgracias. En todos los sitios hay un ángel. Aquí, en Murcia, ese ángel se llamaba D. José María Muñoz. Ésta es su gloriosa imagen —señaló orgulloso el «huertanico» dando unas palmadas con suavidad en la efigie de bronce—. Este buen hombre, este ángel de Dios, como digo yo, donó ipso facto, para aliviar los desastres, 500.000 pesetas de la época y 2.000.000 de reales más a la ciudad de Orihuela. ¡Fíjese usted…! La verdad, es que España entera se volcó con nuestro infortunio. De hecho, varias personas y alguna que otra empresa se dedicaron a efectuar recolectas benéficas para los damnificados hasta el año 1884. Más allá, en Francia, bajo el impulso de la reina Isabel II, la publicación “París–Murcie”, recaudó 43.000.000 millones de pesetas. Todo un gesto…»

Tras invitar al investigador a retroceder en el tiempo, imaginando ese aciago día por espacio de una hora, ambos fueron enzarzándose en pláticas más banales y agradables que terminaron por dejarle mejor sabor de boca que las que había referido. Una vez se hubo despedido por fin de aquel campechano personaje, «El tío Colás», un tipo pequeño, avispado y mirada inquieta, que había tenido a bien ilustrarle profundamente sobre la historia de la ciudad compartiendo con él unos cuantos obligados Celtas largos, sin filtro, Mauriel De Lancre regresó por el mismo Malecón. Lo hizo pausadamente, saboreando los aromas que le llegaban desde los huertos colindantes. También, una vez más, el agridulce momento del recuerdo se hizo un hueco. El crepúsculo, entretanto, caía en láminas de oro sobre los huertos; sus frutas, incandescentes y doradas, inusuales para ser el mes que era, brillaban prendidas en los árboles como monedas de oro rescatadas de un bajel pirata. Una suave fragancia de azahar le secuestró un segundo para llevarle aún más atrás: en esta ocasión, rumbo a la niñez; aquélla que atravesó en casa de sus abuelos correteando entre huertos, veredas y sendas, seguido por “León”, su fiel perro guardián. No pudo sustraerse al recuerdo y evocar emocionado cómo, las tardes de su infancia, eran tan diferentes a las que ahora le tocaba vivir siendo adulto. Nunca llegó a comprender el motivo. Porque, aquéllas otras, eran tardes colmadas de colores y olores insustituibles y únicos. De mágicos momentos. Cada día suponía abrir un libro encantado que habría de llevarle directamente, creía, a cumplir cada una de sus ilusiones. Era, aún, un libro en blanco en el que escribir cada día. Un libro repleto de sueños por cumplir, de emociones por sentir. Sin embargo, éstas, las mismas que le hacían despertar con tanta habilidad el pasado, eran incapaces de hacerle vibrar ahora. Eran incapaces de hacerle sentir, ni siquiera de lejos, aquellas mismas sensaciones en el presente. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de nuevo lo solo que se sentía.

Superado con un suspiro de resignación el instante de nostalgia, ya, de vuelta al presente, comprendió que los frutos y las flores abiertas antes de tiempo no era más que el efecto inevitable de una primavera tan apresurada como desleal. De camino de regreso volvió a imaginarse la fatal debacle que debió cernirse sobre la ciudad aquel funesto año. El sólo hecho de representar por un segundo en la imaginación, cómo el agua, en su inmensa voracidad sobrepasó sin clemencia aquel mismo Malecón, le puso los pelos como escarpias. A la vuelta, se atrevió callejear por la Plaza de Verónicas, la Plaza de San Julián y la Plaza de San Pedro. En último lugar, algo sediento, al evocar tanta agua, se detuvo en la Plaza de las Flores; precisamente en el bar La Tapa, que, como siempre, se encontraba atestada de una multitud exultante. La temperatura a esas horas de la tarde seguía siendo ideal, casi de trópico. Unas cervezas y un par de «marineras» calmaron su sed y el incipiente apetito, poniendo punto y final a un día repleto de emociones sepultadas en el tiempo y a un periplo, más que cualquier otra cosa, emocional. El domingo en la mañana, temprano, prosiguió con la tediosa faena intentando poner orden en sus múltiples bártulos y administrar en lo que fuera posible el caos que continuaba invadiendo su sala de estar. Por la tarde, después de tragarse una siesta como hacía años que no practicaba, volvió a sumergirse, vísperas de navidad, en el mismo núcleo de la ciudad; necesitaba, aunque fuese como mero espectador, compartir un soplo del gozo que respiraba la urbe. Anduvo, sin prisa, por la zona de El Corte Inglés, el Palacio de San Esteban, el Paseo Alfonso X y la Gran Vía. La gente, en tropel, aspirando olvidar sus problemas por algunas horas se echó a las calles al compás del irresistible y megafónico sonido de cánticos navideños, que, como si de una ceremonia se tratase, se arremolinaba a las puertas de los grandes almacenes para ultimar las compras de Nochebuena.




                                                                                9


Cuando el agente del Gobierno, Pablo Duarte, llamó al despacho a las 8:39 de la mañana para anunciar a Mauriel que acababa de llegar a la ciudad y pedirle que fuese a recogerle a la estación de ferrocarril, en el barrio del Carmen, éste ya esperaba hacía una hora la llamada en su minúscula oficina. Chester en mano y mirada embelesada en las volutas de humo azul, el neófito detective barajaba toda una suerte de cábalas en su mente acerca de la propuesta lanzada el jueves anterior por su amigo. El plan, tan oportuno como necesario, parecía abrirse camino y brillar con luz propia sobre el terreno desértico e inexplorado que acababa de adquirir; sólo con oportunidades así lograría prosperar y salir adelante en su nueva profesión. Un sudario azulado que flotaba sutil en la estancia. El aroma del tabaco se esparcía en el ambiente. Tras recibir la llamada que esperaba, Mauriel decidió interrumpir temporalmente las conjeturas que le invadían. Un portazo al salir del despacho con cierta presteza y excitación vino a poner un punto y aparte en la mente del nuevo empresario. El tren, excepcionalmente puntual, hizo la entrada en el andén a las 8:33 AM, procedente de Madrid. Pablo, que era previsor además de tremendamente organizado y metódico, era de la opinión de que el tiempo es lo único que no se puede desperdiciar, y que podía ser era el arma más poderosa y destructiva. Desde el principio, Duarte, tuvo muy presente el propósito de la visita y el tiempo que debía destinar a explicar el asunto del que pretendía que Mauriel de Lancre se ocupase. No era fácil. No era un trabajo más. No era cualquier cosa.

De camino a la estación, Mauriel prosiguió sopesando las diferentes posibilidades y la viabilidad del nuevo proyecto, esperanzado. Prometía tratarse de un gran asunto. Si la gente para la cual se había sacrificado en cuerpo y alma, proporcionando tanto física como emocionalmente bastante más de lo que había recibido del sistema se había decidido a delegar en él una determinada labor, probablemente se debía a que el mismo método que lo devorase meses antes no había perdido la fe en su profesionalidad pese a lo sucedido en los últimos meses de servicio, estaba claro. Si bien también estaba claro que aquello, lo que fuera que quisieran endosarle, no sólo no le iba a salir gratuito, sino que le iba a suponer a los contratantes honorarios de crucero de lujo. Que la oferta tuviese buena pinta, que la tenía, para nada suponía que por ello fuese a regalar el trabajo en aras de los viejos tiempos; ahora más que nunca debía hacerse valer como profesional independiente. El trabajo a efectuar, y eso era lo realmente importante, prometía buenas vibraciones por venir de quien venía; tenía la sensación de ser una valiosa gestión a desarrollar, que, además, le rescataría a tiempo del atolladero económico en el que se encontraba sumergido. Pero más allá de lo calculado, Mauriel no tenía más información, no poseía el menor indicio de lo que se le venía encima. No podía suponer, por mucho que se lo hubiesen contado, que el mismo asunto que iba a rescatarlo del trance económico, iba, a la vez, a cambiar el sentido de su vida para siempre. En todos los aspectos. Iba a hacerle pasar de cero a cien en un santiamén, más veloz que un Fórmula Uno.

Y todo ello sería en un abrir y cerrar de ojos. Pasaría, de llevar la vida gris y anodina que llevaba, la vida de la que tanto se quejaba y le hastiaba, a una situación de descarga de adrenalina incesante, donde ningún día iba a ser como el anterior. Ni siquiera parecido. Eso estaba asegurado aunque ni siquiera lo imaginaba. Sus días de hastío estaban a punto de terminase para siempre. Estaban contados. Y estaban contados, porque lo que Pablo Duarte venía a presentarle, iba, con independencia de darle sentido a su monótona existencia, a hacer que Mauriel de Lancre se encontrase a sí mismo de la forma más cruel y violenta de cuantas pudieran existir. O quién sabe si, tal vez, extraviarle de manera irreversible. En cualquiera de los casos garantizaba ser una experiencia que habría de marcarle de por vida. Sin embargo, de camino a la estación, Mauriel ausente y distante al tsunami que le sobrevenía lo único que consideró, por la precipitación de la insistente llamada del jueves y la urgente entrevista el mismo lunes, fue que el contenido de la conversación iba a ser, como mínimo, compleja.

Se había quedado corto. Demasiado.




                                                                                10

El taxi le detuvo frente a la estación de El Carmen. Para cuando Mauriel descendió del vehículo, Pablo ya le esperaba apostado, fumando, junto a las puertas de las dependencia exteriores de la estación. Portaba un portafolio negro de ejecutivo. Vestía como en los últimos años en los que habían colaborado juntos; traje y corbata oscuros, sin dibujo alguno. Camisa blanca. Al detective le llamó la atención el hecho de advertir a su visitante considerablemente delgado y envejecido; llevaban sin verse algún tiempo, puede que más de año y medio pero, aun así, su aspecto no le parecía suficiente razón cómo para observarlo tan ajado como lo había examinado desde lejos. Se le ocurrió pensar entonces, que la vida para nada le había tratado como el propio Pablo hubiese deseado. Estaba seguro.

«Sí, vale», —se dijo el investigador—, una cuestión estaba fuera de toda sospecha: le había echado mucho valor a la vida e, incluso, le había devuelto la bofetada a ésta intentando a toda costa salir del agujero dónde el destino parecía haberse empeñado en encajonarlo. Pero como todos en este puto mundo, también él, estaba pagando caro por ello. Había pagado, ya, de hecho, un altísimo precio; quizá de más, en el infernal pulso que le había planteado la vida. Su cabello, en el lapso de algo más de quinientos días se había plateado notablemente, si bien, y por fortuna, seguía siendo abundante. El grueso mechón níveo, que casi le caía sobre los ojos, le había hecho reconocerlo a cierta distancia entre la multitud que entraba y salía del apeadero, por su práctica inconsciente de atusárselo. Pese a ello, pese a poseer un talante erguido, casi de militar prusiano, su rostro marchitado revelaba en silencio un cansancio extremo que no le era sencillo de ocultar.

Tras el preceptivo apretón de manos y las oportunas salutaciones, tomaron café en la misma estación de tren. Ambos evitaron iniciar temas trascendentes, habría ocasión y sitio para ello. El coloquio, distendido, no se desvió un ápice de la formalidad; se centró en preguntarse de nuevo, como si no hubiesen mantenido una prolongada conversación por teléfono días antes, en observarse mutuamente con ironía, en apuntar cómo les trataba la vida, cómo se encontraban de ánimo y cómo encaraban los nuevos retos profesionales que les proponía su oficio. Mauriel prefirió, juiciosamente, mantenerse atento en el encuentro pero dejó que fuese el mismo Pablo Duarte el que diese el primer paso hacia la negociación que le traía a Murcia; no deseaba dar la impresión, más allá de lo hablado por teléfono, de encontrarse excesivamente angustiado por agarrar cualquier caso a cualquier precio. La conversación mantenida, veinticinco escasos minutos, resultó infructuosa y opaca; Pablo había evitado con maestría, en todo momento, ofrecer un leve rastro, cuidándose mucho de arrojar una sola migaja de pan como señal. Mauriel, sin nada qué atrapar, no llegó a desvelar qué pretendía exponerle el agente del Gobierno, aunque por los años que hacía que se conocían, el pensamiento de que la cuestión a exponerle revestía un trasfondo mucho más significativo de lo que se intentaba representar fue ganando terreno en la inquieta percepción del detective. Eran algo más de las nueve y media de una jornada que se prometía intensa.

Una vez terminaron el café tomaron un taxi en la misma estación. Otra conversación intrascendente acerca de cómo había evolucionado la ciudad en pocos años se prendió entre los dos, siendo tema de distracción durante el tiempo que duró el trayecto. El taxi que los transportaba, a una indicación de Mauriel les detuvo en la Gran Vía, a la altura justa de enfilar la calle Platería, rumbo a la agencia. Una multitud enfebrecida se enredaba en las vías principales de la urbe y apenas conseguían avanzar.

Ya en el despacho, ambos trataron de ponerse cómodos; yendo, la chaqueta del neófito investigador en ausencia de perchero, a parar sin demasiado protocolo encima el archivador metálico que se situaba junto a la puerta de entrada. Pablo, por el contrario, dejó caer la suya con suavidad y método sobre el respaldo de la silla. Se desajustó el botón superior de la camisa. Quedaron situados, uno frente a otro. Al punto, el detective que no había dejado a un lado su pasión por observar a los demás, reparó en lo ya había recelado a primera hora de la mañana al ver a Pablo en la estación de tren; la vida entre pasillos y despachos, paradójicamente, no le había hecho ningún favor sacándolo de las calles; le había estropeado con saña y le había hecho perder peso. Quizá de más. De Lancre, lo mismo que Pablo, aunque por razones diferentes, había perdido peso también. En su ansia por perder, el joven había perdido, además, densidad en el cabello y sus entradas se agudizaban con demasiada prisa.

Y aunque, incluso de niño, no gozó jamás de un pelo espeso y sano, manteniendo sobre sí una leve y despejada península por cabellera, el tiempo, en una feroz e inexplicable represalia, se empeñaba con inquina en convertirla en un odioso y cada vez más visible istmo para reducirla, en poco tiempo, a islote. Por lo demás, su imagen había variado únicamente lo justo; era consciente que jamás podría presentarse a un casting para modelos a Cortefiel pero su genética le mantenía relativamente bien. Acostumbraba, eso sí, a conservar lo más vivo posible el envoltorio; vestía traje de forma habitual, aunque, últimamente, sólo por una cuestión de comodidad solía llevar pantalón tejano y chaqueta deportiva. No obstante, tanto el uso de la corbata, como la clásica barba de tres días, la llamada «barba italiana». Y en ocasiones, la perilla canosa, sólo dibujada en el rostro, eran sus señas de identidad.

Pablo ofreció un Camel corto a Mauriel. Éste lo aceptó con agrado; la mezcla de tabaco rubio americano y turco desprendía, en su criterio, un singular aroma que le agradaba. El maletín que Duarte custodiaba se mantuvo en todo momento a su alcance. El círculo iba ajustándose.

— Te veo bien. Muy bien —inició Pablo la conversación—. Mejor, si cabe, de lo que esperaba encontrarte. De verdad, sinceramente…

Tras el halago, pronto se convenció Mauriel de que el agente del Gobierno tenía poco futuro como actor: mentía como un bellaco. Como un vulgar vendedor de enciclopedias a domicilio. Desde Ponferrada se veía la falacia. Probablemente por corrección, no cabía reproche al respecto, pero así era; Mauriel se miraba en el espejo cada mañana y era plenamente consciente de su formidable deterioro físico. Había perdido mucho más peso del debido y mantenía unos sempiternos y espantosos cercos azulados alrededor de los ojos. Aun así agradeció el cumplido, decidiendo emplear el mismo cinismo con él.

— Yo a ti también te veo bien —inventó impúdicamente, exhibiendo una amplia y postiza sonrisa de madera. Su interlocutor tuvo que darse cuenta, por fuerza, que simulaba como un mercader en Damasco—. Aunque debes reconocer que la burocracia y la vida sedentaria te han dado más canas…—ideó como excusa para salir del paso.

Pablo Duarte, individuo de mirada rapaz, vislumbró vertiginoso en las palabras del joven la causticidad.

— No, en serio, joder, tío, esperaba verte peor; más pálido que el rostro de un chino estreñido. Ya sabes a lo que me refiero; a los últimos advenimientos… —insistió Duarte celebrando su sorpresa.
— Ya. Lo sé. Pero tendrás que convenir que he estado mejor. Aunque también peor, eso es cierto —repuso, no deseando jugar más a las hipocresías, rotundo, tratando de evitar abordar de nuevo el origen de su deplorable aspecto.
— Bueno, eso, todos, no creas. El tiempo es así de hijo de puta, ya te lo anticipé el otro día…
— Ya te digo… —resopló con sumisión—. Lo peor es que contra eso, me temo, no haya tratamientos ni medicinas. Sabes que en esta jodida profesión de mierda, uno debe estar preparado, sí o sí, para dejar atrás las cosas más esenciales. Me parece una perfecta cabronada.

La conversación, de un contenido a otro, convertida en dientes de sierra, continuó por esos derroteros por espacio de una hora y media larga. Ninguno de los dos quiso dar la impresión de encontrarse anhelante por la verdadera razón de reunirse y presentar contenidos profesionales. Había muchos temas aplazados que poner al día, llevaban sin verse demasiado tiempo. Mas en un punto en que el diálogo pareció eternizarse sin aportar más que banalidades a una situación que consideraba vital para sortear su hecatombe empresarial, Mauriel necesitó cambiar la estrategia, capitular y declarar abiertamente la inquietud que le invadía; la soledad y la ausencia de amistades en la ciudad le impedían compartir la angustia y precisó expresarla sin ambages.

Así, en nombre del afecto que los dos en teoría mantenían pese al tiempo transcurrido sin saber nada el uno del otro, resolvió ahondar, aun a riesgo de herirse más, en las verdaderas causas que llevaron a Sara a abandonar la relación. Eso sí, omitiendo con especial precaución el chisme acerca de las alucinaciones que padecía. No estimó conveniente que el agente creyese que le faltaba una tuerca encontrándose a las puertas de contratar trabajo; sería como dar la razón a la legión de burócratas que, desde una mesa de despacho, consideraron en su día que no estaba capacitado para el puesto, eliminándolo. No estaban las cosas para eso. Y, aun sintiendo su alma despedazada por el fracaso, repleta de la rabia interior que le producía comentar su situación, necesitó detallar lo más hiriente de su desventura, confesando que Sara, tiempo después, había conocido a otra persona con la que mantenía una relación estable, con lo que podía poner concluyentemente un punto y final a su relación. Todo eso, con la consiguiente exposición a la posible conjetura y a que su oyente pensara siempre lo peor. Ya daba igual. Poco importaba a esas alturas.

—... El tiempo para bien o para mal, pasa. Sigue su camino, nunca mira a atrás. Y casi siempre sin tener en cuenta nuestros deseos. Y no le quedan más opciones que concluir unas historias para abrir otras —volvió a mentirse—. Es así. Ha transcurrido algo más de un año. Sara tenía, y por supuesto tiene, todo el derecho del mundo a rehacer su vida de la mejor manera posible —señaló, mientras intentaba con toda la fuerza que Duarte no advirtiese cómo sus ojos empezaban a acristalarse en cada palabra que pronunciaba. Su intento fue en vano. No lo consiguió. Pablo era sobradamente perspicaz.



...

No hay comentarios:

Publicar un comentario