RELATOS



LA MIRADA


Solo.

Se encontraba profundamente solo. Por un instante, se preguntó cuanto tiempo llevaba así, aunque en realidad se trataba de una absurda y estúpida pregunta que llevaba años sin formularse. Ya apenas tenía importancia. Le gustaba la soledad: aquella soledad sombría que le abrazaba cada día, en silencio, desde hacía mucho. Sin pretenderlo, se había acostumbrado a su suave terciopelo y ésta recorría con la misma libertad, como un fantasma, su habitación.

A través de una vieja y destartalada ventana observaba el mundo como quien mira por la cerradura de una puerta: sólo por curiosidad, pero sin pasión. Porque el suyo, su mundo, permanecía paralizado como un cuadro de papel: inerte e inútil. Su vida se encontraba detenida en el tiempo como un paisaje torpe y sin sentido. Cualquier motivo constituía un desatino; y cualquier intento, una causa a destiempo y sin valor. Más allá, se escondía la mágica tragedia de un cielo que, cada tarde, se quemaba en silencio. Y, flotando invisible, aquella larga hipocondría que habitaba desde siempre en el ambiente. A veces, pasaba las noches enteras mirando la inmensidad de aquel océano negro que emitía incansables e intermitentes destellos azulados e imaginaba, que, como los chamanes, navegaba en el espacio y en el tiempo de un lado para otro, atrapado en fiebres seguramente inexplicables. Pero, otras, se inmovilizaba mucho más cerca observando esa vieja luna de piel de manzana.

Pensó, que tal vez, era demasiado viejo para soñar: hacía mucho tiempo que sus gaviotas —sus sueños— se habían fugado: se habían marchado apresuradamente en busca de cálidos mares o, simplemente, habían elegido otros lugares dónde morar. En cualquier caso, poseía la certeza, de que a sus frías playas, jamás regresarían.

Entonces se volvió para mirarme con los ojos grises y ausentes; como el que se encuentra repentinamente perdido e invadido por una remota y densa nostalgia. Me sonrió levemente con una mueca autocompasiva y triste: como queriendo decirme que él era así; un viejo y agotado soñador, si yo quería. Un estúpido soñador que se había enrolado para siempre en la nave de la tristeza sin más esperanza que la muerte como camino para poder olvidar. Y que, al final, por cosas difíciles de explicar, sólo era un pobre y patético soñador que había terminado acostumbrándose a acariciar la vida por el envés, probablemente. Era muy posible que se hubiera equivocado. Es más: estaba casi seguro de ello. Pero ese minúsculo y veloz planteamiento, de todas maneras, a las alturas en que se encontraba situada su agrietada soledad ya no era motivo suficiente como para cambiar su incoherente manera de ser.

Comenzó a caminar lentamente hacia a mí y cuando estuvo enfrente, me dijo que no suponía gran cosa el que estuviese equivocado, porque ya era tarde, y lo sabía. No se lamentó en ese momento: llevaba haciéndolo casi toda su existencia. Así que, por toda respuesta, sólo dejó caer otra vez una sonrisa de estúpido perdedor para quitar importancia a su propio comentario y empezó a darme la espalda; aunque, súbitamente, se detuvo y se dirigió nuevamente hasta donde yo me encontraba. Se me acercó, y frente a mí, elevó ambas manos a las sienes. En un tono de cierta despreocupación me comentó que, sin darse cuenta, éstas, aparecían prácticamente cubiertas de canas. Y era cierto: su cabello ondulado se había plateado insólitamente. Me disponía a comentarle que no era lo peor que podía sucederle, pero sin esperar una respuesta por mi parte, concluyó en un: me estoy haciendo viejo.

Después de aquel monólogo, que en realidad sostuvo conmigo, se acercó al quinqué; su sombra, quedó impresa como el negativo de una fotografía sobre la pared. La luz le hería los ojos, pero antes de que pudiera regular la intensidad pude verle bien; con la permanente penumbra del cuarto había olvidado que era tan viejo. Casi nunca conseguía verle adecuadamente y, quizá por esto, me sorprendí un poco cuando logré ver su rostro ferozmente devorado por las arrugas que, como consecuencia de aquel fogonazo de luz, aún me parecieron mayores. Lo único que no me pareció distinto fue el extraño brillo de su mirada: esa mirada... ¿Dónde la había visto antes? ¿Dónde? Pensé, pero no pude recordarlo.

En la semi oscuridad de la habitación, caminó despacio hasta la enorme mesa que se encontraba cerca de mí; ella, había sido durante décadas, su único lugar de trabajo: el único testigo de su tremenda soledad. Desde aquel sitio, había ido convocando a sus demonios más antiguos, uno tras otro. Fue arrastrándolos por su amarga y lacia poesía. Elevó a cada uno de sus personajes al escenario de su propia vida dándoles una opaca y aliquebrada personalidad poblada de extraños e infrecuentes comportamientos. Pero lo cierto, era que, aun alejado del camino del éxito y la fama, sin llegar a ser un escritor excepcional, había vivido sólo, por y para escribir. No por la gloria que eso suponía, sino por una inaplazable y bestial necesidad personal que le atenazaba el alma a cada instante; en cada paso, en cada renglón que escupía.

Entregado a su destino hasta la médula; rendido a aquella esotérica mezcla de fatalidad y agonía, sobrevivía, pero únicamente a duras penas: su amargura era devastadora, siempre más fuerte que él, siempre insaciable. El recuerdo, agazapado en las esquinas de su cerebro, le abría las heridas. Le asediaba continuamente en las sombras. Y a él, desde sus propias sombras, sólo le quedaba recordar y escribir. Tenía la inexcusable y enfermiza obligación de contar a los demás —o a sí mismo—, su aflicción y su inconcluso amor que, como una quimera, seguía imponiéndole el terrible castigo de escribir. De seguir escribiendo, sin cesar y sin tregua, obligándole a escupir versos llenos de sangre al aire y al viento. Obligándole a revivir continuamente la profunda e inmortal llaga del recuerdo. Así, desde esa agónica y lánguida postura, desde aquella habitación cargada de zozobra y desaliento, se encomendó a la sagrada labor de escribir y vomitar toda su soledad. Allí había permanecido como un esclavo; por voluntad propia, en cautiverio, largos otoños. Entre los libros que años atrás escribiese, apuntes y más libros... Y entre los indelebles y dolorosos rostros del recuerdo que con frecuencia asomaban sus hocicos impertinentes para saber si aún seguía vivo y atacarle de nuevo.

Tomó un cigarrillo. Nuevamente, un destello de luz, le invadió el rostro cuando ardió la cerilla. La mantuvo en la mano hasta que se consumió. Me miró y habló.

— ¿Ves? toda una vida.

Al principio no entendí el motivo de aquella frase, pero más tarde prosiguió.

— Es como nuestra vida: un segundo en el tiempo. Luego, nada. Simplemente, nada.

Tuve que decirle, que aquello no había sido en vano; no dejaba de ser cierto que sus circunstancias personales le habían obligado a sumergir su vida en aquel oscuro rincón. Pero él era escritor, y en definitiva, era lo que contaba. Siempre deseó ser lo que era; incluso mucho antes de saberlo. Y al fin lo había conseguido. Había logrado dedicar su inteligencia y sensibilidad a contar a los demás, y a él mismo, través de su pluma.

— Y realmente no es tan sencillo, no creas —dije—. Hay que estar dispuesto, siempre que la inspiración así te lo exija, a registrar la memoria en sus más profundas oquedades, miserias y misterios. Porque, no te engañes —continué—, y me consta que así es; es la musa, o el fantasma de la creación, o llámalo como más te guste, el que busca a sus víctimas y no al revés. De hecho, es él, el que te saca de la cama a media noche y te empuja. Es él, el que te obliga, quieras o no, a hurgar con los dedos en las heridas aunque eso te cause un dolor casi insoportable. Muchos escritores no han tenido la suficiente fortaleza de seguir soportándolo y, finalmente, han sucumbido de las más diversas formas; en la mejor de las situaciones, abandonando de una puta vez para siempre el fantasmagórico castillo de la creación. Otros no han tenido tanta suerte; te podría poner tantos ejemplos que no me cabrían en la memoria. Pero de lo que no cabe la menor sospecha es que todos, absolutamente todos, tenemos un alto tributo que pagar. Y si no, mírate: tú, eres un claro ejemplo; a tu forma has pagado con tu vida. Todo tiene un precio y no ibas a ser tú precisamente la excepción: has pagado el precio que eso requería. Casi nadie paga su precio exacto por vivir pero los escritores son de una extraña sangre: los escritores, sí. Sin duda. A veces, pagan mucho por nada; sólo por intentarlo. En cualquier caso, ¿sabes?, todo tiene su precio y de una u otra forma siempre pagamos una tarifa por nuestro viaje. Sin embargo, te has preguntado alguna vez ¿cuánta gente camina por el mundo arrastrando sus frustraciones además de sus fracasos? Esa es una pregunta que no todos estamos dispuestos a responder; aunque, ésa, sí es realmente la cuestión.

No dijo nada. Me observó en silencio y permaneció así. Luego bajó la cabeza y me preguntó sin mirar.

— ¿Sí, y qué? Porque habrá algo más, ¿no? ¿De qué me ha servido esta rotunda soledad si no para destruirme y castigarme sin el menor miramiento? ¿Alguien se interesó, en algún momento, en preguntarme si estaba dispuesto a pagar tan cara mi existencia? ¿De qué me ha servido ser escritor y ver la vida con una sensibilidad y una óptica distinta a la de los demás? Hubiera dado la eternidad por ser un hombre absolutamente normal; con criterios y fundamentos normales, aunque hubieran sido de lo más simple. Seguramente el sacrificio hubiera sido mucho menor. Estoy plenamente convencido que tener una sensibilidad por encima de lo que calificamos como normal es un completo error. Es todo un inconveniente que, además, en estos casos, arruina cualquier movimiento o proyecto. Impide mirar al futuro con frialdad porque, entre otros motivos, como es mi caso, no he superado el pasado. Y lo peor es saber con terrible certeza que aquello que no me permite avanzar es lo mismo que a la vez he de arrastrar. Nadie desea sufrir por capricho, tú lo sabes —dijo—; esto ha sido otra cosa: esto son esas asignaturas que jamás aprobé porque me sorprendieron en el peor momento. Cuando más indefenso me encontraba. Y esto, cómo no, ha sido el justo castigo por creer en el amor en el instante más inadecuado e inoportuno. Era cuando más lo necesitaba y, lógicamente, me faltó perspectiva y objetividad. Desde el preciso instante en que permitimos que el corazón gobierne nuestro cerebro, uno, no hace más que naufragar. Tenía que haber sabido mucho antes un par de cuestiones, como por ejemplo, que el amor, aparte de ser ciego, es completamente gilipollas y aún peor consejero. Y que el corazón debería limitarse exclusivamente a bombear sangre, no a buscar explicaciones; es, simplemente, una puñetera víscera. Nada más. Es la edad, en su fragua, la que se encarga más tarde de ir desvelando tan sencillo enigma: precisamente la edad, y no otra cosa. Lo sé ahora, y tú, claro, también. Llevas demasiado tiempo conmigo; a estas alturas ya tendrías que estar enterado.

A partir de ese momento, tanto él como yo, mantuvimos un largo y forzado silencio cuando se dejó caer en la cama. Parecía enfadado y con seguridad, así era. En realidad se encontraba tan solo que no sabía con quién discutir y siempre se descargaba conmigo, como si yo tuviera algo que ver en su continua hipocondría y en su mal humor. Aunque a mí, en cierto modo, me daban igual sus reproches y sus ataques. No me importaban demasiado; aquello era lo que él mismo había querido que fuese. ¿Qué cojones me contaba a mí? ¿Por qué pagaba en mí el rotundo naufragio de su vida? ¿Por qué había permitido, sin más, su propio hundimiento? Lo cierto, es que llevaba mucho tiempo viviendo con aquel cenobita. Quizá demasiado. Le había conocido en todas las épocas de su existencia; cuando se sentía arrogante y seguro. Cuando estaba convencido que el mundo le pertenecía de un modo exclusivo, y no parpadeaba ante ninguna situación. Cuando su seguridad era prepotencia: una insoportable, ingenua, extrema y estúpida prepotencia que no le permitió descubrir la vida con cierta cautela, desde la acera. Iba excesivamente veloz en su inconsciente necedad. Tan rápido, que se enroló en ella con tremendo desacierto; tan raudo, que no tuvo en cuenta sus trampas mortales y, claro, no tenía más remedio que estrellarse; no podía ser de otra manera. Ésta misma, la vida, enseguida comenzó a pasarle impagables facturas emocionales que, como es natural, acabaron abatiéndole sin ninguna piedad. Sencillamente porque no estaba preparado para soportarlo.

Su alma pronto se vio atrapada; quedó enredada en los alambres cuando se disponía a iniciar el vuelo más importante de su vida. E, indefectiblemente, cayó al abismo como una piedra al pozo: para no salir jamás. Y así, herido de amor y muerte, decidió recluirse en su soledad; lejos de un mundo al que odiaba tanto como a sí mismo. Nada podía evitar su inmenso dolor. Ni siquiera el hecho de pretender huir: todo resultaba completamente inútil; las llagas del pasado, una y otra vez, se le abrían entre las costuras de las horas que, detenidas en el tiempo, sumaban muy despacio los días con el único fin de sangrarle poemas.

Durante un tiempo, que personalmente me pareció eterno, se limitó a dar largas y profundas bocanadas de humo expulsándolo luego, casi sin fuerza, para observarlo subir hasta el techo formando figuras amorfas. Desde donde yo me encontraba únicamente podía ver la silueta de su cuerpo tendido a través de los barrotes de latón del lecho que, inquietos, chispearon al roce de los halos anaranjados que aún conseguían robar cierta oscuridad al pequeño cuarto. Sólo eso; su contorno, y de vez en cuando, el enigmático brillo de sus ojos. Unos ojos completamente hundidos y extraviados en el cielo manchado de la habitación.

Por segunda o tercera ocasión volví a preguntarme dónde había visto antes de ese instante aquel extraño fulgor pero no logré recordarlo. Sin embargo, mientras le observaba, sí me sentí convencido que se encontraba dándole vueltas a lo que antes habíamos estado discutiendo, aunque no dijo una palabra. Por un momento pensé que se hubiera quedado dormido pero me di cuenta que no era así, cuando intentó decir algo que después no continuó. Tras otro espacio de tiempo tragó saliva y me dijo sin apartar la vista de las traviesas del techo.

— ¿Sabes? Soy... —entrecortó la voz—, tengo la agonizante sensación de que he sido como esa cerilla; nunca llegó a encenderse tanto como para quemar aunque, en su pobreza, sí alumbró lo suficiente como para emitir al menos un leve destello. Solo una sola vez: la vez que fui feliz; fugazmente feliz. Más tarde, las sombras irrumpieron en mi vida. Me resulta doloroso admitirlo. Me duele terriblemente tener que admitir, no haber tenido el suficiente valor de vivir por intentar sobreponerme y superarlo, y terminar de una vez con mi tortura. He hecho de mi dolor una inseparable quimera. He sido un cobarde: un cobarde miserable. Encontré el amor y el olvido en una sola persona. Ella me elevó, en otra dimensión, hacia un mundo mágico de ensueño: primer amor. Pasión y deseo. Enseguida no fue más que el capricho. Después el olvido: su olvido. Un juguete roto; silencio e indiferencia. ¡Lo sabes! ¡Tú lo sabes! —gritó— ¡Sabes perfectamente de qué te hablo! ¿Por qué guardas ese odioso silencio? ¡Estabas conmigo! ¿Cómo es posible que ya no recuerdes mi dolor? ¡Sabes que quedé agonizando!... Suplicando, mendigando su amor; un amor de papel, un amor de mascarada, un amor que no valía nada... Un amor que se distanciaba más cuanto más lo rogaba. Cuanto más lo imploraba. Cuanto más lo necesitaba... Y el olvido, ¡Dios mío! El olvido... Su olvido ha sepultado mi vida entre cientos de poemas y noches vacías. He cabalgado a través de los años destrozando mi vida: he soñado en cada mujer a aquella mujer. Y en cada caricia, sus caricias. He visto en cada rostro, su rostro. En cada piel, su piel. Y en cada mirada, su mirada... Quería verlo así. Necesitaba verlo así. He sido incapaz de volver amar. He sido perseguido, en mi infinita angustia, por visiones que me atormentaban sin descanso. Una locura quizá. Tal vez sólo un sueño... De esta absurda y complicada manera condené mi vida. Por no tener en el momento adecuado el suficiente egoísmo, amor propio y autoestima necesaria como para amar tan sólo a quién fuera capaz de amarme sin reservas, ni condiciones sociales. Con orgullo: sin dudas. Con el absoluto convencimiento de que el amor es algo más que una aventura y mucho más serio que un simple devaneo. No debía haber jugado conmigo del modo en que lo hizo Nunca debió herirme de esa forma. Nunca debió hacerlo. Jamás podré olvidarlo. Sé —dijo mirándome—, que he sido un cobarde sin que tú me lo digas; pago por ello, cada día...


Hoy, son tantos los otoños...

Hoy hace cuarenta años.
Hoy hace cuarenta otoños.
Yo, aún era un crío
que soñaba y creía en el amor.
Que lanzaba mis gaviotas bajo el cielo
rojizo al atardecer
y mientras se fundían
retozando en el horizonte,
bebiéndose
sorbo a sorbo los halos de luz amarga,
soñaba y creía.
Y mis ojos tristes, hoy apagados,
perseguían
en su locura de volar
lo que hoy es sólo fantasía.

Yo, aún era un crío
con la sonrisa dibujada
en los labios,
y un alazán en el alma.
Y un viento de primavera
que se quemó en su carrera.
Y por ser algo, fue murmullo;
una quimera.
Y por no tener...,
por no quedar,
no me quedó
ni un Dios en el que creer,
ni qué amar
que no fuera tuyo.

Y me quedé solo y vacío
con el llanto entre las manos,
comiéndome a pedazos
los últimos retazos
de lo que fue nuestro...
Y se borró mi sonrisa.
Y buscaron otro mar mis gaviotas.
Y fueron pasando años.
Y fueron pasando otoños.
Y te buscaron mis manos
que sólo te hallaron en mis sueños.
Sólo en mis sueños.

Y hoy, después de tanto tiempo,
después de tantas ilusiones como arrastró el viento.
Hoy, que sé que soy viejo
sin mirarme al espejo;
hoy, que mi futuro
se fue marchando detrás de tu pasado
y mis poemas de amor
quedaron enredados
en tus cabellos...

Hoy, aún hoy,
vivo aquellos
besos de miel
que abrasaron mi piel
para ser tan helados...


Ahora era yo, en esta ocasión, el que le devolvía la mirada fijamente sin atreverme a decir nada. Sólo pensé que tenía razón: era, sin duda, una devastadora e infame razón. Eso le mordía el alma; no podía evitarlo. Era una razón demasiado cruel. El caso, es que no fui capaz de decirle nada; únicamente le miraba. Su voz era dura; sonaba rota. Pese a hablar entre grandes intervalos, supe, que había terminado de hablarme. Él, por su parte, continuó inmóvil y petrificado echado sobre la cama, con la mirada alejada de cuanto le rodeaba; como queriendo no estar allí, ante mí, en aquel cuartucho, aquella mustia tarde que se desplomaba por segundos. Pero poco después, a pesar de mi presencia, sus ojos comenzaron a brillar y explotaron en un inevitable llanto. Luego los cerró y apretando con fuerza los párpados lloró en silencio.

Al cabo de un rato, en un silencio mortal, acerqué mi vista al balcón y vi como el mar extendía su acristalada belleza con sublime calma. Y fue al apreciar con cuánta nitidez se proyectaba el cielo enrojecido sobre él cuando recordé, por fin, dónde había visto antes de aquellos momentos el raro destello de sus ojos. Y entonces, sólo entonces comprendí, que no era yo el Espejo.

Una inquietante afonía se instaló definitivamente en la habitación y creo, que al igual que él, yo también me dormí. Seguía atardeciendo lentamente.




José Hernández Meseguer
Portbou (Gerona), 1980







NO ENVÍES ROSAS A ARLINGTON
[Relatos Del Espectador Del Crepúsculo]

Cruzó la calle como una exhalación, sin mirar. Su paso era firme y sereno. Le costaba muy poco imaginarse así mismo enfundado en su rutilante uniforme de soldado de los Estados Unidos. Flamante y repleto a reventar de medallas al valor. Cuando regresase lo haría de una manera épica. Gloriosa. Estaba plenamente seguro. Sería la envidia de sus amigos y el cuchicheo impertinente y atrevido entre las chicas que le examinarían con ojos insinuantes. Demostraría a todos que era un líder. Un ganador.

En la entrada, se detuvo unos instantes y volvió a preguntarse por enésima ocasión, si pese a las apariencias y las buenas intenciones, aquello que había pensado hacer era lo que realmente quería, pero no supo contestarse de una manera rotunda en ningún sentido. En el fondo tampoco él lograba verse como soldado, pero sólo era una cuestión de tiempo. Se acostumbraría. Las Fuerzas Armadas le proporcionaban un empleo estable; era, en definitiva, lo que pretendía. Lo que sí tenía meridianamente claro es que su futuro no pasaba en modo alguno por seguir siendo un vulgar mecánico el resto de su vida reparando motores de dos tiempos, quince horas diarias, para llevar a casa un mendrugo de pan. Tenía que pensar en el mañana y el taller no le presentaba las expectativas de éxito que esencialmente necesitaba.

Neville, esperaba algo más de la vida que no fuera únicamente arreglar coches. Esperaba de la vida el triunfo absoluto. Si por el contrario decidía quedarse en el pueblo, posiblemente, algún día, podría llegar a ser el dueño del negocio… ¿Pero y qué? ¿Qué suponía eso? ¿Iba a ser ése todo su porvenir? ¿Y sus sueños? ¿Y su ambición? ¿Dónde quedarían? ¿Para cuando los dejaba? ¿Para cuando tuviera cien años? Definitivamente, no.

Cuando Neville entreabrió la pesada puerta de la Oficina de Reclutamiento creía tener las cosas medianamente elaboradas. Lo tenía casi todo pensado y decidido. Y optó por no darle más vueltas al asunto: al final se alistaba en el Ejército. Allí, en la Oficina, naturalmente, tras rellenar y firmar media docena de documentos, aplaudieron su actitud y su postura patriótica. No pudo evitarlo; se hinchó de orgullo como un pavo real.

Meses antes, Aurora Donaggio y él habían discutido seriamente. De hecho habían cortado su relación. Ninguno de los dos parecía tener las cosas demasiado claras; ella le exigía continuamente un futuro con un mínimo de solidez para plantearse boda algún día, y de paso, le recriminaba duramente su falta de iniciativas. Decía, que su ocupación fuera del trabajo era, exclusivamente, jugar al billar americano y beber cerveza con los “amigotes” en lugar de preocuparse por conseguir un trabajo mejor remunerado. Y en realidad era así, pero, porque el pueblo, aquel maldito y castigado pueblo, no brindaba muchas más posibilidades que no fueran esas o trabajar en el campo como jornalero.

De manera que cuando por casualidad unos Marines en misión de reclutamiento, le informaron de la gloriosa y excelsa labor a realizar y de todo un futuro colmado de triunfos y logros, su cerebro, enseguida, se llenó de extrañas sensaciones y vio los cielos abiertos. Comprendió, inmediatamente, que sus problemas estaban resueltos pero no se lo dijo a Aurora. Estaban enfadados y por el momento no se lo comentaría. Tendría la sangre fría de marcharse sin decirle una sola palabra, y a la vuelta, en uno de los permisos que le concedieran iría, entonces, a visitarla. ¡Ése sería su primer éxito! Y la forma de demostrarle que tenía inquietudes y ganas de triunfar. Todo por ella. Todo por Aurora. Todo porque, aunque no se lo dijese, la adoraba.

La Academia de Formación serían sólo ocho semanas; ocho semanas pasan pronto, lo soportaría, se dijo. Después, el destino. Medio año más tarde regresaría con unos días de permiso. Hablaría con sus padres. Cuando terminase la guerra, que no sería muy larga, “porque los limones del Vietcong no tenían nada qué hacer”, volvería. Se casarían y tendrían, a partir de entonces, toda una vida para estar juntos.

Neville sonreía con malicia mientras trazaba en un segundo su vida. Neville, sonreía, al pensar la cara que pondría Aurora cuando le viera aparecer impecablemente vestido como un general tras su extraña ausencia.

Yo, como el Espectador del Crepúsculo que soy, observé mudo una vez más, desde un rincón de su alma, sus sueños. Unos sueños de cristal a punto de quebrarse. Pero no podía hacer absolutamente nada. Como siempre, me limité a guardar un doloroso silencio, cuando, envuelto en la oscuridad, se fue. El muchacho desapareció del pueblo una noche. Antes pidió a sus padres que bajo ningún pretexto le comentaran a la chica sus proyectos. Tenía que constituir una auténtica sorpresa.

Pero en contra de lo que Neville había imaginado su castillo de proyectos se vino abajo de un zarpazo. La presión en la Academia, desde el comienzo, fue insostenible y el azote psicológico, tremendo y cruel. Estaban preparándolo, en el fondo, para saber morir y, por supuesto, para matar.

Tardó pocos días en comprender que se había equivocado por completo y tembló de temor, pero ya era tarde. Su compromiso con el Ejército estaba lacrado con  el sabor  y el color de la sangre. No existía la vuelta atrás. No había posibilidad de retorno. Ahora podía ser llevado con absoluta facilidad ante un Consejo de Guerra y ser fusilado si se negaba a luchar. Estaba en las caprichosas manos del destino. Era un número. Sólo un número que podía existir o eliminarse de un plumazo. Su vida ya no le pertenecía. Su vida no valía nada; apenas unos centavos. El tiempo que transcurrió en la Academia se hizo interminable y tortuoso. Las semanas se detuvieron en el calendario; contó, como un convicto, los minutos y los segundos que faltaban para poder escapar de allí.

Por fin, una mañana, recibió su destino: Vietnam: 1er. Batallón Infantería de Marines. El tiempo que debía estar en aquel remoto país seguía siendo una incógnita aunque quiso abrazar la promesa, cada vez más alejada y contradictoria, que aquel robusto soldado le había hecho; aquel Marine le garantizó con la mano puesta sobre el pecho que todo aquello sería una verdadera “excursión” por el Mar de China Meridional.

Algo muy oculto, como un presentimiento, comenzaba a latir despacio en su corazón y le decía que su equivocación le arrastraría a consecuencias irreparables y fue, entonces, cuando decidió romper su promesa para refugiarse de nuevo en Aurora. Ahora la necesitaba más que nunca. Más de lo que ella jamás se podría imaginar; se encontraba atemorizado y profundamente solo. Tan solo, tan abatido…







Delta del Mekong. 7 de abril, de 1.964

Querida mía:

Aún no sé muy bien qué hago aquí. Después de muchas noches intentando conciliar el sueño sin poder dormir y días sin apenas descansar en esta gigantesca e interminable plataforma metálica al que llaman “Midway”, me pregunto qué hago aquí. ¿Por qué tuve que venir a este lugar? ¿Por qué? He pasado semanas enteras oteando un horizonte  vacío sin ver otra cosa que no sea el mar. Me produce cierta soledad.

Al llegar a esta parte del mundo, éste cambió; los monzones del Paralelo le embravecieron: le hicieron amenazante, las lluvias torrenciales le enojaron. Tú sabes que tenía verdaderos deseos de ver el mar, pero no así. No de esta manera. Esto es completamente distinto a lo que siempre he soñado. Los días se suceden demasiado lentos y soñolientos dentro este amasijo de aceros que cruje como si fuera a desmontarse en cualquier momento. Aunque ciertos momentos se cargan de tensión cuando nos hablan los veteranos. Se llenan de incertidumbre y miedo cuando nos cuentan lo que nos vamos a encontrar en este infierno.

Ellos ríen enloquecidos cuando hablan de este asunto, parecen unos jodidos trastornados. Y me acojona pensar si la locura que sufren no es más que la consecuencia de su experiencia. Nunca he pretendido ser héroe de un modo consciente. Las medallas al valor que me imaginé en el uniforme fueron sólo para impresionarte. Para sentirme importante ante ti. Y tú, orgullosa de mí. Sólo eso. Créeme. No me da vergüenza reconocerlo. Las tumbas están repletas de héroes y no tengo ninguna prisa por verlos.

En esencia, pienso, que muchos de estos soldados veteranos que vienen hasta aquí a ocupar nuevos destinos se sienten como yo o peor incluso. No sé aún lo que me espera con absoluta certeza, ellos sí. Sus actitudes me turban, están idiotizados; se quedan suspendidos, de súbito, en puntos inexistentes. Suelen guardar prolongadas y desordenadas pausas entre conversación y conversación y, únicamente, éstas, están alimentadas por el alcohol y la marihuana. Les noto aturdidos. Fuera de sí. Quieren, a cualquier precio, maquillar un terror que se les hace indómito y se les escapa de las manos.

Detrás de sus risas nerviosas existe un miedo casi incontrolable que les delata cuando hablan de antiguos compañeros; y de pronto, se instala un silencio entre ellos que se podría masticar. Y Bajan la vista. Y vuelven a beber y a fumar. Lo presiento: subyace, aunque deban disimularlo, un pánico que les muerde el alma. A estas alturas, a toda esta gente les da igual que nos asustemos o no, pero ningún superior les va a permitir quebrar con antelación la moral de los novatos así que, en muchas ocasiones, callan y no nos desvelan sus experiencias. Prefieren hacer chistes sobre las putas amarillas que se follan.

Estoy asustado, no puedo evitarlo. Desde que salí de Arizona hacia la Academia Militar no he dejado de pensar en que me equivoqué estrepitosamente eligiendo esta absurda puerta de salida. Seguramente pagaré caro el error, pero… ¿Qué hago ahora? ¿Qué puedo hacer? Te escribo con una angustia feroz e inaplazable. Me domina. No puedo evitarlo. No soy capaz de sujetar ni mi inquietud ni mi pulso. Hemos llegado a nuestro destino. Me quedan tan sólo unos minutos para imaginarte de nuevo hasta que recoja mi equipaje.

Me han contado muchas cosas. Historias. Mentiras y verdades. Déjame soñar que aún estoy contigo. Aléjame de la oscuridad que me atenaza… Aléjame, con tu recuerdo, de este momento.





29 de abril

No sé en qué lugar me encuentro. No tengo la menor idea. Tan sólo sé que camino en hilera con cientos de compañeros, atravesando laderas y montañas. Estamos exhaustos; caminamos sin descanso durante dieciocho o veinte horas seguidas y siempre, con cien ojos y treinta kilos de mochila, aparte de las municiones reglamentarias y el “M-16” (fusil de asalto). Tampoco sé hacia dónde nos llevan. Dicen que a Saigón (Ho Chi Minh).

Podría perderme en cuanto me separara de los demás sólo un metro. Esto es un auténtico laberinto de arbustos y pantanos. Los Jefes de la Unidad, nos previenen de los “bodois” (soldados Nortvietnamitas). Son auténticos camaleones en la selva. Suelen atacar en pequeños comandos que, generalmente, perecen. Utilizan una estrategia aparentemente anárquica. Pero que, repetida en distintas ocasiones, consigue fracturar las mayores columnas armadas. Sus sandalias, de neumáticos, son silenciosas y no dejan apenas rastro. No son grandes especialistas pero sí grandes disciplinados y pueden suponer desagradables sorpresas para nosotros.

Lo cierto es que yo, por el momento, aún no he visto a nadie. Ni siquiera de lejos. Parece que no existiesen. Sé que no, que están en algún lugar, no muy lejos de nosotros, acechándonos. Se ha extendido el rumor, no sé hasta qué punto cierto, de que esta gente tiene minado todo el territorio de “Rompepies” (minas camufladas en el suelo).

También, que han construido más doscientos kilómetros de túneles subterráneos por toda la región, a través de los cuales, se desplazan para transportar armas y piezas de artillería. Montan por las noches las baterías de disparo y como no tienen demasiadas posibilidades económicas, actúan y las vuelven a desmontar pieza a pieza. Las transportan por los túneles, o en bicicletas, por la selva, hasta el siguiente punto. De forma sistemática. Con voluntad de hierro. No tienen otros métodos, pero no puedo evitar preguntarme que, si es cierto que tienen la fuerza de voluntad de excavar toda la región a pico y pala sin necesidad de máquinas o transportar las piezas de artillería una por una, a mano… ¿De qué será realmente capaz esta raza?

De hecho, cada vez más cerca, oímos la reverberación de la artillería pesada. Los cañones de los Vietcong. Pero, aun así, sigue pareciéndome una tierra abandonada, únicamente poblada por pájaros tropicales y extraños insectos del tamaño de almendras. Dormimos dos horas al día en turnos, cuando podemos, y casi siempre bajo una copiosa y vasta lluvia que saca a estos tremendos insectos de sus agujeros para pasearse con total impunidad por encima de nosotros en cuanto nos descuidamos.

Ahora estoy de guardia. Y sé que no debiera escribirte. Tengo que estar sumamente atento. Todavía me supone un esfuerzo importante distinguir los ruidos que libera la jungla a mi alrededor y me sobresalto con frecuencia. Pero no puedo olvidar tampoco que tus ojos puedan ser testigos en toda su grandeza de mi soledad y deseo compartir contigo, desde estas líneas, este soplo de extraña soledad. Solamente tú puedes saber, exactamente, lo que quiero decir; aunque no sea más que a trompicones, con torpes y desafortunadas palabras por mi parte.

Pero quiero arrastrarte hasta aquí, para que, por un instante, podamos de nuevo volver estar juntos. Y, juntos, escapemos de esta locura que se cierne sobre mí. Quiero que seas capaz de perdonar mis diecinueve años y mis actitudes infantiles. Sé que hice mal alistándome en el Ejército sin que lo supieras. Fue un impulso estúpido y me arrepiento. En aquel momento me sentí demasiado herido en mi orgullo. Ahora ya no puedo retroceder. Sólo quiero rezar para que pase el tiempo lo más rápido posible y pueda vivir para contarlo. Debo dejarte, mi amor, mi turno de guardia ha pasado, pero debo descansar. Me espera una terrible y dura jornada.

Siempre tuyo, Neville.





Base Camp  Jhonson. 22 de junio, de 1.964

Puedes creerlo. No tengas ninguna duda. Hace apenas un mes que me he enterado que el presidente John F. Kennedy fue sido asesinado en la ciudad de Dallas.

Lo cierto de esta situación es que estamos tan alejados del mundo que parece que fue hace un millón de años cuando salí de mi pueblo. Las noticias llegan con meses de retraso, cuando llegan. El sargento me comentó que sí, que el presidente había sido asesinado, pero no hace un mes como yo creía, sino siete. Las cosas que he visto y vivido en este tiempo me han hecho cambiar dramáticamente los conceptos sobre todo lo que me rodea.

Voy a ponerte un poco al día de lo ocurrido en este tiempo de mi vida, aquí en Vietnam.

Para empezar, te diré, que, tras semanas de intensas caminatas por la selva, la intención final del mando era establecer una Base compacta y estratégica que incluye helicópteros de combate rápido y artillería pesada. Seremos un total de mil quinientos individuos aproximadamente aunque, cada sección tiene sus propios encargos con independencia del resto. Lógicamente todo está coordinado por el coronel Hogan. La Base de Operaciones Johnson debe su nombre a un tipo que no sé exactamente quién es. Creo que un senador de la Casa Blanca. Personaje, que, según he escuchado, ha relevado transitoriamente a Kennedy en los asuntos concernientes a Vietnam.

Sin duda, este cabrón, está manejando tranquilamente entre copa y copa la vida de los veinticinco mil cretinos que nos jugamos la piel en esta península amarilla, segundo a segundo.

Hace unos meses éramos dieciocho mil los tontos, pero, claro, con el asesinato del presidente se teme una escalada comunista y no están dispuestos, en absoluto, a permitirlo. Para Washington, el caso vietnamita, es un supuesto ya previsto en la agenda Truman y escenificado con la teoría de las fichas de dominó: “Si cae Indochina, caerán Birmania, Tailandia, Malasia...”.

Según he oído, los americanos de las altas esferas, los que no se juegan ni una uña en todo esto, se sienten terriblemente acojonados. El secretario de Estado, un tal J. Foster Dulles, nombraba la posibilidad, incluso, de una Australia comunista si no se frenaba tajantemente este oleaje amarillo. Pero, en realidad, todo esto que te escribo es una imbecilidad, porque hasta a mí me importa una mierda. No deseo saber absolutamente nada de esos cabrones que nos han engañado con grandes promesas. Con grandes inyecciones de patriotismo para traernos aquí; a morir entre juncos, fiebres desconocidas y mosquitos de palmo y medio.

Desde aquí, desde la Base, partimos antes del amanecer en pequeños pelotones de no más de cinco personas; un sargento, un cabo y tres o cuatro soldados, hacia las misiones que nos encargan y que no siempre son de lo más honrado. Pero yo no he venido desde tan lejos, no he recorrido más de diez mil kilómetros para intentar cambiar el mundo. Sino a sobrevivir en él y marcharme. No soy ningún juez. No quiero serlo. ¿Quién dijo que la guerra fuese un acto honrado? Paso tanto miedo como la gente que vive desde hace siglos en estos arrozales. Y si yo aún no sé lo que hago aquí, ¿cómo voy a saber si está bien o mal lo que realizo?

Aunque creo que no. Creo, sinceramente, que hemos venido a joderles. Ellos, los “Vietcong”, al igual que yo, sólo intentan sobrevivir. Es obvio que luchen hasta el final. Con todas las consecuencias. No podría, aunque quisiera, reprocharles nada; somos, nosotros, los advenedizos. Y en definitiva, todos, las víctimas en una guerra que nadie quisimos si exceptuamos en este juego a los fabricantes de armas, ropa, servicios e industrias colaterales y alimentos elaborados exclusivamente para el ejército. El gran negocio de los ricos y los poderosos al servicio de los desgraciados, que somos el resto. ¿Irónico, verdad?

De todas las formas no voy a engañarme ni a mortificarme; no quiero sentirme responsable de toda esta mierda. No pretendo pensar casi nunca que vaya a terminar mis días en esta selva. Yo no elegí de un modo deliberado este macabro escenario, eso creo, al menos. Debo reconocer, sin embargo, que me engañé a mí mismo tanto como los que me mintieron diciendo que sería un héroe. “La excursión” que nos prometieron por la jungla se ha convertido en un monstruo sediento de sangre que nos va a devorar. Las cosas se complican por momentos y el entusiasmo se quiebra. Esto no se parece en nada a un “juego”. La historia se está invirtiendo. Y David, una vez más, puede vencer a Goliath. Ya sucedió.

La realidad y la evidencia, en ocasiones, se abren paso burlándose de mi ansiedad y me sumergen en un estado de angustia indescriptible, y pienso sin querer. Vuelvo a naufragar en mis miedos. Y sí, puede que muera aquí, soy consciente. Ya he visto morir a muchos de mis compañeros en esta guerra infame y diabólica; unos han sucumbido en trampas mortales o en enfrentamientos directos con el enemigo. Otros, en bombardeos o bajo la mano invisible de los francotiradores. Y puede que esté escrito que yo sea uno más. Quizá el próximo. ¿Por qué no? Uno más dentro de este engranaje histriónico, humillante y sin sentido, que es el exterminio por el exterminio.

O puede ocurrir que no. Que sea el verdugo. Que sea yo el que mate a algunos amarillos más y desgarre, sin saberlo, familias enteras. Esto es así. Es la guerra. La guerra es cruel y sólo puede dejar tras su paso estelas de crueldad. Estamos abocados por ambos bandos a combatir, es lo que únicamente sabemos. Y lo que sabremos. El odio que sentimos los unos por los otros no es más que producto del miedo. Un miedo irracional y sin control que se apodera de nosotros cuando salimos de patrulla y no tenemos la certeza de que vayamos a regresar, ni cómo, ni de qué manera. Esa tensión, te aseguro, que transforma.

El otro día perdimos tres de nuestros compañeros. Otro, quedó sin piernas y un brazo, al pisar un “Rompepies”. Íbamos siete soldados en la expedición. Quedó completamente destrozado. Lloraba como un niño y llamaba suplicante a su madre. Todos estábamos asustados. Nos tendieron una emboscada. Estoy seguro que nos esperaban camuflados en el follaje de la jungla. Disparamos en todas las direcciones posibles hasta conseguir localizar el fuego de mortero que nos asediaba. El “M 16” me ardía en las manos. Aguantamos como pudimos. Utilizamos diecisiete o dieciocho veces el “cascanueces” (lanzagranadas), y así, conseguimos resistir.

Mandamos un mensaje de SOS por radio y dimos nuestras coordenadas de localización. En apenas doce minutos llegaron los helicópteros que arrasaron por completo la zona con NAPALM. Sé que matamos a un grupo considerable de “cong”. Mientras trasladaban a López, el puertorriqueño, en uno de los helicópteros de salvamento, le administraron una fuerte dosis de morfina para que pudiera soportar el horrible dolor que sufría. Le dijimos que se pondría bien, que todo iría bien, pero sabemos que será muy poco probable. ¿Quién va a devolverle las piernas y el brazo izquierdo que ahora y siempre le van a faltar?

No. No creo que volvamos a verlo.





Base Camp Johnson. 3 de enero, de 1.965

Ya sé que hace meses que no recibes cartas mías. Perdóname. Esta maldita guerra está destrozándome por dentro y por fuera. Mis sentimientos van embruteciéndose por momentos. No me comprendo a mí mismo. Me siento cambiado. Todo me asquea y no me importa nada una puta mierda. Aquí, entre tanta muerte, me siento otro cadáver. Las matanzas son, cada vez, un poco más parte de nosotros. Tanto, que empiezan a no importarme un carajo, tampoco. Estoy perdiendo el sentido de las cosas, y la razón y la lógica, no siempre se encuentran dónde las necesito.

Creo que me estoy volviendo loco sin saberlo. Sin darme cuenta. Esta sinrazón me está conduciendo a lugares de los que no estoy seguro de poder regresar.

Esta carta es, únicamente, lo que puedo ofrecerte. Sólo tengo desaliento y temor. Los tambores de la guerra no quieren cesar y yo me encuentro tan solo una vez más…

Te amo.





10 de  diciembre 1.965

Querida mía. Querida Aurora:

Te escribo la que puede resultar ser mi última carta. Es cierto que he perdido poco a poco toda esperanza de volver. Sí, desgraciadamente, creo que sí. Comprendo que no quieras que ahogue el ánimo, pero he visto tanta desgracia que ya no acaricio ese sueño como meses atrás; ha ido difuminándose.

Aquí todo se encuentra detenido en el tiempo, se pierde la noción y llega, incluso, a no importarme. Hace dos días comentaban los Jefes de la Sección que cuando regresemos (los que regresemos) de la misión a la que nos envían obtendremos posiblemente la licencia. Eso sólo significa una cosa: es difícil que volvamos. Es un encargo arduo y peligroso. De varias semanas en la jungla sin apenas soporte logístico, ya que tiene que realizarse en el más estricto de los secretos. Hemos de intentar liberar a toda costa a los “mias” (desaparecidos en combate) y atravesar gran parte del territorio enemigo.

Nunca he sabido con total seguridad en qué punto de la península me encuentro por lo que no sé lo que tardaremos en llegar. Ya me lo dirán. La única verdad es que desde que me confirmaron que yo era uno de los enviados no puedo dormir. Sólo nos han anunciado hacia dónde tenemos que dirigirnos: a un campo de prisioneros que se encuentra al norte de Laos, cerca de un pueblo llamado Sieng. Vamos alrededor de veinticinco expedicionarios.

Aquí, en una radio del barracón, suena, Bing Crosby “Sueño con unas Navidades Blancas”. Pero, en realidad, con quien sueño es contigo. Contigo y con mis padres. Les echo mucho de menos, no saben cuánto. Sobre todo, a mi madre. Son días muy especiales para ella y sé que estará llorando mi ausencia, aunque esté plenamente convencida que mi servicio a la patria merece la pena. Qué equivocada está la pobre…Y de qué poco le va a valer su desvelo.

Puede que lo único que reciba, con suerte, sea un hombre demolido mentalmente por lo que ha vivido aquí.

Con mala suerte, cualquier cosa: desde el cuerpo mutilado y destrozado de un muchacho, hasta el despojo humano de lo que fue. Pasando por la telegráfica carta de agradecimiento del ejército, una bandera americana y una posdata impecablemente redactada en la que diga, que el cuerpo del héroe caído en acto de servicio, lo mandarán cuando tengan cojones a recomponer todas sus piezas (si las encuentran, claro, sino otras parecidas, hay de sobra), en avión. “No se preocupen”. “Gracias por los servicios prestados a su Patria”.

Perdóname esta ironía recubierta de espanto y angustia.

Te quiere, Neville.



...



Tal y como había sido previsto, dos días después, el comando “Delta”, compuesto por veinticinco individuos, se adentró en la espesura de la jungla. La noche, ciega y sin luna, se los tragó en el más profundo de los misterios. Los engulló, sin misericordia, en una aventura suicida y silenciosa, a través de una inmensa confusión de arbustos, pantanos y extraños terrenos, guiados por la mano de una desdibujada esperanza y un mapa plastificado con datos escasos e imprecisos. Con la convicción, no exenta de pánico, de conseguir el preciso objetivo trazado o morir en el empeño.

Neville tampoco no era el despistado y atolondrado principiante al que abocaron una sórdida primavera a morir en las playas de Indochina. No. Era todo un veterano. Iba para dos años que se jugaba el cuello casi a diario y había tenido que asistir ineludiblemente a muchos actos que, finalmente, le transformaron. En el fondo de su alma, puede que siguiera siendo el jovenzuelo pecoso e imberbe de pelirroja y revuelta cabellera. Pero, desde luego, en dos años se puede cambiar mucho por fuera y por dentro. Y Neville, ahora, se había convertido en una persona recelosa y hosca. Le costaba muy poco enzarzarse en una pelea y, aún menos, esgrimir su machete dentado por la colilla de un cigarrillo de opio o por el sucio culo de un whisky. Su carácter, seco y furibundo, le alejaba mucho del chico inseguro y temeroso que yo conociera.

Siempre existe una primera vez para todo. Y la primera vez de Neville llegó el día que tuvo que descargar la munición de su arma contra un soldado Vietcong que, de improvisto, se le vino encima en un reconocimiento rutinario. Eso le traumatizó. Tuvo tanto miedo que llegó a regalarle al soldado vietnamita la mitad de su cargador. Pasó la noche casi sin dormir, e incluso, atravesó una especie de fiebre desconocida como resultado del enfrentamiento. La secuencia inconfundible de aquel desdichado saltando sobre él se repetía en su mente sin descanso.

Pero el muchacho pelirrojo le arrancó a la vida otras experiencias, si cabe, más duras de tragar. Y por las propias leyes de la compensación y la supervivencia, Neville, fue encalleciendo su corazón hasta hacerlo callar. De otra manera le hubiera sido imposible sobrevivir y lo sabía con total seguridad. De hecho, no era solamente un veterano sino, además, uno de los mejores supervivientes antihéroe. Aquella guerra le repugnaba tanto como al resto de sus compañeros y no se sentía orgulloso, pero quería seguir viviendo. Necesitaba seguir viviendo para Aurora.

En los meses siguientes se aislaron por completo del mundo. Nada a su alrededor tenía la menor referencia. Atravesaron como un fantasma que anduviese de puntillas el paralelo dieciocho para meterse de lleno en la ratonera. Sólo una emisora les mantenía unidos como un cordón umbilical al Campamento Base. En ocasiones de emergencia, bien para demoler, bien para abrirse paso, telefoneaban por radio al Centro de Operaciones Logísticas y en una rápida y fugaz incursión de apoyo, los aviones sembraban de “lluvia de fuego” (NAPALM) y caos el contorno, destruyendo toda señal de vida tras su paso.

Claro que, como en todas las cosas, aquí también existía el derecho al desacierto y de vez en cuando, “por error”, arrasaban aldeas de civiles que nada tenía que ver con aquello. Es lo que estos cabrones que dirigen el destino de los demás han bautizado como “daños colaterales” para evitar llamarlo por su verdadero nombre. Y lo único cierto es que me hacían trabajar sin dar abasto. Los sueños destrozados de cientos de miles de personas se me almacenaban sin poder apenas enviarlos a su destino.

Después, como un efecto de magia “houdiniesco”, desaparecían. En eso consistía el juego; en jugar, puntualmente, a la eliminación de puntos estratégicos que fueran inevitables. Y digo mal cuando realizo este ejercicio de memoria, ya que, a decir verdad, a los ingenieros de la guerra más que exterminar, que ya lo hacían, les interesaba especialmente dejar al enemigo destrozado e inutilizado, para que, el resto de los efectivos, dedicasen sus esfuerzos a recoger sus trozos. Todos los que estaban haciendo esa labor, lógicamente, no se dedicaban a combatir.

Por su parte, los contraataques de la División 316 norvietnamita y sus “T 54” (tanques), apostados en la jungla tampoco se hacían esperar, pero únicamente los soldados que habían sido enviados al mismo centro del infierno sufrían las trágicas consecuencias.

En aquella interminable aventura fueron cayendo uno tras otro, sin contemplaciones, los soldados americanos, compañeros de Neville. El destino jugaba con aquellos muchachos a su entero capricho; Robert, fue misteriosamente devorado por la noche y jamás se llegó a encontrar su cuerpo. Casares, Morrison y el cabo, De Paula, murieron repeliendo distintos e inesperados ataques enemigos. Walter, murió de una forma estúpida al pisar una “Barbie” (bomba enterrada en el suelo). Graves, murió dos días más tarde, por incauto: probó, de manos de una pequeña “cong” que amablemente se le acercó en una aldea, el “mouc nam” (salsa de pescado fermentada), pero no se dio cuenta que entre la carne del pez se encontraban camuflados trozos de cuchillas de afeitar. Su muerte fue espantosa: murió retorciéndose sin que los demás pudieran hacer nada por el desgraciado.

La impotencia se convirtió en una ira irrefrenable para el resto de los soldados que, enloquecidos, desarrollaron una cruel y sangrienta matanza. Caro le costó a los aldeanos el bufonesco gesto de héroes absurdos en guerras absurdas: fueron sacados a empujones de sus chozas, los ancianos, las mujeres y los niños, e inmediatamente fusilados sin miramientos. Algunas de las jóvenes, antes de morir, también fueron brutalmente violadas, sus casas quemadas y los cochinos de las granjas, tiroteados. No quedó nadie para contar de qué forma tan idiota se puede morir. Pero su Emperador y líder, Ho Chi Minh, eso sí, estaría orgulloso de su inmolación.

Otros, como Dashiell, Carson, Rainer o Woolf, se quedaron atrás, en las minas subterráneas de zigzag, o en pugnas directas con las cañoneras de río, traficantes de opio, o helicópteros 6051 vietnamitas. Y, así, una larga lista de hombres fue dejándose la vida en aquel desalmado e inútil periplo a cambio de nada.

Al final, cuando todo parecía indicar que estaban ya situados sobre su objetivo, quedaban solamente un sargento, un cabo y cuatro soldados; que armados de un valor innegable decidieron concluir su misión. Con un poco de suerte rescatarían a los prisioneros y después se licenciarían con honores.

Neville, en sus adentros, volvía a sonreír. Veía de nuevo luz al final del túnel. Quedaba, según lo previsto, lo más sencillo. Las indicaciones recibidas les daban a éstos cuatro minutos cuarenta y cinco segundos para liberar a los “mias”. A partir de ese momento llamarían por radio y, velozmente, en seis minutos, un “Buey” (helicóptero de combate) les recogería. Ahí terminaba por fin su cometido.

Durante horas, agazapados en la maleza, bajo una incesante y opaca lluvia, estudiaron y analizaron con detenimiento los movimientos de los vigilantes. Había muy pocos. Eso facilitaba las cosas: cuatro de ellos se encargarían de efectuar entre los soldados “cong” la llamada “puerta del viento” (acuchillamiento en la nuca). Los otros dos, simultáneamente, pondrían cargas temporizadas en las torres de la radio y control para incomunicarles y ganar tiempo. Y, entretanto, aprovechando la confusión sacarían de las jaulas de bambú que se encontraban bajo tierra a los prisioneros. Uno de los cuatro encargados de realizar la “puerta del viento”, concretamente, el cabo Winston, un chico de color de Seattle, a su vez, instalaría adecuadamente el mortero y la “granada M-26”, para arruinar cualquier intento de huida de los “bodois” hacia el sotobosque.

Todo estaba calculado con una precisión milimétrica. Casi perfecta.

Al anochecer continuaba lloviendo torrencialmente sobre aquel putrefacto agujero con la particularidad de que, una densa  y opaca niebla, se había apoderado de esa remota parte del mundo. Sincronizados los relojes, se pintaron las caras para mimetizarse con su entorno de un modo exacto. Casi mecánicamente se pusieron en marcha y comenzaron a bajar por la ladera reptando en un silencio sepulcral, como serpientes, hasta llegar a la misma alambrada de espinos en un tiempo que les pareció eterno. Pero no importaba, porque darle paso a la noche era una baza más a su favor. No podían ser descubiertos. Con el soporte de sus gafas de visión nocturna y sus miradas atentas e inquietas, estudiaron mientras se deslizaban, de punta a punta, los lugares exactos a los que debían acceder.

Una vez dentro, una lacónica mirada entre ellos bastó para poner de nuevo los marcadores a cero y separarse en dos grupos. La noche y la oscuridad habían capturado por completo el campo de prisioneros. Sólo el silencio, alguna vez, se fracturaba con los extraños sonidos que producían los habitantes nocturnos de la selva.

Metódicamente fueron ocupando sus respectivas posiciones y aniquilando, uno tras otro, a los centinelas del campamento. Todo lo planeado, se cumplió matemáticamente, de no ser por un pequeño detalle...

Cuando Neville inició la tarea de abrir las jaulas de bambú en dónde se suponía que debían estar los prisioneros americanos que les darían por fin el pasaporte de vuelta a casa, comprobó, con auténtico desconcierto, que éstas se encontraban vacías. Completamente vacías.

La sangre, súbitamente, se le heló en las venas; simplemente no podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué no estaban enjaulados los “mias”? Durante unos instantes, el chico pelirrojo de Arizona, estuvo paralizado haciéndose mil preguntas aunque la respuesta, desgraciadamente, no tardó en llegarle.

Como por encanto los seis expedicionarios supervivientes quedaron mirándose a la cara sin saber qué hacer. Cada Marine, desde su puesto, observó a su compañero respectivo con cara de póker. De repente, el silencio quedó definitivamente estrangulado cuando el ensordecedor zumbido de los rotores de los helicópteros 6051, norvietnamitas, aparecieron verticalmente inflamando de terror el cielo negro que hasta ese segundo les había protegido. La tremenda potencia de los focos que provenía de éstos invadió la noche dejando al descubierto sus intenciones.

Naturalmente, de una manera automática, los soldados americanos accionaron todos los resortes a su alcance, y por el momento, hicieron detonar todas las cargas preparadas. Los medios de que disponían no eran demasiados pero su armamento debía frenar al menos un poco los abyectos movimientos de los Vietcong. Las cargas situadas en las torres de la radio y control respectivamente contrarrestaron la sorpresa recibida; en un gran estruendo, uno de los pájaros mecánicos voló por los aires en mil pedazos envuelto en llamas. Después se vino abajo. Igualmente, el fuego de mortero y el lanzagranadas “M 26” repelió durante unos minutos la situación, pero los “bodois”, en esta ocasión, eran demasiados, y el primero en caer bajo el implacable fuego ametrallador fue, J.J.Winston, después, J.T., y, más tarde, el sargento primero Faulkner. El resto, se esparció fundiéndose en la espesura de la selva en un último y desesperado intento por salvar la piel.

Lo que jamás supo Neville, ni por supuesto ninguno de sus compatriotas, es que fueron miserablemente utilizados y que, deliberadamente, los mandaron como corderos al matadero. La tremenda felonía y sórdida maniobra del Mando americano consistió en despistar desde un principio a los Vietcong haciéndoles creer “de vez en cuando” que tenían situados a los infiltrados en su zona. Aunque, misteriosamente, éstos, aparecían y desaparecían a su control lo que hacía que, inevitablemente, aquéllos, estuvieran ocupados buscando aquel esotérico comando.

La verdad, no obstante, era mucho más sencilla, amarga y devastadora.

Y es que, paralelamente, desde otro punto completamente distinto y distante de la península extremo oriental, otro grupo militar, más numeroso, tremendamente organizado, y de elite, se encargaba de “venderle” puntualmente al enemigo “ciertas pistas de localización”, traicionando los pasos de sus compañeros. Porque, el comando que en realidad había sido nombrado para rescatar a los prisioneros no era el “Delta”, sino el “Alpha”. Entretanto el primero se jugaba la vida en la jungla sirviendo de conejillo, el segundo, ganaba el tiempo suficiente de movimiento y podía, así, con cierta tranquilidad, rescatar sanos y salvos a los “desaparecidos en combate” o “mias”.

Desgraciadamente, Neville, pertenecía al primero.

Dicho de otra forma: habían empujado de una manera absoluta, cruel y terriblemente consciente, a un puñado de hombres a morir voluntariamente mientras que, desde la perspectiva cobriza que ofrece un buen bourbon de reserva, unos militares sin moral ni escrúpulos, repletos condecoraciones, cuyos hijos estudiaban cómodamente derecho en la universidad, trenzaban, sin prisas, oportunamente, la maquiavélica manera de rescatar a los “desaparecidos” del norte de Laos, que no eran otros que, compromisos políticamente adquiridos y viejos camaradas de la Academia de Wets Point.

Tres años más tarde, una expedición americana, encontró los restos de los soldados, Conrad, Auster, y por último, Neville.

En uno de los bolsillos de éste, hallaron la carta que, Neville, escribió a Aurora poco antes de morir.




...



Querida mía,

“No envíes rosas a Arlington. No soy un soldado desconocido. Tengo nombre. Sé donde nací y en qué lugar voy a morir. Mándalas aquí, al norte del Paralelo Dieciocho. Mi tumba será ésta. Aquí moriré, lo sé. Sobre mí, algún día, crecerá la yerba que hoy arrasa el NAPALM. Sobre mí, nacerán nuevas y limpias esperanzas de paz. No soy ningún desconocido. Soy el futuro.

No hace falta que mandes rosas a Arlington. Aquí estoy, al norte del Paralelo Dieciocho. Aquí te esperaré. En el silencio quebrado de la selva. En la paz infinita de mi conciencia. He de asumir mis pecados y los de los demás, pero ya es tarde para cualquier otra consideración.

Aquí estaré, amada mía. Esperando tus rosas rojas. Desde mi silencio, te veré un día. Cualquier día. Un día de sol. Un día que romperá para siempre el miedo y la penumbra.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

Para siempre tuyo, Neville”.





Nadie, excepto yo, supo jamás cómo fueron los minutos finales en la vida de aquel chico de cabellos rojos y de la de sus dos compañeros que, despavoridos, se internaron nuevamente en la frondosidad de la selva.

La persecución implacable de la “guardia roja” les hizo huir sin dirección. El miedo y el desconocimiento del terreno que pisaban les sumergieron en la total desorientación haciendo que, cada uno de ellos, optara por caminos diferentes. Les pisaban los talones. Neville fue alcanzado horas más tarde por los disparos de sus perseguidores que, dándole por muerto, no le remataron. Y allí, en el lecho del río dónde había sido herido de muerte quedó tumbado.

El  impertinente goteo de la lluvia sobre la cara, le devolvió a una vida que se le escapaba a borbotones por los cuatro costados. A rastras, dejando detrás de sí un abundante y desparramado reguero de sangre, consiguió llegar hasta el abrigo de una gigantesca y centenaria acacia que impasible, como yo, le observó en silencio. Con las fuerzas diezmadas se aplicó como pudo esterilizantes y coagulantes en polvo, pero fue prácticamente inútil. Las heridas le manaban sangre a espuertas y supo que su final estaba cercano. Unos trozos de lona le sirvieron, ocasionalmente, para taponar los agujeros. El dolor crecía dentro él por segundos haciéndose cada vez más insoportable. Le abría en canal, desgarrándolo, como si estuvieran partiéndole a trozos con una sierra.

Neville había visto morir a muchos hombres y por la situación de los impactos de bala recibidos, estaba convencido que aquello no presentaba otro final que no fuera el que él mismo presentía. Hurgó en su “tres cuartos” hasta conseguir unas pastillas de morfina. Tomó tantas como encontró. Eso calmaría temporalmente el dolor. Después… ya no le harían falta. Sabía que le quedaban unos minutos y quiso dedicárselos a Aurora. La última mirada, el último aliento, el último soplo de vida, se los mandaba en esos renglones a su único y gran amor.

Así tenía que ser. Y así fue. La vida, poco a poco, huyó de su mirada que quedó perdida y rota. Todo había terminado definitivamente.

Le miré en silencio. La tarde, que hasta entonces se había mostrado plagada de matices intensos, desapareció jugando al escondite. Y lentamente, bajo un cielo rojo preñado de agonía y muerte, la suavidad de los colores le ofreció el relevo a la quietud. Los moradores de la selva también callaron su incomprensible lenguaje.

Soy el Espectador del Crepúsculo. Soy intemporal. Amoral. Desde el principio de la Eternidad. Hasta el fin. Todo ser viviente me teme. Pero todos me buscan para saciar su sed incansablemente. He visto a través de los siglos las injusticias, los crímenes y los asesinatos más perversos, crueles y desalmados. La guerra de Vietnam es uno de los ejemplos más escalofriantes y absurdos.






DATOS PARA NO OLVIDAR JAMÁS:

* La ofensiva del Tet por parte de la guerrilla comunista ocasionó, cuantiosas bajas por ambas partes, mostrando a los norteamericanos, que habían tocado fondo.
* Nick Ut, no en vano, ganó el premio Pulitzer, fotografiando el horror: una niña llamada Kim Phuc tocada de NAPALM.
* Aún hoy, al menos ante la ley norteamericana, queda una lista de 1.621 soldados como prisioneros de guerra. En realidad son MIAS, según la jerga del Pentágono.
* En 1967 había en Vietnam del Sur 600.000 soldados estadounidenses.
* Ha sido la guerra más larga del siglo.
* El presidente Clinton, misteriosamente, se “libró”.
* Los soldados americanos veteranos excombatientes, los inválidos de la guerra, a su regreso, fueron recibidos con hostilidad, y tuvieron serios problemas de aceptación. Muchos de ellos, no lo superaron jamás. De la tragedia, nació el llamado síndrome de Vietnam.
* Murieron 58.000 soldados norteamericanos entre 1957 y 1975, y 3.000.000 de vietnamitas.
* Se realizaron 448.000 incursiones aéreas al precio de 5.737 millones de dólares.
* Estados Unidos arrojó 14.000.000 de toneladas de bombas. Diez veces más que en la Segunda Guerra Mundial.
* El costo total de la guerra para los Estados Unidos fue de 102.517 millones dólares, 17 veces el presupuesto de Vietnam del Norte.




Nota:

Datos recogidos del periodista y Corresponsal de guerra, Manu Leguineche.




José Hdez. Meseguer
Relatos Del Espectador Del Crepúsculo

 








AMOR DE VERANO


¿Qué será de ella? Hace siglos que no la veo. En realidad, desde el verano del setenta y cinco, cuando su novio regresó de la Academia General del Aire. Pero... ¿Cómo será ahora? ¡Qué pregunta! ¡Dios sabe! ¡Ha pasado tanto tiempo! Seguramente ni la conocería si la viera por la calle. Las personas cambiamos por fuera y por dentro demasiado aprisa en muy poco tiempo. Y, desde luego, lo que realmente me importa ahora de ella, no es ella en sí, sino su eterno recuerdo. El eterno recuerdo que dejó en mí. El indeleble recuerdo de aquella dorada tarde que, como cada tarde, suavemente, iba deshaciendo sus colores. Los tonos pálidos y violáceos tomaron el relevo en el más profundo de los silencios.


Sin darme cuenta comenzaba a anochecer. Yo, tumbado en mi cama, fumaba. Había una paz casi infinita. Una aterciopelada brisa inició en las copas más altas de los árboles un suave aleteo de hojas y, de alguna manera, el ambiente igniscente de aquella tarde de septiembre se vio abrogado, o al menos, sí suavizado, por el soplo tenue y estimulante del crepúsculo. Siempre había soñado tener una casa como aquella y algún día, siempre que el destino me brindase una ínfima oportunidad, estaba convencido que la tendría. Era ideal. Escapada de la ciudad. Evadida de los ruidos y las gentes. Oculta. Disimulada entre grandísimas acacias, pinos centenarios y limoneros... Tan sólo la caricia fresca del ángelus era fiel testigo de la penumbra de mi estancia y la soledad que me acuchillaba el alma. Para mí, recuerdo, aquellas eran fechas difíciles y extrañas. De sueños ambiguos y confusos; de dioses de barro. De ídolos caídos, de regustos amargos... Y de amores inacabados, inolvidables y pretéritos.


El caso es que, súbitamente, una canción, se dejó oír en mi viejo equipo de música sumergiendo en notas musicales mi cuarto. Era “Amor de Verano”. La melodía, inmediatamente, pobló de encanto mi habitación. Y, sin poder evitarlo, me dejé llevar de la mano de la melancolía para, a su vez, deshilarme en los brazos amables y dolorosos del recuerdo de Mariona. 


Mariona era varios años mayor que yo. Estudiaba Románicas desde hacía varios cursos, mientras yo, aún luchaba a brazo partido contra mi aplastante desidia por finalizar el bachillerato. Mariona era una verdadera diosa; rubia como el trigo. Sus ojos, de color caramelo, se paseaban por los míos sin el menor disimulo. Con absoluta desvergüenza. Y su boca, carnosa y sensual, me asediaba en silencio a cada paso; me di cuenta enseguida. La diferencia entre los dos, era que yo, en aquellos días, no había pasado de la masturbación ni de los desnudos en los libros de arte que tenía en el comedor el señor Agustín. Y en consecuencia, me sentía más inocente que la misma paloma de la paz. Mariona, sin embargo, poseía cierta experiencia. Había entre los dos, aparte de esta cuestión, distancias superlativas. Nuestros horizontes eran distintos y distantes. Mi gran error fue, cómo no, enamorarme, mientras ella jugaba conmigo a su antojo; hecho, que supe después. Cuando era demasiado tarde. Como siempre…


La conocí a través de su hermano Abraham. Estudiábamos —o no— juntos en la misma academia de verano. Casi todas las tardes terminábamos en su casa con cualquier excusa. Charlábamos y tocábamos la guitarra hasta hartarnos. Era el único tiempo libre del que disponíamos al cabo de la jornada. Corría en volandas el mes de julio, y francamente, creía más importante abrir una ventana de colores en mi vida, a estudiar los putos verbos polirrizos, los cuales, sabía, que por mucho empeño que depositara en ellos, jamás llegaría a aprobar. La asignatura de griego se me había atragantado: era un hecho cruel, pero definitivo; con aquel catedrático fascista y orejudo no tenía la menor posibilidad. Aun menos, después de haberle llamado a voz en grito, en mitad de la clase, “Dictador, imbécil y cretino” cuestión que por otra parte no me parecía mentira. Aquello fue, lo reconozco, un desahogo a destiempo que me costó caro. Pero estaba harto. Harto de sus humillaciones. Harto de sus continuas provocaciones y de sus lacerantes ofensas. Valió la pena, por tanto, a pesar del precio a pagar, ese segundo inmortal: verle palidecer de repente, entre la multitud, para observarle después cual víscera tumefacta y sanguinolenta; con el careto de tarugo totalmente desencajado y los ojos inyectados en un odio irracional, maldecir en hebreo. Un rígido dedo señaló con ímpetu la puerta de salida del aula. Estaba expulsado de por vida.


Pero más allá de esa anécdota caricaturesca, quiero recordar, en qué forma, la vida, me abrió sus pétalos prohibidos, mostrándome sin pudor su tercer y gran pecado capital, aquella plomiza tarde de verano, donde el temor a lo desconocido personalizó su papel con retorcido desprecio.


Nos encontrábamos solos. Su hermano, discreto y cauto, se dio perfecta cuenta de la tormenta que se avecinaba entre Mariona y yo, y se marchó con el pretexto de comprar determinada marca de tabaco a un estanco que, curiosamente, se encontraba en el otro extremo de la ciudad. Desde el principio, noté la lasciva atracción de su mirada y una insólita electricidad en sus pupilas que fueron, inevitablemente, a posarse en las mías. Mi nerviosismo creció de un modo particular, sus ojos eran inacabables faros en la noche. Insondables. Abismales. Cálidos y sensuales. Su pelo, suelto y amplio, se derramaba en rizos de oro sobre sus hombros redondos. Ambos elementos hicieron irrepetible aquel mágico encuentro. Ciertamente, tampoco la situación se hizo esperar. No titubeó. Lentamente se aproximó al sillón de dos plazas en el que yo me encontraba sentado y posó sobre mis labios un beso largo. Profundo. Interminable. Su lengua se enzarzó con la mía en una danza difícil de expresar.


Automáticamente noté la vertiginosa aceleración de mi pulso en una carrera hacia no sé qué lugar, pero creo, que también mis sentidos se desbocaron en ése preciso momento. Mi sexo se endureció. Busqué con desconocido instinto sus pechos que, prestos, aparecieron ante mí solemnes y majestuosos al desabrochar su camisa blanca. Espléndidos, saltaron blancos y tersos. Mis dedos inexpertos juguetearon con sus rosados pezones que, como atalayas, se hicieron firmes torres en un cuerpo atrapado por el deseo. Pronto, mi boca, por primera vez abandonó la suya, para lamer sus senos enhiestos. Mientras vibraba en mi acometida, ella, dejó caer sin casualidad su mano en mi sexo que ya se angustiaba dentro del pantalón; iba a reventar. Inesperadamente se levantó del sofá y frente a mí, en jarras, dejó resbalar una sonrisa amplia, luminosa y perversa.


Hizo un breve silencio. Después me susurró:


—“¿Quieres hacer el amor?”.


Sin esperar una respuesta por mi parte, se levantó la falda y, sin quitársela, se bajó la braguita ofreciéndome su sexo: un sexo húmedo, rubio y rizado... Mariona me lo acercó aún más, más... Poco a poco, lo puso en mi boca, y yo, hundí sin preámbulos mis labios en él. Me inundé de su calor. De su pasión. De su vida que, entonces, y por un momento, fue sólo mía: exclusivamente mía. Mía, y del segundo eterno e inagotable que paralizó nuestros relojes en el reloj de la vida cuando su cuerpo, sudado y tembloroso se estremeció bajo el mío, aquella cenicienta y mustia tarde de julio.


Tardes como aquella fueron sucediéndose sin interrupción. Su cuerpo, aparentemente frágil y delicado, se transformaba. Se convertía en un río de lava ardiente sumido en la lujuria incontenible del deseo cada vez que hacíamos el amor. Mariona: ¡la diosa del amor! Tenía mucho que aprender de una mujer así. Aunque, seguramente, era lo más sencillo del mundo; me dejaba hacer. Obedecía sin rechistar como un esclavo fiel. ¡Cuántos enigmas permanecían ocultos hasta entonces! Las paredes de su habitación, los posters de sus cantantes preferidos y su inmensa legión de muñequitas de porcelana, sentadas como espectadores en el anfiteatro de las lejas, fueron impávidos testigos de nuestros deseos sin límite, de nuestras caricias y de nuestros besos. Las ojeras, el decaimiento y el exceso de cansancio, no tardaron en manifestarse con grandes pancartas sobre mi rostro, disparando la alarma en mis padres. Parecían “pinturas de guerra” —así era—. Cada día que pasaba, aumentaba de una manera desproporcionada y alarmante mi deterioro. Mis ojeras se tornaron violáceas, y la señora Encarna llegó a preocuparse realmente ante mi aspecto quebradizo y lamentable. Las vitaminas comenzaron a entrar por docenas en mi estómago, a la vez que, largas e insufribles letanías, llovían sin tregua sobre mis pobres oídos acerca de la enfermedad que, sin duda, provocaba la masturbación.


El señor Agustín, a todo esto, me observaba en silencio. Disimulaba, haciendo como que leía a D. Marcial Lafuente Estefanía. De vez en cuando —eso sí—, me miraba de hito en hito por encima de las gafas, y fruncía el entrecejo. La verdad, es que Mariona se esforzaba por complacerme; y el feliz resultado de sus entregas es que iba secándome rápida y sistemáticamente en cada sesión que, en ocasiones, entre juegos, podía durar horas. Pero —y ésta sería la gran pregunta—: ¿Cómo evitar lo que era imposible evitar? Era superior a mi escasa voluntad. No siempre podía apetecerme su encanto sexual pero es completamente cierto que, ella, sabía excitarme con sus largas y prolongadas felaciones. ¿Cómo negarme? Me resultaba imposible. ¿Cómo evadirlo, cuando desplegaba ante mí, desvergonzada y maliciosamente, su descomunal y extraordinario trasero? ¿Cómo convencerla de que no me apetecía?, si abierta de piernas musitaba suspirando: “Cómeme toda”.


Fue curiosísimo descubrir en qué forma aprobé finalmente el “griego”, con sobresaliente, sin estudiar una sola declinación. Pero como cualquier historia, ésta, también llegó a su fin. No pensé ni por un instante que Mariona se cansara precisamente del contubernio que mantenía conmigo, sino, más bien, que su novio regresaba de la Academia General del Aire con su flamante y recién estrenado uniforme de teniente. Sin mediar una explicación, ni tan solo una palabra acerca de lo nuestro, me olvidó. ¿Me olvidó? Nunca lo supe. Nunca lo sabré. Qué más daba. Yo no la olvidaría.


Algo me trajo de vuelta en ese punto; seguramente la impotencia de no haberla vuelto a ver desde entonces. Probablemente, Mariona, no tardaría en casarse con aquel ingenuo oficial de dos estrellas de seis puntas y dos hermosos cuernos para el que con tanto anhelo reservaba su virginidad...


Definitivamente había anochecido. Fuera, en la calle, se oía la monocorde balada de una legión de grillos. Dentro, Manolo y Ramón, seguían entonando “Amor de Verano” incansablemente.





José Hernández Meseguer
De mi Libro Pretérito Pluscuamperfecto
Murcia, 2002









DOS CITAS EN JERUSALÉN
[Relatos Del Espectador Del Crepúsculo]


1

Llevaba esperándole casi toda la tarde, sabía que de un momento a otro tenía que aparecer.

Estaba allí para cumplir una vez más mi misión. Ni me lo planteaba. Era pura rutina. La visión de mi oficio es absolutamente estoica. Indiferente. Nada me altera porque nada cambia el curso del destino. No tengo opinión. De nada vale que reconozca qué puede ser o no justo. Todo está escrito y, en cualquier caso, mi facultad es únicamente la poner un punto final en cada historia. Más dura cuanto más difícil, pero al fin y al cabo con los mismos resultados. Todo es efímero y fugaz. Un leve susurro. Soy apocalíptico. Un misántropo. En realidad, como la misma vida, aunque sea la Muerte. Una, es prolongación de la otra; soy su consecuencia. No soy más que un Mensajero del Más Allá: un Elegido. Un Enviado, aunque la gente no lo acepte así y se empeñe en soñar; y mientras sueña, se asesine en nombre de no sé qué Dios, despedazándose sin piedad como no lo harían las bestias más carroñeras.

Soy Emisario y Notario del pobre, triste y solitario corazón de la gente que me llama. O para liberarse de su angustia o para recoger los proyectos destrozados de algún desdichado, porque otro se haya propuesto que así sea. Aunque, desgraciadamente, muchas veces suceda que esto no ocurra de manera individual, sino de un modo mucho más escalofriante y colectivo. Conozco muy bien el abismo y la miseria de la raza humana. Llevo siglos recogiendo sus promesas en el nombre del Bien. Todo son mentiras. La gente, sigue matándose y ejecutando los crímenes más execrables en el nombre de Dios. Y lo que resulta aún peor: seguirá haciéndolo mientras exista como una fórmula más de depuración, es su patética condición. Por esa razón, no me inquieto ni me altero. Sólo acudo a su llamada.

Reflexionaba acerca de todo esto mientras le esperaba, cuando me di cuenta que estaba anocheciendo. Desde donde me encontraba, tenía un plano casi absoluto de la ciudad de Jerusalén perfectamente dividida: en primer lugar, sus interminables y robustas murallas exteriores, de unos quince metros de altura, pude calcular; el palacio de Herodes Antipas y detrás, hacia el norte, prácticamente alineada, la torre Antonia: dos soberbias y excelsas construcciones que se elevaban mudas sobre la ciudad. En su interior se dibujaba otra muralla, ésta algo menor, cerrando y seccionando la ciudad alta de la baja. Por lo demás, Jerusalén, era un complicado dédalo de cubos blancos dispuestos de un modo completamente anárquico. Sus callejuelas y callejas eran una extraña confusión sin orden aparente.

Mis excelentes sentidos sobrenaturales me permitían, sin necesidad ver, intuir el tremendo barullo de las gentes que se arremolinaban yendo y viniendo de un lado a otro de la urbe; más de cien mil almas se apretujaban en el espacio habilitado para una tercera parte. Preparaban a toda prisa la fiesta de la Pascua y ese evento, reunía allí, a gentes de todos los lugares de forma inexcusable. Era, también, un acto inevitable; gentes forasteras llegaban de todos los rincones de Judea, Galilea, Perea e Idumea, tanto de las ciudades griegas y romanas, como de las orillas del mar y de los inescrutables confines del desierto. Torbellinos interminables de peregrinos se amontonaban hormigueando sobre el puente de Xistus, para ir de Sión al templo sobre el Moriah, y llevar la ofrenda a Yavé. Era el mes de Tishri, la noche de la fiesta de los tabernáculos, en el séptimo año del gobierno de Poncio Pilato en Jerusalén. Había que darse mucha prisa, el sol marcaba la hora quinta y muy pronto el cuerno de carnero sonaría en las terrazas del templo anunciando que el “Shabbat” estaba a punto de comenzar.

Así fue.

Poco después la ciudad enmudeció, en el preciso instante en que sonó el “shofa” en las murallas del templo. El corazón de Jerusalén se paralizó, también a sus habitantes. El sábado petrificaba al hebreo. Nada podía ocurrir porque nada se podía hacer. El sonido extraño y lejano del cuerno del templo, transformaba en estatuas a las gentes. Las calles aparecían desiertas. Los candiles de aceite se apagaban en los hogares y también el fuego. Los ruidos cesaban y la vida se detenía. Las gentes no hablaban y el silencio se apoderaba de la situación como un monstruo implacable y cruel. Las personas debían quedarse en la posición en la que se hallasen; no podían comer, ni beber, ni hablar, ni efectuar acción alguna. Muchas de las batallas que los hebreos perdieron, lógicamente, se produjeron en sábado. No podían luchar. Se dejaban matar y esto lo sabían sus enemigos.

La tarde había sido incandescente pero ya comenzaba a atardecer. El sol, en su huida, dejaba ensangrentado el vientre del horizonte con tonos rojizos y violetas. Un soplo de aire fresco se asomó refrescando a duras penas el silencio infernal, sólo quebrado por los ladridos lejanos de los cientos de perros salvajes que habitaban la lúgubre garganta del Hinnom, relativamente cerca de donde yo me encontraba situado; entre lecho del Cedrón y Gehenna, en el paraje conocido como la tierra marchita de Hakeldama. Allí, en ese mismo lugar, esperaba mi objetivo. Aún tuve ocasión, mientras el día perdía su color, de divisar al sur, la cinta de plata que me ofrecía el lago Asfálide. Desde mi lejanía y mi altitud, se reflejaba como una espada, limpia y brillante.

Un tiempo después le oí llegar.

La noche, entretanto, ya había devorado la ciudad y Jerusalén era, para entonces, una población de tumbas degolladas por el silencio. Subía sin aliento apenas. Venía escalando, jadeando y gimiendo como una bestia herida, trepando por los escarpados peñascos, prácticamente exhausto. Sus ropajes estaban destrozados por los desgarros sufridos entre los erizados matorrales. Su “hagorah”, o faja oscura, la había arrojado por el acantilado a mitad de camino.  Traía el rostro desencajado. Su piel cetrina y extremadamente pálida me llamó la atención. Durante unos segundos se quedó inmóvil: pareció verme. Su mirada se clavó en mí. Pero no, no podía ser, ese hecho no era posible. Sólo miraba, pero no veía. Sus ojos estaban vacíos y rotos.


2

Era Judas. Judas el Iscariote u “hombre de Cairoth”, hijo de Simón. Un hombre notable y acomodado de Judea, antiguo discípulo de Juan el Bautista. Un hombre tan equivocado como atormentado por sus fantasmas. Un hombre, cuya enfermiza rebelión contra el yugo romano, le hizo perder la consciencia de adónde pretendía ir, haciendo algo que jamás se perdonaría: traicionar a su Maestro por treinta miserables “seqel” de plata. A cambio… Había vendido al hombre que más amaba… Y no, la cuestión no radicaba en el dinero ni aquella había sido la causa, como tantas veces se aseguró siglos más tarde. No. De hecho, cuando comprendió la magnitud de la encerrona que habían tramado Caifás, Anás y los miembros del Sanedrín contra él, palideció. Tembló de miedo. Él sólo pretendía que le dieran una lección. Que lo apresaran. Que lo castigaran si era preciso, e incluso, que lo desterraran lejos de la Ciudad Santa. Quería, y era cierto, quitárselo de en medio como fuera pero nunca de esa forma. Nunca a aquel precio. Porque en el fondo de su alma, y aunque el Galileo con su disparatada actitud, le hubiese decepcionado gravemente, a su manera, seguía admirándole y amándole. Como era cierto que jamás le perdonaría, recordaba con vergüenza, que entrase en la ciudad a lomos de un pollino… ¡Él…! ¡El Libertador político! ¡El Mesías! ¡El que intentaba devolver al pueblo la soberanía!… ¡Qué bochorno! ¡Qué ridículo! ¡A lomos de un asno! ¿Y éste va a ser nuestro Caudillo? Evocaba con angustia y desolación, sabiendo a la perfección que la tradición popular les prometía un líder que entraría, algún día, victorioso y omnipotente expulsando a los advenedizos de Israel, cercenando de raíz el yugo de la dominación extranjera… “Pero, desde luego, ése no era Jesús”, maldecía entre dientes.

Tampoco había de pasarle por alto que no intercediera por su propio primo hermano, El Bautista. ¿Por qué? ¿Por qué practicaba una lucha pacífica con aquellos bastardos invasores? ¿Por qué? ¿Por qué, ante esos infames romanos, que les arrebataban impunemente las propiedades, obligándoles, además, a pagar diezmos y segundos diezmos, mientras ellos a duras penas sobrevivían en la más infinita de las pobrezas? ¿Qué clase de justicia era aquella? Se sentía profundamente dolido. Dolido y decepcionado. No. Definitivamente, el Nazareno, no era un libertador, sino un estúpido idealista. Un hombre situado más cerca de la utopía que de la realidad de su pueblo. Cuando se unió al grupo, hacía tres años ya, pensaba que se integraba en un grupo de revolucionarios. De zelotes. Pero claro, el Rabí, ese maldito pacifista, el maestro de la palabrería y  la farándula, les había absorbido el seso al resto, o a buena parte de sus compañeros, con tanta charla y bienaventuranza. Y tanta parábola absurda. Sólo hablaba de perdonar. ¡Joder! ¿Perdonar? ¿Perdonar después que destrozan y esquilman tu pueblo…? —se preguntó, inflándose como un pavo. No, el Nazareno es un traidor.

Había reflexionado seriamente sobre la situación durante mucho tiempo y, finalmente, se inclinaba decididamente a abandonar aquel movimiento revolucionario de estúpidos soñadores que se conduciría por sí solo, inexorablemente, al fracaso más rotundo, razón por la que optó pactar con Caifás; el Galileo tendría un escarmiento y él un reconocimiento glorioso. Aunque, de todas formas, el destino andaría por caminos muy diferentes a los deseados: el Sanedrín urdió la trampa y éste cayó en ella.

Para cuando el Iscariote acertó a comprender profundidad de la jugada del sumo sacerdote y sus secuaces era demasiado tarde para retroceder. Jesús era capturado en el Huerto de Getsemaní. El apóstata, no obstante, viéndose envuelto en el artificio que habían tramado, aún le quedó una importante carta que jugar, ésta era la Ley: La Misná. Así, en un ataque de arrepentimiento, quiso deshacer el disparate cometido. Y podía según la Ley. En lo que no cayó el desgraciado, fue en que, del mismo modo que no era legal juzgar procesos de sangre por la noche y el Sanedrín lo había llevado a cabo, o juzgar en la vigilia del sábado cometiendo delito, y el Sanedrín de igual manera lo hizo; los derechos que según La Misná tenía Judas en su Orden Quinto, los llamados Votos de Evaluación, también se los pasaron por el forro de las levitas. Y así, el traidor, se vio traicionado.

De nada le sirvió al Iscariote intentar deshacer el trato. La hermética negativa de los sacerdotes se vio acompañada de una sonada burla y carcajada  general, y Judas, furibundo y agonizante, no tuvo más remedio que abandonar la sala de las “Piedras Talladas”. Todo había terminado para él. Humillado y descompuesto tomó la dirección hacia el Atrio de las Mujeres. Entró en la sala de los “Cepillos” donde, con cierta sangre fría, sacó la bolsa de hule que contenía los siclos de plata, arrojándola  y pisoteándola en el suelo sin contemplaciones. Casi al galope se dirigió al Atrio de los Gentiles, abriéndose paso a empujones entre la gente. Posteriormente descendió por el barrio bajo, perdiéndose en la impenetrable oscuridad de los torcidos y angostos callejones. Su corazón era un caballo desbocado y su sudor gélido como la misma muerte. Mientras serpenteaba por el confuso laberinto de pasadizos y callejuelas de la fortaleza tratando de huir, repasó mentalmente, sin pretenderlo, algunas escenas y momentos vividos con el Rabí de Galilea.

Hubo una época en la que creyó en él ciegamente. Sin reservas. Fue, después, cuando comprendió que el Nazareno llevaba otra guerra totalmente distinta a la suya y ahí comenzaron las diferencias; no le era suficiente ser el tesorero y gozar de su total confianza, quería ser más. Quería serlo todo. Y el no conseguir su objetivo, el no poder girar la mentalidad de su líder, hizo que incuestionablemente se iniciaran los resquemores. Recordó pasajes con Jesús a los que ahora le costaba dar crédito: los milagros. ¿Cómo un hombre tan poderoso podía verse humillado de esa manera? ¿Cómo era capaz de consentir tamaño desprecio? Judas no comprendía nada. Creía que el único camino a seguir era la sublevación: el terrorismo. La guerra y el “sicar” debajo del manto para asesinar, al menor descuido, a cualquier despistado legionario que hallase. El desleal Judas ya no volvió a saber nada más de Jesucristo. La última vez que le viera sería en el Huerto de los Olivos, en Getsemaní, cuando besándole la mejilla le llamó “Rabí”, que era precisamente la contraseña convenida para que éste fuera detenido. El Maestro, en su inmenso poder de precognición soportó con tibieza su acorralamiento. Tenía asumido su papel y no opuso resistencia. No era esa su doctrina.

Antes de aquello Jesús se había puesto a prueba. Estando orando en Getsemaní, y durante unos instantes, dudó. Dudó mucho. Rezó como antes nunca lo había hecho. Tuvo miedo. Un miedo feroz que se apoderó de él y le atenazó la garganta y, como cualquier mortal, sintió pánico; un atroz y despiadado momento de angustia le recorrió el cuerpo de arriba abajo como una descarga eléctrica. Se le secó la boca, incapaz de segregar saliva, y comenzó de manera irracional e insuperable a sudar de forma sanguinolenta. Su frente, sienes y pómulos, enseguida se poblaron de diminutas gotas de sangre, mezcladas con sudor; sus capilares se habían fracturado en un golpe de tensión extrema, produciendo el encharcamiento de las glándulas sudoríparas y, como consecuencia de esto, la explosión hacia la piel de la sangre envuelta en sudor. Su pulso perdió la cadencia habitual y monocórdica, para convertirse en un apresurado tambor de cómitre. Por un momento se encontró muy cerca de la crisis cardiaca; pero la tremenda fortaleza y capacidad de control de aquel hombre hizo someter su miedo, el cual, fue paulatinamente alejándose de él hasta convertirse casi en un ascetismo esenio.

Pese a ello y aun sabiéndose preso, el Galileo, todavía tuvo un gesto de gallardía que petrificó a los asistentes. Fue cuando Simón Pedro trató de salvar a su Maestro asestando a Malco, un siervo del pontífice, una tremenda cuchillada que le amputó la oreja. Jesús, a la sazón, recriminó duramente al apóstol y acto seguido colocó otra vez la oreja en la cabeza del aturdido muchacho. Eso no cambió el curso de los acontecimientos, pero sí hizo que durante unos segundos las personas que allí se encontraban se preguntaran los delitos que un hombre así podía cometer.


3

Nadie o muy pocos supieron que detrás de toda aquella maniobra de opinión pública había desarrollada una maquinaria letal con una única intención: el Rabí era un hombre que alteraba al pueblo manifiestamente, y aquello era incómodo para unos y para otros. Políticamente no interesaba a nadie; las relaciones entre los hebreos y los romanos eran ya lo suficientemente tensas como para empeorar las circunstancias. Y, ciertamente, aquello no vino a mejorar la situación. Es más: sirvió como arma arrojadiza entre José ben Caifás, Anás, su suegro, los sacerdotes del templo, Herodes el tetrarca y Poncio Pilato, todo revuelto en un vulgar culebrón de descréditos que sólo ocasionaría la final crucifixión de un hombre sencillamente bueno. A partir de aquel momento las situaciones sobrevinieron muy aprisa, aunque Judas no tuvo ocasión de enterarse.

Para cuando llevaron a Jesús ante la presencia de Anás, más tarde a la de Caifás, verdadero instigador y artífice de aquella miserable situación y después todos juntos, en comité, se entrevistaron con Poncio, al cual le correspondía dictar la orden final de crucifixión, era demasiado tarde. Todo había sido geométricamente calculado. Entretanto, el Iscariote, desde la paupérrima soledad de su alma, reaccionó comenzando a encajar las piezas, dándose cuenta a destiempo del juego manipulador e impío que los sacerdotes del templo habían ejercido sobre él. Fue, entonces, cuando pensó en anular el acuerdo, puesto que la Ley estaba de su parte; se habían burlado de él y dedujo acertadamente que los reconocimientos públicos que le prometieran en ese sórdido pacto, no eran si no una farsa más para conseguir su único fin: buscar un chivo expiatorio, un Azazel al que inmolar.

Y aunque desesperadamente intentó regresar tras sus pasos, en un rescoldo de buena intención, fue un propósito completamente inútil. Finalmente, Judas, avergonzado y hundido en la miseria de su desesperación, desaparecería de la ciudad en una callada y angustiosa oscuridad de la que jamás regresaría. El Sanedrín había marchado en pleno con un Jesús maniatado a ver al procurador romano; éste, a su vez, lo remitía a Herodes en la impresión de que, en aquel hombre, no hallaba delito alguno.

Antipas era un extraño y áspero personaje devorado por una infinidad inimaginable de horribles úlceras; una enfermedad llamada “mentagra” y conocida así, porque las llagas siempre comenzaban a aparecer en el mentón. Esta grotesca caricatura de individuo, se encontraba demasiado ocupado como para atender este tipo de asuntos y si estaba unos días en Jerusalén para celebrar la Pascua, no era precisamente para ocuparse de temas tan prosaicos como los que pretendía adjudicarle el romano. El tetrarca no estaba para perder el tiempo, pero, finalmente, aunque con acusada desgana, terminó cediendo e interrogó al preso. Sin embargo, de Jesús sólo obtuvo el silencio por respuesta lo que enfureció aún más su mal humor. Así, ante la reiterada negativa del Nazareno a contestar a nada de lo que aquél le preguntaba, optó, entonces, por ridiculizarlo y enviarlo de vuelta al procurador Poncio.

El gobernador recibió nuevamente a Jesús, quien, hasta en tres ocasiones, intentó salvarle de la pena máxima; una de ellas, intentando conmutar la pena del Galileo por la de Barrabás, un zelote terrorista, depravado y asesino. Pero el pueblo ya se había cebado mortalmente sobre el futuro condenado por consejo previo del maquiavélico sacerdote Caifás. Al final, Poncio, percibiendo la presión que ejercía el populacho; presión que progresaba sin medida y, además, le amenazaba y le advertía que liberando al reo no sería digno amigo del César, finalmente cedió; resolviendo para el preso la “Ibis ad Crucem” lavándose las manos en un gesto simbólico, declinando así toda suerte de responsabilidad en aquel asesinato, que recaería, inexcusablemente, sobre el pueblo hebreo al que tanto odiaba.

El desolado Judas recuperó, poco a poco, el aliento en la muda y opaca noche que le hería por última vez el corazón. En una extraña pero firme seguridad inició la liturgia de su suicidio. Yo le observaba. Sentí cierta inquietud. Aquel desdichado no había podido superar su propia traición, porque antes que traicionar a nadie se había traicionado a sí mismo. Y su miserable comportamiento le decepcionaba más que ninguna otra cosa. Un hombre bueno quedaba en las manos impuras de aquellos depredadores sin ninguna posibilidad. Sabía que no merecía seguir viviendo en esa iniquidad. Había sido un desertor y un amigo desleal. Jamás podría vivir con aquella sombra. Era excesiva  la amargura que sentía al haber vendido a su mejor amigo. Un instante antes de quitarse la vida, se preguntó por última vez aullando como un perro a un cielo de antracita.

— Si realmente eres El Hijo de Dios, dime… ¿Por qué me has elegido a mí? ¿Por qué yo, Dios mío? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí para tu inútil desenlace?

Llorando esta última pregunta se deshizo del cinto rojo y negro que llevaba a la cintura sin un gesto más de amargura o miedo. Ató el cordón en la gruesa rama de una vieja higuera que se descolgaba insólitamente en el filo mismo del barranco de Hakeldama; un paraje tan inhóspito como árido. A continuación, con el otro extremo, anudó su cuello. Vaciló un segundo, después saltó suspendiéndose en el vacío. Durante unos momentos, los sonidos guturales se apoderaron del desdichado arrancándole la vida, pero el peso de éste y las convulsiones llegaron a ser tan violentas que el nudo se desarmó del árbol, precipitándose a un abismo de cuarenta metros. Allí, en el fondo de la quebrada, quedó inerte el cuerpo sin vida del infortunado saduceo. Entre las rocas. Como un muñeco roto. Con el ceñidor alrededor del cuello y la cabeza descuartizada. La noche se lo tragó en un suspiro y unos momentos después se instalaba de nuevo un silencio mortal. La turbulencia de su vida terminaba tal y como la había vivido: con desasosiego. Con profundo tormento y desesperanza.

Por un momento, me planteé, si no existía algo de verdad en todo lo que Judas se había preguntado antes de morir…


4

El día amanecía de nuevo caluroso pero claro como el mármol. Era excesivamente luminoso y desde primeras horas de la mañana se dibujaron en Palestina e Idumea, y sobre el mar Muerto, nubes que amenazantes subían desde el sur con un claro proyecto de tormenta. Abajo, en la ciudad, el preso llevaba ocho horas en los calabozos; atado, esperando la sanción de un pueblo sucio y enfermo de odio.

El gigantesco centurión era un verdadero experto en el castigo de la flagelación. Ya, entre los soldados, tenía fama de ser un verdadero verdugo. Las legiones de Pannonia le bautizaron con el sobrenombre de “Cedo Alteram”, porque en los castigos que infligía entre los legionarios, aparte de crueldad, existía un estudiado método: apenas si había roto una fusta en los lomos del castigado cuando pedía “paso a otra”. Los primeros cuarenta latigazos llegaron de la mano de dos romanos preparados para tal efecto. El primero de ellos, sostenía su “flagrum” o látigo corto; un mango metálico, forrado con piel, del que destacaban tres correas de unos cuarenta o cincuenta centímetros. En los extremos aparecían los astrágalos o tabas de carnero. El otro portaba un látigo de similares características, llamado “plumbata”; éste, en lugar de huesos de carnero, se armaba en su final con bolas de plomo.

La Ley judía hablaba de cuarenta latigazos —cuarenta menos uno; el último, de gracia—, pero Poncio, en su afán de remover la conciencia de los saduceos, machacó al reo doblándole el castigo. Relevó a aquellos oficiales, y ordenó a Lucilio proseguir el correctivo hasta los ochenta correazos. Los últimos golpes aplicados por el centurión fueron especialmente crueles y exactos; hasta el punto de conseguir derrumbar por fin al Rabí. Cuando concluyó la flagelación del Nazareno, su cuerpo, era un mapa sanguinolento de más de doscientas cincuenta  heridas. Tambaleante, Jesús abandonó el inmenso patio de la fortaleza del gobernador Poncio haciéndole sentar fuera, en un banco. El odio que los romanos le tenían a los judíos era atávico y carecía de límites, así que, poco después, cuando éste se recuperó brevemente volvieron a humillarle, esta vez, orinando sobre él, y escupiéndole. Entre burlas y chanzas, alguien apareció con unas soberbias zarzas que había arrancado de la parte de atrás de las caballerizas; se trataba de las temidas “ziziphus”, un arbusto muy corriente en  Palestina, cuyas púas torcidas y la mayoría en forma de gancho de carnicero, llegaban a tener hasta seis centímetros de longitud.

El soldado, con verdadera habilidad, compuso una forma de casco, de tal suerte, que el entramado arbusto quedó configurado con las púas en todas las direcciones como si del lomo un puerco espín se tratara. De un brutal bastonazo, y sin previo aviso, le encajó aquel doloroso bacinete en la cabeza. Automáticamente, el Maestro, lanzó un alarido de dolor que recorrió las calles de la ciudadela. Segundos después, aparecieron unos gruesos chorros de sangre que, abriéndose paso en la maltrecha piel de Jesús, llegaron hasta el suelo. Cuando el Nazareno apareció con aquel lamentable y martirizado aspecto, ya fuera del Pretorio, la encarnizada muchedumbre que le aguardaba, hizo un profundo silencio. Luego, poco a poco, algunos grupúsculos de individuos previamente sobornados por los sanedritas, se encargaron de iniciar coros cada vez más sonoros y voluminosos:

— ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!

La ignorancia, maldad y sed de sangre y muerte de la multitud terminaron por adueñarse del gentío unificándose en una sola voz:

— ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!

El cortejo partió de la Torre Antonia, donde se situaba el Pretorio. Los abovedados túneles los condujeron muy lentamente hacia un polvoriento camino. Tomarían, más tarde, rumbo hacia el noroeste de Jerusalén. Pero mucho antes de llegar a la Puerta de Damasco, es decir, a la altura exacta donde se dividen los caminos de Cesárea y Samaria de los que van a Betania y Jericó, bordearon la muralla septentrional por su cara oeste regresando hacia la Puerta de Efraín, encaminándose así, al Monte de la Calavera o Gólgota. Abría la marcha un centurión que, por sus funciones, le llamaban “Exactor Mortis” o Cobrador de la Muerte. Detrás, le seguía un pregonero que llevaba en la mano un cartel en donde estaba escrito en hebreo, en griego y latín, la causa de la condenación. El final del texto rezaba: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”.

Aquel Centurión, Longino, un veterano legionario de mediana edad, natural de Túsculo, cerca de Albania, era un hombre callado y discreto. Había combatido algunos años en Asia Menor y tenía como recuerdo de contienda, una profunda cicatriz que le atravesaba el rostro de extremo a extremo, y una mal disimulada cojera. Pero su corpulencia era tal que se imponía sin necesidad de palabras entre aquella chusma que se amontonaba al paso de los condenados como una marabunta humana. En el centro se situaba el Rabí, quien a duras penas mantenía el “Patibulum” con un peso muy aproximado a los cuarenta kilos. Tras él, dos guerrilleros y salteadores de caminos, que también serían ajusticiados; se hacían llamar Gistas y Dismas. La fatal comitiva estaba flanqueada por ocho legionarios fuertemente armados, dispuestos a abrirse paso sin piedad con sus “gladius”, o sus “flagrum”; sobre todo, en ciertas callejas en las que la plebe se apilaba para presencia el espectáculo. Aunque lo cierto es que la mayor parte de las veces los latigazos recaían sobre el Galileo y los “zelotas” presos. El comité se cerraba por cuatro soldados más en la parte posterior.


5

El condenado a muerte ya había caído al suelo por cuarta vez, se encontraba casi exánime, y no era capaz de dar un paso. Había andado descalzo entre rocas y maleza trescientos metros y aún quedaban unos cien más hasta el Gólgota. Tenía los pies completamente ensangrentados por la formación pedregosa del terreno; las rocas eran verdaderas cuchillas. Sus aristas cortaban el aire caliente y viciado, y la maraña de arbustos que mantenía asestada en la cabeza le hería con sus agudas espinas sin la menor compasión. Muy cerca de su destino final, una mujer que se encontraba bajo el arco de la Puerta de Efraín, se acercó valientemente y depositó en la reseca boca del reo unas pasas de Corinto. El Nazareno, consumido por los golpes recibidos, la miró con bondad, pero no fue capaz de articular una palabra. Longino, el centurión, tuvo un instante de piedad y disimuló el acto de coraje de la hebrea. El último tramo por cubrir tuvo que realizarlos el Rabí de Galilea inevitablemente sostenido por dos verdugos. Para concluir la escena otro corpulento personaje hizo su aparición: se trataba de Simón, natural de Cirene, un país del norte de África; había ido a Jerusalén a la celebración de la Pascua. Venía con sus dos hijos, Alejandro y Rufus. No conocía de nada al Galileo, ni los motivos por los que se hallaba allí a punto de ser crucificado, pero ante la orden dada por los soldados, no le quedó más remedio que transportar el “patibulum” hasta la cima de la Calavera.

Era la hora tercia cuando llegaron al cerro rocoso y calvo de la colina pelada. El panorama era dantesco: se erguía como un monstruo sobre las gentes. Allí, clavadas en lo alto del pináculo, las “stipes” o palos verticales de las cruces, se mostraban negras y siniestras como fantasmas. Tenían tres o quizá cuatro metros de altura. Una tormenta de arena comenzó a silbar como una serpiente entre los palos y, de modo acelerado, el mediodía que desparramaba hasta ese momento en un sol violento y colérico sobre Judea, se metamorfoseó de un modo inverosímil hacia una tarde parda y cerrada. Las nubes que yo había divisado al amanecer, procedentes del sur de Palestina, iban rápidamente tornándose en negros nubarrones. La galerna se cernía implacablemente sobre la Ciudad Santa, para azotarla.

A partir de ese momento todo ocurrió de un modo todavía más dramático: de una forma ciertamente profesional y metódica fueron clavando a uno tras otro en los “patibulum” e izándolos seguidamente, sobre cuerdas, hasta que éstos, los condenados, quedaron perfectamente ensartados en las “stipes”, palos verticales, o “staticulum”. Los alaridos de dolor se multiplicaron y durante seis interminables horas estuvieron aullando de dolor hasta sucumbir, en la hora nona. Jesús fue, de los tres, el primero en morir debido al brutal castigo recibido; la presión arterial le había descendido notablemente como resultado de su posición de enclavamiento y, rápidamente, el oxigeno comenzó a llegar de una forma insuficiente a los músculos, al cerebro y a los pulmones, lo que afectó severamente a su ritmo cardíaco. Mientras Jesús moría en silencio, sin una sola queja, aceptando su destino, a los delincuentes que se encontraban situados a su derecha e izquierda respectivamente, les ofrecieron vinagre con mirra, narcotizándolos, por lo que entraron en un profundo e irrecuperable sopor. El Nazareno sabía perfectamente que había llegado al final de su camino.

Para entonces yo me encontraba muy próximo al crucificado, y sin acertar a saber cómo, me miró. Sólo él me vio. Sé que me vio. Lo sé. Me miró con un silencio estremecedor. Como nadie lo había podido hacer jamás. Y sentí miedo. Es curioso, pero aquel hombre indefenso y pulverizado que perdía la vida por momentos, sabía quién era yo y por qué estaba allí. Tenía en su apaleado rostro una serena quietud…Tanta bondad. En su agonía, comprendí, que aquello era así porque seguía inexplicablemente amando a sus asesinos. No percibía en él ni odio ni rencor. Era aquél un hombre definitivamente bueno.

Algún tiempo después, mientras esperaba el momento, se incorporó súbitamente en el sedil de la pesada cruz para tomar aliento por última vez. Con la voz quebrada por el sufrimiento, exclamó, dirigiéndose a un cielo velado por brumas y rayos amenazantes:

— ¡Elí…! ¡Elí…! ¡Lema sabactaní!”—preguntándose por qué Dios le había abandonado, expiró.

Segundos más tarde le sobrevino nuevamente una crisis cardíaca entrando en un coma profundo e irreversible. Cuando los legionarios se aproximaron con la intención de proceder al “crurifragium”, que no era otra cosa que rematar a los suspendidos en la cruz, dado que no podían permanecer allí, en el día del sábado que se acercaba, comprendieron que a Jesús no le haría falta. Ya había muerto. La cuestión era sencilla y despiadada; les rompían las piernas a los crucificados. De esta cruel forma terminaban por asfixiarse definitivamente al no contar con el apoyo de los pies en el sedil. En el caso de Jesús, tal como comprobé, no hizo falta. No obstante, uno de los infantes encargado de la misión tomó su “pilum” descargando a corta distancia un tremendo lanzazo en el costado del cadáver del Rabí Galileo. Casi inmediatamente, un líquido de carácter seroso e incoloro procedente de la pleura y el pulmón, se dejó escapar mezclado con la sangre del pericardio y la masa muscular.


6

Quedé en silencio observando al Cristo, al hombre y su tragedia. Pensé durante algún tiempo, si el sacrificio realizado por aquel mártir, inútil mártir sin causa, valía de algo. Sabía con certidumbre que no. Que había sido una ofrenda estúpida; sencillamente porque la raza humana no la merece. No existe el amor entre los hombres, pese a que Jesús deseara albergar esperanza en ello. El devenir de los siglos ha puesto de manifiesto reiteradamente su mezquindad sin precedentes, su egoísmo y su ruindad. Su exiguo corazón no vale nada. Está podrido. Medité con detenimiento sobre lo que había vivido en aquellas fechas en Jerusalén. La conclusión no servía para nada. No tenía utilidad. Cualquier día nacería otro Nazareno y volverían a escupir sobre él de esa o cualquier otra manera. Y volverían a humillarlo y crucificarlo de esa o de cualquier otra forma. El resultado siempre es el mismo. Siempre será el mismo, mientras no cambie el corazón de las personas. Me envolví en mi capa negra y miré por última vez el Gólgota. Se encontraba vacío. Dirigí mi vista, entonces, a una ciudad que parecía también vacía. Vacía como sus almas. Por último viajé a Hakeldama. Allí seguía aún el cuerpo destrozado del infeliz Judas.

Fui alejándome de todo. Con la suavidad del olvido. Mientras, los colores pálidos en el horizonte languidecían. Atardecía en silencio, la tormenta había pasado. Jerusalén dormía su agonía…

Jerusalén dormía su infamia.




J. H. Meseguer
El Espectador del Crepúsculo 
Murcia, 1981




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