LA AMBIGÜEDAD DEL SILENCIO [2014 / 17]


La Ambigüedad
Del
Silencio



≈oOo≈



José Hernández Meseguer


...




AUN ASÍ…

No, no salgáis de mí. No salgáis ahí afuera;
Sé bien, lo sé perfectamente, lo largo y frío que está siendo este eterno invierno para vuestros inquietos gemidos silenciosos;
Sé que andáis siempre revoloteando a la espera
De que mi pluma temblorosa empuñe la angustia que se espesa
En los aleros de mi garganta para escapar de mi aliento presurosos.

Sé aún mejor, lo efímera que me supo la primavera.
Antes de mostrarme sus flores muertas, antes de que entreabriera
En mí esta melancolía, esta tristeza.
Y, al tiempo, sin pretenderlo, la percibo tan lejana…
Tan remota, que apenas presiento su aroma;
Apenas su existencia.
Tan distante, que me pregunto si alguna vez existió
Antes de que se alejase. Antes de que se fuera.

No, no deberíais escapar jamás de mis sombras.
De las sombras que, cada vez menos, ocultan mis ojos.
No deberíais intentar huir por los senderos que os llevan a mis venas
Pese a aullar en las noches mi angustia, mis penas;
No llegaríais muy lejos antes de convertiros
En susurros olvidados, en palabras confusas, en mensajes sin sentido, en despojos.

Entiendo, cómo no, vuestro torpe y absurdo propósito.
Aun sabiendo que otras veces me habéis protegido
Y sanado. Sé que habéis sido,
No lo puedo negar, el suave bálsamo en mis heridas, el apósito
Exacto. Preciso.

Aun así. En el fondo más abisal de mi alma, sé que nadie es capaz
De recuperar el desánimo que me enferma.
Porque, ésta, es una afilada soledad que crece y se enreda
De dentro hacia afuera.
A la sombra de mis sombras. A la sombra de mi quimera.

A la sombra del recuerdo indeleble, a la sombra de mi propia vida.
De mi noche sin estrellas,
De mi naufragio.
A la sombra de mi presentimiento, de mi presagio.
A la sombra de mi hoguera.
                                                                                     

José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                
Murcia, 25-29/07/14





MIENTRAS ESPERO…

Mientras espero tu visita, bebo.
Mientras espero tu veneno, bebo el veneno que me ofrece la vida;
Bebo de mi angustia, de mi tristeza. Bebo de mis miedos.

Mientras te espero, bebo.
Sin prisa, sin prosa, sin poesía, sin valentía.
Sin huidas. Sin cobardía.
Sin ilusión. Sin alegría.

Mientras te espero, sigo bebiendo,
Sigo viviendo, sabiendo,
Que mientras espero, voy lentamente muriendo.
Con toda la tristeza que me produce la vida. Con melancolía.

Con decepción. Con desazón. Sin ilusión. Con ironía.
Incapaz de escapar de mi propia agonía.
Contando despacio, sin olvido, mis noches y mis días.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                    
Murcia, 19/08/14





BAJO LA GARÚA…

Como lo haría el suicida en la calle más oscura. Más solitaria.
Desclavando a pedazos, uno a uno, los versos de la mente:
aquéllos que le hicieron frágil, adoleciente.

Y sin piedad. Sin compasión. Enloquecido y vehemente,
en su vano intento por extirpar la boira,
la niebla que le asola, que le extenúa.

Romper para siempre
las palabras de amor en su memoria;
los besos difusos.
Las absurdas teorías,
los sueños, los proyectos inconclusos.
Tras el silencio, sólo quedan angustias.
Tras el silencio, sólo silencios.

Y así, maltrecho bajo la garúa,
esperar, como espero yo. Como lo haría
el pretendiente que, desengañado en el amor, nada ni a nadie espera.
Bajo la lluvia, solo, huérfano, temeroso en el designio. Ambiguamente.

Avanzando hacia atrás, huyendo.
Acudiendo con turbación hasta la mente.
Otra vez hasta la pluma y de vuelta al presente.
Cayendo una y otra vez desesperadamente.

En la decisión que, sin tregua, le ofrece la vida;
una vida errada, carente de levedad, indeseada, frustrada, dividida.
Bebiendo en ella, un pretérito cada vez más ancho y confuso.
Cada vez más vasto y profuso.
Sobreviviendo en un pasado, en un presente,
en un futuro que le aliente.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                    
Murcia 19-20/08/14





LA VIE EN ROSE

He tardado una vida en descubrir que el mundo no es de color azul.
Ni la vida de color rosa, como cantaba Edith Piaf.
He tardado una eternidad
en descubrir el histriónico instante.

La alquimia, el secreto, que propone la felicidad.
He desenmascarado su falso rostro. Casi irritante;
su verdad que no dice nada. Que miente.
Sus invenciones y deidades febricitantes
no son más que un maldito invento urdido por las multinacionales
empeñadas en meternos la farsa por los ojos.
Y así, mientras nos roba la inteligencia y la capacidad,
nos muestra la manzana prohibida, haciéndonos irracionales.

Así es también la vida: nos oculta ladina la verdadera esencia,
los elementos básicos, precisos, icásticos;
mostrándonos a cambio fascinantes sonrisas de esmalte y plástico.

Advirtiéndonos fugaz, sólo a quien quiera verlo;
sólo para el que pretenda descorrer el velo,
realmente descorrerlo,
que la única verdad es que todo es mentira.
Eso es todo: un espejismo en el abismo.

Los sueños, como el amor, como las buenas intenciones,
siempre se detienen irónicos en los aleros,
en las comisuras de los besos que no damos,
en las esquinas de los amores que, en realidad, no amamos.

En la lejanía de nuestras almas.
Sometidos a la complicidad que anhelamos,
jaleados por la oscuridad,
por el delirio de la soledad
y el alba.
Siempre expectantes. Siempre silentes.
Siempre agazapados en el horizonte...

Todo, forma parte de la entelequia, de la ilusión,
del juego impío, cruel y perfecto;
porque al final sólo soñamos que soñamos.
Y sólo soñamos que nos enamoramos;
atravesamos la zozobra de la vida para no hallar a cambio gran cosa.

Surcamos desiertos de desventura persiguiendo estrellas,
para llegar vencidos a océanos de vacío;
a acantilados, tal vez a la orilla,
de una playa blanca y desierta, donde el cansancio, el hastío,
nos descubre los deseos más delirantes y apasionados que poseíamos
convertidos en sombras, en cenizas,
en desengaños, en clamorosas derrotas.

El agua moja. Ciertos besos
incendian pero otros pueden helar.
El amor nunca fue eterno y mucho menos infinito
como aseguran en versos decimonónicos y marchitos
los poetas trasnochados y lacrimógenos,
sino amargo como el café, como la indiferencia.
Amargo como la misma tuera.
Amargo y cruel como un homicida.

Muy al contrario, la vida,
es una putada.
Una solemne putada disfrazada de furcia, de ramera;
la misma fulana que nos arrastra por los caminos más polvorientos;
la misma que nos zarandea sin piedad,
que nos da de hostias.

Cuando más abatidos nos sentimos.
La misma que nos regala angustia, incertidumbre y miedo.
La misma que se ríe, que se burla, que nos señala con el dedo,
sarcástica y mordaz, provocándonos el pánico.
Un pánico insultante…

Todo ello, hasta ahogarnos en la fosa más subterránea y horadada.
Aunque a veces, sólo a veces, nos haga un guiño con su mirada
de sucia ramera, dispensándonos un buen instante.

¿Felicidad?
¡Qué gilipollez! ¿Quién ingenió tal palabra?
¿Quién sugirió tal majadería? ¿Quién tal desatino?
¿De dónde procede? ¿De la euforia que improvisa el vino?
¿Del pánico vesánico que inventa el destino?
¿De hiel de mi soledad?
¿De la necesidad?
¿De la locura? ¿De la esperanza? ¿De la fatalidad?
¿O tal vez, únicamente, del intento de fuga que propone esta realidad?



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                        
Murcia, 15/08/14





CUANDO VENGAS…

No sé cómo te miraré cuando vengas, cuando llegues;
aunque, en realidad,
no sé si llegaste.
No sé, si tal vez, sólo te soñé.

Tampoco sé si llegaste y fui incapaz
de reconocerte
entre la multitud.
Es difícil saberlo. En ocasiones, mi inquietud,
ha cegado mi pensamiento
justo en ese momento
en que debería haberme detenido y pensar.
¿Me equivoqué por haber tomado otras decisiones?
Es posible.
Quizás.

No sé con qué anhelante sonrisa te miraré,
o si te miré ya, y no adiviné quién eras.
No sé con qué ilusión detenida en mi mirada te observaré
y, si entonces, el color de mi mundo pueda cambiar.

Presiento que no. El tiempo vuela,
nunca mira atrás.
Y creo que, aunque ahora llegaras, aunque vinieras
Sería tarde para soñar.

El caso, es que me he preguntado con frecuencia
a lo largo de mi vida cómo sería tu mirada.
Cuál el color de tus ojos…
Cuál el particular sabor de tus labios rojos.

Quizá, tu mirada, la tuve frente a mí y no supe reconocerla.
Quizá, pedía demasiado a los demás:
al mundo y a mí.
Y no supe verla.
No supe distinguirla.
Simplemente no la vi.
Sí, debió ser así…

Volé demasiado pronto, demasiado aprisa,
sorteando realidades, de cornisa en cornisa,
para surcar cielos de asfalto.
Demasiado bello, demasiado alto,
hacia lugares de hormigón y cemento que apenas convoco;
si bien en mi memoria aún guardo, aún evoco,
cómo crepitaba en mi interior aquel maldito fuego interno
que exigía tanto de mí mismo.
Demasiado cómo para saber que bordeaba mi propio abismo
del amor que imaginaba eterno.

Me vine abajo detrás de amores amargos.
Amores imposibles de alcanzar.
Acudiendo como un cretino a este desconocido masoquismo;
a estos versos, a este bautismo
de soledad. A esta incomunicación. A este estúpido autismo,
sólo por verte una vez más…

Era aquella época confusa en que mi existencia correteaba indómita
en los alambres del patio donde extravié la niñez.
¿Qué fue de ella? ¿Qué fue de él?
¿O es que, tal vez, mis sensaciones de crío aún dormitan
en el niño aquel?

Quizá, todo se posó con insolencia en el hombre que hoy no deseo ser.
Tal vez, mi alma, se quedó prendida en aquellos cables
sin darme cuenta, sin saber,
y todo, desde entonces, es como es…        
No sé con qué anhelante sonrisa te miraré
o si te miré, pero ya no me acuerdo.

Sólo sé que, entonces, por verte una vez más, hubiese dado la vida.
Hubiese dejado abrir mis heridas
y casi me pierdo.
¿Pero, sabes qué…?
Ahora es tarde, no lo recuerdo.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                        
Murcia, 21/07/14





SENCILLAMENTE USTED, AMADA MÍA…

Usted llegó a mi vida una tarde, sencillamente por casualidad.
Una tarde gris, en la que mi alma y mi vida
se debatían.
Mi vida, agotada, no quería vivir más; mi alma herida,
maltrecha por la propia vida, iba apagándose como una vela. Moría.
Sencillamente, usted, amada mía, no lo sabía.

¿Cómo iba a imaginar, usted, que había extraviado mis alas de halcón
revoloteando de esquina en esquina, de balcón en balcón?
¿Cómo iba a imaginar que había perdido la fe y las palabras de amor?
Sencillamente, usted, amada mía, no lo sabía.
Usted, sólo podía leer en mis ojos una ofensiva soledad; la ironía
en mis palabras al hablar. Pero, usted, no sabía nada; sólo lo intuía.
Y así era, amada mía.

Y llegó usted.

Y fue invadiendo de luz mi oscuridad, con caricias y besos.
Y fue arrancando, una a una, las hojas muertas de mi vida;
mi siniestro y patético calendario, mis versos caídos.
Y fui bebiendo poco a poco de su elixir,
mientras usted se posaba, sin saber, en los ángulos precisos
de mi alma. Con su mirada casi gatuna e indefinida; con sus hechizos,
e, incluso, con las palabras que no me supo decir.

Y así,
muy despacio, fui enamorándome; cuando todo lo daba por perdido.
Cuando ni me preocupaba encontrarle sentido
a las palabras; a los silencios, a mis poemas que, resentidos,
se habían transformado, se habían convertido
en sombras, en oscuros resentimientos; en un solitario ponasí,
que únicamente escupía besos de oropel, felonías, veneno y olvidos.
Sí.

Y llegó usted.

Y supo ir dibujándome de nuevo la sonrisa con sus actos.
Con la sutileza y la calma adecuadas. Con un soplo de su bondad.
Y, de nuevo, la luz de mis ojos cabrioló, echó a andar.
Y mis gaviotas, inquietas, comenzaron leves a volar.
Porque, antes de llegar usted, sólo había existido oscuridad
y mis letras, mis poemas, heridos y tumefactos,
sólo sangraban ayeres, dolor y versos putrefactos.

Y llegó usted.

Y decidimos caminar juntos. Y sabe muy bien, que no ha sido nada fácil llegar hasta aquí.
Que las esquinas de nuestras vidas se poblaron enseguida de miradas hostiles y rechazos.
Que han procurado en todo momento amputar nuestros lazos;
nuestra complicidad, nuestros sentimientos, nuestros besos, nuestros abrazos…
Que han intentado sabotear, intoxicar, taladrar con berbiquí
todos nuestros pasos…
Usted lo sabe, sí.

Aunque espero que también usted sepa, hoy, de mi amor.
Confío que usted sepa de mi gratitud.
Espero que sepa que usted fue, tal vez, el verso preciso que no supe escribir.
Porque no siempre el pasado me permitió ordenar, prescribir
mis emociones. A veces, lo reprimió mi actitud…
Y que, si no supe amarla mejor, sí estoy dispuesto a intentarlo
rompiendo, para ello, mis propias sombras; derribando
quimeras, adormeciendo pasados desdichados, abriendo
inmensas ventanas al futuro.

Pues, ahora, únicamente con usted
me imagino advirtiendo,
un día no muy lejano, a la orilla del mar, al atardecer;
cuando todo se torna solemne y sublime, mágico y oscuro...
solos.
Pero siempre usted y yo.
La tarde, entretanto,
dibujando el crepúsculo, delineando…
Y usted y yo, cogidos de la mano, paseando.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                        
Murcia, 03/09/14





NUNCA LO SUPO…

Nunca lo supo, pero sus ojos se volvieron duendes azules y huyeron hacia la bruma.
También, de sus manos nacieron gaviotas que, vaporosas e ingrávidas, fueron directamente a su mente.

Y mariposas que, ávidas, revolotearon un instante hacia el interior
del verso.
Nunca lo supo, pero la noche era tan oscura y tan intensa la luna,
que ésta, deshizo sus halos en el cosmos y anduvo detrás del hombre.
Nunca lo supo, pero sus silencios atrapados en la ambigüedad
de las palabras que no decía, se abocaron de igual modo al universo.

Entonces, el hombre que escribía,
sintió el dulce aroma; el espasmo, el dolor inmenso de la poesía.

Nunca lo supo del todo, pero sospechaba que las sombras del pasado
atravesaban su espíritu con la maldad del recuerdo;
lanzas, aristas, esquirlas de fuego
se esparcían con frecuencia sobre su página en blanco,
danzando miserables y vehementes para convertirse luego
en palabras que se alineaban despacio en el cruento juego.

De sus dedos comenzaron a escaparse letras y más letras,
que pronto se hicieron señales, tal vez a nadie, en la opaca
noche estrellada.
El acertijo, inconexo y asimétrico, iba moldeándose en extrañas formas
al tiempo que el texto, aún incompleto, al papel adentellaba.
El hombre, en su extrema ambigüedad, forcejeaba;
pero inasequible al desaliento,
a su propia sorpresa, al desconcierto,
seguía escribiendo su argumento
en silencio, y callaba.

Entonces, el hombre que había vuelto un instante de su hipocondría,
comenzó a transformarse, súbitamente, en alma, en verso,
en melancolía…
En el mismo poema que se encontraba escribiendo inmerso;
en la misma poesía que escribía.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                        
Murcia, 04/09/14





TAL ES EL DUELO. TAL ES EL TRANCE.

No pude evitarlo, intenté de forma inútil desgranar todos tus nombres;
los que creí recordar, los que creí que recordaba.
Intenté llamarte, evocarte despacio desde el silencio de mis versos,
a través del recuerdo que la tarde moribunda provocaba.

No pude, me extravié en un extraño sendero de vértices confusos,
de sabores amargos, de historias de sal, de aristas puntiagudas,
que me llevaron sin remedio de vuelta a la duda.
¿Cómo te nombraba? ¿Cómo te llamaba?

Imaginé, entonces, el color imposible de tus labios.
Delineé en mi mente un momento
el color imposible de tus ojos.
Me quedé suspendido en el recuerdo,
un segundo,
un minuto, una hora. Mucho tiempo.

Mirando sin ver,
asomado únicamente al balcón de mi ayer,
al repaso indeleble que mi memoria transida proyectaba;
a la evocación, a la excusa, al motivo inmortal de mis poemas.

Y supe en un susurro de tristeza, mientras la tarde azul bostezaba,
que la grieta de mi espíritu, la fisura de mi alma inquieta
la causó, desde siempre, la búsqueda de mí mismo por ser
un contador de historias, quizá poeta.
También tu búsqueda, desde mis letras, tuvo la culpa.
Aunque el hecho de hilarte versos, tenga cada vez menos importancia.
El caso, es que anduve tras tus pasos como un penitente,
como un trashumante, como un lunático, como un fugitivo,
como el mismísimo Edmundo Dantés cautivo;
ingeniando, como la bruja Circe, toda suerte
de hechizos y geomancias hasta creerte cierta. Cierta y existente.

Igualmente tuvo mucho que ver tu errática conducta;
siempre tan críptica, tan metafísica, tan inaccesible, tan adusta.
Y así, inventándonos, soñándonos, intuyéndonos,
descubriéndonos, anhelándonos, amándonos,
odiándonos, huyéndonos, sufriéndonos
y, al fin, evocándonos,
fuimos, tú y yo, separadamente juntos.
Angostamente separados, como insólitos contrapuntos;
como antónimos semejantes,
como inevitables pero irreconciliables amantes,
contando años, historias y asuntos.

Para llegar hasta el presente. Y sin embargo, no saber;
ahora, en el quicio, en el mismo umbral de la madurez,
cuál fue, si es que la hubo alguna vez,
la auténtica verdad.
No fuimos capaces de precisar, de intuir, de distinguir,
si llegamos a hallarnos porque sin conocernos nos deseábamos.
O si, por hallarnos deseados en nuestro propio antagonismo,
llegamos sólo a odiarnos.

Y ahora estoy aquí,
sentado en el escritorio. Al borde de la noche y de mí mismo,
contemplando aturdido el esotérico y contradictorio balance
que tú, Amor, me has hecho, y que la vida me hace.
Y permíteme que desde este vértice de locura, desde este paroxismo,
te odie tanto como te ame.

Que te rechace y, al tiempo, sin poder evitarlo, te abrace.
Pues, si de la zozobra y la soledad más insultantes emergieron
mis versos,
no puedo olvidar que de la pasión, del deseo y el amor, brotaron
también mis besos…
Tal es el duelo. Tal es la angustia. Tal es el trance.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                
Murcia, 19-22 /9/2014





A MI PERRA “BRUMA”

Me mira.
Sus ojos grandes, redondos y expresivos, me observan atentos;
son vivaces e inquietas antracitas, abiertas al juego.
Es una mirada, casi humana, carente de la maldad propia de mi raza.
Su boca inmensa, intenta morderme sin morder. No es una amenaza.
Sólo quiere jugar. Sólo eso.
Sólo espera un movimiento por mi parte, para lanzarse sin más,
al abrazo que sabe que la espera. Al abrazo que sabe que la abraza.

Mientras escribo se tumba a mi lado, su tranquilidad es mi sosiego.
Apenas protesta. Sólo, de cuando en cuando, acecha mis pasos;
vigila mis actos. Sigo dibujando letras que borro de nuevo.
Pienso. Se fugan mis ideas en este poema largo y complejo;
farragoso y asimétrico. Casi caótico.
Por muy poco no abandono y lo dejo.
Vuelvo a hacer tiempo.

La miro de soslayo, la acaricio, me distraigo, pellizco su hocico.
No se altera. No se enfada. Apenas se inmuta.
Su ladrido, ronco y opaco, no ha de llegar nunca a la luna.
Dios llenó su boca de silencios, para darle, a “Bruma”,
únicamente alma en la mirada. Una mirada que a menudo me calma.
Una mirada, que sin palabras me observa.
Una mirada, que sin palabras me habla.
                                 


José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                        
Murcia, 23/09/14





¿A QUIÉN LE IMPORTA LA POESÍA?

Establecer el preámbulo preciso, íntimo. Construir la liturgia
necesaria
antes de comenzar a descender a los sentidos.
Insólita, extraña taumaturgia,
que transforma las simples letras de los escritos
en emisarias
dándole sentido a los garabatos prendidos en los manuscritos.

Ir hipnóticamente descendiendo, una y otra vez.
Y volver a descender
hasta llegar al centro del dolor;
allá donde se sitúan alineadas las sombras del propio ser;
aquellas que únicamente vomito de cara al espejo,
mientras suspiro sin aceptar cómo se escapa el tiempo.

Y, cómo, frustrado, me voy dando por vencido;
cómo, la levedad de mis pequeños sueños de vencejo
se van quedando atrás,
o se han ido tan lejos
que son imposibles de seguir, de alcanzar.
Es tarde. Se han ido para siempre. Para no regresar….

En tal soledad, en tal hundimiento sin límite, en tal agonía,
¿Quién necesita un poeta y su maldita poesía?

Hurgar, palpar, tantear los miedos alojados en la mente;
miedos, que de repente,
cobran vida, adquieren forma, nombre; reciben datos, fechas.
Miedos que al instante me acechan.
Miedos que se elevan como sombras, como lanzas.
Miedos que en la noche cerrada se alzan;
miedos que siempre estuvieron ahí, agazapados, inmersos.

Que me trasladan en el tiempo para hacerme sangrar versos.
Que me transportan a noches sin luna, a callejones desiertos.
Oscuros. A pasos perdidos. A cielos opacos. A universos
sin estrellas.
Sin más huella
ni dedicatoria
que el dolor. Dolor, que a mi pesar, inalterable,
como una espina lacerante, como una daga, como un sable,
va firmando sin miramiento ni misericordia en la memoria…

En tal soledad, en tal hundimiento sin límite, en tal agonía,
¿Quién necesita un poeta y su maldita poesía?



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                              
Murcia, 26-30/09/2014





NO ESTABA EN MIS PLANES

No estaba en mis planes ser escritor.
Tampoco, un excéntrico y anárquico poeta.
No estaba en mis planes contar historias que poco o nada importan,
ni que la vida jugase con mis emociones, con mi corazón;
que me reventase lenta y despiadadamente la ilusión
con sus espejismos,
con sus artificios,
con sus tretas;
como tampoco estaba en mis planes sangrar versos por desamor.

No estaba en mis planes que la vida, ante mis ojos, se deshojara;
que sus páginas, apenas leídas, tan pronto amarillearan.
Que sus flores, hasta entonces luminosas, enseguida envejecieran,
dejándome sólo hojas marchitas;
pétalos declinados,
sueños mutilados,
ilusiones muertas.

No, no estaba en mis planes este sacrificio,
esta permanente invocación a las escenas que me ocasionaron dolor;
este absurdo peregrinaje a mi extravagante masoquismo interior.
A esta necia flagelación del espíritu, a este cruel maleficio,
a esta herida que me causaron las fauces del amor.

Tampoco estaba en mis planes vivir o morir por nadie; sólo al trasluz,
a la silueta de mi soledad, de la tarde y de mis letras,
fui comprendiendo que me equivocaba;
que la noche alargaba
con su mano negra tanto mis sombras,
que en mis mismas negras sombras me ahogaba.
No estaba en mis planes que, sin apenas vivir mi primavera,
se convirtiese, vertiginosa, en un otoño sin luz,
dejándome en la absoluta oscuridad, cercado por mis quimeras.

No estaba en mis propósitos, en mis planes, convertir
mis besos en versos, ni mis versos en besos,
para llegar moribundo y exhausto hasta esta playa,
hasta aquí,
hasta esta neblina de angustia y soledad, hasta esta atalaya
de despropósitos, donde las palabras van precipitándose al vacío
de mi propio hastío.
Al abismo
de mi propio fatalismo,
a la tragedia de mi propio suceso.

No estaba en mis planes vivir deprisa, morir despacio,
para no llegar a ninguna parte, a ningún sitio.
No, no estaba previsto que, en tanto espacio,
esta insultante soledad que se amontona,
no dejase lugar más que al rancio
aroma
del pasado. Pasado que se transforma
en mi memoria, regurgitando, una y otra vez, hipocondría;
pasado, que con irreverencia
se asoma
a mi desgastada existencia.
Que, con impertinencia,
me invade, me sumerge; me arrastra con frecuencia
a esta agonía,
a esta pena
que me encadena,
a este asesinato mental,
a esta caída espiritual,
a esta letanía.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                    
Murcia, 09/10/2014





ME DIJO EL DESAMOR: NO QUIERO SER SÓLO RECUERDO…

No quiero ser sólo un recuerdo en tu vida.
No quiero ser sólo un recuerdo en tus recuerdos, no quiero ser…
No quiero ser olvido, tan sólo por lo que no llegó a suceder.
No quiero ser lágrima vertida,
derramada.
No quiero ser sólo pasado y silencio en tu almohada.

No quiero ser la herida
transferida
de una historia
de desamor eterna;
sé muy bien que la tristeza, en ocasiones se cobija;
se afianza, se aloja, se fija
en los aleros de las ilusiones, devorándolas. Inverna,
se enquista como un tumor en el corazón.
No, no quiero ser sólo historia
en tu memoria
como único motivo, como única razón.

Ni quiero ser beso.
Ni siquiera la suave caricia
que propone con perfidia, con malicia,
la fragancia de la noche. No quiero ser eso…

No quiero ser atardecer en tu mirada
mientras el tiempo transita veloz, con prisa,
engulléndonos, asesinándonos,
esclavizándonos, sometiéndonos;
bordeando, ahora, los proyectos que la misma vida antes imaginaba;
burlando con vehemencia los deseos, agrietando la sonrisa.
No. No quiero ser la encrucijada de nadie.
Ni dilema de nada.

No quiero ser sólo aire.
No quiero ser sólo poema.
No quiero ser sólo letras en tu cuaderno.
No quiero ser en tu vida sólo invierno.
No quiero ser sólo el verso que expire
cuando presientas que la pena
te invade. Cuando imagines que el universo conspire
para llevarte, calle abajo, de caminito a la tristeza…
No quiero ser sólo esa melancolía
que se almacena,
que se deposita en tu alma.

También quisiera ser calma.
Experiencia. Sabiduría.
El regreso, al fin, de tu largo y cansado viaje;
sé que te hice sufrir.
Te hice, en ocasiones, a la fuerza subsistir.

Te hice fuerte en la desgracia, en la inclemencia;
te hice beber el amargo brebaje
que ofrece a unos pocos la supervivencia.

Así que aguarda un instante, no te rindas ahora, espera…
A esta vida embustera,
a este otoño, aún le quedan días de luz y primavera.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                        
Murcia, 17/10/14





LA CARTA QUE PETER PAN NO ESCRIBIÓ  [A LOS REYES MAGOS]

Este crío siempre anciano, destrozado, vetusto;
maltrecho por su propia ansiedad. Por su olvido.
Por la frustración, la ambigüedad y el desamor combusto.
Superviviente, a pedazos, de su propio holocausto.
Víctima ineludible de su pavoroso destino infausto.
Que surcase su pasado con pretérito brío,
aunque concluyó naufragando en los mares de Ulises.
Este efebo triste, de cabellos grises.
Este otro Odiseo sin Penélope, ni camino de regreso a Ítaca.

Este guerrero malherido por la vida;
por la aguja, por el clavo, por la estaca
que se empotra con encono en cada una de sus letras;
en el abismo oscuro de su mirada…
Este muchacho joven para resultar tan viejo,
este impúber que soñó los sueños, los cielos carmesíes del vencejo,
nunca deseó crecer.
¿Quién, pues,
le preguntó a este desgastado Peter Pan
de anhelos de tela, de fantasías de tafetán,
de realidades de cemento y alquitrán,
qué quería ser?

El mundo, ahí afuera —siempre supo de su iniquidad—,
se desploma en cada verso,
a cada paso.
Camina ciego, deambula sin rumbo; camina calle abajo
de la mano incierta de la incierta oscuridad.
De la absurda mano de la cerrazón. De la mentira.
Se sujeta con ímpetu a la niebla de su propia locura.
Al horror. A la desventura.
A la ignominia, al rencor y al odio. El mundo, ahí afuera, gira y gira
en una excentricidad sin medida.
Y sin ni siquiera presentirlo, agónico, delira.

Queridos Reyes Magos, a este niño anciano no le gustó el regalo
de crecer.
Resultó ser una solemne putada, una ofrenda sin consulta.
Una dádiva injusta.
Un obsequio cruel.
Él necesitaba cualquier otra cosa; por ejemplo, un atardecer.
La caricia robada a la noche. Un sueño. Sólo un sueño
para no desfallecer;
únicamente un sueño en el que creer...
Él necesitaba los besos que el destino le negó,
aquellos que no dio;
el beso que, sin llegar a dar, en sus labios se incendió.

Él precisaba del tacto de la piel ardiente y trémula.
Del aroma que dejó olvidada la pasión dormida.
Del rescate del alma cautiva.
Del horizonte sereno. De la fábula
que imaginaron los bardos para sobrevivir. De la brújula
que equilibra a tiempo el tiempo de desatino y desconcierto.
Sí, precisó del acierto
oportuno en el instante en que todo fue incorrecto e inoportuno.
Del calor, de la intensidad de la complicidad; no de la  leve y fugitiva
felicidad; no de la pertinaz, evolutiva
y recalcitrante soledad en el tiempo…
Él sólo buscaba los versos que imaginó, no los poemas que escribió.
Él sólo ansiaba morir algún día en besos,
no sucumbir anclado en los versos que su angustia fabricó.

Y así, la vida, que continuó galopando
como un maleficio, al mismo tiempo le fue olvidando.
Le fue dejando atrás. Muy atrás…
Dejó de hacer guiños, reflejos.
Y sus colores, sus sueños de gaviota, sus ilusiones de vencejo
también huyeron lejos.
Para siempre. Para no regresar.
Y el niño que fue, el niño que era;
el niño que había sido, se quedó dormido en sus quimeras,
contando en sus poemas días y noches frías, contando primaveras,
oteando en el horizonte el color imposible del mar.

Esperando, vencido, la cometa de sus proyectos.
Y ella, que probablemente jamás había visto la luz,
que jamás existió,
y que a la vez el tiempo fue envejeciendo
en algún lugar de su ínfimo universo,
en algún lugar de su mente; sencillamente fue muriendo.
Murió de soledad en sus propias manos,
en su propio llanto,
en su propia bruma,
en su propia pluma,
en sus propios versos,
en su propio pasado imperfecto.
Murió. Sí, murió. Murió sin llegar a saberlo.
Sin llegar a conocerlo.

Y en la penumbra,
este niño anciano sigue cuestionándose. Se hace preguntas,
aún hoy, que continúan aleteando sobre la orilla
de su razón.
Y como llamas en la tiniebla, cabriolan, relumbran,
le producen una hiriente quemazón…
¿Por qué, siempre, la misma carta?
¿Por qué, siempre, la misma astilla
desangrando letras sobre esta cuartilla?

¿Por qué, siempre, este tormento?
¿Por qué, siempre, el mismo argumento?
¿Por qué, siempre, el mismo poso; el mismo fermento
para mi desazón?
¿Por qué, siempre, esta desolación?
¿Por qué, siempre, el mismo infortunio?
¿Por qué, siempre, la misma manifestación?
                                                       


José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                        
Murcia, 23/ 29 de diciembre de 2014





ELLOS, SOY YO. CADA UNA DE ELLAS, TAMBIÉN.

Soy yo. Pero también soy ellos. Cada uno de ellos.
Ellos viven en mí. Dentro de mí.
Soy la luz que divisan al final del túnel. Su faro. Su candil.
Su triste canción de abril.

Soy sus brillos, sus destellos.
Soy su reflejo.
Su lámpara. También su sombra. Y su espejo.
Vivo sus vidas, todas ellas, dentro de mí.

Vivo y sobrevivo como un aprendiz
en lo profundo de sus dramas.
Cuento en silencio sus días.
Su historia también es mía.

Pago por ello cara mi soledad
con mi desvarío. Con mi desatino.
Pago caro sus melancolías.
Sus fobias. Sus manías.
Su desprecio. Su falta de claridad.

Pago caro este peaje.
Este insoportable peregrinaje
al interior de mi propio ser.
En esta ocasión no llevo máscara,
disfraz o antifaz que me oculte, todo queda atrás.
Lo insustancial, la cáscara;
lo banal queda arriba, protegiendo mi fobia social.

Éste es un profundo viaje
sin apenas alforjas ni equipaje
a mis álter ego, a mis otros yo. A mis personajes…
Al interior mismo de mi quimera.

Ellos, entretanto, siguen girando en mi interior
sin tregua; como alimañas, como buitres de carroña,
como bestias insatisfechas,
como un sanguinario y vil depredador.

Siempre en su locura. Siempre en su niebla, en su boira,
en su noria.
Sin más acierto
que el desconcierto.

Sin más camino,
sin más acera, sin más salida, sin más destino
que el destino que sugiere la confusión de mi mente,
la ambigüedad de mi silencio.

O, tal vez, mi desacierto.
Torpeza que propone el caos de mi propio laberinto;
ellos cabriolan dentro de mí, enérgicos, despóticos.
Melancólicos, irónicos, crípticos, escépticos…

En todo caso, sin más existencia,
sin más ánimo, sin más muerte,
que la suerte
que impulse y decida
mi imaginación en cada frase, en cada renglón, en cada texto,
en cada vida,
en cada verso…
Estipulando en cada uno de ellos, quién y por qué, unos sobreviven
y otros, en cambio, permanecen por los siglos silentes e inertes.

Insuflando, a unos, la circunstancia precisa.
Creando, en otros, en un tiempo inexistente,
en un tiempo que no sé medir,
pues sólo me limito a esperar, a presentir,
cómo súbitamente va dándose la forma.

Y cómo todo sucede,
acontece, sobreviene.
De qué modo van a mis entrañas accediendo.
Cómo las piezas se van engarzando,
como perlas, unas sobre otras,
como si de un extraño puzzle se tratara.

Cómo encajan. Cómo, sutil, la idea parpadea intuitiva y penetra.
Cómo la arquitectura se va realizando, se hace a mis ojos perfecta.
También el aura, la fortuna y la desventura.
Todo lo que se enjuiciaba confuso; palabrería inconexa e insensata,
ahora como un sortilegio se rearma, se anuda, se perfila, se desata.
Y el trance y el percance se alinean
cobrando sentido.

Es el instante, es el sino;
que, sin reparar de forma consciente en ello, automático predestino;
creando, configurando, el hado final: es el guión. Es la letra.

Así, vehemente, como el excéntrico y omnipotente geómetra,
mi mente transida va por su cuenta calculando, quién y por qué,
unas se convierten, se hacen
átomos y tenues vuelan hacia la luz. Y otras que también nacen,
en cambio sucumben e indolentes se marchitan. Se deshacen.

Unas,
para hacerse inmortales, danzan a la sombra de mi luna;
bailan al son de mi fantasía,
de mi entelequia.
Bailan al son de este interminable folio con irreverente alevosía;
escondidas tras la melancolía
de mi pluma.

Las otras, las que construyo y luego deshago,
las que consumo y elimino en este amargo trago,
sólo viven para morir en el acontecimiento, en el hecho, en el estrago,
en el verso fútil y aciago
que en ocasiones compongo y más tarde asesino. Más tarde apago.

Aunque todas,
unas y otras, todas ellas,
por encima de mis noches de insomnio,
por encima de mis noches de ceguera y locura,
por encima de mis mundos, mis lunas y mis estrellas,
son parte de mí. Son mis signos.
A ellas me doy. A ellas me entrego. A ellas me asigno.
Es lo que tanto amo. Son mi vida. Son mis letras.
                                                           


José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                              
Murcia, 10/11 de febrero de 2015





EL RECUERDO. 010806
[Parte Primera]

Querido Ayer:

Llevo meses intentando hilvanar un documento
sin el convencimiento final de que éste llegase a su destino, a su puerto.
Quizá también tenga temor. Un extraño miedo.
Es un eclipse que aletea junto a mí, sin saber qué debo hacer al respecto.

Sólo sé que enreda su telaraña sobre mi existencia
y, sólo de vez en cuando, tengo la impresión,
intuyo, que hiciese sombras chinescas en la pared de mi alma
con atinada malevolencia…

Tengo un millón de sentimientos que contarte,
sin embargo, es inútil, tú no puedes oírme. No es el momento.
Tu alma, agrietada, se encuentra prisionera;
se siente atrapada, cautiva
en el pasado. Y, créeme, lo entiendo.

Sólo me cabe, en la distancia, llorar contigo tu dolor.
El injusto dolor de la ausencia.
Una ausencia cruel que detiene nuestros intentos
por avanzar, sin tener la certeza, de saber en qué dirección se quiere ir.
Y en el que, cuando das por hecho que has avanzado un paso,
de repente caes en la cuenta que has retrocedido diez, cien, tal vez, mil.

De repente, sin previo aviso,
aparece, vestido de dolor, como un asesino.
Es de nuevo el recuerdo que emerge castigando
cualquier iniciativa.
Es el cruel juego de la vida.

Y donde sabes, por cierto,
que en este maldito juego no se puede hacer trampas;
al menos, no por mucho tiempo.
Así que de nuevo, el intento, escribe con letras de silencio
nuestros torpes movimientos
y selecciona sus víctimas.

Lo único cierto es lo que hemos vivido; el restante,
el tiempo que nos queda pendiente no se halla a nuestro alcance,
ni lo sospechamos.
Razón por la cual hacer planes es casi siempre el más absurdo
de los proyectos.
Sólo el pasado nos da la seguridad de haber llegado al presente.
Aunque el ayer, puede, en ocasiones,
convertirse en el peor de nuestros enemigos: ése es el recuerdo.

El recuerdo. El recuerdo. El recuerdo…
Siempre el recuerdo.
Siempre zarandeándonos, moviéndonos a su antojo
como hojas muertas, como peleles. Siempre haciéndonos
mirar atrás. Siempre enviándonos, como un presagio,
a nuestra orilla su propia ansiedad: lo que fue, lo que hubo, lo que quedó;
los cadáveres, los restos del hombre, los restos del naufragio.

Siempre derribándonos los propósitos. Siempre atajándonos los sueños…
Los escritores vivimos en cierto modo sumergidos en ellos;
son, de alguna manera, nuestra biblioteca:
la librería de las almas perdidas.

De ese rincón del alma extraemos,
desde los mejores momentos de gozo, de humor o de ironía,
hasta las más infames horas de zozobra.
Personalmente recurro a ella con frecuencia;
la he convertido en mi cómplice a la puta fuerza…

Sólo supongo lo que estás pasando.
Has dejado en el aire miles de preguntas,
preguntas que se alejarán, que jamás tendrán respuesta;
miles de interrogantes que te acompañarán para siempre,
dondequiera que estés o con quién estés.

Dudas que se convertirán en tu sombra,
y en el futuro caminarán e incluso dormirán contigo.
En ocasiones se pondrán de tu parte,
pero en otros casos se enfrentarán a ti, tratando de apalearte,
intentando a toda costa derrumbarte.

Una vez te dije que el tiempo no sabe mirar atrás,
que permanecer en tu isla no te salvaría de la angustia,
que terminarías siendo un ciego, un personaje gris, un ser inerte, sin luz…
¿Por qué no me hiciste caso?
¿Por qué te jugaste la vida a cara o cruz?
¿Por qué has naufragado en tu propia oscuridad?
¿Por qué? ¿Por qué lo has hecho tú?



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                            
Murcia, 04/05/15





TAL VEZ, SÓLO LA VOZ DEL VIENTO. 010806
[Parte Segunda]

He vuelto, no sé por qué, una vez más, a leer la última carta.
He vuelto, de nuevo, sin conseguir dormir, a hundirme en el recuerdo;
en la turbulencia delirante de aquel amor que un día creí nuestro.
Y la memoria, al leer de nuevo el texto, me ha devuelto
precisa y humillante a la sensación de que nunca, en realidad,
fuimos nada tú yo.

Y aquí, ahora, con la mirada pretérita y ajada,
posada sin apenas emoción en el recuerdo que dejaste;
aquí, mientras estos versos construyo.
Aquí, mientras lo que fue nuestro finalmente destruyo;
desentierro letra a letra, sin el menor rastro de orgullo,
reventando contra mi pecho,
el amor que un día deseaste abatir y abatir lograste
bajo la noche callada
en otros labios,
en otros brazos,
en otra almohada,
en otro lecho.

Y repentinamente me detengo, recapacito.
Y medito, sin temor al error: sí, sólo fui el momento.
La ocasión, la oportunidad, el sustento.
Y me pregunto, me repito,
al tiempo que el amor que por ti sentía definitivamente decapito…

¿Qué fue, en qué quedó convertido todo aquello
que ambos sentíamos? Susurro, mientras surge la idea de la palabra.
Mientras brota el destello
de estos versos en mi mente e inútilmente cincelo, vomito, recito,
y en vanos intentos la composición adentello.

¿Qué fue, en qué quedó convertido todo aquello
que ambos sentíamos? Levemente musito.
Mientras vuelo incesante a la fantasía, sin divisar en el verso maldito
la expresión que tanto requiero, que tanto necesito;
la dicción que, sin duda, falta.
La palabra, fugaz e indómita, que busco y no hallo.
La rima, así, asimétrica e imperfecta,
quedará para siempre despedazada en el poema que ensayo.
También la respuesta…

Acaso sólo quedó en el eco de mis poemas, me digo.
Quién sabe si en la evocación de mi pensamiento…
Quizá en un difícil y doloroso olvido.
Tal vez sólo quedó, de aquel ayer, la voz del viento.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                        
Murcia, 05/05/15





ATAVIADA DE NOCHE, SILENCIO Y SOMBRA

Y al cabo, sin que mis palabras suenen a indiferencia
o sepan a distancia, no menoscabo casi nunca su ausencia.
Ya no. Aunque de su esencia
permanezca en mis labios, insignificante, una suave brisa.

Su levedad, como el susurro de una caricia,
quedó anclado, detenido, mágico en el reverso
del tiempo. En ocasiones, me aquieta;
es un bálsamo en mi herida denegrida.
Otras, sin embargo, me incita y aprisa,
se descuelga huraño por mi alma, arañando el verso.

Son sombras que se mecen etéreas en mis manos.
Sólo sombras que pasean por mi casa, silentes, sombrías.
A diario.
Mientras repujo con mi memoria y mis dedos;
mientras modelo,
mientras evoco,
mientras convoco,
mientras convierto la soledad que me abraza, que me hastía;
la insoportable soledad que me habita, en la poesía
de mis propias locuras siempre turbias, siempre umbrías.

De ahí, de tal encrucijada, sólo queda la herida.
Sólo la llaga en carne viva.
Sólo el eco,
que entumecido vive.
Sólo, de tal encuentro, resiste acurrucada en el hueco
que la caridad de mi pluma permite.

Sólo, de tal peripecia, queda el poema que en pie lucha; que sobrevive.
Sin que, por esa razón, la misma sombra que me persigue,
mitigue en mi mente un convulso y afilado temblor.
Al descubrir, sin asombro,
cómo mi vida va cayendo en un foso,
en un fondo de oscuro rencor.

Y, con ella, cuesta abajo, imparables,
todas mis verdades,
mis quimeras, mis miserias,
mis fuliginosas vanidades,
todas mis vehemencias;
mis deseos, mis anhelos,
mis desgastados sueños,
la tenue luz de mis poemas,
mi ocaso, mis recuerdos, mis penas.

La tiniebla que invade, que apresa mi corazón;
mi llanto escondido,
el niño perdido
que soy, que fui. Mi níveo y tembloroso albor,
mi impaciencia, mi rastro de elocuencia
que de nuevo se desmorona, se desintegra,
ataviada de noche, silencio y sombra,
de camino al más lacerante dolor.
                                                                               


José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                  
Murcia, 12/13 /05/15





TIEMPO DE ELECCIONES. TIEMPO DE FILIBUSTEROS.
[Parte Primera]

… Y ahora llega, de nuevo,
como una pandemia, como un castigo bíblico, brutal y certero,
el tiempo de los sátrapas, de los bribones, de los filibusteros.
En cualquier esquina, con cualquier excusa, desde cualquier cornisa,
se descuelgan vendiendo motos sin ruedas, estos jodidos marrulleros.

Todos. Desde los que visten con traje, o circulan en bicicleta,
hasta los que pasean en mangas de camisa,
campechanos, o prefieren como peinado una coleta.
Todos, sin excepción, son infames sabandijas;
da lo mismo que vistan de Armani o calcen chancletas:
después de ser votados, unos y otros, se ocuparán de apretarnos
las clavijas…

Pero, ahora, no. Ahora… ¡Es tiempo de elecciones, señores…!

Comienza, así, la pasarela, la bufonada, el desfile, el baile
de máscaras,
la fiesta, el sarao, el “tinglao”, la villanía, el despelote, la jácara.
Y, desesperados, acojonados, diría, ahora los estrategas,
se empeñan en vendernos a toda costa novelas por entregas;
el tiempo corre, lo saben, el tiempo se acaba, el tiempo termina,
el tiempo, cuenta atrás, arde más aprisa que la bencina.

Y todos: Populares, populistas y “populeros”, caterva de arteros,
nos amenazan, nos advierten del resto; nos comen los sesos,
nos besan el culo, atajo de bandoleros, aviesos confesos.
Otras alineaciones políticas surgen; las llamadas emergentes,
que aprovechan ávidos, sedientos, sin duda,
el declive, la desastrosa, la macanuda, la cojonuda
caída del monolítico y enquistado bipartidismo decadente.
Miembros y “miembras”; “socioslistos” y socialistas,
en otra esquina, ahora, se encuentran excesivamente pendientes,
preocupados por las listas.

Todos, regalan con una mano, escondiendo con la otra
el abuso, la corrupción, el engaño, el despilfarro, la ignominia, la treta…
Todos, desde un extremo a otro, de un color a otro, sin excepción,
nos cuentan los mismos cuentos. Nos cantan la misma canción.
Pero todos, de aquí, de allá de acullá, de uno u otro signo,
ejercen sin el menor recato, honestidad y decencia, de lo mismo:
de ser y haber sido, perfectos alcahuetes y alcahuetas.
Corren malos tiempos para la lírica, los escritores y los poetas;
vocación, ésta, sin futuro, frente a tanto cambio de chaquetas.

Porque, compañeros, es tiempo de caricias, promesas y arrumacos.
Tiempo de parecer formales, tiempo de parecer honestos,
tiempo de fingir, tiempo de buenas intenciones,
tiempo de retóricas,
de palabras huecas,
de falsas emociones
y excelentes presupuestos:
aumento de trabajo, subida de pensiones, bajada de impuestos.
Es tiempo de elecciones,
tiempo de farisaicas acciones,
tiempo de grandilocuencias, guiños a la multitud y exceso de mimos,
departiendo con la gente del pueblo, cervezas, pinchos y vinos.
Es tiempo de avivar las maquinaciones a escondidas,
profiriendo contra el resto vilipendios, negando cajas “B” y corruptelas.
Es tiempo de apuñalar en silencio, tiempo de ofrendas podridas;
tiempo de falsos profetas, de charlatanes, de trileros,
de gañanes sin escrúpulos, de cretinos altaneros
y bandidos y bandidas.

Es tiempo de votaciones. Tiempo de elecciones.
Tiempo de vendernos paraguas rotos y apolillados edredones,
gafas sin cristales para llenarnos los ojos sólo de ilusiones.
Es tiempo, también, para afilarse las zarpas en la espalda de la gente;
en la espalda del crédulo, del triste, del soñador, del inocente,
del desahuciado, del desesperado, del idealista, del trabajador,
del jubilado, del desempleado, del emprendedor.

Pero, sobre todo, y ante todo, del pobre. Del necesitado.
Del que se encuentra más angustiado,
del que se halla más a la deriva, más desorientado.
Del que está más tieso y canino,
en la desesperada esperanza de un cambio de rumbo, de destino.

Creer, amigos, de esta chusma otra cosa es soñar, es estar equivocado.
Profundamente errado.
Sólo es la hora,
sin demora,
de afilarse las uñas en la espalda del vecino.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                  
Murcia, 14/15/05/15





CAMBALACHE [Parte Segunda].

… Pero conseguidos los objetivos;
autonómicas y municipales,
saben que, a la vuelta de la esquina, les acechan las generales.
Así que, sin perder la entereza
ni los estribos;
sin quitar, por supuesto, el ojo de las listas,
con su habitual destreza,
saldrán en tropel evangelizadores y oportunistas;
sagaces, avispados y vivos.
Habiendo creado previamente entre sí pactos, alianzas y acuerdos,
en su desesperado intento por todos los medios,
unos y otros, de atraernos.

Para ello, no dudarán en vendernos
espejismos;
relojes chapados, sin cuerda ni agujas.
Ruedas cuadradas. Y azules, rojas, naranjas y violetas burbujas.
No se detendrán hasta seducirnos
con su prosaica palabrería, con sus marchitados juramentos
de vendedor de apartamentos.

Al final, como excelentes mercaderes, acabarán vendiéndonos,
a precio de coste, sacos de nubes y humo;
palabras necias vestidas de quimeras
y cielos de cobalto;
noches de pasión encendidas
y sueños de basalto.
Días de serenidad y felicidad imposibles.
Futuros colmados de dicha. Futuros excelsos e increíbles.

Aconteceres plenos, repletos de bienestar y bonanza.
Y mientras en los cuatros próximos años vamos perdiendo la sonrisa
con las decepciones acumuladas; estos filibusteros,
estos predecibles “pitonisos” y pitonisas
de medio pelo
entre promesas de barro, olvidos premeditados y medias risas,
andarán a nuestra costa y nuestro esfuerzo, de nuevo,
llenándose la panza.

El mundo, como reza la canción de “Cambalache”,
de Enrique Santos Discépolo, fue y será una porquería.
Yo, tras lo expuesto, sumaría,
sin temor al error que es un bazar, una feria, un puto galimatías;
algunos besos,
algunos recuerdos,
algunos sueños,
siempre serán de color azabache.

Nada permanece eternamente. Todo se suaviza.
Con la edad todo se relativiza.
Todo se va relativizando; el amor, la herida, el odio, la rabia, la ira.
Cada noche trae de la mano un nuevo día. Todo gira…
La noche es oscura. La luz ilumina;
la historia de mi historia en mi memoria se difumina.
El dolor, por fin, en mi alma, se aquieta, se va aquietando.
Porque el tiempo, suave, sin prisa,
sin decirlo, sé que atrás me va dejando.

Todo, como conclusión, está inventado.
Casi nada me conmueve. Ya apenas me conmuevo.
La única verdad es que todo es mentira.
Este mundo es un mercado,
un lupanar, una mancebía, una travesía atestada de yiras.
Aquí, cada uno va a la suya. Y como resultado,
los que dependemos sin remedio alguno de ínclitos
encantadores de serpientes y esclarecidos políticos
—no hay que ser excesivamente analítico—:
unos novatos incautos, unos ilusos utópicos.

Así son las cosas, cada uno va a su apaño, a lo suyo.
Afiladas verdades.
Afiladas como púas, letales como puñales.
Voces de corrala. Cotilleos de barrio. Chismorreos. Murmullos.
Verdades como puños. Insoportables verdades de Perogrullo.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                 
Murcia, 25-26/05/15





MOTIVOS PARA NO DECIR ADIÓS

Sé que me iré. No sé a dónde, pero me iré.
No sé qué viento, en mi marcha, me acariciará ni acariciaré.
Tampoco, en qué lugar dejaré caer mis fatigados huesos,
firmaré mis últimos versos,
ni qué titilante estrella velará mi sueño de cara al mar.
Ni siquiera en qué playa.
Pero cuando llegue ese día, lo sabré.
Y cuando lo haga,
cuando sepa que es mi hora, cuando me vaya,
no intentaré de ningún modo mirar atrás.
Ni por supuesto lo desearé.
No buscaré con la mirada despedida alguna.
¿A quién? ¿Por qué? ¿Para qué…?

La arena de la orilla será mi lecho, mi cama,
el rumor de las olas mi canción de cuna.
Y así, sereno,
mirando el cielo,
y a esa polvorienta Luna
que enciende, ilumina y olvida caminos,
me dormiré.
Quien deba estar, estará.
Quien no deba estar, que no esté.

No necesito,
ahora, próximo a mi ida, el bisbiseo. Mucho menos ese silencio a gritos
que con frecuencia me llama, me golpea,
que en mi mente se detiene, me araña, aletea;
me conduce sin piedad a esta feroz soledad que me invade.
Ese silencio que dentro de mi alma germina, florece, crece,
como una sombra de ojos felinos que jamás se desvanece.
Y sigue, aun con los años, quemando en mi interior como una tea.
Son ellos, todos mis sueños, los que crepitan, los que musitan.
Son ellos, mis sueños robados, por la realidad cercenada,
los que aúllan, los que gritan.
En realidad, ahora, ya por nadie. En realidad, ahora, ya por nada.

No necesito,
ahora, próximo a mi marcha, a mi viaje, el adiós de aquellos.
Sólo eran ruidos, ecos, bullicios, aullidos; sólo eran reflejos, destellos,
de lo que mi necesidad imaginaba real.
Pero otra vez me equivocaba.
Mi pasado fue una auténtica falacia;
la gente que atravesó mi vida fue hipócrita, falsa, desleal.
Para mi espíritu, para mi alma, una tumefacción infecciosa y letal.
Buscaron en mí, de mí, sólo la circunstancia,
la oportunidad.
El momento. Nunca, por esa causa, creí en la amistad
tampoco en el amor. No. Nunca a tiempo completo. Nunca del todo;
pues detrás de dulces rostros pude descubrir falsedad, traición y lodo.
Iniquidad.

Mi percepción, en una secreta llamada, me avisaba.
Presto ponía en marcha la protección
debida a mi corazón.
Mi perspicacia casi nunca equivocaba sus latidos, su intuición.
No erraba con las entelequias que provoca la banalidad,
la felonía, la mediocridad, la ordinariez, la superficialidad.

No anhelaré, por tal motivo,
el abrazo de aquellos que un día se dijeron amigos míos.
Ni de aquellas otras personas que susurraron a mi oído,
como sirenas de Ulises, embaucadoras palabras de amor.
No. Créeme;
hace tiempo que esas voces me olvidaron.
Hace tiempo que también yo las olvidé.

Sólo deseo que, en ese final de viaje que se lento se aproxima,
estés a mi lado, amor. Estés conmigo.
Dándome cobijo, dándome abrigo
en esos instantes que aún decaigo, que presagio, que maldigo.
Lo demás no importará. Lo demás ya sucedió. El ayer no me lastima.
Juntos veremos emerger el alba. Y extender su manto la neblina.
Sólo un día más deseo amanecer contigo.
Cogidos de la mano, miraremos el mar,
y en la línea imprecisa del horizonte, sucumbir rendido el ocaso.
Pero sobre todo, de nuevo, preciso volver a creer en el amor. Volver a amar.
Y completo al fin, algún día, poder morir en tus brazos.

Para el resto del mundo, como ves, amor mío, mis letras disemino
y sin modestia ni temor avillano.
Esparzo mi suerte en trazos. En trazos y signos;
empleando, nunca mejores palabras en mi atino,
que los versos del gran poeta sevillano:

Y al cabo, nada os debo;
me debéis cuanto escribo,
a mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que alimenta y el lecho en donde yago.”



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                 
Murcia, 28-29/05/15





¿TE ACUERDAS DE AQUELLA CANCIÓN?

¿Te acuerdas de aquella canción?
Es la misma que habitó nuestras almas aquel verano.
La misma que aún resuena en mi mente,
cuando, sin pretenderlo,
se cuela en mis sentimientos, en mis sentidos y, evanescente,
te sueño.

Es entonces, cuando absorto y silente,
quedo atrapado un instante en mi pasado, y sin apenas saberlo,
convoco mis recuerdos.
Es, cuando el pasado, desde su pasado,
colmado de pasos e inconfesables huellas de sigilo, me reclama;
a escondidas, en un velo de secretos, me llama.
Y, una vez más, quedo prendido en mi propio silencio.

¿Te acuerdas de aquella canción?
¿Recuerdas cuánto nos dijo?
¿Cuánto nos habló, cuánto nos acarició?
¿Cuánto nos transportó a la melancolía? ¿Cuánto nos predijo?
¿Cuánto, en el suspiro, nos elevó?

Yo la advierto flotar ante mí, en mis horas de hipocondría;
en esas horas en que la marea del recuerdo de nuevo me arrastra,
me lastima.
Me lleva hasta su playa; una playa perdida, repleta de ayeres.
Mientras yo, dominado, vencido por la melancolía,
me dejo llevar, me dejo invadir los ojos, la memoria y las emociones
de pretéritos sucesos; de viejos aconteceres.
De sensaciones que no han de volver.

¿Te acuerdas de aquella canción?
¿No fue la misma que destrozó mi alma?
¿No fue la misma que me hizo perder?
¿No fue la misma que descuartizó todo mi ser?
¿No fue la misma, que asomada al afligido rincón de vida,
me hizo padecer una herida infame y cruel?

Tantas veces me habló de ti,
en mi soledad.
Tantas veces escuché decir
la palabra ‘amor’, en la falsedad…
Que, ahora, en mi malquerencia,
en mi maldad,
en mi encono, en mi indolencia,
en mi legitimidad,
en mi defensa, al oír su música, me diré: sólo cabe olvidar.
Olvidar y caminar. Siempre caminar.
Caminar, olvidar y dejar, si puedo, mi pasado y tus sombras atrás.
                                                                               


José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                    
Murcia, 18/06/2015





CENIZAS

¿De verdad creías, que tras saquear mi vida
y mi alma como un vulgar ladrón;
entrando, aniquilando, destrozando mi corazón,
haciéndome caer al foso donde se liberan los suicidas,
ibas, querida, a escapar sin heridas?

¿De verdad esperabas, que tras hundir mi dignidad en la desventura,
poniendo patas arriba
mis noches de soledad y mis sombras, también mis días;
la luz de mis poemas, mi cordura,
mi dramática ironía,
la sal de mis ojos, mi locura,
ibas, querida, a zafarte ilesa del odio que provoca la conjura?

¿De verdad calculabas, que tras abocarme a la tristeza más clamorosa,
al llanto más silencioso, letal y despiadado,
al pánico más lacerante, a la oscuridad más tenebrosa,
haciendo regresar a mi mente imágenes de antiguos naufragios,
podría perdonar, alma mía, la insolencia del agravio?

¿De verdad pensabas, que extraviando en tu cruel artificio
mi escasa sensatez,
empujándome de nuevo, empujándome otra vez,
al más absoluto y caótico delirio;
a caminar perdido por mi maltrecho equilibrio,
olvidaría tu estilo, tu comportamiento, tu proceder?
¿De verdad imaginabas, querida,
que tras robar el destello de mis emociones,
calcinando con tu impensada demencia cada una de mis ilusiones,
podrías evadirte sin heridas?
¿De verdad, lo creías…?

¿De verdad suponías, que tras romperme por fuera y por dentro,
reventando sin piedad, uno a uno mis sueños,
mutilando sin miramientos mis sentimientos,
ibas a salir indemne de mi resentimiento?

¿Qué creías, que tras desangrarme en versos
que otrora fueran besos,
que tras destruirme en mil pedazos,
iba a olvidar el error, el autor y los hachazos?
La revancha, es cierto, tardó en llegar;
todo el tiempo que mi corazón tardó en reponerse. Sólo era cuestión
de esperar.

De esta sórdida manera, al final, los dos fuimos víctimas. Víctimas
y protagonistas
de esta guerra, de este duelo sin sentido,
de esta batalla de antemano perdida.
De esta estúpida encrucijada.

De esta llaga que sangra. De esta herida jamás redimida.
De este patético vodevil, de esta mascarada
que no nos condujo más que al desastre y al olvido.
Y donde habiendo sido todo, donde habiendo sido tanto, todo quedó
en nada.

Dejando, a su paso, cenizas; sólo sombras y deshechos...
Pues, ahora tú, con la misma moneda pagada,
si no contentos, por encontrarnos destruidos,
sí al menos, ambos, nos sentimos en la vendetta cumplidos.
Cumplidos y satisfechos.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                        
Murcia, 7- 10/07/2015





UN HOMBRE A MEDIAS

Vivir o sobrevivir…
Son palabras que nunca pude distinguir,
atrapado entre la realidad y el sueño.
Caminar con medias suelas en el alma por la vida,
en una vida frustrada. Maniatada por los errores cometidos; dividida…

Deambular entre mis propias sombras, casi siempre extraviado,
prisionero de la incierta mano del desasosiego;
achicando, en mi personal naufragio, tempestades y vaivenes
en una realidad que me devoraba y hería.

Sentir cómo, sin morir, de alguna forma moría
sólo por creerme diferente
me hacía sentir distinto, distante.
Solo. Abandonado.
Dejando transcurrir, quizá, oportunidades. Tal vez, trenes
que me condujesen más allá del horizonte.
Lejos.
Pero una vez más, mis sueños de vencejo,
me dejaron atrás;
no me dejaron reaccionar.
Tuve miedo.

Aunque no. No era así. No fue exactamente así…

Tan sólo me quedé aferrado. Atado.
Me quedé lloriqueando en el pasado.
Lamentándome y escribiendo
aquellos versos que luego me negué, que no llegué a escribir,
que jamás quise ni supe decir…

Todos ellos, víctimas ineludibles de amores inconclusos.
Amores malditos, amores infames, amores eternos, amores intrusos,
que únicamente habían asaltado mi espíritu para hacerme sucumbir,
dejando a su paso, en el ingenuo iluso,
un inmenso rastro de espejismos desiertos;
de ilusiones vencidas,
de sueños muertos.
Y miles, millones de heridas
en el ambiguo e imperfecto trayecto.

Callejeé entre la noche y el alba, ladrando a la luna versos
traspasados por la melancolía.
Vagué tras mis huellas, tras mis poemas, inmerso en mi universo,
mientras la noche agonizaba dando paso al día.
Pero también, mientras, sin apreciarlo, pasaba silente e inexorable la vida...
Mientras la rueca mortal del destino iba tejiendo.
En silencio tejía.
Mientras las hojas de la primavera, una a una, iban cayendo.
En silencio caían.
Mientras la realidad iba tomando forma y la ilusión se iba durmiendo.
En silencio se dormía.

Entretanto, a escondidas, el otoño surgía;
iba, despacio y aprisa surgiendo,
en el criptograma atroz de mi agonía.
Y simplemente, ésta, la adolescencia, en una fragancia de adiós,
adiós me decía.
Y en ese duelo sangriento
de miradas y silencios,
sutil se desvanecía…
Se fue desvaneciendo.

Así, los besos que no di, se fueron olvidando;
se desleían.
Así, la juventud que no logré vivir, se fue quedando
en mis manos dormida.
Y así, la vida,
que, entretanto su color y su calor habían ido perdiendo,
se convirtieron en fantasmas de desengaño y monotonía.

En un inútil, curvo y absurdo vuelo. En una mascarada.
Ya que, el coraje que entonces invadía mi alma
lentamente se diluía,
se convertía en calma.
Y la herida
por los versos y las lágrimas silenciada,
al fin, poco a poco, desaparecía
reduciendo mis ilusiones a casi nada.

Vivencias. Vivencias. Vivencias…
Retazos, sorbos, que han hecho de mí,
en esta tragicomedia
que llamamos existencia,
un trovador; un vagabundo sin mucho qué expresar ni qué decir.
Quizá, un Cuentacuentos. Puede, que un contador de historias.
Pero sin lugar a dudas, en esta noria
que es vivir,
lo sé bien, sólo un hombre a medias.                              

                                                           

José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                              
Murcia, 27/28 de agosto de 2015





LAS CARTAS DE PENÉLOPE

Navegaba.
Navegaba otra vez hacia el interior de mi mundo.
Viajaba, sin velas, con viento favorable y suave. Nada me inquietaba.
Buscaba el terciopelo de la noche que pintase en sus versos Neruda;
la noche trémula y estrellada.
Intuyendo, próximo a mí, el influjo
de la palabra aún en mi pluma callada.
Percibiendo cercano el poema quebrado en mi memoria por los años.
Transitaba, tranquilo, sereno, por mi océano oscuro y mudo.
Todo era quietud en mi oscuridad pausada.

Buscaba la lluvia de otros otoños,
que atrás, sólo en mi mirada, quedaran.
Las estrellas
extraviadas de mi firmamento; los atardeceres encendidos,
los besos sepultados, los retazos de amores perdidos.
Huellas. Sólo huellas en la arena de mi playa;
pisadas, restos, signos,
señales, trozos que rescatar de mí mismo…

…De súbito,
un golpe, una bofetada,
un estrepitoso vaivén, un cortocircuito
invadió mi fantasía, secó mi garganta;
emergiendo, del herrumbroso ayer, el engendro de cabellera dorada.
El mismo que destrozó mi vida. El mismo que condenó mi alma,
engulléndome otra vez hacia mi propio abismo…
Al instante, mi sentido atribulado, mi mente transida,
al ver de nuevo los textos que le brindé, abrió de par en par la herida…

Eran las cartas que le dediqué.
Era el fuego que ardía en mí.
Eran las caricias, los besos que le di.
Eran las lágrimas que vertí.
Eran los poemas que lloré.

Y sin aliento, poco a poco, detuve mis pasos.
Y de nuevo, me derrumbé.
El recuerdo, de un manotazo me arrebató el gesto, la mueca,
llevándome lejos;
dejándome sin fuerzas, laxo, como una polichinela sin vida, hueca;
sin emociones.
Abocándome, desalmado, a situaciones de angustia
que no merecía: a sus traiciones.
Y otra vez, como la primera vez, la odié.

¿Cómo fui tan ciego?
¿Cómo fui tan necio?
¿Cómo fui tan loco?
¿Cómo pude amarla de aquella forma?
¿Cómo pude quererla de aquella manera,
sin reservas ni medida?
¿Cómo, mi alma, pudo quedar tanto tiempo atrapada, conferida
al daño irreparable de su traición?
Me pregunté…

Sólo la voz del silencio, en un susurro de silencios, respondió:
“Penélope, en tu vida,
en tus versos, acuérdate, murió.
No sufras, un segundo más, por quien no te amó.
Por quien de ti se burló.
Por quien tan despiadadamente te traicionó.
Nadie se queda con nada de nadie, cierra ya la herida
de tu maltrecho corazón.

Todo, sin duda,
antes o después, aquí se paga. Es la factura
que brinda el destino a las deudas del amor. Créeme, da por válida esta sabia afirmación;
lacra la pena, la aflicción
que te habita, sella para siempre la tristeza que te invade, la melancolía renegrida…
Y deja, ahora, que penetre el oxígeno de un nuevo amor en tu alma apaleada y desfallecida.”
                       


José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                        
Murcia, 05/09/15





LA ENTREVISTA LABORAL
[PARA MAYORES DE 55 AÑOS]

Me siento frente al reclutador relativamente templado;
tengo canas, llevo a mis espaldas algunos tiros pegados.
Confieso sin pudor haber sido un buen marino y navegado
en este tipo de aguas, de mares, muchos años. Sé bien lo que hago.

Me mira. No disimula, me estudia sin recato;
intentando, por mis gestos predecir si finjo, si acaso miento…
Eso, chaval, lo sé desde hace un rato,
me digo en silencio.
Adivino, ladino, y sonriente acato.

Lo sé. Sé que no hay otro modo.
Sé que no tengo más opciones que expresar interés
en el proyecto, sea el que fuere. Al menos, hasta saber
cómo será, en qué consiste mi contrato;
cuánto tiempo tendré que viajar, qué labores tendré que hacer,
cuánto voy a recibir cada mes…
Intento, pues,
dejar a un lado recelos, y con ahínco trato
de no sentirme vacilante, inseguro, timorato.

El suplicio y el tedio
de lo reiterado a lo largo de los años
pronto germinan: otra vez me encuentro frente a los cuestionarios,
las putas pruebas psicotécnicas, los putos test.
Que, omnívoros, engullen sin compasión mi estoicismo poco después,
sólo a escasos minutos de comenzada la vista.
En fin, medito, qué le voy a hacer…
Repaso. Repaso y ensayo.
A regañadientes esgrimo, entallo,
mi más fingida mueca
de donjuán de discoteca.
Es, al fin y al cabo, una idea emocionalmente prevista
de cara a la entrevista.

Es lo que hay, sí. Pero siempre igual. Siempre la misma canción.
¡Qué tostón, qué lata, qué aburrida acústica!
¿No habrá en esta sala de fiestas otra música?
Pues no. Por lo visto, no. Siempre es lo mismo.
Siempre pisando el mismo lodo, el mismo fango.
Siempre danzando como un fantoche el mismo tango,
la misma milonga.
La misma copla, la misma apolillada cantinela, la misma conga…
Todo por un mendrugo, por un trozo de pan.
“Qué futuro”, cavilo y asiento afligido;
qué bien, qué alegría, vaya un plan…

Un chusco, una migaja,
es mucho más que nada,
reflexiono a renglón seguido.
Descontracturo un segundo la espalda, el cuello, y sigo
como un colegial haciendo equis, garabatos y signos.
También sé que observa como una cobra mis movimientos.
Su mirada, carente de sentimientos,
sólo intenta descubrir un enemigo.

Lo sé, chaval, me digo:
no intentes hallar lo que no existe. No, al menos, conmigo.
No soy un “trepa”. No busco medallas. Ni siquiera un pódium.
Soy veterano. Tengo experiencia. Soy legal.
¿Has echado, por casualidad, un vistazo a mi currículum?
Sólo busco un curro, un trabajo digno, una faena normal.

¿Qué voy a hacer? ¿Probamos, si quieres, a eliminar de repente
a los mayores de cincuenta y cinco?
Lo lamento, mi carnet de identidad no simula, no miente.
Puedo intentar dar un salto en el tiempo al pasado, un brinco,
y ver qué sucede…
Pero el caso es que no me arrepiento de la edad que tengo:
nací, para mal o para bien, en el cincuenta y siete.

Me he puesto mi mejor traje.
He estrenado mi mejor camisa.
He esbozado mi mejor y más postiza sonrisa.
Le he echado huevos al asunto. Huevos, ilusión y coraje.
Me concentro. Aparto de mi mente estorbos e inquietudes. Las derribo.
Procuro no oler a tabaco, ese que tan bien me sabe cuando escribo.
Ni a café, ese que tanto saboreo cuando pienso en ti, amor.
Pero ni por esas, sospecho, calculo con temor
a extraviar el ánimo y la valentía: mis dos señeros estribos.

Así, a mi pesar,
tras conversar,
y por mi parte intentar causar
la mejor impresión,
el entrevistador corta de un tajo cualquier atisbo de conversación;
consulta su reloj: presiento que me voy de tiempo.
Mala, muy mala sensación…
Y a la artificial cordialidad, sumada a la parca, hosca y sucinta
despedida: “Ya le llamaremos…”, en lo único que me hace pensar
que piensa,
es que de dónde diantres he salido yo con esta decimonónica pinta.

Sé que no me llamarán, excedo, según ellos, con mucho la edad.
Considero por ello sumamente injusta esta farisaica sociedad
que excluye de forma fulminante a los mayores. Lo digo alto y claro.
Lo digo y lo reitero.
Para mí éste es un asunto muy serio, lo digo de antemano.
¿Dónde estaban estos niños de “Recursos Inhumanos”
cuando yo cabalgaba semanas enteras de ciudad en ciudad?
¿Dónde estaban estos mequetrefes, estos alfeñiques de medio pelo,
cuando yo viajaba sin descanso de pueblo en pueblo
como un apátrida, como un titiritero?



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                
Murcia, 08/09/15





DIOSES DE BARRO
[Parte Primera]

Ya fui advertido por mis angustias de niño y los miedos
que asistían cada noche, en silencio, mi pequeña estancia
de cómo eras, cómo actuabas, cómo te comportabas conmigo.
Tuve claro que te estorbaba, que te molestaba mi presencia.
Que sólo era, por decirlo de la mejor manera posible, la oveja perdida.
La oveja negra. La oveja descarriada y renegrida.

No quise razonar, en ese instante no pude. Me mataba
su abandono, su ausencia, mi recién estrenada melancolía de poeta…
Eran excesivamente turbulentas las heridas que arrastraba,
demasiado el peso
que soportaba.
Y me fui cobijando,
sin querer o queriendo,
en mi mundo, en mis poemas, en mis lamentos.

En otros proyectos,
en otros sueños,
en otros fracasos,
en otros brazos.
en otros besos.

Entretanto, me negaba a creer, me negaba a creerlo.
Quizá, no quise considerarlo,
aunque lo sabía: se veía, aunque no quisiera verlo.
Pero, ¿quién, con tales señales, no podría antes o después suponerlo?

Tuve que hacerme muy mayor y llegar hasta aquí para tenerlo claro,
para darme cuenta, para aceptarlo.
Para comprender, de una puta vez, la cruenta
situación. La cruel realidad. Y la realidad es que nunca,
por más que lo intentase, llegué a ser para ti algo significativo
u otra cosa que un hombre descarriado.
Tal vez, un perdedor perdido...

Sí, me digo
ahora, en un acto envenenado, envejecido
y postrimero de rebeldía.
Tuve que haber reaccionado;
alejarme para siempre y por siempre de tu lado.
Tuve que haber aprendido
la lección magistral que, sin hablar, me enviaba la vida.

Pues a diferencia de lo que siempre había oído,
a diferencia de lo que creía,
no siempre el enemigo
se situaba frente a mí, sino a mi reverso, en mi propia compañía.
Casi dormía en mi cama y me daba de comer frustración
y mortíferas dosis de melancolía.
De ahí, de tus actos, mi encono, mi rebelión.
De ahí, de tu odio hacía a mí, hoy, mi poema, mi canción.

Ya me anunciaron las sombras que te idolatraron en su día;
que te elevaron sin motivos sobre el mundo como a un dios,
que te hicieron ante mis ojos
de crío la persona más importante del universo, que me influirías
mucho más de lo que yo hubiese deseado que fuera.
Y así habría de ocurrir. Así sería…
Hasta lograr hacer de mi ya abatida vida, por los errores cometidos,
un guiñapo, un trapo sucio y viejo,
un reloj sin cuerda,
un verso a medias,
un trotamundos, un despojo.
Ya que, aprovechaste sin compasión mis solemnes caídas,
los tropiezos, las perfidias, las zancadillas,
las trampas que me tejió el destino,
para hacer, con tu actitud, de mi escaso mi ánimo, papilla, astillas.

Por supuesto que recuerdo en estas horas bajas
cada una de las patadas que han roto mi boca, cómo olvidarlas...
Cómo olvidar cada uno de tus gestos de indiferencia.
Cada una de tus agrias críticas.
Cada una de tus miradas de descrédito, de burla, de ira.
Cada una de tus muecas de malquerencia.
Tu probablemente velada envidia a través de la misma insolencia.

Tengo claro, que yo, al contrario que tú, erré, sí.
Que me equivoqué en ocasiones por el hecho de vivir;
pero no confiné, no restringí mi afortunada o desdichada existencia,
a juzgar a los demás desde una butaca con manifiesta indolencia.

Es patético saber lo que sé. Es trágico descubrir
que, en tu incombustible impiedad y menosprecio
hacía a mí,
sólo aquietas, sólo aplacas tu paupérrima conciencia
con las monedas que como a un pordiosero me arrojas;
sabiendo que tu opinión continúa invariable. También tu desprecio.

Advertir, como advierto, que en el fondo te devora la hipocresía. Que finges.
Que rezumas una oscura, maldita y pestilente falsedad.
Ya ves,
qué secreto a voces el de este decrépito y damasceno mercader.

Qué enigma en tu anciana mirada se adivina, se aloja…
Qué absurda paradoja,
qué contradicción, qué extraña reciprocidad, qué falta de aprecio;
que yo haya intentado ser tu amigo, dispensar con el tiempo tu maldad,
tu intransigencia, tu iracundo carácter, tus ofensas, tu despotismo
a lo largo de todos estos años, y tú, tristemente, sigas siendo el mismo.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                    
Murcia, 09/11/15





YA ME SIENTO MEJOR…

He recorrido medio mundo. O mejor dicho, el mundo entero,
detrás de sueños de necio quijote; de incorregible obtuso altanero.
Aunque, ahora que sobre ello reflexiono, no tengo ni idea de dónde los dejé…
Tal vez, en un arrebato, en el primer sitio que encontré;
en la primera calle, según se sube, a mano derecha: en el vertedero.
Tampoco importa demasiado. La mayoría de ellos, fueron con la edad muriendo;
los demás, en la frustración se han ido mansamente desluciendo.
Y el resto, me importan lo mismo que yo a ellos les importé.

Ya me siento más contento y motivado
al presentir que esto, por fin, se ha ido a la mierda; que ha terminado.
Ya me siento mucho mejor. Más acabado.
Ahora que tengo todo el tiempo que me queda,
puedo ver con más claridad que nunca las espinas en el rosal;
soy capaz de distinguir desde lejos los besos de seda
de aquellos que sólo fueron de sal.

Ahora que nada era cómo imaginé
y sólo soñé que soñaba…
Ahora que el tiempo con impaciencia
me devora.
Ahora que mi existencia,
amada mía, en tu puerto ancora…
Ahora que no he conseguido retener nada de lo que ayer logré.
Ahora que he descendido de la nube que habitaba.
Ahora que he renunciado a las fantasías que sublimé.
Ahora y en la hora de mi muerte, amén…
Intento seleccionar rigurosamente mi pensamiento, y cribo.
Necesito vomitar. Necesito pensar. También escribir. Y escribo...

Ahora que me he vuelto un ser vulgar,
una persona sensata y despreciable; un adulto patético e icástico.
Ahora que sé que mis sueños me ignoran,
que mis gaviotas marcharon lejos con mi álter ego; que ya no moran
en mi almohada, que ya no lloran, ha llegado la solemne hora
de contemplar reflexivo este mundo de inmundicia y plástico.

Ya me siento mejor.
Más perdido, más confundido, más herido en el amor.
Así que, en lo sucesivo, me lo prometo. Hasta por Dios me lo juro:
no volveré a soñar. Me negaré las ilusiones,
las cantinelas, las monsergas, las emociones,
los atrevimientos...
Me haré mayor. Mayor, juicioso y circunspecto.
Y desde luego, este ruego, este sortilegio, este conjuro,
este documento,
tampoco tendrá marcha atrás.
Sólo lucharé por ti y por mí. Por nadie más.

La vida, inmensa ladrona, inmunda sabandija,
con sus golpes, sus cuchilladas, sus falsas deidades y sus mentiras,
mi alma saquea, mi espíritu desvalija;
me deja nítido el mensaje del estrepitoso error.
Ya me siento más aliviado y mejor.
Más vencido, más engañado, más envilecido en el rencor.

Ya me siento mejor. Casi nada me emociona. Apenas me incomodo;
muchas de las personas que conozco y conocí,
llenaron mis ojos de lágrimas, vaciaron a palos mis ansias de vivir.
Me usurparon la paz,
los bolsillos, el sosiego, el sueño, la bondad, el canto, la risa;
me dejaron como un auténtico chiflado bailando en la cornisa,
desnudo. Tan desnudo, como los hijos de la mar.
Me destriparon, me dieron la espalda, me olvidaron, me lo quitaron todo.
Me hundieron en la miseria, me hundieron sin piedad en el puto lodo…

He aprendido la lección.
Sin duda alguna. He aprobado con nota.
He dejado de ser aquel idiota.
Ya soy un verdadero cabrón.
Ya me siento mucho mejor. Más dolido. Más destruido. Más destructor.
Menos soñador. Más realista. Más cuentista. Más actor.
Más mediocre. Menos altruista. Más egoísta. Más conspirador.
Más escamoteador. Más ladino. Más anodino. Más calculador.
Ya me siento mejor. Más defraudado. Más fullero. Más adulador.
Más deshumanizado. Más despechado. Más traidor.
Más repugnante. Más insecto. Más infecto. Más depredador.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                
Murcia, 11-12/11/15





EL ADIÓS MÁS LARGO
[AHORA QUE LA MEMORIA…]

Menos mal,
me digo, que en este baile de máscaras, en este carnaval,
aún me queda intacta la memoria
para evocar, ahora que todavía mi recuerdo lo permite, con ironía,
la calamitosa historia
de nuestro patético final.

Aún retengo en el centro de mi desprecio, el melodramático folletín
que me hiciste atravesar, soportar, maldecir, e incluso vivir.
Y también, cómo no, el bochornoso vodevil
al que tuve que, por cojones, asistir.
Mientras, tú, conspiradora y fría;
a mis espaldas, mi desestimada y diabólica arpía,
ya habías practicado con sobrado arte el cubano, el griego y el latín.

Y cuando, haciéndote pasar por mojigata,
sólo interpretabas con auténtica destreza tu mejor papel de actriz.
De ‘femme fatale’. De víctima. Pero también de infecto reptil.
Pues fue así,
cómo astuta y ladina, sagaz rata,
trazaste, sabes que lo sé,
en secreto tu plan ‘B’;
tu proyecto, tu propósito, tu meditado y cruel desliz.

Es ahora. Ahora que mis sentidos no te buscan, no te lloran.
Ahora que mi evocación no te extraña, no te añora,
el instante exacto de verte caer.
Porque es ahora, también; ahora que mi memoria aún no falla,
cuando resuenan en mi cerebro todas tus mentiras como letal metralla;
cuando tus palabras huecas todavía se retuercen, rebotan, estallan,
sólo con cierta virulencia en el fondo de mi ser.

Menos mal que en esta historia
sobrevive, me ampara la memoria;
para distinguir, para saber,
que no me harás más daño.
Y dónde, obviamente, no he de volver.
Pues este poema, tal vez,
el más extenso; esta jaculatoria,
cierra con fuerza el libro que ambos tuvimos ayer.

Menos mal, medito, mirando al cielo otra vez,
que me socorre la memoria;
al recordar de qué miserable manera hundiste sin dudar mis sueños
en tu perturbado afán por seguir tu desmedida ambición.
Para eso,
para tan vil proceso,
para tan repugnante acción,
no vacilaste un segundo en serme infiel; en acuchillar mi canción.
Mi canción, mis poemas y mis besos.

Ese era sin duda, así lo sospecho, el precio que tuve que pagar…
Y mientras yo soñaba con regresar,
cada día, al que era nuestro hogar,
muy alejado del amor que simulabas, y de ti,
lo presentí,
tú anhelabas, sin embargo, escapar, huir.
O, simplemente, no regresar.
Tu codicia, tu ansia de poder, era más fuerte que tú misma.
Esa maléfica pócima se transformó en tu propio sofisma.

De esa forma, de tu apetito por aparentar;
de presumir, de sacar panza hasta reventar,
fuiste convirtiéndote en tu propio enemigo.
En tu propio abismo. En tu propio mendigo.
Y de ello, he de ser testigo…
Preferiste, en suma, grandilocuentes palabras de hormigón.
Toda la charlatanería y la oratoria del payaso, del bufón.

La etérea posibilidad de que sonase el cálamo
a la sombra del álamo
te hipnotizó. Tan sólo porque te sentiste reina por un día.
Tan sólo porque te juró que la luna y la Vía Láctea te bajaría.
Cuando su intención, y quizá la tuya, fue iros juntos al tálamo.

Finalmente, aducida,
te esfumaste de mi vida.
Invadida por la emoción. Más veloz que el Talgo.
Con la cabeza repleta de juramentos.
Yo, entretanto, quedé rezando un momento…
Me conozco el cuento: ‘De raza le viene al galgo…’

El caso es que la extraordinaria e impía felonía.
La venenosa y sobresaliente ingratitud.
El lamentable procedimiento inmoral de tu desvergonzada actitud,
terminó arrojando sobre las sombras que habitaban mi alma, luz…
La luz que tanto necesitaba. La luz, el desagravio y el raciocinio.
Y, dicho sea de paso,
ahora que con la perspectiva de los años repaso,
el curioso y no menos sanguinario vaticinio…

Muy bien. Perfecto.
Habló con sabiduría el decano prefecto.
Tiempo al tiempo.
Le dijo la noche al viento.
Porque eso, querida, es lo único que tienes. Todo lo que te queda.
De esa vela, no esperes más que cera...

Menos mal que me queda la memoria
para, sabiendo todo lo que sé, presentir cómo será tu caída.
Y cómo, tú misma, por tu avaricia, has de verte destruida.
Cuál ha de ser tu suerte, cuál tu destino
de la mano del charlatán.
Del bardo que te prometió lunas de tafetán.
Y sublimes cielos de cian
cuando sólo eran espejismos, putos charcos de alquitrán…
Del embaucador. Del farsante sin honor. Del malversador.
Del ladrón. Del timador. Del estafador.
Todo eso y mucho más, además de incorregible libertino…

En un futuro no muy lejano con creces pagarás.
A ese individuo, a ese sujeto,
le gustan en exceso las enaguas y el marisco. En concreto,
sin misterio ni secreto,
las almejas.
Eso no lo cambiarás.
Y de otros muchos seriales te enterarás,
antes de que, por la estafa cometida en la empresa ‘Fulana de Tal ’,
tengas que verlo entre rejas.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 16-18/02/2016





CALLA…

Calla, no hables, no rompas el silencio que la noche acerca.
Calla, no hables, evadámonos de esta nauseabunda y terca
realidad que nos bordea, nos asedia, nos cerca,
antes de que huir resulte imposible o demasiado tarde…

Ni siquiera musites. No destroces, no dañes, no desgarres
las fragancias, los aromas que la oscuridad propone
antes de que el bullicio de las gentes despedace la magia y aprisione
mis palabras calladas, mis silencios, mis versos,
mis sentidos, mis latidos, mi pequeño universo.

Calla, no hables, fuguémonos en el susurro de una caracola;
en la melancolía de un adiós, en el sigilo de una lágrima
que cae. Que cae y arrasa. Que cae y destruye. Que cae y lastima.
Que cae y asola
mi existencia vacía y sola…
Vayámonos a un lugar que no existe.

A un lugar donde los colores y los olores sean imposibles.
Huyamos a un lugar imaginario e inaccesible.
A un lugar inexistente y remoto, donde el rumor de una ola
no lacere, no cause heridas sólo por ser ayer, sólo por ser pasado.
Y donde el recuerdo dañado
de aquel enigmático adiós sin beso
y la voluntad y los deseos contravenidos, sólo sean recuerdos.
Sólo ecos.
Sólo eso.
 
Ven, acércate a mí. Contemplemos este cielo que en estrellas
palpitantes se deshace, se disuelve, se desgrana.
Pues es en ese preciso silencio cuando el alma moribunda
a los instintos se entrega, se abandona.

Muere un instante el hombre, todo con él cae, se desploma;
todo lo que en su interior como una llaga subyace, arrastra, acuna, inquieta, aprieta,
emergiendo de las sombras otro ser; mi otro yo, el personaje oscuro,
el poeta.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                  
Murcia, 20-21/04/16





PRONTO, MUY PRONTO…

Te observo sin que te des cuenta.
Te observo en un atormentado silencio.
Sin apenas poder hacer nada;
esta vida, despiadada y cruenta,
te va robando aprisa el aliento;
simplemente te está dejando atrás…

Te miro y advierto cómo, cada vez más, se agrieta tu mirada.
Cómo, cada vez más, tus manos ajadas
y trémulas, intentan sin suerte, asirse en el vacío a una esperanza inaccesible y cercenada.
Cómo, cada vez más, tu voz débil y quebrada,
va convirtiéndose en un hilo de agonía.

Cómo, cada vez más, madre mía,
el destino abyecto, adverso y fatal,
se aproxima y extiende en ti su rostro letal.
Cómo, cada vez más, el dolor permanente te abre llagas;
te abre heridas en tu ya frágil cuerpo de marchitado cristal.

Cómo, cada vez más, tu existencia como una pavesa se apaga.
Cómo, cada vez más, tu lamento es mi tormento.
Cómo, cada vez más, tus gritos de sufrimiento
son mi impotencia, mi zozobra, mi afonía,
madre mía.

Intenta, por Dios, no padecer…
Pronto, muy pronto, tu dolor habrá concluido.

Pronto, muy pronto, cesará
para siempre. Tu mirada
se tornará limpia; encontrará el sosiego suplicado,
la paz ansiada.
Serás libre de nuevo. Tu cuerpo, ahora mortificado,
descansará.
Intenta, por Dios, no sufrir…

Pronto, muy pronto, la angustia habrá terminado.
Y entonces, sólo entonces, podrás
al fin sonreír…



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                
Murcia, 23/04/16





ESCRIBIR, SIEMPRE ESCRIBIR… [1]

Escribir, siempre escribir…
Aun no teniendo mucho o nada que decir.
Sobrevolar, escapar
de la realidad que en ocasiones me atormenta,
me fustiga, me castiga, alimenta
esta hipocondría,
esta inútil e insalvable melancolía,
me hace vomitar.

Huir. Necesito huir. Evadirme, sentirme lejos,
desplegar con urgente necesidad al aire mis alas de pájaro, de vencejo;
escribir e imaginar…
Fugarme y cabalgar.

A veces circunspecto, flemático y lánguido.
Otras, dejando salir mis demonios, delirante y enloquecido;
pertinaz, por las circunstancias, absorbido, embebido
por mis letras.
Pero siempre, crear soñando, soñando crear…

Escribir, siempre escribir;
sentir en mi mente sus pequeños latidos,
derrotarme, o no, ante lo recordado y escrito.
Y al fin, desfallecido por la llaga, sucumbir.

Escribir, siempre escribir…
Vivir otras vidas, conversar con nadie,
fingir que existes, llorar al viento,
llorar en silencio,
llorar al aire…

Aun así,
aun por mis pensamientos malherido,
escalar sin descanso cumbres de silencios.
Remontar vértigos, acantilados de papel.
Surcar en mi locura extraños cielos de tafetán y oropel.
Subir, bajar,
acertar, errar,
reír, llorar,
desistir, intentar,
perder, triunfar,
reflexionar, madurar,
y vuelta a comenzar…

Serpentear entre renglones,
encallar las palabras en sus laberintos, en sus atolones,
para más tarde, casi siempre airoso, volver de nuevo a navegar.
Inhalar, respirar el aroma que desprende el poema;
la infinita melancolía que en él se hospeda, se deposita,
también la inmensa tristeza que silente le invade, le habita;
la indescriptible pena suprema
que, suspendida en el abismo del silencio, en el barranco
de la afonía de la misma página en blanco,
a gritos me llama;
me convoca, me cita,
me pretende, me solicita,
me emplaza, me reclama…

Escribir, siempre escribir…
Vivir otras vidas, conversar con nadie,
fingir que existes, llorar al viento,
llorar en silencio,
llorar al aire…

Y así, como un acróbata, como un suicida,
continuar sin tregua por el espiritado filo
de la espada de mis propias letras.
De mis propias emociones.
Siendo ese mismo hilo
el que va llevándome a empujones;
siempre entre la realidad y el sueño,
siempre entre la frustración y el empeño,
siempre entre el bien y el mal,
a vomitar palabras y más palabras
siempre para bien o para mal…

Y envuelto en un temporal,
en un vendaval mental;
alojado en el interior de una letal espiral,
morder con ansia el sedal mortal…
Masticar una vez, y otra vez más,
el ansiado bocado, el suculento sustento.
Y al tiempo de sentirme herido,
a veces de muerte, logrando por poco sobrevivir en el intento,
alimentarme como me alimento,
de la idea, del mensaje, del concepto.
Esnifar su esencia, su fragancia,
su melancolía, su aparente ausencia,
su espesura,
su epístola oculta,
su letra menuda,
su quejar;
su llanto,
su canto,
su eterno pesar…

Escribir, siempre escribir…
Vivir otras vidas, conversar con nadie,
fingir que existes, llorar al viento,
llorar en silencio,
llorar al aire…

Escribir, siempre escribir…
Dejar atrás el tiempo y saltar.
Revivir,
resucitar con letras de sal,
en una paradójica nebulosa, el pasado.
Resistir el recuerdo, desafiar con la pluma el verso.
Sobrellevar, cada vez con mayor esfuerzo,
el pesado equipaje con el que me va cargando la vida.
Y sin querer aceptarlo, sin desear saberlo, al final descubrir,
con la mirada quebrada y vencida,
que el ajado y desvencijado espejo,
va siendo cada vez más mi propio reflejo.

Escribir, siempre escribir…
Vivir otras vidas, conversar con nadie,
fingir que existes, llorar al viento,
llorar en silencio,
llorar al aire…



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 2- 4 / 05/ 2016





ESCRIBIR, SIEMPRE ESCRIBIR… [2]

Escribir, siempre escribir…
Escribir en cualquier circunstancia,
pese a saberme lastimado por su vanidad, por su arrogancia.
Escribir, pese a sentir en mi alma sus emponzoñados dardos.
Escribir a tiempo o a destiempo;
crear, inventar, imaginar a la sombra del pensamiento.
Escribir en prosa, escribir en verso.
Pero sentir…
Siempre sentir.
Intuir cómo, ellas, emergen en mi microcosmos, en mi universo.

Percibir cómo se divierten, cómo fluyen,
rápidas o lentas las minúsculas letras.
Cómo danzan hostiles, malvadas, esotéricas, irónicas, siniestras,
ante mí. Cómo se expanden en mi interior. Cómo, al tiempo, huyen.
Cómo emergen y antes de ser atrapadas se diluyen.
Cómo cabriolan en mi mente,
en destellos, un instante, y de repente,
se esfuman; desaparecen en velos de silencio y olvido;
dejándome, a cambio, un sosiego agridulce y vívido
en la pluma, en los ojos, en los labios…

Escribir por escribir.
Escribir por persistir.
Sólo por alejarme. Sólo por soñar.
Pero volar.
Sólo una vez más…
Sólo por soñar ser gorrión amante del cielo.
Sólo por soñar ser gaviota amante del mar.

Sólo, porque este atardecer que desolado se desangra, me llama
con su voz callada,
con su voz desierta,
con su voz lejana,
con su voz antigua,
con su voz en carne viva,
con su voz en llamas…



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 1/06/2016





ESCRIBIR, SIEMPRE ESCRIBIR… [3]

Escribir, siempre escribir…
Y huir.
Sólo por evadirme. Sólo por vivir.
Sólo por morir un poco dentro de mí.
Sólo por escribir.
Sólo por desvestir
de nuevo mis tristezas.
Y, así,
entre luces y sombras,
resistir.
Resistir este vaivén que sin duda me somete, va reduciendo
mi alma a cenizas mientras escribo; mientras sigo escribiendo.

Todo porque anhelo escribir existiendo.
Por escribir sobreviviendo.
Sobreviviendo por batir
mis torpes alas en este despiadado latir.
Sólo por escribir soñando.
Sólo por soñar escribir.
Por escribir recordando,
sin olvidar que un día he de morir…

Escribir en la noche, con la noche, bajo la noche;
atrapado por los fantasmas que habitan el recuerdo. Por los fantoches
que en la oscuridad florecen y devoran al hombre.
Escribir preso
en la oscuridad del alma, en la confusión
que invade, que aflige, pero alimenta la evocación
del beso pretérito. Tal vez, del ayer, la furtiva mirada.
Quizás, súbitamente, aquel nombre.

Aunque ahora es muy tarde para ese dilema, para ese proceso;
ahora, su inquieto revoloteo, apenas me diría nada.
Ha caído demasiada desolación
sobre mis poemas.
Posiblemente, ahora, apenas me hablaría;
apenas suscitaría mi pasión,
mi hipocondría,
apenas apreciaría, apenas sentiría
su calor. Su irrefrenable fervor…
Definitivamente, ahora, es tarde para eso.
Todo tiene, en mis indolentes emociones, un sabor
lejano, extraño, confuso, desapasionado, espeso.

Pero a pesar de lo acontecido y vivido,
seguir.
Seguir escribiendo, siempre escribir…
En ocasiones, cautivo
de la angustia, de la quimera,
del poema imperfecto, de la apresurada y marchitada primavera.

Del vértigo que provoca, en un violento silencio, la tiniebla.
Del absurdo tapiz con que la vida,
sólo a medias,
cierra, repleta de indiferencia y apatía, la herida
de la melancolía; la magulladura de la angustia. De la bruma
que llega y se instala en la existencia
de la forma más opaca,
insolente, hiriente, corrosiva,
impertinente, importuna,
obstinada y bruna…

Y esgrimir,
aun así,
desde la zozobra, con insistencia,
la única espada, el único aliado, el brillo de la pluma
como único bastión, como único asidero en la tormenta
que ávida y fantasmagórica se muestra
en el centro de mi ser con absoluta irreverencia;
que rauda se cierne, vertiginosa y agresiva,
sobre las reflexiones de la reminiscencia.
                                                                                   


José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                                  
Murcia, 1/06/2016





ESCRIBIR, SIEMPRE ESCRIBIR… [4]

Escribir, siempre escribir…
Distinguir…
Cómo aún aletea en las agrias comisuras de la memoria,
la oración oculta, la complicidad inadmisible, la jaculatoria
imposible, el misterio repleto de miradas, de fuego, de deseo…
De las caricias que se anduvieron, de los caminos prohibidos, secretos.

Percibir,
en un pálido temblor,
en un leve pero reconocible dolor,
que el tiempo pudo no haber pasado
aunque, ahora, haya quedado atrás;
que pudo no haberse dormido
aunque, ahora, no lo alcance.
Que pudo no haberse marchitado
aunque, ahora, no lo roce.
Que pudo no haber sucumbido
aunque, ahora, no solloce…
Sabiendo desde siempre,
que aquellas titilantes luces de septiembre,
que entonces me hiciesen estremecer, no han de regresar;
porque el tiempo, para bien o para mal,
no vuelve la mirada jamás…



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 1/06/2016





ESCRIBIR, SIEMPRE ESCRIBIR… [5]

Escribir, siempre escribir…
Y pese a ello, entrever, sólo con cierta curiosidad, cómo se adentran
con rencor entre las paredes enmohecidas de la remembranza,
agujas, espadas, alfileres, espetones afilados como lanzas,
dispuestos a herirme cada vez que me muevo.
Cada vez que intento, que procuro, que acometo
el afán de enterrar mis instintos en la recóndita nebulosa de las letras…  

Escribir. Siempre escribir…
Escribir para descubrir
que sólo escribiendo seré como conclusión más fuerte.
Desafiando, al final del camino,
mi propio destino
y mi suerte;
perdurando, gracias a ellas, más allá de la muerte.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                        
Murcia 1/ 06/ 2016





LA PRIMERA Y ÚLTIMA VEZ…

La primera y última vez que creí en ti, abril florecía
en los aleros. Tímido, abría
violento sus colores y sus olores a una tarde
que sin saberlo moría.
Mi alma, como siempre, se debatía
entre mi turbia realidad, mis anhelos y mis titubeos
entre lo acertado, lo desatinado y mis deseos.
Y, cobarde,
mi ánimo en su interior ardía.
Se consumía.

La primera y última vez que te recordé,
mi angustia trepaba por tus recuerdos herida.
El alazán de mis espejismos
veloz corría,
tan raudo como galopan fugaces e involuntarios los entusiasmos.
Sin saber, por entonces, que, incautos,
iban directos al abismo.

La primera y última vez que te presentí,
mi pequeño mundo no era de color añil;
el rostro de la vida no me sonreía,
pero, aun así,
mi temperamento,
pese a ir en contra del viento,
no permitía a mis ansias estancamientos.
Y nada ni nadie, ni siquiera tú, me detenías.
Y aunque ya volaba con las alas rotas
por el desamor y la melancolía,
y en mis acordes, en mis notas,
se derramasen con ímpetu diminutas gotas
de un pasado oscuro, nada, ni siquiera tú, contenías
lo que en mi interior con virulencia hervía.

Claro que por entonces aún creía.
Aún gozaba, aún tenía
un hilo de esperanza
hilvanado a mi ensueño,
a mi entereza,
a mi ambición, a mi empeño,
a mi confianza…

La primera
y última vez que te soñé,
aún venías hacia a mí,
sonriendo, vestida de genista.
De primavera.
Todo estaba por hacer, por descubrir.
Y prendido de tu mano, aquel nuboso mes de abril,
comprendí que no estaba solo, cuando elevé hacia a ti la vista.

El mundo, ahí afuera,
nos aguardaba en cada recodo, en cada arista,
en cada esquina.
Aunque sería
la propia vida, sin embargo,
la que, en un siniestro y brutal encargo,
se ocuparía
con excesiva crueldad y vehemencia
de confiscar mis sueños, convirtiendo posteriormente en anodina
mi existencia.

La primera y última vez que te soñé, sólo soñé que existías.
Pero nada de aquello era cierto.
La vida, harta de su vida, se había envilecido
con ella misma y conmigo
y me engañaba;
acuchillaba mis ilusiones
en cada paso.
Se hacía más y más diabólica en cada uno de mis fracasos.

Asesinaba mis proyectos.
Sólo me brindaba alucinaciones,
falseando mi reflexión; alterando por amores los afectos
y en engalanadas amistades las más obscenas traiciones,
hipnotizando, así, mis insensatas emociones
por decisiones y juicios del todo imperfectos.
La vida, ahora lo sé, únicamente me embaucaba;
me enviaba artificiales cantos de sirena, mensajes incorrectos,
besos desdibujados, adulterados y abyectos.

La vida, por el hecho de ser vida,
no sólo no me ofrecía,
no sólo no me procuraba,
no sólo no me aportaba,
sino que me sustraía;
la vida me robaba
las pequeñas cosas que todavía
me quedaban,
que aún poseía
abriéndome a cambio las heridas…

Y por el contrario, el amor que tanto sentía,
que tanto había
imaginado en el camino, que tanto idealizaba,
con pánico al final descubría
que no había sido más que una fantasía,
una entelequia, una locura mía…

Yo, y no tú, vida,
fui el único culpable en esta loca y absurda travesía
envuelta en resplandores que, en realidad, no existían.
Pues era yo solo, quien, mendigando amor, se mentía.


José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 7/06/2016





DIOSES DE BARRO
[Parte Segunda]

Te anuncio, te prevengo, te advierto,
hoy, veintitrés del presente mes,
miserable mercader,
que he de verte caer
rendido y morder decrépito el polvo.

Ese día que llegará, lo sabes y lo sé, antes que después,
te observaré sereno, impávido y torvo.
Y te aviso: no tendré lágrimas que derramar para ti;
las que tenía por tu culpa casi todas, otrora, las vertí
antes de tiempo.
Y ese preciso día,
aun cuando el alma sólo en un instante de debilidad se me haga trizas,
he de lograr tener la misma indiferencia que, hoy, tú, sobre mí deslizas.
La misma infame maldad que en tu alma con tanto ahínco cotiza.

Y en silencio, mientras te observo
exánime, vencido y corvo
vagar por corredores de mármol, descubriré a mi corrompida memoria
todo el rencor. Me diré, que en esta diabólica rueca que es la vida,
en esta inmunda y patética noria,
todo se acaba pagando. Y el que vivió, como tú, soberbio, arriba,
ha de tener en cuenta, que también cae, que también baja.

Mi silente satisfacción será perversa. Perversa y sin medida.
Tan infeliz y desalmada como el recuerdo que tengo de mi infancia.
Tan feroz e inhumana como el filo de mi navaja.
Y he de mostrar, aun a riesgo de que Dios no dispense mi pecado,
mi mueca más rastrera;
mi malicia más despiadada, mi hipocresía más postiza y lastimera.
Aunque tras ella andará a mi lado,
siempre presta, siempre en guardia, siempre viajera,
la inquina que, aún hoy, te empeñas en mantener viva y guerrillera.
Y, por tanto, casi intacta conservo.

Todo ello, será sin duda así,
mientras te observo
exánime, vencido y corvo.
Todo ello, será sin duda así,
mientras advierto
cómo se inicia de nuevo en mí
el veneno más remoto y oculto.
El odio más enfermo y grotesco.
El rostro más acerbo.
El gesto más protervo.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                            
Murcia, 22-23/06/2016





DIOSES DE BARRO
[Parte Tercera]

Lo he intentado. Juro ante mi Dios que he intentado
con furia desmedida retirarme de tu vida. De tu historia.
Juro que he batallado, avivando mis pecados y la miseria
de mi necio ser,
para tacharte para siempre de mi memoria…

Pero algo ha fallado.
No sé qué ha podido suceder,
tal vez pudiera ser
que la escasa piedad que aún habita en mí, me haya maniatado.
Haya amordazado mi resentimiento. Porque hoy, al verte, al mirarte,
aun invocando a mis demonios a despreciarte,
me ha resultado imposible. Como imposible me ha sido poder odiarte.

Ha sido inútil tratar de desenfundar el sable.
Inútil intentar engrosar, al mirarte a los ojos, el cable;
el puñado de emociones que aún sostienen mis heridas.
Todos los recuerdos que, como sombras,
deambulan prendidos a mi alma maltrecha y aterida.

Tampoco desparramar el rencor, el desprecio
que aún acumula mi pasado gracias a tu amargo carácter violento
y egoísta. A tu inexistente afecto, a tu falta de aprecio,
de calor, de complicidad, de abrigo…
Y sin embargo, ¡ya ves!, me digo
con ironía, qué torpe ha sido el intento.
Porque a pesar de lo pasado. A pesar de lo sucedido.
A pesar de no haberme sentido por ti jamás querido.
A pesar de hacerme atravesar bajo las horcas caudinas
de la humillación, la indolencia, la hostilidad, la inquina
y el olvido;
todo lo que hoy deben retener, sin acritud, mis pupilas,
en esta tarde macilenta, que, ante mi mirada, ajada declina,
es la triste imagen de un anciano solo, encorvado y vencido.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio        
Murcia, 18/19 de agosto, de 2016





LA SOLEDAD ME HABLÓ…

La soledad me habló. Me habló de ti. Me habló de mí.
Me habló del tiempo que viví.
Del tiempo que perdí.
Pero, sobre todo, me habló de lo inútil que es ser maestro y aprendiz…
La soledad me habló de tantas anécdotas, ya desdibujadas,
en esas noches de trepidante angustia,
que me dio pánico advertir cómo la flor de mi mocedad, ahora mustia,
se ha ido quebrando despacio ante la mirada
monocorde, estoica y ajada,
del reloj de cuerda. Para dejarme, de aquello que soñé, apenas nada.

Apenas nada de aquello por lo que luché.
Apenas nada de aquello por lo que surqué
otros paisajes, otras lunas, otras miradas,
otros besos,
otros universos,
otras noches estrelladas…
Y solo ante mi cielo, ante mis esperanzas descuartizadas;
solo ante mi reflejo, ante mi llanto, ante mis impetras,
presentí que el hado, en un gesto de desidia, se burlaba.
Para dejarme, en su abandono, sólo con el silencio de mis letras.

La soledad me habló desde la zozobra de las sombras.
Con calma, me habló de un fugaz  tiempo de rosas.
La soledad me habló de amor, de desamor, de otras tantas cosas…
Mas, de súbito, también, de cómo me mostró sus afiladas espinas.
Era su plan, sí. Su destino. Su sucio propósito. Su meditada inquina.
Y prestas, éstas, bailaron para mí. Ante mí, como musas siniestras.
Aviesas, burlonas, divertidas, danzarinas.
Enfurecidas. Enloquecidas.
En el ruido. En el silencio. Provocadoras. Atrevidas.
Pero hasta reventar mi alma. Hasta atravesar mi vida.
Con ella, tras ella, se fueron todos mis argumentos, todas mis ansias.
Todas mis fantasías, dejando perpetuamente abiertas las heridas.

La soledad me habló, desde el espejo, de cómo, mi risa,
quiso fugarse de mí una mañana, una tarde, un día;
de mis deseos, de mis empeños.
De cómo huyeron, sin saber de qué forma, mis sueños
sin llegar a hacer nada de cuanto deseaba, de cuanto quería;
y de cómo, aún hoy, acudo a esta torpe, inservible y absurda letanía.

También, de cómo, entonces, se desplomó indignamente mi vuelo,
dejándome caído,
mortalmente herido,
en este gris, anodino y sucio suelo.
Haciéndome deambular, abatido,
sin rastro de confianza, sin bálsamo ni consuelo.
Doblando, una a una, casi todas las esquinas
de mi existencia. Naufragando de verso en verso,
bajo las luces distorsionadas y ambarinas
de mi, cada vez más, pequeño universo.

La soledad me habló de esas noches
en que, de nuevo, emergen los monstruos, los fantoches
del recuerdo, las aflicciones del pasado; en esas oscuridades
débilmente iluminadas por mis grafemas.
En esas oquedades abiertas al vacío del alma. A la infinita pena.
En esas cenizas que provoca e invoca la memoria.
En esos instantes en los que pareciese que el alma se desgrana.
Para advertirme, que este viaje, que es vivir, no admite jaculatorias.
Que en este sinuoso recorrido, en esta delirante y frenética noria,
que es la vida, no cabe el llanto ni la nostalgia becqueriana.
Porque todo es hostil. Porque todo es febril. Y los errores se pagan.

La soledad me habló esquivando mi desasosiego;
echándose como una alimaña encima de la página aún en blanco,
del pliego…
No existe, dijo con voz antigua y pétrea, con voz de sal y arena,
mayor castigo, mayor decepción, mayor frustración,
que tus propias quimeras; que tu propia tu gehena…

Pues lo que pretendiste en la adolescencia como vocación,
como liberación, no sería finalmente tu mejor canción;
no sería tu más rutilante composición
como cantautor.
Sino, como cautivo de tus silencios,
como eterno aspirante a poeta y escritor,
tu mayor condena.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 01/03 de septiembre de 2016





AHORA QUE LOS SILENCIOS DICTAN RECUERDOS...

Y me quedé mirando al mar. A su azul profundo. Inmenso.
El sol, en silencio, se debatía
en su agónica caída hacia el ocaso;
un combate que, a diario, ganaba y perdía.
Pero, ahora, convertido en una refulgente bola de fuego herida,
únicamente era oro líquido derramado en mi memoria.
Viento del sur. Fragancia nocturna. Sueños al alba. Incienso.

Recordé tiempos pasados. Recordé otros atardeceres.
Y vi desfilar, ante mí, en un instante, gigantescos ayeres,
convertidos en soledades.
En tremendos golpes, en crueles realidades,
azotadas por olas que un día
fueron versos, poemas, canciones;
ahora sólo alzadas a la grupa de mis heridas, entre los renglones
de mi vida.

Confuso, advertí que el recuerdo de nuevo vomitaba
tiempos y nombres. Nombres y datos. Datos y horas.
Horas e instantes. Instantes eternos, que en mi recuerdo moran.
Que en mi recuerdo vagan.
Que en mi recuerdo cabalgan.
Que en mi recuerdo hablan.
Que en mi recuerdo habitan.

Recuerdos que, en ocasiones, me tienen atento, cautivo, inmerso
en los recuerdos que yacen.
En los recuerdos que emergen.
En los recuerdos que me sumergen.
En los recuerdos que me elevan, me hacen
arañar versos…

Y me quedé suspendido,
sin llanto ni lágrimas mirando al mar.
Me quedé sin ojos con los qué llorar
por lo que ya lloré.
Imperturbable contemplé
en la bahía, el atardecer;
sabiendo que esos momentos, que una vez fueran cable de espino,
habían llegado bien a su puerto. Certeros a mi alma. Bien a su destino.

Y que, atinados y ensangrentados como viles asesinos,
se marchaban para no regresar.
Mi intuición no se mentía, de sobra sabía
que contentos y satisfechos en el desastre cometido,
una vez que habían dejado para siempre el corazón sometido,
no habían de volver.

Ahora es tarde para volar.
Ahora es tarde para soñar.
Ahora es tarde para esperar.
Tarde para esperar la señal del viento.
Tarde para escuchar su gemido de niño, para su lamento.

Cae perezosamente, ante mí, el crepúsculo en óleos rosados.
Con dagas, con lanzas, con fechas, con retratos del pasado.
Todo me susurra que la breve historia ha terminado.
Todo va oscureciéndose. Las sombras alargan sus dedos en el recodo.
Los temblores de nuevo despiertan.
Los miedos de nuevo se alimentan.
Inmortales
recuerdos letales,
que a mi espíritu regresan cada oscurecer como lobos.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 03-08 de septiembre de 2016





DESDE EL ODIO [Y OTRAS SOMBRAS]

Es tan larga,
tan despiadada, tan amarga,
tan cruel la espera,
mientras asciende en mi interior este salvaje estremecimiento…
Fue tan fugaz, tan leve la brisa,
tan breve el viento,
que marchitó mis últimas sonrisas;
tan brutal el asesinato de mi recién estrenada primavera…

Fue tan honda la herida
que aún mantiene la llaga en carme viva;
que se retuerce con saña
dentro de mí. Que empaña
con tanta fuerza, con tanta espesura
mi ánimo… Que sólo, de entre todos mis intentos,
de entre todas mis hazañas,
sobreviven el odio y la locura.

Porque junto a mí creces
en la oscuridad como una espina, como una bestial alimaña.
Porque te sostienes del aire que respiro, de mis entrañas.
Porque vigilas mis pasos.
Porque te retuerces
de satisfacción con mi dolor, con mis fracasos.
Porque te esparces
dentro de mí como un charco de sangre,
como una ciénaga de lodo, dentro de mi alma.
Porque me dejas prendido al miedo que produce la noche.
Porque desvalijas de un solo golpe
mi escasa serenidad, mi exigua calma.
Porque destruyes mis ansias.

Porque yo también, a la vez, me nutro de ti,
de tu siniestro instinto.
Porque hace tiempo que mataste en mí,
lo poco de bueno que quedaba, dejándome sólo el vacío;
el vacío, y esta enorme tormenta interior, este caudal, este río,
este hastío, este desafío.
Este silencio que no se apaga,
Este silencio que a gritos me castiga;
me apalea, me tortura, me fustiga.
Esta huella, esta inquietud, este sentimiento
que me impide caminar hacia adelante, que me retiene.
Que me aparta, me detiene.
Que me mantiene
atento en un mundo, en una raza, en una especie en la que no creo.

Así de desalmado es este lacerante equipaje.
Este impagable peaje.
Esta pesada carga.
Esta existencia anodina y bastarda.
Este desconcierto. Esta ineludible hipocresía. Este arreo.
Este reconcomio que me azota, que me eleva a la impiedad.
Que me sumerge en mi propia miseria, en mi propia ansiedad.
Este beso de Judas que me corrompe.
Esta desmedida traición.
Esta permanente frustración.
Esta puñalada a cambio de nada.
Esta mirada que ya no mira, que ya no dice nada.
Esta maldición que me envenena, que me sangra, que me rompe…

Esta fobia que me secuestra, que en sí misma se sustenta.
Este resquemor, que en el escepticismo se argumenta.
Esta fiera, que en el interior de mis sombras anda suelta.
Este rencor que me daña. Este encono que me atormenta.
Este odio, que desde el odio de mi roto corazón, de mi esencia se alimenta.



José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio                                                                              
Murcia, 17 de octubre de 2016





DIEZ AÑOS DE AMOR

Pronto harán diez años de amor, mi amor.
Diez años junto a ti, soñando,
edificando nuestro propio paraíso.
Viviendo con intensidad, con violencia el momento preciso.
Diez años, soñando nuestros propios sueños.
Diez años juntos, mano a mano, luchando.
Diez de amor, mano a mano, caminando.
Escalando montañas repletas de obstáculos. Remontando,
casi siempre sin desfallecer, los retos, los peldaños.

Diez años juntos, soportando los desafíos
que nos imponía el histriónico y anodino
juego de la supervivencia entre la gente.
Diez años, juntos, resistiendo la mala suerte.
Y pese al dolor que nos causaban  las heridas,
hemos deseado seducir, hacerle guiños a la vida,
al tiempo que tomábamos unas copas con la muerte.
Diez años, jugando a las cartas con el tornadizo capricho del destino,
en esta indecisa escapada a ningún lugar.
Ni lugar alguno dónde fugarse y esconderse.

Sí, amor. Han sido diez años, en este jaque mate infernal
sabiendo cómo ha de terminar. Y cuál será su final.
En esta inútil huida
que sólo deja sombras y cicatrices al pasar.
En esta vacilante ida.
En este temor a naufragar.
En esta senda. En esta vereda. En este camino
que no es otra cosa que la vida.
Que no es otra cosa que este paulatino
vivir. Vivir, amar, sufrir, morir, sí…
pero hasta entonces, andar.

Aunque, hoy,
prefiero omitir la angustia
que la tarde, silenciosa y mustia
me ofrece, para soñar. La soledad y el silencio no me van a aprisionar.
Ansío, en la sombra de una lágrima, lanzar
mis gaviotas de nuevo al mar.
Para siempre. Por siempre. Para no regresar.
Sólo deseo callar e imaginar.

Callar e inventar palabras con las que volar contigo a ese otro lugar.
Contigo, lejos de aquí, de esta realidad. Y volar.
Volar sin mirar atrás.
Alzar el vuelo
hacia otros cielos
y, juntos, navegar.
Y conversar, sí, conversar
de todo cuánto hemos avanzado.
Y de cuánto, juntos, hemos de avanzar.

Porque diez años de amor, mi amor, sintiéndote mía.
Diez años de amor, buscándote en mi almohada.
Diez años, contigo, abriendo ventanas al mundo cada madrugada;
diez años, soñándote en la tarde solitaria, malherida, ajada.
En la noche sin luna. En la noche con luna. En la noche estrellada.
Diez años de amor, amada mía,
son muchos poemas. Mucha poesía.
Pero apenas casi nada…

Han sido diez años, solos. Con la gente, pero solos. Solos navegando,
en este otro negro océano de sinsabores.
Han sido años de manipulación. De miradas sucias. De traiciones.
Diez años subiendo y bajando
a las simas, a los abismos
de la deslealtad.
A los fosos de la traición, de la felonía.
De la hipócrita y farisaica amistad.
Diez años sobreviviendo
a esos infiernos.
Diez años entrando y saliendo
de los avernos.
De los avernos que hoy dejamos atrás.

Diez años de amor, amada mía,
son muchos poemas. Muchas soledades bajo mi pluma.
Muchos momentos de angustia, de oscura bruma.
De silenciosos gritos insoportables. De hipocondría.
De mucha y melancólica poesía.
De días, tardes y noches de recuerdos y heridas amontonadas.
Pero, créeme si te digo,
que diez años contigo,
es apenas casi nada…

                                             

José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Para mi mujer, Isabel. Murcia, 13/04/2017





EL MOTIVO DE MI CARTA

Aquí estoy, cauteloso, viendo pasar la vida.
Atento. Desconfiado. Despacio. Sin prisa.
Intuyendo del azar, su mueca, su guiño, su vil sonrisa.
Dibujando poemas en silencio, poemas de impiedad.
Intentando que mi inspiración no me abra de un zarpazo
las heridas.
Y mi sangre, de repente, se convierta en esquirlas,
en pedazos,
en sal, en teñida hipocondría consentida…
Aquí me hallo evocando, en un callado silencio, la ambigüedad
de mis sombras. La mentira a gritos, la callada verdad.
Antes de que surja de la noche la angustia y atenace la bruma
mis palabras, mis manos, mi poesía, mi pluma,
en esta primavera de mi otoño. En este otoño de mi primavera;
y con ella, mi pequeño universo.
Mis extenuados versos.
Mis lágrimas de arena, de odio, de ímpetu, de canción lastimera.


Porque es tu piel y tu alma
la que sin decirlo, sólo con mirarte, atormentan mi mente, mi calma.
Tu piel clara, sombría, rosada, íntima, profunda, mi locura;
el delirio, la vehemencia de mi deseo.
Tu espalda grácil, frágil, enérgica, la que me espera
receptiva, jadeante, temblorosa, sedienta, deseosa;
terminada en la fortaleza más negra, más ardiente, más oscura.
Es, toda ella, el pábulo de mi zozobra.
La causa de mi pétreo y fálico apogeo.
Para concluir nuestra maniobra,
nuestra contienda, nuestra guerra de besos y abrazos
en susurros de amor que se derraman en gotas,
en gemidos, en suspiros, en pedazos.
En trozos de dulzura.

Y, posteriormente, ambos destruidos
por la pasión; abatidos y vencidos,
retornar lentamente a la sensatez, la serenidad y la cordura.
Tu mirada verde, azul, café intenso, muy intenso, brava, ambiciosa.
Próxima a mi espíritu. A mis sueños. Anhelosa.
Amor encendido. Amor sigiloso.
Amor que imagino y fantaseo…
Subir, bajar. Entrar, salir.
Ese sublime juego de afecto, ese devenir.
Esa mirada cómplice al caminar. Esas caderas, ese contoneo.
Esos mensajes de silencio, que en silencio gritan lo que te quiero.
Esos pechos del alma mía que con tanto ahínco besuqueo.
Esos hechos que me hacen escribir
estas áureas letras amarradas a la quilla de mi barca.
Y es la razón, la sinrazón, el fin, la bitácora, el motivo
de estar preso de tus ojos, de sentirme cautivo
de mis propios silencios, de mi poema, del impulso este escrito,
del arrebato de esta carta…

                                                                           

José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 21/04/2017





Y OLVIDAR QUE ESTÁN. AUNQUE ESTÉN. 
Parte Primera]

Siempre pensé que, a los que se dicen «míos», algún día,
tendría que escribirles un libro.
No sé, si de miedo o de risa. Pero sí sé que no tendría desperdicio.
Aunque no sé si tal hecho merece la pena;
no se encuentra ni en mi disposición ni en mi oficio
atravesar, mientras lo escribo, ni tal sacrificio
y tal gehena.

Me quedo con los buenos momentos, que han sido pocos.
Me quedo con las caricias, que no fue ninguna.
Me quedo con mi triste infancia maltratada, perdida. Y me desboco
poco a poco en estos versos. A esta necedad. A esta tontuna.
Tal vez, como un enfermo de nostalgia.
Tal vez como un loco;
o como un idiota, a esta estúpida hipocondría
inservible, innecesaria e inoportuna.

Me aproximo con cuidado a las penas que me hicieron escapar
a destiempo de mi niñez.
A las penas que a la grupa de mis sombras hicieron decrecer
la escasa ternura que poseía.
A hechos imposibles de desterrar.
A apuntes confeccionados con llanto, miedo y agonía.

Como el masoquista
en su soledad,
voy redactando lentamente mis miserias, mis paupérrimas conquistas
a la luz eterna de la oscuridad.
Y en la sombra de la tarde que ígnea se suicida, encuadro, enfoco
al niño que fui. Y su niñez.
En mi propósito, y por estabilidad emocional, está invocar, convocar.
Y por ella y para ella invoco, convoco
signos imposibles de olvidar. De enterrar.
De nuevo, la puta, cruel y grotesca realidad
se ceba en mí otra vez,
queriéndome destrozar.

Concluyo.
Sin arrogancia pero con inevitable rencor.
Con inmenso dolor
pero sin orgullo.
Pues al final lo que necesito, más que nada, es olvidar.
Olvidar más que acumular.
Olvidar que un día les quise.
Olvidar que un día les amé.
Olvidar. Arrinconar.
Olvidar a los indolentes. A los necios.
A los soberbios. A los interesados.
A los que me desgastan.
A los que devastan
mi escasa felicidad. Sólo y exclusivamente por mi bien.
Y olvidar que están. Aunque me afecte. Aunque estén.

                                                               

José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 26/27 de julio de 2017





UNA MALDAD
[Parte Segunda]

…Y mientras en mi memoria busco y rebusco algo digno, evoco.
Evoco con enorme tristeza penas de ayer.
¿Será la decepción? Sí, pudiera ser.
Lo cierto es que me recreo en el sufrimiento;
en el extraño aleteo, en el vendaval, en el siroco,
en el sentimiento
que me alcanza
en ondas de añoranza,
como la melodía
perdida de una canción que nadie quiso oír.

Me apresuro a esconderme en interior de aquel crío que corría
con medias suelas entre los raíles del tren;
en el fondo de aquel chaval que soñaba con volar, con decidir
sus sueños, lanzando gaviotas
y fantasías al viento.
Sin saber, entonces, que sus velas andaban ya medio rotas;
que su barca, sus ilusiones y sus ansias eran claras derrotas.
Que, sin saberlo él, habían destrozado con resentimiento su edén.
 
Me refugio el pasado. En el muchacho que fui. Sí.
O tal vez sea el pasado el que ahora, resabiado,
venga a mí,
enmohecido y gangrenado,
para mostrarme su peor rostro, su peor manera, su peor talla.
Para decirme que no era suficiente la eternidad; que nada acalla
ni acallará este daño, este axioma, esta verdad.
Para decirme que nada de lo que imaginé era cierto en realidad.
Que todo ha sido una mentira.
Que todo ha sido una burla, una maldad.
Una maldad para asesinar a golpes de vida mi sonrisa.
Una maldad para acuchillar a golpes de evidencia mi esencia.
Una maldad para susurrarme en un silencioso clamor,
en un gemido silencioso, que todo en mi existencia
ha sido un tremendo error.

                                                                     

José Hernández Meseguer
La Ambigüedad del Silencio
Murcia, 27 de julio de 2007



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