MIS GAVIOTAS [1978]



                                             Era penumbra todavía;
                                             silencio y agonía…
                                             Entonces se rompieron mis palabras
                                             y volaron mis gaviotas.
                                                                      

                                                            J. Israel, enero de 1978





Parte Primera

AGUA ESTANCADA EN MI CÁRCEL DE SOLEDAD…

Mi soledad comenzó
a pintarme paredes de cal
que, entre llanto y llanto,
fue manchando
de suave sal.

Penumbra.
Sombras.
Agonía entre las sombras
de mi cárcel de soledad.
Entre huidas,
la trémula y pálida
búsqueda del silencio.

Que, entre sombras,
recorta
la finísima luz yerta
que ilumina
mi cárcel de angustia.
Y, entre todas las tinieblas, la flor mustia
que adormece el agua muerta.










GAVIOTAS DE OTRO MAR

Melancolía,
soledad,
agonía
de saber la verdad.

Gaviotas de otro mar,
olas de otras playas…
¡Calla!
¡Déjalas volar!
No es este su cielo al clarear,
ni su mar,
ni su arena,
ni su pena
si su dicha es volar.

Navegar,
surcar el cielo navegando,
volando
por el mar.
¡Déjalas! ¡Déjalas marchar!
No es este ni su cielo ni su mar.










GORRIÓN AL VIENTO

Gorrión cautivo.
Gorrión herido.
Sólo gorrión.
Gorrión solo. Sin nido.
Sin un amigo
con quién volar,
con quién llorar.

Sin un aliento,
sin una brisa,
sin un mal viento
al que seguir,
sin una nube que alcanzar.
Sin un amor al que decir:
Volemos hacia el mar.

Gorrión triste,
de mirada triste.
Errante.
De mirada errante.
De mirada ausente.

…Llega el invierno.
Atardeceres rojos
manchando de sangre
el horizonte.

Solitaria barca navegando el cielo,
en el crepúsculo.
Tu vuelo gorrión
se te hace curvo,
y el reloj del tiempo
quiebra tu vuelo.

Solo.
Cae al suelo, solo.
No preguntes
por qué
ni al mar,
ni al cielo,
ni al solitario alero
que te vio nacer.
Ni a mí.
Ni tan siquiera a mí.

Si preguntas al tiempo
te dirá; lo siento,
tú quisiste ser
solitaria barca navegando el cielo
al atardecer.
… Gorrión al viento.










VOLANDO AL ALBA

Uno, dos, tres,
y así, hasta diez.
Soy feliz.
Quiero olvidar mi ayer.
Ríos de risas.
Ríos de espumas,
y entre mí, brumas.

Quiero encadenarme
volando al alba.
Son las once y cuarto
pero el cielo está rojo.
Rojo de sangre.
Rojo de muerte.
Rojo de cuarzo
rojo.

Divina Bóveda
de mi soledad.
Tardes enteras
en el más infinito silencio.

Noches de fuego
estallan
en el oro negro
de mi guitarra
la soledad.

Los ecos quiebran el cielo de las bóvedas
con un trueno de queja amarga
que la noche alarga
a las estrellas.
Palabras.
Gente.
Murmullo.
Barullo.

Ojos que espían,
ojos que asedian,
ojos que critican,
ojos que envidian.
Y los ojos que llevan
en sus iris la nostalgia
y la melancolía.

Canto.
Canto y llanto
queman el silencio
helado
de la noche.
Broche
de soledad.
Silencio.
Oscuridad.

Todos se han ido.
Silencio.
Silencio,
sólo se oye la voz
del silencio,
que ahoga el cielo.

Los ojos,
los labios,
las manos,
se buscan en silencio.
Se hallan en silencio.
Y se aman en silencio.

Yo alcanzo el alba
solo.
En una vaga esperanza.
En el fuego de un sueño…
En un sueño de agua.










VIENTO DE ENERO

Unos fingen,
otros callan.
Unos ríen,
y otros ensayan…
Y otros no saben cómo decir,
ni con que voz;
“hasta luego, … bueno,
adiós”.

Se me consumió
el tiempo en las manos.
Viento de enero.
Nuevo camino,
nuevo sendero.

Llanto.
El llanto es sincero
cuando brillan los ojos.
El llanto es puro
cuando hablan los ojos.
El tiempo se quema
como una vela
en el reloj.

He de marchar.
Volar.
He de volar las sierras,
he de buscar nuevas playas.
Nuevas tierras.
Nuevos amaneceres,
nuevas soledades
mirando las estrellas
entre los cañaverales.

Mi habitación.
Mi guitarra,
las paredes que arañan,
que vieron tu desnudez.
Mi ironía,
mi infancia,
mi estupidez.
Mi soledad,
mi verdad,
mi niñez.

Tus cartas de abril,
mi llanto infantil,
mi desesperación,
mi canción.
Mis cadenas,
mis penas,
las miserias
de mi corazón.
Los momentos de gozo,
los de amargo sollozo.
Los momentos de amar,
de conversar con Dios.

De sufrir,
de sentir,
de saber que éramos dos.
Unas veces mujer
otras, canción.
Besos de miel,
oscuro rincón.

Todo queda atrás;
mis agonías,
mis tristezas… y mis alegrías.
Me marcharé detrás
de esas nubes de color de miel.
Deshilando la tarde,
dejando en el aire
mis besos de hiel.






Parte Segunda





MI ISRAEL Y LAS GAVIOTAS

Un cementerio.
Un profundo, oscuro y solitario cementerio.
Un cementerio con cuatro malvas.

Las gaviotas del este,
un árbol crucificado
que arañaba el sol al amanecer.
Las gaviotas del oeste: –atardecer–

Y este
paisaje yerto
y yermo
que me ha devuelto
la extraña nostalgia
de llamarme Israel.










ENCUENTROS …

Noches blancas
de angustias blancas.
El océano negro permanecía inmóvil;
se contemplaba en su espejo blanco.
Tenues luces me marcaron el sendero
mientras partía con el rostro
mil espadas de acero.

Un hospital.
Un hospital para leprosos moribundos,
enfermos, vagabundos.
Primera puñalada:
un inmenso corredor vacío,
con cientos de tumbas verdes.
Primer hastío.

Agonía: me abrasa la garganta
en el frío de esta noche enferma.
Diez, veinte, treinta, cuarenta,…
¡Cien,… cien siglos! ¡Mil soledades!
¡Un millón de manos macilentas
quiebran mis cervicales!

Segunda puñalada:
la alborada.
Bajo un cielo mortecino
pasean mil cadáveres sin destino.
Caras amarillentas,
paso lento,
ojos sin fondo,
opacos. No brillan.
En el suelo blanco nos encontramos.
Nos miramos sin vernos.
Sin vernos nos odiamos.
Gritos amargos, gritos de mi alma.

Risas huecas, vacías.
Vacías como sus vidas.
Calles infinitas. Vacías.
El cielo y el suelo son del mismo color.
La gente es del mismo color.
Brama el océano
y quedan sólo las miradas errantes
y vacías.
Nadie. No hay nadie. No habrá nadie
aunque haya mucha gente. Nadie.

Cien mil rayos queman la noche.
Cien mil espadas de acero
asesinan la noche.
Los vahos escupen soledad.
Y lo único primitivo es un vaho,
menos pestilente,
que el vaho de sus huecos.
Corredores en las sombras.
Soledades en las sombras.
Vacíos en las sombras.

Detrás de los cristales
empiezan a resbalar las ilusiones;
se han roto bajo los pies
los intentos de luchar.
Muertes.
Sólo hay almas condenadas. Gentes.
Llega el silencio. Única agonía soportable
en un cementerio.
Oscuridad. Llanto en la oscuridad.
Muerte, aún más muerte.

Y yo, en medio de la muerte, agonizo.
En medio de estas sombras, me pierdo.
Rompo en mi llanto
la última esperanza
y no siento
más que deseos de llorar.

Se abren mis noches
con un día
que me castiga.
Un día oscuro y vacío;
primer, segundo,
tercer hastío.
Y creo que ya son mil.
He dejado de vivir
y no me siento.

Se ha perdido
mi mirada en un firmamento
sin sentido,
absurdo.

Las aguas estancadas
empiezan a pudrirse en el lodo.
Empiezan a dibujarse en sus patéticos
rostros
risas histéricas,
esquizofrénicas,
trastornadas;
risas amargas, sin vida.

Comienza mi muerte.
Mis terribles reflexiones.
Continúa mi agonía;
llaga que ya no acierto a sentir
en mi cuerpo.
Mi cuerpo, ya no es cuerpo,
es llaga.
Llagas. Sólo llagas.
Llagas sin sangre,
llagas del alma.
Llagas de gente.










SOLEDAD

Se quiebran las palabras en mi garganta
cuando trato de explicar lo solo y hastiado que me encuentro.
En medio de una euforia cargada de lágrimas, siento
como me hierve esta piel enferma que me abraza
y me produce tanta soledad…

Soledad, soledad, soledad…
Me haces beber un cáliz de amargura.
Me haces vomitar versos.
Me haces vomitar soledad.
Me haces tomar sueños que anulan el miedo
que me produce la gente.

Y en el miedo de las quimeras, navego
y naufrago.
Y se rompe el silencio,
y se ahogan las palabras.
Sólo quedan brumas
para aquellos que las buscan.
Y hablan los ojos para darme su indiferencia
mientras los míos
hierven entre colores…

¿Cómo explicar esta agonía?
Envidio al payaso y al que se hunde
en el alcohol… y me dan asco.
Danzando, tristemente, se sumergen por miedo…
¿Me uno a ellos?
Siento tanto miedo en este carnaval de angustia…










EL MERCADO

¡Vengan señores,
vengan ustedes!
Tenemos de todo
en este mercado
de jueves a jueves:
un cielo de lodo,
estrellas de barro
y para cabrones
cuernos muy largos.

Tenemos paracas,
legionarios
y fantasmones
legendarios.
También garrulos
y hampones.
Chulos,
chorizos
y ladrones.
¡Y por el precio de dos duros
verdaderos maricones!

Reprimidos,
frustrados,
retorcidos
y trastornados sexuales
¡Aquí, por dos reales!
Payasos, guasones
y gilipollas
¡Por tres pesetas
seis montones!

¡Vengan señores!
¡Miren qué suerte!
Tenemos de todo,
toda clase de lodo
en este mercado
de la escoria y de la peste.

Aquí se compran y se venden
las personas como peleles…
¡A precio de cordeles!
Borrachos,
maricas y machos.
Pordioseros,
peloteros,
rateros
y escarabajos patateros.

Conservadores,
revolucionarios
y parásitos
sedentarios.
Radicales
con apego,
inconformistas
y “altruistas
del ego”.

¡No se preocupen señores!
¡Cómprenlos sin temor!
Están vacunados
contra esa horrible enfermedad…
¿Cómo se llama?
¡Ah, sí! …Humildad.










CUATRO MALVAS

Las gaviotas del Este
bordaban el amanecer,
mientras un campanario
recortaba su rostro centenario
en un lebrel del alba.

Aquel árbol arañó la mañana
desde mi ventana
de la soledad.
Hirió con sus ramas
los colores violáceos y azules
que, como llamas,
pintaron la aurora.

Gaviota del Oeste,
apagas
las últimas candilejas del cielo
con tu vuelo
triste.

Anochece.
Gaviotas verdes, azules y rojas,
dibujáis el cielo cuando oscurece.










CAMPOS

Campos cubiertos de melancolía.
Antonio; tus campos traslucen agonía.
Antonio; tus campos y los míos.
Los tuyos, un día,
los míos, todavía.

En tus campos terriblemente yertos
para los demás,
terriblemente muertos,
vuelan mis gaviotas.

Son como un mar.
Dulce. Quieto.
Sus olas ocres y azules,
desnudas para los demás,
para mí, vestidas de sedas y tules.

Son como un océano;
infinita laguna.
Para los demás, sólo campos con nubes,
para mí, islas de espuma.










LUZ DE SOLEDAD

En aquel mar de silencios
aquella tenue, triste y trémula luz,
robaba un poco de agonía
a la oscuridad
que inundaba
todas las galerías.
Sólo flotaba en medio
de ese océano de sombras
un intenso rubí que cantaba
silencios por bulerías.

Luz, luz de mis noches frías.
Luz, que con tus halos amarillentos,
das caballo al viento.
Melancolía.

Rompes la ventana en un beso
e iluminas el metal
hasta el fuego.
Luz de sal
que me duerme luego.

Ladrón de oscuridades.
Espía de mis soledades,
conocedor de mis verdades.










SOLO

Solo.
Solo y sepultado entre las sombras
que se proyectan
hasta las estrellas.
Solo.
Solo naufragando
entre las crines del viento
hacia el firmamento.

Solo.
Solo bajo esa luna de gélidas miradas
que araña tus murallas
e ilumina tus lanzas olvidadas
por la ansiedad y el pulso aceleradas.










DE MIS HORAS HACIA EL SILENCIO…

Yo sé, que tú,
pintas de azul
la alborada,
y también
de violeta y encarnado
ese cielo casi apagado
que declina.

También sé
que das tiempo a la neblina
que lame los campos
mientras el sol se inclina
y la escarcha aproxima
sus gélidos mantos.

Y sé,
que dejaste
enredado en tus horas
mi infancia,
y en el viento mis ansias
de volar.
Y un día, sobre el mar,
la melancolía
de mi primera poesía.
Allí, en la arena,
mi primer verso.
Mi primer poema.

Yo sé, que tú,
me diste la luz
cegadora.
Gaviota voladora.
y un candil
para mis noches de abril,
y también una turbia edad
donde equivocar mi verdad.

También sé,
que con los años,
me diste unos peldaños
que nunca llegué a terminar
y por eso, quizá,
las horas se me pusieron al revés
y me invitaron a volar
de mar en mar
para no volver.

Y sé,
y supe, desde el primer momento,
lo que era
luchar contra el viento.
Y el vuelo curvo
y un poco absurdo
que tomé.

Yo sé,
que tú,
me guías,
me conduces,
me lastimas
y me produces
soledad.

Y también,
algunas veces,
llanto,
canto,
agonía,
alegría
y felicidad.

También sé,
que algún día,
encorvarás mi figura,
llenarás mi rostro de arrugas
y, …me llamarás
cuando creas
que ha llegado mi hora.

Y sé,
que me encontrarás,
con la mirada
errante y perdida,…
ausente y vacía,
en el fuego de unos leños
quemando, uno a uno, todos mis sueños.

Llegará el silencio;
las paredes se cubrirán de sombras,
y todo habrá terminado.
Un viejo péndulo parado
marcará cualquier hora
en el reloj.

Y a continuar;
yo sé,
que tú,
pintas de azul
el cielo y el mar…










DE UN TIEMPO ANTIGUO

Calles de piedra
ajusticiadas por el tiempo.
Viento antiguo;
muerto en tus callejas de hiedra.

Casas decrépitas,
infinitamente viejas.
Amarillentas
hasta la médula sus tejas
por un tiempo antiguo
de tenues candilejas.

Me voy. Os dejo:
mis sueños de vencejo
me exigen volar.
Gorrión amante del cielo.
Gaviota amante del mar.





EPÍLOGO...

Ese mismo viento que me trajo, me arrastra.
Y lo hace lentamente. Deshilando
las ilusiones de los fracasos.
Y yo, desde mi cárcel de soledad,
me elevo hacia la luz.
Las siento más leves,…
siento alas en mis cadenas de plomo.
                                                                              



J. Israel Hernández Meseguer. 13/7/1978
Memorias de un Naufragio




2 comentarios:

  1. Ho mi estimado amigo José . . . Sus letras de verdad que estremecen mi corazón . . . Que manera de expresar tanto sentimiento . . . A dónde o en qué lugar oculto en bambalinas me pregunto no sé quizás el tiempo sea entre aquellos días o tenga uno que me sueña en mi partida . . . Gracias por compartir mi estimado amigo . . . y volaron mis gaviotas . . . Siento alas en mis cadenas de plomo . . . Buenas noches mi estimado amigo José Israel Hernández meseguer. . .

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    1. Tus palabras son ciertamente hermosas, amigo +Victor barrientos. Sólo son letras que intentar escapar de la angustia. Letras que intentan volar cuando el cuerpo queda cautivo en determinados momentos. Letras de liberación en un mundo inhumano y cruel. Letras... Un fortísimo abrazo.

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